cuarentena

La Cuarentena De Los Necios

Epopeya de un necio enclaustrado.
Novela en construcción. Cada semana dos/tres capítulos nuevos.
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Siéntate, disfruta y propaga el virus de la vergüenza ajena sin cura ni vacuna.

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0. El Idiotavirus

Desde hacía algún tiempo, nos habíamos instalado plácidamente en la psicosis. La televisión profetizaba una extinción inminente del ser humano que no por necesaria resultaba cierta. Después de alertar a la población de la propagación de la plaga, los gobiernos reculaban por temor a otra aún mayor: la recesión económica. No todo era malo. Se cancelaba el entretenimiento con efecto sedante, volvían las tertulias a los tugurios y tabernas y el cariño olvidado brotaba en las familias. Lejos de suponer una oportunidad para construir una nueva sociedad, el ser humano siempre opta por la tentación de corromper y destruir cualquier atisbo de esperanza.

En plena catarsis de la histeria, en mi calendario tenía programado un vuelo internacional. El aspecto desapacible de la puerta de embarque me hizo dudar de si era el destino correcto. Apenas había cola para entrar al avión. La mayoría de asientos estaban vacíos. El puñado de pasajeros presente se protegía con mascarilla y guantes. Miraban al suelo con rostro serio sin apenas murmurar. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Para asegurarme pregunté a una azafata. “¿No viajamos a Zombieland, verdad?” “No, pagliaccio. Questo volo parte per Roma”, contestó de forma cortante.

En el asiento precedente una joven posaba con mascarilla y subía las fotos a sus redes sociales. Una pareja bañaba sus manos en gel desinfectante, mientras que un señor leía atónito la prensa y repetía el número de infectados por el virus. Cuando el avión pasó por una zona de turbulencias, el comandante pidió que nos abrocháramos los cinturones. Uno de los enmascarillados optó por no hacer caso de las recomendaciones. Probablemente consideraba suficiente protección la mascarilla en caso de turbulencias o un aterrizaje de emergencia en el mar. No podía dar crédito de cómo se había propagado el estupor de forma irracional. Por fortuna, a través de un par de tuits y una tertulia televisiva de media mañana, había sido vacunado contra la desinformación. En realidad, aquel virus era una gripe que sólo atacaba a las personas con salud precaria; era más difícil pillarlo que ganar el euromillón; e incluso se podía intuir una guerra económica entre grandes potencias o un negocio lucrativo para las empresas farmacéuticas.

De esta forma, sereno y con la ciencia de mi lado, me eché a dormir sobre las tres butacas que tenía a disposición. Soñé algo perturbador: un perro me orinaba el pie derecho y después me lo arrancaba a bocados. El ajetreo del aterrizaje me desveló. En la terminal del aeropuerto de Roma, el personal iba ataviado con trajes de plástico aislante, además de mascarillas, guantes y un penetrante hedor a alcohol. El tumulto susurraba al llegar a mi posición. La alergia a los ácaros en suspensión me hizo estornudar. Entonces se hizo un imponente círculo alrededor mío.

De la papelera tomé una bolsa de basura usada y envolví mi cuerpo con ella. La farmacia anunciaba que había agotado las existencias para defenderse del virus, pero un amable desconocido me cobró 300€ por una mascarilla usada. También me sacó 200 extra por una estampa de San Francesco d’Assissi, que si bien no me libraría de la enfermedad, en caso de morir me garantizaría un descanso eterno, si los enviados del Cielo estaban en lo cierto.

Antes de abandonar la terminal, descubrí que por mi espalda corría un sudor frío, mi frente registraba una alta temperatura y sufría espasmos cada dos segundos. Sin pensármelo dos veces, acudí a un punto de socorro proclamando a los cuatro vientos que era portador del dichoso virus. Tras una tensa examinación de dos segundos, el médico confirmó el diagnóstico. “Cazzo! Un’altro! Hai l’Idiotavirus”. Inmediatamente, salí disparado del centro.

Mientras saboreaba en silencio la vergüenza ajena, un perro callejero apareció de la nada y me orinó el pie derecho. Por suerte, mi sueño no terminó de ser premonitorio. Acto seguido, partí para lo que sería mi primer cobijo durante el encierro, localizado en algún punto remoto de la geografía transalpina. Y descansé. De la idiotez aún estoy convaleciente.

Los likes no entienden de pandemias.

1. En Aislamiento

De la noche a la mañana, todo había cambiado. El bicho que parecía tan lejano, del cual nos creíamos inmunes, había saltado de nuestras pantallas para plantarse en la puerta de nuestras casas. Los chistes con los que reíamos antes infundían un temor que helaba la sangre. Los presos trataban de escapar de las cárceles, mientras que los que se creían libres buscaban una treta para aislarse en una celda y así no tener que salir más. En los supermercados, la multitud se amontonaba para arrasar con las existencias de alcohol desinfectante, latas de conserva, pasta y arroz. La televisión emitía especiales interminables, en los que intercalaba intervenciones de expertos que llamaban a la calma con héroes de barro que se deshacían bajo la tormenta. Los hospitales recomendaban cuarentena a sus trabajadores y que los enfermos sólo se acercaran en caso de extrema necesidad.

Algunos habían descubierto en el miedo una forma de vida que los mantenía ocupados; otros que iban por su camino se habían desviado y daban vueltas alrededor de sí mismos. Los cambios siempre me pillaban con el pie cambiado y este no fue una excepción. Como cada día, acudí a trabajar. El conductor del autobús llevaba mascarilla y apenas pude entender sus indicaciones. No había ni un pasajero más. Las oficinas estaban desiertas. En la cafetería de la esquina me dijeron que el mío era el primer café que servían aquella mañana. Medio paralizado, estuve dando vueltas sobre mi silla sin saber qué hacer ni qué pensar. “Quizá sea carnaval, quizá haya vuelto el rey, quizá Silvio haya resucitado de entre los muertos”, medité. Un mensaje del jefe me recomendaba volver a casa, aprovisionarme y suscribirme a una plataforma de series en streaming. “Se avecinan tiempos difíciles. Fue un gusto conocerte”, se despidió. Mi carácter flamenco me invitó a pensar que eran las clásicas exageraciones del carácter italiano.

Al intentar regresar, los medios de transporte ya no funcionaban. Mi cabeza era un hervidero de pensamientos. “Quizá estar un tiempo en casa hasta que todo pasara no sea mal plan”, cavilaba. Podría acabar la novela sobre cerdos voladores que tanto ansiaba o pintar una réplica de la Mona Lisa con los pies. De la incertidumbre pasé a la euforia en cuestión de segundos. Sólo había un problema: no tenía jamón, orujo de hierbas, ni un triste tupper con habichuelas. Corrí al supermercado más cercano. Como si se tratara de una guerra, de los estantes cogí lo que quedaba. Orgulloso, salí del centro comercial cargado con mi botín como un pirata que acaba de saquear una isla desierta. Mi suerte me había provisto de un bote de pepinillos picantes —especialmente recomendado para los que sufrimos en silencio—, vino peleón, diez litros de lejía y un saco de comida de perro para sobrevivir.

A punto de cerrar, en la papelería de al lado no había ni un alma. Me aprovisioné de unas libretas y unos bolígrafos para pasar el periodo de aislamiento. Eran tiempos extraños que nadie acababa de entender. Eran tiempos en los que tocaba alimentar al papel.

Sin leche ni ternera, me tuve que decantar por la lejía.

