Relatos

Turrón Duro

Una mañana de diciembre, Ramón se levantó de la cama empapado en sudor. Tenía el estómago revuelto y la respiración agitada. Estaba inquieto, algo más de lo habitual. No recordaba qué había soñado, sólo tenía la sensación de que algo malo le aguardaba. Enchufó su fiel transistor, la única compañía que le quedaba. Las noticias del día se entremezclaban con el rumor del agua corriendo sobre el lavamanos. El gobierno insistía en la recuperación económica mientras la corrupción carcomía todos los estamentos de la administración; los grandes estados preparaban una nueva estratagema con la que usurpar el petróleo de las naciones productoras; las fuerzas y cuerpos de seguridad expulsaban a montones de desgraciados que se habían jugado la vida en atravesar el estrecho… Nada nuevo, del sumidero al grifo y vuelta a empezar, caviló. El espejo reflejaba el rostro de un anciano cansado, colmado de arrugas y de mirada marchita. No se vislumbraban esperanzas, ni tan siquiera ganas de vivir.

En aquellas fechas, un año atrás, Dios le había reclamado a Marga, su Marga. Se había ido para siempre, de repente, sin signos de enfermedad, pero con el corazón corroído por la pena. Se fue sin darle la oportunidad de despedirse, sin dejar que le recordara que la quería, sembrando en él una amarga y eterna incertidumbre. Su ausencia le había producido un vacío que lejos de cerrarse crecía con el paso de los días. Cuando la recordaba quería maldecirla por haberle dejado solo, más solo, pero no podía. En el fondo sabía que había sido lo mejor, que era la única manera de descansar de tanta angustia. A Ramón le estremecía verla sufrir de aquella manera. Tuvo que aprender a esquivar sus pensamientos, sus desvelos, sus ojos y su presencia si quería continuar una lucha que empezaba a carecer de sentido.


Al cerrar el agua del grifo, Ramón escuchó con claridad el anuncio de una noticia de última hora. Al parecer, una reyerta entre radicales de dos equipos de fútbol había dejado dos fallecidos, decenas de heridos y centenares de arrestados. Se especulaba con la posibilidad de que ambos grupos se hubieran citado previamente o que los seguidores radicales del equipo local hubieran tendido una emboscada al otro grupo. Ramón, descompuesto, apagó la radio y se dirigió raudo hacia su dormitorio. Trató de vestirse rápido y salir de allí, pero al observar las fotos expuestas sobre la cómoda se derrumbó en el suelo. Las lágrimas inundaron los surcos de su rostro, los cuales nunca se habían llegado a secar.

De entre todas las imágenes, una de ellas llamaba con fuerza su atención. Ramón, todavía con algo de pelo y una sonrisa radiante, portaba sobre sus hombros a un niño rubio de semblante angelical. Los dos estaban ataviados con camisetas y bufandas del equipo de la ciudad, su equipo del alma. Ramón siempre había soñado con tener un niño al que llevar al campo de fútbol y revivir los recuerdos que tenía junto a su padre en el Metropolitano. Aquel día cumplió su sueño, fue la primera vez que llevó a su hijo al Manzanares. Ahora, veinte años después, le encantaría retroceder hasta ese momento para enmendar cada uno de los errores que le habían condenado, que los habían condenado. A Toni, a Marga y a él mismo.

En un soplo de serenidad, Ramón se recompuso de sus recuerdos y emprendió rumbo a comisaria. Por desgracia, no le resultaba desconocido aquel lugar de oscuridad y desdicha. Tras una tensa espera y una sucesión de desagradables imágenes, se confirmaron sus presagios. Uno de los policías presentes le informó que su hijo había sido detenido por su implicación en los sucesos. No le reveló más datos, la información del caso era confidencial. Ramón pidió que le dejaran ver. Sin embargo, el mismo agente le indicó que no era posible y le recomendó que se marchara a casa. Ramón no cejó en su empeño y de nuevo le pidió al agente que se lo dejara ver, pero éste, con mayor contundencia, le ordenó que se fuera de allí y añadió que qué clase de padre habría podido criar a semejante monstruo. Aunque hubiera deseado gritar y descargar toda su rabia, Ramón calló y se retiró engullendo toda la humillación, dispuesto a asimilar un nuevo sinsabor, una derrota más.

