Autobombo

Adiós 2019

A la par que lo hacen los días de este año, las páginas de mi libreta llegan a su fin. Tengo por costumbre almacenarlas en la estantería junto a sus hermanas más mayores, quizá más inocentes. Muy de vez en cuando nos observamos y celebramos en silencio los momentos en que las hojas, la tinta y mis ensoñaciones fuimos uno.

Sin embargo, esta libreta tiene algo especial que me invita a recordarla antes de condenarla al olvido. Llegó a mí de unas manos muy queridas, procedente de las cuestas empinadas de Lisboa. Aunque tenga alma de fado, procuré ofrecerle una vida alegre. Convivimos en distintas ciudades y fue mi inseparable compañera de viaje. Aunque no la escribiera, la tenía siempre presente, esperando paciente en la mochila o sobre la mesa. Comimos pasta en Italia varias veces. Nos maravillamos con las tonalidades del otoño en la Selva Negra. La magia y la autenticidad de Cuba y su gente nos cautivaron. Por pocas casi morimos congelados en las montañas rocosas. Alguna vez nos dijimos te quiero paseando por las calles del Sacromonte y del Albaycín.
Después desembarcamos en una ciudad que se esforzó por odiarnos, pero enseguida encontré refugio en sus páginas. Las ideas se multiplicaban y nunca sabíamos cómo poner un buen punto y final. Lo intentamos y naufragamos en el mundo de los certámenes literarios. Luego nos consolamos denunciando a carcajadas la corrupción o la ebriedad de los diferentes jurados. Soñamos con escribir más de diez novelas, pero, por fortuna, todas ardieron antes de ver atisbo de luz.
A pesar de la falta de constancia y talento del que escribe, la libreta se colmaba con historias sobre curas ludópatas y monjas tatuadas que montaban parrandas junto a los yonkis del barrio. Sacamos a los monstruos que guardamos en el interior y estuvieron a punto de devorarnos. Imaginamos que era posible que un hombre y una vaca se enamoraran perdidamente. Tratamos de retratar la estupidez cotidiana sin necesidad ni gracia. Dimos vida a un Santa Claus politoxicómano y a unos Reyes Magos proxenetas; retratamos con palabras las obras y milagros de una instagramerrural; pasamos hambre soñando que éramos artistas de baja alcurnia; y lloramos al darnos cuenta de golpe y porrazo que ya no éramos tan jóvenes.
Ahora, entre infamias y estupideces, vislumbro algo entre todos los borrones y tachones de varios colores. Una voz quebradiza, un sello que va tomando forma, un algo que ha nacido en esta libreta. La espontaneidad como materia prima, el estrecho paso entre la genialidad y la vergüenza ajena. Y así descubro que esta libreta se parece a mi año 2019. Para el que entra he buscado el mismo tipo de cuaderno. Para este y para los que me acompañan, sólo me queda desear: ¡feliz libreta nueva!


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