2. El Loro Huang

En mi segundo día de aislamiento todavía no había perdido la cabeza. El sol me regaló un despertar natural. Como estaba nublado, abrí los ojos alrededor de las 12:30 del mediodía. Pasé todo el día en pijama, celebrando que nunca más tendría que hacer la lavadora. La empresa nos había impuesto el teletrabajo. El método consiste en que en lugar de tocarte las narices en el trabajo, te tocas el badajo. Diez minutos  después de comenzar la jornada, descubrí que si apagaba el router podría dar por concluida la jornada laboral. Sin nada mejor que hacer, me bebí diez cafés mientras observaba con prismáticos las calles desiertas, elucubraba sobre las formas de las nubes y declamaba versos de Bukowski. Después me puse a escribir una epopeya sobre un zorro que tras fugarse de la cárcel, quería reconstruirse desde dentro, ver mundo, convertirse en conquistador y levantar un nuevo imperio. Agotado de pensar cuán truculento pasado albergaría mi protagonista, me quedé dormido en el sofá.

Tras comer, di cuenta de una penosa realidad: la soledad estaba bien para unas horas, pero a la larga cansaba. Para combatirla decidí adoptar un animal. Como eso me hubiera obligado a tener que alimentarlo, y por consiguiente ir al supermercado y exponerme a los caprichos de la plaga, pensé que con un loro de juguete sería suficiente. El señor del bazar me dijo que el pájaro se llamaba Huang y que era una especie autóctona de la costa de Shanghái.

Al llegar a casa, vimos un programa donde los concursantes tenían que dibujar letras griegas con el trasero untado de nata mientras el loro y yo gritábamos al unísono “botarate, mentecato, mangurrián“. Más tarde, nos pasamos al orujo del que rasca la garganta, enzarzándonos en una apasionante discusión sobre la homosexualidad en la comunidad pirata. Huang confesó emocionado que, en otra época de su vida, surcaba los mares sobre el hombro de un descendiente de Barbarroja. Sin embargo, no me dejé engatusar por la treta, pues era de sobra conocido que la familia Barbarroja había creado una empresa de reparto de comida a domicilio en bicicleta, adaptando el concepto de piratería a los nuevos tiempos. Finalmente, el loro Huang cedió y me dio la razón. Me encantaba ese bicho. Sería el garante para no perder la cabeza.

El Loro Huang, de aspecto humilde y profunda mirada

3. La Fragilidad

Al tercer día empecé a intuir que el aislamiento no iba a ser fácil. Me desperté dispuesto a comerme el mundo desde mi minúsculo apartamento en gayumbos y camiseta de Toy Story. En aquellas alturas del encierro, el concepto de higiene personal se había relajado hasta reducirlo a la técnica del lavado gatuno enriquecido con desinfectante. Aproveché que el loro Huang aún dormía vencido por la resaca de la fiesta de bienvenida. Tenía vagos recuerdos de ambos bailando reggaetón ligeros de ropa y comprando sartenes para hacer huevos fritos con forma de pene a través de la Teletienda. En mi defensa, cabe decir que no quería liarme, que quería ser responsable con el régimen de aislamiento y que fue el loro quien me obligó a beber hasta caer redondo.

Antes de comenzar mi jornada de teletrabajo, asistí a la clase diaria de epidemiología y estadística. Revisé todos los titulares de la prensa y la avalancha de memes y mensajes que abarrotaban mi teléfono móvil. Algunos enviaban chistes y otros se morían de miedo, intercambiando el rol de forma aleatoria conforme nos adentrábamos  en la incertidumbre. En mi país también comenzaba a expandirse el virus y a cundir la histeria, calcando las decisiones y reacciones que días antes habíamos experimentado en Italia. El bocachanclismo me traicionó. Desperdicié la ocasión de quedarme callado y demostrar cierto aplomo. Así pues, me erigí en una especie de profeta del desastre para anticipar a mis padres, hermanos, tíos, primos, amigos, párroco, vecinos, antiguos colegas de la universidad, los del club de exfumadores y los galgos del canódromo lo que iba a pasar y qué debían hacer en todo momento. Me sentía como un viajero del tiempo de una película de serie B.

Proseguí mi nuevo empeño formativo asintiendo frente a gráficas, desviaciones, regresiones y otras perversiones. Escribí al Ministerio de Educación un correo para pedir la convalidación de los títulos de Medicina y Estadística, así como al de Sanidad para postularme como nuevo ministro o bufón de la corte. Después hice un repaso de todas las teorías existentes para establecer una nueva: la buena, la que el gobierno y los medios nos estaban tratando de ocultar. Aunque tiempo después se demostrara falso, estaba convencido de que el virus era un ataque de un grupo de alienígenas que reclamaban la soberanía alimentaria de China y parte de Murcia, contando con el amparo de caníbales y practicantes de yoga. Orgulloso de mi hazaña intelectual, me puse a ver vídeos de koalas durmiendo sobre eucaliptos. Cuando me quise dar cuenta, era la hora de comer y Huang reclamaba su trago de ron para desayunar.

En ese momento escuché un ruido que provenía del pasillo. Cansado de su destino, el router había querido suicidarse lanzándose desde el armario. Por fortuna, la maraña de cables que lo envolvía evitó que se estampase contra el suelo. Lo volví a conectar mientras un sudor frío recorría mi espalda. Como el que aguarda al cometa Halley, contemplaba el ordenador y el móvil impaciente. Sin embargo, estos no daban señal de conexión. “¿Qué pasa si me quedo un mes enclaustrado y sin Internet?”, meditaba contemplando a Huang. El chupito de ron le había hecho efecto al loro y éste sólo repetía que quería más y más. La señal no volvía y empezaba a ponerme nervioso. Abusando de mi naturaleza humana, le arranqué la pila al loro. Mi respiración estaba agitada y mi corazón latía desbocado. Si Internet no volvía, moriría pronto. A punto de infartar, llamé a la compañía telefónica, pero ésta también estaba en aislamiento.

Sin una alternativa mejor, con unas velas y la estampita de San Francesco d’Assisi que había comprado en el mercado negro del aeropuerto, levanté un modesto altar alrededor del router. A continuación, recé el Rosario, el Salve, tal y como me enseñó mi abuela de niño, y añadí el himno del Barça y la cabecera de Doraemon de mi propia cosecha. A la postre y después de cinco minutos agónicos, el Espíritu Santo, o el que estuviera al mando, escuchó mis plegarias y devolvió la conexión y el sosiego. Y así fue como descubrí el frágil equilibrio que aguardaba este encierro.

Jesucristo encontró trabajo como Community Manager de Renfe

4. LA ANORMAL NORMALIDAD

En el primer fin de semana de reclusión establecí algún tipo de normalidad. Una normalidad que más que a la del Viejo Mundo, se empezaba a parecer a la que todos acataríamos en el Nuevo Mundo. Desperté el domingo como si hubiera pasado toda la noche en tugurios que a precio de oro servían garrafón y proveían un poco de calor. Mi cabeza quería explotar, tenía la boca seca y no sabía muy bien dónde estaba. La saturación informativa, las teorías conspirativas, los primeros rumores de rebelión, la comunicación con todos esos seres que antes no sabía si seguían con vida o habían sido captados por una secta de mindfulness, se combinaban para brindarme la peor de  las jaquecas.

En un atisbo de lucidez, recordé que antes del confinamiento tenía por costumbre tomar una ducha para despejarme. Comprobé que había empezado a no saber diferenciar un fin de semana de un día de trabajo. El baño parecía el camarote de una estrella del grunge en los años noventa arrasado después de un concierto. Las toallas se amontonaban por el suelo. El bidé contenía restos de sangre. En el lavabo se empezaba a apreciar un pequeño ecosistema de geometría psicodélica. Antes de meterme en la ducha, me desnudé y me miré al espejo. Donde antes se apreciaba un brillante porvenir como campeón del torneo de engullir morcillas en la feria del ganado de Peal de Becerro, ahora se veía un saco de patatas relleno de huesos. Entonces recordé que la noche anterior no había cenado y quién sabe cuánto tiempo llevaba sin probar bocado. Le pregunté a las paredes del baño si ellas sabían algo, pero optaron por mantener su frío silencio.

