cuarentena

El Idiotavirus (Cuarentena I)

Desde hacía algún tiempo, nos habíamos instalado plácidamente en la psicosis. La televisión profetizaba una extinción inminente del ser humano que no por necesaria resultaba cierta. Después de alertar a la población de la propagación de la plaga, los gobiernos reculaban por temor a otra aún mayor: la recesión económica. No todo era malo. Se cancelaba el entretenimiento con efecto sedante, volvían las tertulias a los tugurios y tabernas y el cariño olvidado brotaba en las familias. Lejos de suponer una oportunidad para construir una nueva sociedad, el ser humano siempre opta por la tentación de corromper y destruir cualquier atisbo de esperanza.

En plena catarsis de la histeria, en mi calendario tenía programado un vuelo internacional. El aspecto desapacible de la puerta de embarque me hizo dudar de si era el destino correcto. Apenas había cola para entrar al avión. La mayoría de asientos estaban vacíos. El puñado de pasajeros presente se protegía con mascarilla y guantes. Miraban al suelo con rostro serio sin apenas murmurar. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Para asegurarme pregunté a una azafata. “¿No viajamos a Zombieland, verdad?” “No, pagliaccio. Questo volo parte per Roma”, contestó de forma cortante.

En el asiento precedente una joven posaba con mascarilla y subía las fotos a sus redes sociales. Una pareja bañaba sus manos en gel desinfectante, mientras que un señor leía atónito la prensa y repetía el número de infectados por el virus. Cuando el avión pasó por una zona de turbulencias, el comandante pidió que nos abrocháramos los cinturones. Uno de los enmascarillados optó por no hacer caso de las recomendaciones. Probablemente consideraba suficiente protección la mascarilla en caso de turbulencias o un aterrizaje de emergencia en el mar. No podía dar crédito de cómo se había propagado el estupor de forma irracional. Por fortuna, a través de un par de tuits y una tertulia televisiva de media mañana, había sido vacunado contra la desinformación. En realidad, aquel virus era una gripe que sólo atacaba a las personas con salud precaria; era más difícil pillarlo que ganar el euromillón; e incluso se podía intuir una guerra económica entre grandes potencias o un negocio lucrativo para las empresas farmacéuticas.

De esta forma, sereno y con la ciencia de mi lado, me eché a dormir sobre las tres butacas que tenía a disposición. Soñé algo perturbador: un perro me orinaba el pie derecho y después me lo arrancaba a bocados. El ajetreo del aterrizaje me desveló. En la terminal del aeropuerto de Roma, el personal iba ataviado con trajes de plástico aislante, además de mascarillas, guantes y un penetrante hedor a alcohol. El tumulto susurraba al llegar a mi posición. La alergia a los ácaros en suspensión me hizo estornudar. Entonces se hizo un imponente círculo alrededor mío.

De la papelera tomé una bolsa de basura usada y envolví mi cuerpo con ella. La farmacia anunciaba que había agotado las existencias para defenderse del virus, pero un amable desconocido me cobró 300€ por una mascarilla usada. También me sacó 200 extra por una estampa de San Francesco d’Assissi, que si bien no me libraría de la enfermedad, en caso de morir me garantizaría un descanso eterno, si los enviados del Cielo estaban en lo cierto.

Antes de abandonar la terminal, descubrí que por mi espalda corría un sudor frío, mi frente registraba una alta temperatura y sufría espasmos cada dos segundos. Sin pensármelo dos veces, acudí a un punto de socorro proclamando a los cuatro vientos que era portador del dichoso virus. Tras una tensa examinación de dos segundos, el médico confirmó el diagnóstico. “Cazzo! Un’altro! Hai l’Idiotavirus”. Inmediatamente, salí disparado del centro.

Mientras saboreaba en silencio la vergüenza ajena, un perro callejero apareció de la nada y me orinó el pie derecho. Por suerte, mi sueño no terminó de ser premonitorio. Acto seguido, partí para lo que sería mi primer cobijo durante el encierro, localizado en algún punto remoto de la geografía transalpina. Y descansé. De la idiotez aún estoy convaleciente.

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

5 comentarios sobre “El Idiotavirus (Cuarentena I)

  1. Un relato hiper realista, de una sociedad enferma de protagonismo y estupidez. Coronado por el siempre bien acogido humor de su escritor. Rafale Guadalmedina que siempre consigue elevar al infinito cualquier miseria y derrocar la injusticia y el pánico injustificado de un plumazo, mientras seguramente toma nota de otro relato concebido en el mismo acto. Un relato fascinante, genuino, soberbio… Bueno se me olvidaba… increíblemente bueno. He disfrutado de él sin hacer uso de la mascarilla. Avrazos

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