Las palabras de aquel policía retumbaban en su mente una y otra vez. Como cuchillas afiladas, se clavaban en su maltrecho corazón hasta hacerlo jirones. Un sinfín de imágenes se sucedían en su memoria: la alegría que había supuesto para Marga y Ramón el nacimiento de Toni, su primer hijo; los domingos felices en la sierra jugando al fútbol con el niño y degustando el picnic que había preparado su mujer; celebrando los goles de su equipo con Toni, llorando de emoción con las victorias y consolándose mutuamente en un abrazo tras las derrotas; el día en que Toni les dijo que prefería ver los partidos con una peña a verlos junto a él; el disgusto que supuso que dejase los estudios; las noches y los días en vela sin noticias de su hijo; una llamada al amanecer informándoles que Toni había sido detenido acusado de diversos hurtos y posesión de estupefacientes; el desconsuelo de Marga hasta sumirse en un mar de tristeza que la volvió invisible y la propia impotencia de Ramón por no saber qué hacer. Había resistido a todas las embestidas que la vida le había reservado, pero esta vez las fuerzas podían no ser suficientes.

Pasó toda la tarde acostado en su cama, sin poder pegar ojo, mirando por la ventana tratando de responder una pregunta: ¿qué había hecho mal? Había trabajado de sol a sol desde los catorce años, había sido un esposo fiel y cariñoso con su esposa. Ambos criaron a su hijo con verdadera pasión, se sacrificaron para que Toni fuera a los mejores colegios y se convirtiera en un hombre de provecho. Forjaron una estrecha relación basada en la confianza y el amor que creían indestructible. ¿En qué momento se quebró? ¿Por qué no se dieron cuenta a tiempo? Se lo habían dado todo, se habían sacrificado hasta hacer polvo sus huesos. Habrían entregado su vida por él, pero él no había devuelto nada más que disgustos y dolor. Por un instante a Ramón pensó en abandonarlo en el olvido, de no preocuparse por él nunca más, de romper esa cadena que le cortaba la respiración. Pensó en volver a vivir, pero no podía. No podía.

De repente, la puerta de la casa gruñó con fuerza cortando el silencio. Alguien tocaba la puerta. No obstante, Ramón no se inmutó, no quería ver a nadie. Insistieron varias veces más hasta que el visitante dijo “Papá, soy yo”. En ese momento el corazón de Ramón dio un vuelco y se dirigió veloz hacia la puerta. Era Toni, acompañado por un hombre desconocido de buena apariencia. Desde el entierro de Marga, Ramón no había vuelto a ver a su hijo ni a tener noticias de él. La criatura calzaba botas negras, un pantalón vaquero desgastado, sudadera de color negra y la cabeza completamente rapada. Su rostro apenado estaba marcado por varios moratones y sobre el labio lucía una herida aún fresca de un intenso color rojo.
–Hijo mío –dijo Ramón con la voz partida, abrazándose a su hijo–, ¿estás bien? ¿Qué te han hecho?
–Estoy bien, papá. Ha sido solo una pelea, no te preocupes –contestó el muchacho, con aplomo–. Éste es mi abogado, –añadió, mientras éste saludaba a su padre.
–No hay de qué preocuparse, su hijo no es ningún delincuente peligroso, ni nada parecido –interrumpió el abogado–. Pero mientras se sucede la investigación, haría usted bien en guarcerlo en su casa y alejarlo de cualquier lío. La situación de su hijo es un tanto delicada.
–Toni, dime por Dios santo que no has hecho nada –cortó Ramón.
–No papá, sólo estaba ahí en medio. Ya sabes cómo es la poli, nos pillaron a todos, pero no tengo nada que ver, te lo juro. Puedes estar tranquilo.
Inesperadamente, aquellos trágicos sucesos en los que se había visto involucrado Toni, habían devuelto a Ramón a su único hijo. Convivían con calma, como si el pasado se hubiera evaporado. Toni parecía sereno, comedido y atento con su padre. Escuchaba con atención sus anécdotas, rememoraban tiempos mejores y charlaban sobre el brillante discurrir de su equipo de fútbol. Además, Toni le había prometido centrarse y alejarse de aquel oscuro mundo de peleas, drogas, robos y malas compañías.