Pasada la euforia inicial, el loro Huang, mi única compañía física, se decantó por el sosiego y hacer de contrapeso en mi creciente incertidumbre. Se pasaba el día sobre el frigorífico con el botón en Off. Sólo cuando creía perder los estribos lo encendía para comprobar que era efecto de mi propia estupidez. A pesar de su condición de ave de juguete, me recordó que el ser humano venía subsistiendo al alimentarse de comida y beber agua de vez en cuando. No niego que estos sean hábitos que cualquier persona tenga asumidos, pero cuando uno está aislado en soledad, la normalidad y el bien se tornan conceptos volátiles. A cambio de aportarme serenidad, Huang se aficionó al ron dominicano más caro. Por suerte, en aquel punto, todavía quedaba en el mercado.

Durante los primeros días de aislamiento, seguía con sumo interés las ruedas de prensa de las autoridades acerca de la crisis. Trataba de adivinar hacia dónde se dirigiría la endiablada gráfica y cuándo bajaría la panza del burro. Buscaba en las palabras de los voceros alguna pista sobre los siguientes decretos. Sin embargo, de forma inconsciente, aquel fin de semana no sentí la necesidad de enterarme de nada. La muerte y los contagios dejaron de impresionarme. También dejé de conjeturar cuánto tiempo duraría todo. Si el gobierno estaba haciendo lo correcto o si estaba acelerando la extinción del ser humano me la traía al pairo. Asumí que, aun saber tocar la guitarra con la boca e interpretar el canto de los pingüinos, no era nadie para opinar. Cuando llegas a ese punto, crees que has redoblado al aislamiento y que podrás resistir hasta el día en que el espectáculo haya concluido. Una vez más, había subestimado el poder de la cuarentena. También había subestimado mi estupidez.

Sin nada mejor que hacer, me tumbé en la cama. Bajo mi cuerpo había una entramado de ropa interior sucia, borrones de historias que por un segundo me parecieron brillantes y que había renunciado a releer para no morir del bochorno. La ensoñación de ser brillante es la consecuencia de ignorar el significado de dicho concepto. También había una novela de Boris Izaguirre despellejada que había comprado en un rastro a cambio de un llavero de la Caja Rural. Las páginas estaban colmadas de tachones, señalando todas y cada una de las incongruencias argumentales que había creído interpretar. Cuando me debatía entre dejarme dormir hasta el día siguiente o fantasear con una chica que se había sentado a mi lado en el autobús sin poner cara de asco, un estruendo me sorprendió.

Provenía de la calle. Me incorporé y al abrir la ventana descubrí a mis vecinos cantando y aporreando sus cacharros de cocina. Entonaban ‘Ma il cielo è sempre più blu’, una canción de Rino Gaetano que definía a la perfección aquellos momentos por los que atravesaba el sentir del pueblo italiano. Los niños saltaban de emoción, mientras que los ancianos recobraban la esperanza. En medio de aquel maravilloso bullicio, Huang se manifestó entonando “Chi ama l’amore e i sogni di gloria…

Quizá fuera fruto de la flaqueza o del desasosiego, pero en ese momento empecé a derramar todas las lágrimas que tenía guardadas. Con la compañía de un loro de fabricación oriental y un puñado de desconocidos que vivían enfrente, berreando una canción que jamás había escuchado, me volví a sentir humano. Y así me adentré en la anormal normalidad.

Con las peluquerías cerradas, mi vecina se da a la música ligera

5. EL ESTRÉS SOCIAL

Una de las paradojas que se produjo durante la cuarentena fue la proliferación del estrés. Un fenómeno que en parte era fruto de la desmesurada necesidad de socializar. Mientras los médicos recomendaban descanso para fortalecer el sistema inmune, yo exprimía la agenda por encima de mis posibilidades. Durante la jornada de teletrabajo, el teléfono móvil no cesaba de vibrar e iluminarse. Aquellos mensajes aparecían con avisos para atenderlo de forma urgente, pregonando que su contenido era de vital conocimiento.

A través de vídeos, audios y noticias escritas, los expertos, no sin antes remarcar su condición de expertos, adaptaban sus teorías según el día. Se erigían héroes de barro que tan pronto proclamaban el absoluto desastre, como desaparecían por el sumidero al descubrirse que horas antes habían vaticinado lo contrario. La sociedad de la inmediatez y la superficialidad clamaba respuestas rápidas a una catarsis que a todos nos pilló desprevenidos. También fueron tiempos dorados para las teorías del control social, los terraplanistas con tiempo libre y amantes de la mano invisible que todo lo mueve. A pesar de las tesis oficiales, en el Nuevo Mundo aún persiste la duda. Detrás de aquella orgía de preguntas, respuestas y disparates, se escondía una mera llamada de atención para superar el vértigo de la incertidumbre.

En el Viejo Mundo me había acostumbrado a la soledad como el que lo hace a beber buen vino. Hasta que no me fui de casa, mis padres suspiraban por intercambiarme por un par de gorrinos en la granja del pueblo. Mi cuadrilla planificaba sus quedadas cuando tenía dentista, estaba enfermo o sesión de psicología chamánica. En la universidad mis compañeros tenían la gentileza de vaciar la fila en la que me sentaba. Mi última novia optó por llamarme Henry, como su amante, ya que sostenía que le resultaba más sencillo de acordarse. Para colmo, en alguna ocasión, me dejaron olvidado dentro del cine del barrio por varios días.

Aunque estuviera orgulloso de mi condición de lobo solitario, experimenté la imperiosa necesidad de hablar y ver a otros confinados. En el día del apogeo social, desde la comida hasta la madrugada mi agenda estaba abarrotada de citas. Mis padres, que habían decidido espantar el virus desde un resort de las Islas Caimán, estaban tan preocupados por mi encierro que no querían dejarme solo ni un segundo. Tras hacer un sesudo repaso de la actualidad, entablé una confianza con ellos un tanto perturbadora. Comentábamos las ventajas de que mi padre se hiciera un injerto de pelo en Tenerife en lugar de Turquía; la renacida voracidad sexual de mi tía abuela Hortensia a sus noventa y siete años; y los progresos de mi madre en su curso de majorette por correspondencia. No sé en qué momento perdimos el control, pero terminamos discutiendo sobre qué posturas del Kamastura fortalecían el suelo pélvico y yo dando una clase práctica desde el sofá. En ese instante me di cuenta por qué la estrategia de limitar el contacto parental a mensajes como “Ei, ¿estás vivo?” o “Se nos pasó tu cumpleaños, pero eres lo más importante del mundo” nos habían permitido disfrutar de una convivencia tranquila.

Mi hermana, recluida en un pueblo de la Selva Negra, imploraba mi ayuda. Estaba al cargo de tres niños de pelo rubio platino, dos perros que tenían la voracidad de un oso pardo y su marido Christian Gottfried Daniel, un señor alemán muy reservado que se disponía a reproducir todas las partidas del Mundial de Ajedrez 1985. Sin poder descifrar lo que bramaban mis sobrinos, traté de entretenerlos mientras su madre tomaba gintonics y fumaba hierba sobre la hamaca. Además de mi hermana y mi cuñado, la cuarentena serviría a otros para replantearse algunas decisiones que había tomado la inercia. Ser monógamo, tener hijos, casarse o alimentarse sólo a base de mortadela vegana tenían un significado claro en el Viejo Mundo. Sin embargo, durante la transición muchas de los estándares sociales saltarían por los aires.

En lugar de quedar en la cafetería, tomaba café enfrente de la pantalla con el primer contacto que se encontrara libre. A media tarde era el turno del vermú con la cuadrilla. Casualmente, se olvidaron de llamarme hasta mitad de reunión y tuve que brindar con agua porque temía las represalias de Huang. Mis amigos proclamaban que existía una verdad oculta. Cuando hubo cierto consenso en que el virus era un castigo de Dios para erradicar a los celiacos, traté de intervenir para señalar a periodistas deportivos y camellos como gremios represaliados. Acusado de hereje, fui expulsado del encuentro. Por suerte, un grupo de monjas carmelitas que había conocido en clase de zumba refrendaba mi teoría.

