Relatos·Vida Moderna

El Rey de las Tabernas

Hasta entonces no sabía cuál era el verdadero nombre del ‘Rey de las Tabernas’. Acudía puntual a la hora en que abrían los bares y desaparecía cuando estos echaban el cierre. Un traje elegante de color negro, una corbata sobria y un juego de zapatos relucientes componían su inamovible vestimenta. Al concluir su consumición, abonaba su cuenta y la del resto de parroquianos. Nunca supimos a qué se dedicaba, si estaba casado o dónde vivía. No acostumbraba a hablar de sí mismo. El Rey prefería dirigir la conversación hacia el último partido del Valencia, las golferías del hijo del alcalde o la fluctuación del valor de la chufa.

Allá donde acudiera, había un séquito que lo rodeaba para escuchar sus análisis sesudos o sus desternillantes ocurrencias. Siempre tenía opinión o palabra sobre cualquier temática. Algunos, los más fieles, lo seguíamos hacia otros bares con, además de sed, admiración. Con el tiempo, le fueron atribuidas algunas obras quizá más fruto de la ebriedad que de la realidad. Dicen que en cierta ocasión se desató una plaga de gonorrea en el barrio y que curó a los enfermos untando vino tinto en sus miembros. Yo mismo lo vi multiplicar cañas por tapas de chorizo entre vítores y aplausos.
Paulatinamente, los restaurantes refinados y los bares vintage de camareros ataviados como trapecistas de circo inundaron las calles del barrio. Aunque el Rey se mantenía fiel a los tugurios, no era persona de mentalidad cerrada y un día accedió a probar un restaurante afamado: La Jerusa. Junto a él acudimos un grupo de trece discípulos. Nada más entrar, una camarera nos pidió que nos dirigiéramos a la barra y que, si queríamos permanecer en el local, no nos acercáramos al resto de clientes. A pesar de la bravuconería, el Rey nos indicó que tomáramos asiento en los taburetes y rompió el silencio sepulcral para pedir cerveza y su habitual cáliz de vino. La misma camarera le espetó informándole que el local tenía un sistema por turnos. El Rey templó los nervios y asumió con resignación aquellas modernas costumbres. Tras media hora de espera, nos sirvieron las bebidas y aguardamos al siguiente turno para pedir la que se anunciaba como especialidad de la casa: croquetas Jerusa, un alimento casero según rezaba la bolsa en la que venían congeladas. El último caso de confiscación y venta de agua bendita por parte de la guardia civil centró esa noche el sermón del Rey. En cierto momento, agarró su copa y la alzó pronunciando unas palabras que aún resuenan en mi mente: “Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi melopea, melopea de la alianza nueva y eterna”.
Sin previo aviso, otros discípulos hicieron acto de aparición en el bar. La camarera más simpática les invitó a irse aludiendo falta de sitio. El Rey, que le gustaba rodearse y no era exquisito con el espacio, hizo señas para que estos se acercaran mientras nos pedía al resto que dejáramos hueco. Sus gestos supusieron un terrible desafío para la camarera, quien insistió a los nuevos congregados a que se marcharan y emitió una desairada crítica desafiante hacia el Rey. Este, que era persona pacífica y honesta, se acercó a la chica para resolver el malentendido. Sin embargo, fue de nuevo reprendido y expulsado entre empujones e insultos. Al salir, dolido por la ofensa, el Rey agachó la cabeza y susurró hacia sus adentros: “Tinto mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Tras este incidente, nunca más volví a ver al Rey. Los taberneros estaban preocupados por su desaparición y consiguiente descenso de ingresos. Nadie sabía dónde buscarle. Sus discípulos sentíamos el vacío de su ausencia y la forma en que llenaba las jarras. Al tercer día, ocurrió el milagro: Sanidad cerró La Jerusa. Sobre la puerta metálica colgaba una nota informativa explicando los motivos. En la parte inferior se podía leer unas palabras escritas a mano: “Jesús de Benimámet, El Rey de las Tabernas”. El profeta de la uva había resucitado y ascendido a mejores tascas. En alguna humilde barra anda invitando a nuevos parroquianos, obrando beodos milagros y predicando las bondades de la fermentación.
Palabra de tinto, te sorbemos óyenos.


5 comentarios sobre “El Rey de las Tabernas

  1. jajajajaja. ¡Qué maravilla milagrosa es esta prosa tuya, Rafalé. Un relato genial, realmente buenísimo. Me he reído a carcajada limpia y etílica sin beber ni un trago.Me quedo con esta increíble frase: Tinto mío, ¿por qué me has abandonado?Abrazos, ¡escritor de taberna!

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  2. Me ha encantado y como todos los relatos que ya he leído de ti. Me resulta super original y atractivo. Me he reído mucho y también intrigado. No se de donde sacas esas palabras que también combinas con es@s personajes tan variopintos en unas circunstancias nunca comunes. Eres genuino… Si Señor!!!! Felicidades por este genial relate. me quedo con \” “Jesús de Benimámet, El Rey de las Tabernas”. El profeta de la uva\”

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