Ramón, por su parte, flotaba en una burbuja de alegría. Ilusionado, se había propuesto encontrarle un empleo con el que comenzar una nueva vida. Aunque últimamente no se prodigase mucho por la calle, Ramón era un hombre muy respetado en el barrio. En la carnicería de toda la vida le comentaron la posibilidad de un puesto libre para Navidad. Ramón había recuperado su radiante sonrisa y estaba tan contento que decidió volver a poner el árbol de Navidad y el belén. Hacía muchos años que Marga detestaba celebrar las fiestas navideñas, pero aquellas serían distintas, especiales, teñidas de esperanza. Tenían algo que celebrar. Decidió también preparar una cena de campanilla por Nochebuena. Cocinaría pavo trufado, encargaría langostinos frescos, compraría botellas de vino del bueno e invitaría a sus hermanos y a los hijos de éstos para que los acompañaran. Serían de nuevo una familia, reirían, beberían, cantarían villancicos y no quedaría lugar para más lamentaciones ni más tristezas.
A mitad de una gélida noche, el frío desveló a Ramón. Fue a la cocina a hacerse un vaso de leche caliente y allí encontró a Toni, quien fumaba un cigarro, ensimismado en sus pensamientos.
–No sé cómo puedo agradecerte todo lo que estás haciendo por mí, papá.
–Sabes cómo puedes hacerlo. No te preocupes por todo lo que haya pasado, sólo nos queda lo que venga.
–Ya, pero mira lo de mamá, tú… Todo por mi culpa –sollozó. Ramón abrazó a su hijo tratando de consolarle, al igual que había hecho tantas noches cuando Toni era sólo un niño y no podía dormir porque tenía miedo de la oscuridad.

Toni volvió a experimentar la maravillosa sensación de sentirse amado, de ocupar un lugar indeleble bajo la piel de quien le había dado la vida. Toni volvió a ser hijo. Por muy profundo y cenagoso que fuera el agujero donde cayera y se enterrase su existencia, su ángel siempre estaría allí para guiarlo. Cuando Ramón se despidió para regresar a su cuarto, Toni maldijo con rabia la fragilidad de aquel momento.
A la mañana siguiente, dos días antes de Nochebuena, Ramón fue a por todo lo necesario para su cena de postín. Al entrar en la carnicería le dieron la noticia, su hijo empezaría a trabajar como aprendiz al pasar la Nochebuena y con suerte podría quedarse allí al pasar la Navidad. Una vez hecha la compra, Ramón corrió a casa emocionado para darle la gran noticia a Toni, pero éste no se encontraba en casa. Habría ido a dar una vuelta, pensó, y encendió el transistor para que le hiciera compañía. En todas las emisoras los niños de San Ildefonso cantaban los números de la lotería. Mientras tanto, Ramón ordenaba la ostentosa compra: queso de cabra, jamón y lomo ibérico, trufas, langostinos frescos, cava, vino rosado y un pavo de granja de más de cinco kilos. En ese momento, la locutora interrumpió la programación para dar una noticia importante: la policía había detenido a los presuntos asesinos de la reyerta entre seguidores radicales. Un total de cinco responsables habían sido enviados a prisión incondicional a la espera de juicio. A pesar de que su hijo le había jurado que no había tenido nada que ver, Ramón no podía evitar tener esa sensación de inquietud, la respiración acelerada y el corazón a punto de salirse del pecho. Las noticias relacionadas con aquel caso le afectaban especialmente.

Ramón apagó el transistor y se retiró a su dormitorio a descansar, donde un nuevo sobresalto le esperaba. Los cajones estaban revueltos y la cama deshecha, alguien había estado allí rebuscando. El sobre que Ramón guardaba entre los dos colchones de la cama, con el dinero de su pensión, estaba vacío. Aquel hombre había perdido la cuenta de las veces en que se había producido aquella situación. A diferencia de las anteriores, el sobre contenía una nota que rezaba “Siento defraudarte, papá”. La burbuja de alegría en la que había vivido Ramón durante los últimos días acababa de reventar. Sus paredes quizá eran demasiado finas como para mantenerse o quizá tan sólo eran fruto de ese delirio que nace cuando en el horizonte solo hay desesperación. Ramón se quedó inmóvil, no era capaz de sentir rabia, frustración, ingratitud o ira. Nada. Se echó sobre las sabanas revueltas y cerró los ojos deseando no volver a abrirlos.