Más tarde, en la reunión con mis antiguos compañeros de carrera, dio lugar una batalla feroz por dilucidar quién tenía el mejor trabajo y la posición social más elevada. Al final se proclamó vencedor Juan, quien lucía un traje de etiqueta con el que dormía desde hacía dos años en un loft de veinte metros cuadrados. El argumento con el que nos convenció a todos fue que una vez había sido pisoteado por Amancio Ortega montado a caballo, mientras éste rebanaba cuellos por el Paseo de la Castellana entre vítores y aplausos. Con los parroquianos del canódromo organizamos un visionado y debate de toda la filmografía de Chiquito de la Calzada, a la par que bailaba salsa junto a los del taller de cocina con microondas.

Cuando me quise dar cuenta, estaba amaneciendo. Aquella vorágine social me había destruido. Al día siguiente, como si alguien hubiera dado una orden, no hubo apenas videollamadas, cafés a distancia, raves ni otras actividades propias del Viejo Mundo. Con la misma fuerza con la que habíamos reclamado socializar compulsivamente, dejó de interesarnos y la desplazamos a momentos puntuales. Descubrimos de pronto la comodidad del confinamiento individual, una actividad que en realidad ya disfrutábamos antes. El estrés de la sobrestimulación social desapareció dando paso a otros estreses y estimulaciones, así como la incierta misión de aguantarnos a nosotros mismos.

Después de catorce horas enganchado a la pantalla vi la LUZ

6. LA BURBUJA DEL ALTRUISMO

Quizá muchos de nosotros pecamos de optimistas al comienzo de la cuarentena. Se pensó que aquel tiempo muerto podría ser idóneo para hacer algo útil: aprender chino, hacer un curso de ganchillo imaginario o darse a la bebida con la excusa de dibujar. Los más intrépidos se decantaron por pintar la casa, planchar y recoger la montaña de ropa limpia, ordenar las estanterías o montar aquel mueble inservible que habían comprado en Ikea por la vergüenza de salir con las manos vacías. En su mayoría, las buenas intenciones se quedaron ahí. Como si fuera un fin de semana que nunca terminaba, la comodidad del trinomio cama, sofá y comida basura se acabó imponiendo como método para combatir la incertidumbre y la desesperación. En algunos casos, la manifestación más creativa fue elegir en qué maratón de series participar o en qué taza de Mr. Wonderful servir la Coca Cola Light.

Durante la transición entre el Viejo y el Nuevo Mundo, nació y murió una efímera corriente cultural: la burbuja del altruismo. El hecho de estar encerrado en casa ponía en jaque a parte del ocio del Viejo Mundo. Los museos permanecían cerrados, los conciertos y festivales habían sido suspendidos con la esperanza de que la cuarentena sería cuestión de semanas. Como decía un sabio, las crisis agudizan el ingenio. Lo que cabría preguntar al físico alemán es si ese ingenio debía ser necesariamente empleado para hacer el bien.

Creyendo que la población confinada no sabría en qué emplear el tiempo, multitud de plataformas de videojuegos, series, películas, música y pornografía sufrieron una revelación de altruismo para proveer a la gente de entretenimiento casi infinito. Lo que no previeron las mismas empresas era que lo estaban fiando todo a que la conexión resistiera durante toda la cuarentena. El propio afán consumista que habían sembrado terminó por devorarles. De hecho, tiempo después se probó que durante los diversos apagones, se disparó la tasa de suicidios. Por su parte, los museos organizaban visitas virtuales y las bibliotecas públicas ponían toda su colección a disposición del lector.

Un sector muy golpeado por el confinamiento fue el de la música. Sin conciertos, ni festivales y con los artistas encerrados en casa y sus camellos buscando la manera de burlar la vigilancia, comenzaron a idear todo tipo de shows estrafalarios. Marwan repasaba su repertorio disfrazado de medusa; mientras que a Rozalén le dio por componer un himno que reivindicaba la felicidad para paliar la crisis que estábamos viviendo.

Particularmente afectó a los grupos del movimiento indie, quienes optaron por exhibir su lado más maduro. Lori Meyers, tratando de concienciar sobre la importancia de la higiene, retrasmitió un concierto desde la ducha, creyendo que quizá su condición de rockstar estaba por encima de los decretos que regulaban la cuarentena. A algunas estrellas del punk rock o el heavy metal que escupían soflamas combativas o apocalípticas, les dio tal vértigo que algunas de sus canciones se empezaran a convertir en realidad que prefirieron buscar refugio en el canto gregoriano o en el body balance.

Siguiendo con fe ciega las recomendaciones de asesores de imagen y expertos en redes, los fenómenos fabricados por la televisión hicieron una apuesta más conservadora y se decantaron por el viejo truco de convertirse en protagonistas de su reality show. Aún se recuerda con estupor las imágenes de una célebre concursante de OT perdiendo los estribos mientras se depilaba y un fan le preguntaba sobre el significado del Yin Yan que llevaba tatuado en la espalda. Algunos artistas, prometedores y famosos en el Viejo Mundo, no se recuperaron nunca del golpe que supuso el encierro.

Otro de los gremios que se lanzaron con desesperación al altruismo fue el de la literatura, al que yo me sentía más cercano. Si las bibliotecas públicas ponían a su disposición las bibliografías de García Márquez, Chacón, Camilleri o Highsmith, los autores apátridas decidieron añadir más madera al fuego cultural. En apenas diez minutos ya tenía descargados más libros de los que había leído el resto de mi vida. Con entusiasmo, empecé a devorar uno con críticas excepcionales. Se titulaba La Dolce Morte. No sé si fueron las patadas a la ortografía y a la gramática o la falta de empatía con su protagonista —un vampiro vegano que captaba socios para Acnur—, pero no conseguí pasar de la segunda página. Como el confinamiento coincidió con el periodo destinado a presentaciones, la red comenzó a saturarse de encuentros y recitales con autores. En ellos, el lector tenía la posibilidad de conocer a un batallón de escritores solidarizado y hermanado por si la conmoción de la falta de autobombo devastaba al resto de la sociedad.

Como aún conservaba ínfulas de ser escritor y el virus ya revoloteaba por las calles de mi encierro, decidí que yo también presentaría mi primer libro. Recopilé todos los papeles que abarrotaban la cama revuelta, enseñé al loro Huang a descifrar mi torpe caligrafía y éste fue dictándome los textos sin descanso. En apenas dos horas conseguí terminar mi primera obra, a la que titulé Versos Que Dan Vueltas. La portada consistía en una fotografía de la lavadora que simbolizaba las volteretas que mi alma había experimentado al escribirlo. Hinchado de orgullo, me abalancé sobre el primer hueco que me lanzase al estrellato. A cambio de comprometerme a asistir a todas las presentaciones y comprar cuarenta volúmenes, conseguí vender la meritoria cifra de tres ejemplares. Días después y tras amenazar con amables mensajes a los compradores, recibí dos opiniones excelentes. Si en una se hablaba del nacimiento del nuevo Gustavo Adolfo Bécquer, la otra sostenía que algunos de mis versos derramaban sangre. Aun exultante por el éxito y la oportunidad de lanzar mi carrera, he de confesar que aquello me causó desconcierto. Siendo mi obra de ciencia ficción, era extraño que a mis lectores les hubiera parecido poesía.

En menos de una semana, la burbuja del altruismo explotó. Los cantantes se debatieron entre tomar vacaciones, boicotear el sistema que ellos mismos habían creado o retrasmitir su suicidio artístico. Los museos virtuales volvieron a vaciarse. Los escritores apátridas como yo nos decantamos por congratularnos con la genialidad de nuestras obras, echarle la culpa al trap y a la falta de criterio de la gente por nuestro fracaso. De nuevo contamos los días para que un ávido editor descubriera nuestro talento y nos catapultase al premio Planeta o al Nobel.

