Relatos

La matanza del artista

Me revolvía entre la gloria y la decadencia sobre un lecho de escombros y pomposidad. La ensoñación de entregar mi existencia al arte tocaba a su fin cuando un halo de realidad certero me atravesó.
Con mi última exposición se me antojaba haber alcanzado el culmen de mi carrera. Creía que hasta el más ignorante en la especialidad podría valorar la contundencia y el riesgo de mi obra. Recreé con barro todas las vísceras del cerdo: corazón, pulmones, esófago, gañotes, sesos, riñones, hígado y bazo. En mis tallas pretendía dejar patente un fondo maduro, un estilo reconocible y a la vez salvaje. Excepto el día de la inauguración, a la que acudieron algunos indigentes atraídos por los chuscos de pan y el vino peleón del piscolabis, sólo se congregaron un puñado de visitantes engañados por la guía de ocio local. No hubo ni rastro de galeristas, coleccionistas, curiosos, ladrones de arte, jubilados o excursiones escolares.

No me asustaba la crítica atroz o el halago superficial. Lo que más me dolía era la indiferencia. Con treinta y tres, mis padres creían que era un bala perdida al que debían asegurar una paga para no acabar durmiendo en una sucursal del BBVA. A las pocas amistades que conservaba les importaba un rábano la forma en que utilizara la tierra y la piedra con el propósito de describir la magia de la cotidianeidad. En cambio, debía contribuir religiosamente a sus bautizos, bodas, comuniones, cumpleaños, recitales de poesía, recopilatorios de relatos, campeonatos de pádel, inauguraciones de bares, outlets de contrabando de ropa vietnamita u otros variopintos disparates. Mi última pareja huyó despavorida porque no era capaz de comprender el torrente creativo que corría por mis venas. Quizá influyó el pavor que le causaban los bustos de filósofos griegos tallados sobre cocos, los cuales atestaban nuestro minúsculo loft de diez metros cuadrados. Si alguna vez alguien se interesó por mis penes de ballena esculpidos en mármol, o por el conjunto de manos de simio hechas de arena, fue para jugar con la ilusión del artista y birlarle las pocas monedas que guardaba en sus agujerados bolsillos.
Tenía que admitirlo. Hasta entonces mi obra había sido una burda fantochada y una fuente inagotable de mediocridad. Aun así, albergaba una última oportunidad. Como un marrano en día de matanza, anudé mis brazos con sogas y me colgué del techo con la mirada perdida. Un punzón se clavó en mi cuello liberando un manantial de sangre, con el cual elaboraría morcillas con la esperanza de servirlas en los tugurios que despachan emoción. Me rajé el torso para ofrecer mis propias vísceras, la creación más pura y original que jamás podría crear. Finalmente, me entregué a los rastrojos en llamas para quemar el pelaje. Lo sé, el filo entre la genialidad y la vergüenza ajena es demasiado fino, polos enfrentados donde no hay lugar para la indiferencia. Será esta matanza la que dé lugar a la nueva vida del artista. O no será.



*Relato leído y corregido en el Taller de Bibliocafé.
*La imagen corresponde «La última caricia». Ilustración de Narciso Méndez Bringa

5 comentarios sobre “La matanza del artista

  1. Decir que me ha gustado o encantado sería demasiado coloquial. Sinceramente opino que estás madurando literalmente a pasos agigantados. El relato es muy bueno, no tiene desperdicio, muy bien narrado ya que consigues que el lector te acompañe muy de cerca en esa especie de aventura artística y hasta me has acelerado el corazón al entregarte tu mismo a la \”ceremonia\” A mi particularmente me ha resultado fascinante y muy muy original, amén de la soltura y disposición del vocabulario. Mi enhorabuena Rafale!!! Hay que leer el relato, considero que es algo obligado. Gracias por regalarme este momento tan especial de lectura. No los consigo casi nunca. Un abrazo 🤗

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