Toni había pasado varias noches en los calabozos, sin embargo, conciliar el sueño en la cárcel era una tarea mucho más ardua. Tras pasar un día por el módulo de ingresos, Toni había sido asignado a una celda compartida del módulo de preventivos. Un hombre mayor, con la piel carcomida y la voz consumida, roncaba en el otro colchón ajeno a sus cavilaciones. No le preocupaba el juicio, ni las falsas promesas de su abogado, ni el reguero de cámaras de televisión que le habían grabado esposado. Tampoco tenía miedo a su destino en la cárcel, ni al tiempo total que le esperaría allí. No le importaba si él no había tocado el machete que le acusaban de haber empuñado, ni tampoco que el resto de implicados se hubieran conchabado para echarle el muerto sobre sus espaldas. En aquella celda, en la noche de Nochebuena, sus pensamientos estaban dirigidos todos para su ángel, su padre, Ramón. En aquel preciso instante, su débil y gastado corazón podría haber dicho basta a varios kilómetros de aquella prisión. Sin ese aliento vivo, él también moriría.

La Navidad era especialmente triste en aquella prisión. No había hueco para la alegría para los hombres privados de libertad. Una mezcla de resignación y cólera impregnaba las estancias. Los muros callaban, el aire se tornaba gélido y ríos de lágrimas se derramaban sin ver la luz. Toni pasaba las horas sin salir de su pequeña estancia, dándole vueltas a la forma en que su padre habría digerido su detención, a su sufrimiento, a su decepción. Estaba agitado. Su intuición auguraba que el fatal desenlace estaba a la vuelta de la esquina. Tras meditarlo, tomó la decisión de preparar su despedida definitiva, nada tenía sentido. Se consolaba convenciéndose de que ese viaje, el último y definitivo, le llevaría a rememorar el último abrazo y reconciliarse con su padre en otro mundo. No fue complicado conseguir una soga gastada capaz de suspender su delgado cuerpo en el aire. Sería al oscurecer, después de la cena, al apagar las luces. En un abrir y cerrar de ojos todo habría acabado.

Los funcionarios intentaban que el día de Navidad fuese algo apacible. El comedor estaba adornado de guirnaldas, espumillón y un abeto de plástico repleto de luces y adornos. La megafonía del centro repasaba los villancicos habituales. Toni esperaba en silencio su turno en la cola para entrar. De sus ojos emanaba vacío. Apenas había probado el pollo y las patatas cuando dio por finalizada la cena. Al dejar su bandeja en el carro, un funcionario se le acercó y le pidió que lo acompañase con gesto serio. No eran habituales aquellas citas después de la cena.

El funcionario le condujo a una pequeña habitación anexa al comedor. El hombre uniformado le pidió que esperase un momento la llegada de un segundo que debía darle una comunicación. Sus presagios estaban a punto de confirmarse, pensó. Un nuevo funcionario hizo entrada en la habitación. Toni percibió el despreció que había en sus ojos. No había rastro de condescendía en aquellos momentos, ni un ápice de compasión.

–He visto grandes tragedias aquí –comenzó a decir–. He visto hombres que se diluían como azucarillos, otros que buscaban y encontraban una muerte rápida. He visto miradas impasibles, muchas cegadas antes de entrar y algunas, por desgracia pocas, que recuperaban aquí algo de brillo. Pero eso, a este lado de las rejas, no es nada comparado con lo de ahí fuera –dijo el funcionario con pesar–. La teoría es que las penas están hechas para criminales, pero en la práctica son los inocentes quienes las cumplen. Tienes suerte de tener un padre como el que tienes, muchos ya se hubieran rendido. Tu padre se ha pasado todo el día convenciendo a los compañeros para que te dieran esto –sacó del bolsillo de su cazadora un paquete rectangular–. Hemos hecho una excepción, y créeme que me puede llevar disgustos, pero nunca había visto una persona con tanta fuerza y con tanta fe.

Toni se fue directo a la celda, quedaban pocos minutos para apagar las luces. Abrió el paquete y descubrió una caja de turrón duro, el mismo que comía entre villancicos cuando era un crío junto a su madre, Marga, y su padre, Ramón. Tomó un pedazo y lo degustó mientras las lágrimas le cubrían la cara. El paquete contenía una pequeña nota, de caligrafía irregular, con unas pocas palabras que rezaban: “Nunca te abandonaré, hijo”. Turrón duro y aquel corazón latiendo fuera de las rejas. No necesitaba nada más.


Relato Presentado al III Concurso Navidades Peculiares de ¡¡Abretelibro!!

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