Y así, tanto artistas como público corrimos un tupido velo para preservar el mínimo de dignidad que nos haría falta para el Nuevo Mundo.

No lo llames altruismo, llámalo autobombo

7. TERREMOTOS PUNZANTES

A la histeria de los días precedentes al confinamiento, en el que aún veíamos el virus a través de la televisión y no teníamos licenciatura en epidemiología con máster en pandemias, hubo que sumar el despertar de la tierra. Por aquel entonces, ya había interiorizado la verdadera metodología de trabajo italiana: invertir la mitad del tiempo yendo y viniendo de la caffetteria.

Cierto día, mientras tomaba el tercer café de la tarde, el suelo empezó a temblar repentinamente. Los vasos y las tazas caían del cielo entre los gritos de una marabunta que huía despavorida del local. Mientras cavilaba si aquello sería uno de los trucos que la mafia empleaba para recaudar sus donaciones o si Dios se había aparecido para tomar un cremoso cappuccino, opté por hacer caso al refranero e ir hacia donde iba Vicente. “Porca troia! Mo, pure il terremoto e vaffanculo!”, escuché de una muchacha que no precisaba traducción. El sur de Italia era una zona sísmica y nadie había reparado un segundo en revelármelo. Aunque el epicentro fue a escasos kilómetros de las oficinas donde trabaja, no hubo que lamentar heridos más allá de algún ataque de ansiedad. Unos mangantes aprovecharon la confusión para chupar el suelo de un supermercado bañado en cerveza. Si la ciudad había sido construida con cimientos resistentes, la conmoción colapsó las calles. No tuve más remedio que regresar a casa caminando por el arcén de carreteras transitadas, soportando los amables pitidos e insultos de los conductores.

Fuera de mi pequeña burbuja de socialización desmedida y consumo de dudosa cultura, la ventana de mi confinamiento me mostraba un mundo del que apenas formaba parte. Una combinación de burbujas cerradas de las que sólo veía su superficie y que las pautas del Viejo Mundo no me habían permitido explorar. Mi apartamento se encontraba localizado en un antiguo palacio que alguien con buen criterio había convertido en un negocio que parecía no conocer límites. Si en otra época aquel edificio rústico habría albergado a una de las familias nobles de la ciudad, junto a su servicio y su caballeriza; la planta baja se destinaba a un local que hacía las veces de restaurante por el día y de desguace de esqueletos hasta el amanecer. La parte superior se había rehabilitado para albergar media docena de apartamentos destinados a jóvenes que estuvieran de paso o que el paso les hubiera otorgado la juventud eterna. Por fortuna, la cuarentena había obligado al cierre del local y habíamos podido adaptar nuestro descanso a un horario normal.

Mis vecinos del palacio también vivían el confinamiento dentro de sus propias burbujas. Francesca, la vecina de arriba, tenía la curiosa virtud de necesitar la lavadora comunal cuando otro la estaba usando. Si te pasabas cinco minutos, en un gesto de delicadeza, lanzaba tu ropa interior al olivo de la entrada. Al pasar los diez minutos, usaba tu colada para hacer trapos. Daniele, el vecino de al lado, estaba poseído por el espíritu de Don Giovanni. Era darle los buenos días en el pasillo y lanzarse a narrar epopeyas sobre tríos y acrobacias sexuales, ofreciendo a la nariz del emisor una salvaje mezcla de desodorante y sudor. También conocía a Giusepino, un napolitano naturista que se pasaba el día practicando meditación zen. En cierta ocasión me confesó que vivía gracias a un algoritmo que había desarrollado para desplumar a casas de apuestas online. Durante los fines de semana, Giusepino aprovechaba las horas de calor para pedirme sal en cueros. Junto con Alessia y Gigi, teníamos un grupo de Whatsapp que sólo se podía utilizar si era con el fin de recriminar la actitud de otro. “No pienses en alto que molestas a tus compañeros”, “sacas el cadáver de la casa que empieza a oler” o “no están permitido dar alojamiento a caballos indigentes” eran los reproches más habituales.

Una de aquellas noches de encierro, discutía con Huang el papel de las dos Coreas en la emergencia global. Mientras yo defendía la eficacia de Corea del Sur a través del control tecnológico, el loro se decantaba por la estrategia de aislamiento que había seguido la del Norte. Mi compañero era esclavo de su ascendencia china y los equilibrios geopolíticos. Aquel tema le volvía tan irascible que llegó a amenazarme con soltarme un picotazo. Descartado que Huang fuera algún tipo de espía norcoreano, lo apagué y me fui al baño a darle una segunda oportunidad a la higiene corporal. El reloj estaba a punto de marcar las dos de la madrugada cuando me quedé dormido sobre la taza del wáter. Aquella era una tradición que había adoptado durante mi adolescencia y que me había permitido amanecer en todo tipo de lugares variopintos. Entonces, la casa comenzó a temblar ligeramente y me hizo despertar de un plácido sueño en el que era estrella del reggaetón. Al vivir cerca de una autovía y dado que el edificio era antiguo, achaqué el fenómeno a la vibración propagada por un camión.

Cuando estaba a mitad de la ducha, el temblor se replicó con más fuerza por un periodo de veinte segundos. Salí a observar por la ventana, pero no encontré la más mínima señal de inquietud. ¿Qué había sido aquello? ¿El ejército había empezado a movilizarse? ¿Había perdido la cabeza? ¿Las fuerzas norcoreanas habían venido a por mí? Para mayor inri, caí en la cuenta que mi teléfono móvil era de fabricación china y seguramente en Pionyang ya supieran de mi existencia. Sin embargo, un rápido buceo por redes sociales resolvió de un plumazo mi incertidumbre: se estaban registrando una serie de terremotos leves en la zona. A continuación, el grupo de WhatsApp del palacio se llenó de mensajes confirmando la noticia y preocupándose por la situación de todas las burbujas que allí residíamos.

Además de constatar una vez más que mi idiotez no tenía límites, aquella noche de cuarentena empezó a pincharse mi burbuja. Aunque aún no lo sabía, no fue la única que explotó. Quizá las burbujas pequeñas sean más resistentes, pero las grandes no tienen cabida para la soledad. Y así fue cómo decidí construir una burbuja más grande.

Así me hubiera gustado que reventara la mía. La realidad nunca es tan bella.

8. ANESTESIA VOLUNTARIA

La luz del sol me despertó la mañana posterior al terremoto y la consiguiente explosión. Me recliné sobre el poyete de la ventana y divisé el cielo más claro que había visto en mucho tiempo. El aire que respiraba parecía transportarme a las montañas nevadas de alrededor. La naturaleza tornaba a la ciudad ofreciendo su faceta más virginal. “No necesito más”, pensé por un momento. Enseguida los gruñidos de mis tripas pusieron en tela de juicio tan cándida ensoñación.

La estampa que presentaba la nevera hablaba por sí sola: un kiwi solitario desangraba su néctar a la espera de mi atención. Con el paquete vacío, rebusqué en la basura los posos de café del día anterior y preparé una infusión con un ligero sabor a garbanzos con chorizo. Estaba solo, en un país extranjero, sin mayor motivación que engañar de forma hornada a la empresa que me pagaba y sin grandes certezas sobre mi destino. Huang, que seguía la actualidad informativa y tenía conocimientos diplomáticos tras su paso por aduanas internacionales, me aconsejó avisar a las autoridades para preparar una vuelta a casa. Un señor con voz grave atendió mi llamada intentando sosegar mis nervios. “A ver, zagal, estate tranquilo, que esto no es na’. Lo mejor que puedes hacer es conseguir una escopeta, atrincherarte en tu casa con la botella de Amaro más cara que haiga en la tienda y rezar a la Madonna della Catena”, me dijo el Cónsul. La sinceridad de las autoridades me dejó a las claras que estábamos en buenas manos.

Sin embargo, el Consulado tenía respuestas más ambiguas sobre mis dudas existenciales. “Home, mírate El Rey León o léete El Alquimista del Coelho ese. Ahí está to’ lo que tiés que saber de la vía”, contestó convencido. Con un “Hakuna Matata” se despidió y colgó. Por lo que contaba Huang, se avecinaba una crisis económica que dejaría a los que no teníamos nada de patitas en la calle. Si las predicciones se cumplían, despediríamos al Viejo Mundo con una mano delante y otra detrás. Para tratar de animarme, el loro recordó un antiguo proverbio chino: “No puedes guiar el viento, pero puedes cambiar la dirección de tus velas“. Quizá fuera por las secuelas del terremoto, pero en ese momento enfurecí y lo desconecté advirtiéndole que no tenía ningún barco. A continuación medité si Huang quería revelar que la piratería se pondría de moda en el Nuevo Mundo. Busqué algún curso online para diplomarme como pirata, pero lo más cercano que encontré fue un tutorial sobre cómo maquillarme de arlequín. Abrumado por la incertidumbre, fui al supermercado y arrasé la sección de patatas fritas, vino peleón y chocolate a mitad de precio.

Tumbado en el sofá fui engullendo el festín sintiendo que mis preocupaciones se disipaban. No fui el único que recurrió a alguna de las variadas formas de anestesia voluntaria que se practicaron durante la cuarentena. Algunos lo hacían de forma esporádica, otros lo hicieron su forma de vida creyendo que cuando salieran a la calle todo volvería a ser como antes. Uno de los parroquianos del canódromo, ‘El Perla’, hizo acopio de todo tipo de sustancias psicotrópicas mientras se tragaba todas las películas premiadas en la gala de los Goya por orden cronológico. No sé si fue la falta de previsión al hacer su pedido o el visionado de La Piel Que Habito, pero nunca más se supo de ‘El Perla’.

El aburrimiento también hizo que las tarjetas de crédito ardieran más de lo que lo habitual. Uno de los miembros de mi cuadrilla, “el Taladro”, se empecinó con la idea ponerse en forma para participar en los Juegos Olímpicos de Tokio. Confiado en que su negocio de venta de tangas con frases cachondas remontaría de forma espectacular a la salida, acabaría por subsistir gracias a malvender su bicicleta estática, aparato de remo y cinta de correr. Sus compradores representaban a ese segmento de la población que ganó una media de treinta kilos durante el confinamiento. La profesión de dietista viviría momentos de gloria al comienzo del Nuevo Mundo.

Las monjas carmelitas que había conocido en clase de zumba ampliaron su refugio divino. Crearon un canal de YouTube donde leían pasajes del Nuevo Testamento mientras meneaban el pandero a ritmo de bachata. Los devotos no fueron los únicos que esperaron que un milagro divino diera carpetazo a los desaguisados derivados de la emergencia global. Políticos que antes prometían cambiarlo todo, sindicalistas que decían luchar por derribar el sistema y algún que otro profeta del desastre sintieron la llamada de Dios. Se agarraron a la fe en pos de mantener las injusticias del viejo sistema, el cual daba sus últimos coletazos en aquellos momentos. Otros se sumergían en el inmenso mar de noticias con el riesgo de ahogarse. Mi casera, Albertina, me confesó que pasaba todo el día frente a la televisión esperando a que algún noticiero dijera que todo había sido una pesadilla. Por suerte, su televisión se rompió y se puso a fabricar mascarillas caseras, logrando abastecer a medio sur de Italia. En el Nuevo Mundo, la fundación Albertina Rizzoli se dedica activamente a ayudar a los colectivos desfavorecidos y la reinserción social, manteniendo a raya a los capos de la mafia.

Tras el atracón de anestesia ultraprocesada, mi barriga clamaba a gritos la implosión. Sin embargo, mi nevera permanecía vacía, no sabía que sería de mí al siguiente día y mis dudas trascendentales, lejos de disiparse, se habían agrandado. Saqué fuerzas de flaqueza, encendí a Huang y con voz de corderito degollado le pedí disculpas. Este me repitió el proverbio de su pueblo. Me explicó que en realidad las velas era una metáfora sobre las riendas del destino. Aun así, confesó que si quería ser pirata él surcaría los mares sobre mi hombro.

Y de esta forma fue cómo renuncié a la anestesia voluntaria para prepararme hacia la realidad que paulatinamente se transformaba en el exterior. Junto a Huang buscaríamos la forma de orientarnos hacia el mejor viento.

Me gustaría ser pirata, pero no por el oro ni por la plata, sino por el tesoro que…

9. REVELACIONES y UNA APARICIÓN

La vida del Viejo Mundo era demasiado sencilla. Como por arte de magia, todo parecía hecho. En mi caso, como en el de tantos otros, la táctica consistía en dejarse llevar por la corriente.

Nacías, entrabas al colegio, pasabas por el instituto y un día llegabas a la universidad sin haber aprendido a atarte los cordones. Entre medias, dedicabas años a fantasear con el sagrado momento de perder la virginidad para terminar haciéndolo en los aseos del sótano de un párking o en un botellón con ‘La raja de tu falda’ de Estopa sonando de fondo. Tras conseguir la licenciatura en pasar exámenes con el mínimo esfuerzo, un máster especializado en sobrecualificación y un doctorado sobre el susurro de las pelusas que había conmovido a un chimpancé en Nueva Zelanda, te lanzabas a madurar y a adentrarte en el mercado laboral. Aceptabas una beca con posibilidad de contrato de prácticas. Después hacías la mochila y dabas tumbos por medio mundo, jurándote que sería la última vez y que ibas a poner el huevo como si fueras una gallina. Mientras tanto, mantenías la esperanza de encontrar algún día una chica con tu mismo grado de desesperación, que al banquete de tu boda fuera un figurante de Los Soprano y pasarte el resto de tu vida felizmente hipotecado en un quinto sin ascensor que olía a cabra recién sacrificada.

Si el destino era benévolo contigo, podías redoblar la apuesta gracias a la caridad de tu banco para irte de vacaciones a Bután, comprarte un utilitario con sólo 100.000 km y las zapatillas de correr más caras para adelgazar las pizzas y hamburguesas que traía un señor en bicicleta bajo la niebla o la nieve. Si aún no te sentías realizado, podías encargar descendencia, meter un elefante egipcio en tu jardín, apuntarte a una secta satánica que promulgue la filantropía, escalar el Everest disfrazado de bufón o ser concursante de un reality show que retrasmita tu blanqueamiento anal. La transición hacia el Nuevo Mundo mostró que todo aquello que habíamos dado por sentado se sostenía en bases muy delicadas.

Las sendas conocidas se perdían y las bifurcaciones parecían cortadas. Era como si nos hubieran abandonado en medio de un páramo recóndito. A decir verdad, nunca había elegido mi camino. Padres, profesores, amigos, parejas, el Gobierno de la nación, los medios de comunicación, el sistema económico encabezado por Spotify, Netflix, Coca Cola, Matutano y Comidas a domicilio Anastasio habían tomado todas mis decisiones. No era la primera vez que aquella idea rondaba por mi mente. Tampoco era propia, sólo el reflejo de la forma de vivir de una generación. Con mi burbuja recién pinchada y con la intuición de que debía construir otra, aquel bofetón de realidad me impactó especialmente.

Así pues, me dispuse a retomar las riendas de mi vida sin saber ni cómo ni para qué. Mi primera decisión como hombre liberado fue la de encender la televisión. En unos minutos constaté cómo la publicidad había cambiado radicalmente. Además de las recomendaciones de las instituciones, me pareció desconcertante la sobrexposición de los bancos. En el anuncio de Intesa Sanpaolo, una de las grandes entidades, actuaban trapecistas y contorsionistas bajo una ambientación musical épica. Al final aparecía un equilibrista caminando sobre una cuerda que conectaba dos rascacielos. Con el sonido de los violines a punto de provocarme el infarto, el equilibrista resbaló y la cuerda ejerció de sujeción mientras aparecía un mensaje en el cielo: “I tuoi soldi non cadranno mai” —Tu dinero no caerá nunca—. Acto seguido, las noticias anunciaron que se fraccionarían las pensiones. Los accionistas de una multinacional acababan de repartir los dividendos antes de pedir el rescate al Gobierno y la única aerolínea estatal iba a ser nacionalizada para garantizar su viabilidad.

“¿Qué va a pasar con el dinero?”, me pregunté angustiado. Desperté a Huang, discutimos a voces y enseguida consensuamos un plan sin fisuras: sacaría todo el dinero del banco para guardarlo en un bote de galletas. No obstante, no llegamos a un consenso en cuanto a si debíamos quemar los billetes o si los utilizaríamos como abono para plantar pimientos choriceros. A cambio de una botella de ron dominicano y un paquete de pipas garrapiñadas, el loro voló hacia el cajero y el supermercado.

Mientras esperaba su regreso, me acerqué a la ventana y observé la avenida que limitaba lateralmente el palacio. Apenas circulaban coches y autobuses vacíos. Algunos vecinos paseaban arrastrando bolsas o carros de la compra, perros y otros objetos que se hacían pasar por canes. El sonido de las noticias aplacaba el silencio de ambos lados del cristal. Las procesiones fúnebres de la ciudad de Bérgamo centraban la actualidad cuando descubrí a un joven que deambulaba por el centro del asfalto. Tras detenerse y asombrarse con el paisaje desértico, sacó su teléfono y buscó el mejor ángulo para enfocar su cámara. La televisión continuaba repasando testimonios sobre familiares que no encontraban el cadáver de sus seres queridos y asilos abandonados a su suerte. Convencido de que al tercer intento había conseguido la instantánea que le granjearía cientos de likes, el muchacho desapareció de la escena. Entonces, me invadió la lástima: “quizá en su casa no tenga televisión”, pensé. “Quizá tampoco escuche la radio, lea los periódicos, revise las redes sociales, ni hable con familiares o amigos”.

A las dos horas, apareció Huang con menos dinero del acordado. Al parecer el alcohol de importación se había puesto por las nubes y un trilero lo había desplumado. “Te juro que la bola estaba en el cubilete de la izquierda. Dame otros 200€ y lo recupero”, repetía sulfurado. En unas calles que estaban a punto de convertirse en una jungla ya no había lugar para la inocencia del loro oriental.

Proseguimos la tarde comiendo pipas garrapiñadas y analizando con rigor la actualidad. Quizá fuera por el subidón de caramelo, pero estaba tan excitado que agoté las fuerzas de Huang y éste se apagó. Me quedé solo en la afrenta de rebatir los argumentos de los tertulianos de todas las cadenas. Personas que semanas antes se dedicaban a discutir si un toro Sagitario podía fecundar a una oveja, ahora eran expertos en bioquímica, psicología infantil y sistemas financieros. A pesar de mi ímpetu y de mi noble esfuerzo por vocalizar, resultaba agotador clamar la verdad ante oídos sordos.

Sin saber si estaba anocheciendo o amaneciendo, dediqué unos minutos a hacer zapping por los más de cuatrocientos canales que ofrecía la televisión italiana. Entre otras joyas, emitían la película ‘Adivina quién se ha enamorado de King Kong’, un especial sobre por qué los napolitanos son los únicos que están predispuestos genéticamente a elaborar pizzas perfectamente redondas, o el emocionantísimo encuentro de calcio entre la Salernitana y el Vicenza del año 2000, que acabaría sin tantos y una invasión de campo para reclamar que se despenalizara la entrada al estadio con piedras y martillos.

Con los ojos a punto de cerrarse, encontré la redifusión del rezo del Angelus. En un tono más propio de un funcionario cansado, el Papa oraba por el alma de los fallecidos, enfermos y los pobres que se multiplicaban por los efectos de la pandemia. De repente, su voz adquirió las formas de un revolucionario. “El egoísmo del ser humano es el gran culpable. Debemos cultivar la solidaridad para acabar con el virus”, clamaba Francisco poseído por el espíritu del Che Guevera. Cuando el Papa pasó al Avemaría, pensé que ya había tenido suficiente y apagué la televisión. Sin embargo, el aparato no pareció inmutarse y Bergoglio siguió con su verborrea en latín. Me levanté como una exhalación y apreté el apagado manual, pero este tampoco respondía. Desconecté el enchufe sin que la imagen del pontífice se inmutara. En calzoncillos, corrí hacia el cuadro general, que se situaba al otro extremo del palacio. Desactivé todos los interruptores, confiando en haber hecho puesto fin a la emisión del Angelus. Sin embargo, cuando entré al apartamento Francisco daba la paz y los Cardenales entonaban el Aleluya. Probé a accionar a Huang, pero este no hizo el más leve atisbo de movimiento.

Incrédulo volví a ver la pantalla y, tras unos segundos, Francisco entró en escena tomando mate y con gesto relajado. “Che, boludo, ¿tan ocupado estás que no podés esperar a que acabara el rezo?”, dijo sonriendo mientras yo me preguntaba qué aditivo alucinógeno contendrían las pipas garrapiñadas. “Mirá, yo sé que sos un pecador y que esto de la Iglesia te soná a cuento chino. Me parece bien, a mí a veces también y ves una de cosas rebárbaras. Escúchame bien pibe: además del corona, hay otro virus mucho más letal que va a arrasar al planeta. Yo estoy viejo y cansado, pasé una dictadura, me hice cura y suficiente tengo con que no me corten la nuca. Pero vos sos joven y tenés fuerza. No tenés futuro y pasás tu tiempo hablándole a un loro. Dejate de boludeces, encontrá ese virus, curate y destrúyelo”, dijo con una energía que estaba a punto de hacerme colapsar. “Y ahora te dejo querido que tengo cita para arreglarme los juanetes”.

Nada más terminar la intervención de Bergoglio, el televisor se apagó. No me había enterado de nada. Estaba asustado ante la posibilidad de que alguien más se apareciera. Por fortuna, descubrí a Huang con rostro atónito. Lo había presenciado y memorizado todo. Al día siguiente, tras interminables explicaciones y análisis, terminé de entenderlo: la vida era muy complicada.

El Papa es un cachondo, cuenta unos chistes verdes que te partes.

10. NACIMIENTO y MUERTE DE UN MESÍAS

La pandemia había colonizado el mundo. No entendía de fronteras, razas, lenguas, credos o clases. No preguntaba antes de entrar en un organismo y reproducirse a su antojo. Tampoco se vestía con trajes llamativos, ni se perfumaba con esencias que pudiera detectar el olfato. Era como una espía de la CIA que se había enamorado de un agente de la KGB en plena guerra fría. Algunos lo llamaban el virus perfecto, obviando que la perfección es sólo un concepto. No existe tan siquiera una forma de mal absoluto. El ser humano sólo entiende de términos relativos, de comparaciones entre mejores y peores. Si la epidemia era de por sí devastadora, unida a otros virus, no necesariamente biológicos, podía ser incluso peor.

En uno de mis sueños, virus de distintos colores y formas chocaban con tal violencia que me hicieron despertar. La excitación se propulsaba por mis venas, dotándome de una potencia que creía haber vaciado en la adolescencia. Mi cabeza era un remolino de pensamientos. No tengo claro si fue a raíz de escuchar heavy metal satánico para relajarme o del trauma de un amor no correspondido de juventud, pero en el Viejo Mundo había desarrollado la habilidad de no retener una idea más de cinco segundos. Era una especie de incontinencia para la que no había pañales. Por algún extraño motivo, aquel día mis ideas se proyectaban como una película en un cine 3D. Entre agentes infecciosos microscópicos y otros macroscópicos, divisé un pensamiento de tal lucidez que estuvo a punto de cegarme: desayunar un par de huevos fritos con chorizo.

Los rayos del amanecer mostraron la destrucción y el caos que sumía al apartamento. Parecía la cochiquera de un cortijo abandonado. ¿En qué momento habíamos empezado a usar el fregadero de la cocina para ducharnos y el bidé para destilar pacharán casero? El aspecto nauseabundo del poyete me dio a entender que Huang se había estado viendo con el agaporni de la vecina a escondidas. Las lejas del frigorífico estaban repletas de papeles arrugados y libretas destartaladas. En ellos había tomado apuntes de las lecciones de Huang. Entre borrones y tachones, encontré nociones sobre los orígenes del homo sapiens, causas del Crac del 29 e instrucciones sobre cómo hacer una secuenciación de genoma casera. En el cajón destinado a la fruta y la verdura encontré una cuartilla con unas palabras escritas en mayúsculas: “destruir el virus”. Entonces me di cuenta que si la nevera estaba llena de hojas, los huevos y el chorizo debían estar en el armario.

Una vez desayunado, centré mis esfuerzos en el virus que debía buscar. Haciendo honor a la capacidad de respuesta de mi generación, lo primero que hice fue escribir la palabra virus en un buscador de internet. Un total de 1.450.000.000 entradas se alinearon frente a mí. Al pinchar la primera se desplegó un texto de un tamaño similar a las Páginas Amarillas de Albacete. Como no entendía qué era un nucleótido, el ADN o una célula, me decanté por la opción de un vídeo infantil. En un par de clicks más me puse a ver cómo dos luchadores mexicanos ataviados con máscaras fabricaban lejía y pulque de contrabando. De repente, un detalle asombroso dio al traste con mi plan: se habían descrito más de 5000 tipos de virus y se estimaba que podían existir alrededor de un millón. Sería una quimera encontrar el que me ocupaba, al no ser que éste hablara o le hubiera dado por llevar un cartel encima que dijera: “Hola mi amor, yo soy tu virus”.

Tras diez minutos de coraje y lucha, di por agotada la primera alternativa. La incertidumbre de no encontrar respuesta era insoportable. Así pues, aposté por el plan b: llamar al Papa de Roma para pedirle explicaciones sobre su aparición. Desde la gelateria de confianza de cardenales y obispos me advirtieron que para visitar al pontífice tendría que ir hasta el Vaticano de rodillas cantando ‘Alabaré a mi señor’. Al confesarle a Huang mis dos intentos por atrapar al virus, éste explotó: “Después de dos días dándote clases, no has entendido absolutamente nada. Mi cultura ancestral me ha dotado de paciencia infinita, pero esto es demasiado. Es un virus metafórico, necio, y estás consumido por él”. Acto seguido, se acicaló y se regó con su perfume favorito. Tomó un par de copas, la botella de ron y se fue a pasar el día con el agaporni de la vecina.

He de confesar que fue el momento de la cuarenta que más odié al loro. Había sido el responsable de acelerar mi espiral de destrucción. Supongo que la felicidad es no saber que tu camino no va a ningun lugar. Entonces, empecé a sospechar que detrás de su fachada bondadosa y tranquila, se encontraba la cara más descarnada del egoísmo. La depravación del sistema convertida en un juguete oriental. Sin embargo, ¿quién estaba libre de egoísmo? ¿Acaso no había sido egoísta el tipo que me vendió una mascarilla usada por 300€? ¿Mi ex llamándome Eric para no confundirse con su amante? ¿Mis padres que se habían ido a las Islas Caimán a pasar la cuarentena? ¿El cónsul desentendiéndose de sus queridos conciudadanos? ¿Mi cuadrilla? ¿Los cantantes y escritores inflando la burbuja del altruismo? ¿Los que se anestesiaban de la realidad? ¿Y yo? ¿No había comprado a un loro y lo tenía en régimen de esclavitud? ¿Cuántos días llevaba sin dar señales de vida en el trabajo? Entonces, tuve una visión: el egoísmo era el virus que debía derrotar.

A través de la ventana, miré al cielo y pedí una señal para confirmar mi intuición. De repente, las campanas de la iglesia repicaron desbocadas mientras la megafonía emitía un cántico celestial. Ya que aquella hora siempre sonaban las campanas, volví a mirar al cielo y pedí una nueva señal con más fuerza. Entonces, mi vecino Giusepino tocó la puerta en cueros. Una vez le entregué el puñado de sal de todos los sábados, pedí confirmación con los brazos abiertos. A los pocos segundos escuché unos sonidos muy desagradables que provenían de la ventana de enfrente. Huang y el agaporni estaban enredados en una danza de plumas que acabó en un grito espartano. No había lugar a dudas, había dado con el virus.

Recorrí la casa de punta a punta, mientras me tiraba de los pelos. La adrenalina se propagaba por cada poro de mi cuerpo. Repasé los principales acontecimientos de mi cuarentena: la parábola del niño y la televisión, el milagro de la vuelta de Internet a la vida, o el de multiplicar papeles por huevos y chorizos. En aquel momento recibí la llamada de mi madre, de quien me había convertido en su sexólogo, psiquiatra y asesor de apuestas de galgos. Antes de colgar, le pedí que me relatara el momento en qué me había parido: “Naciste en una de las cuadras de los abuelos, entre un burro ciego y una mula coja. Después, aparecieron tres pastores de Villa Pascuala, del oriente, que estaban a mitad de la trashumancia. Venían siguiendo un cordero que se les había extraviado”. Aunque sentí curiosidad, desistí preguntar sobre mi concebimiento. Hay detalles que uno no necesita conocer. Por algún extraño motivo, deduje que la civilización me había designado como su nuevo mesías.

Me despojé de mis vestiduras y me vestí con las cortinas del baño. Recorté una corona de cartón que pinté de amarillo y me puse en la cabeza. Tomé papel y boli y empecé a planificar mi estratagema. Contaría con doce apóstoles, que recogerían a todas las capas de la sociedad: una influencer humilde, un youtuber que pague impuestos, un rapero recién salido de la cárcel, un liberado sindical de la tauromaquía, una pitonisa sin laca, un terraplanista con graduado escolar, una community manager que ejerciera, un ecologista que apoyara la energía nuclear, una líder de la postverdad sobria, un poeta que hiciera poesía, una abogada sincera y un millonario con escrúpulos.

Cuando empecé a pensar en la vacuna que derrotaría al egoísmo, me sentí agotado y recordé que Jesucristo era de beber buen vino. Entre copa y copa, empecé a imaginar el Nuevo Mundo que crearíamos junto a mis seguidores. No haría falta trabajar, tampoco madrugar. Las resacas quedarían abolidas, se instauraría el amor libre en detrimento del derecho penal. Las cárceles se llenarían de rosas rojas y los presos tendrían que convivir en granjas vacunas. Todo el año sería carnaval y como única celebración religiosa se mantendría la venida de Papa Noel. Dentro de mi proyecto, sería designado líder absoluto, cuya misión sería la de regir los designios de la civilización. Viviría en el palacio de algún monarca europeo y contaría con una banda de música que flanquease todos mis movimientos. Se celebraría el día nacional del líder y se pagaría un diezmo en agradecimiento a su sabiduría.

En pleno éxtasis de borrachera divina, me asomé por la ventana y empecé a gritar que era el nuevo mesías que iba a traer la caída del Viejo Mundo y la proclamación del Nuevo Mundo. Ni las ratas que corrían la avenida se inmutaron. Me incorporé sobre el alféizar y me dispuse a andar sobre el aire. Antes de hacerlo recordé cómo había muerto uno de mis supuestos antecesores: crucificado, repudiado por judíos y romanos a la edad de treinta y tres años. También el mesías del fútbol rondaba aquella edad y le acaban de arrebatar su reino. Si era un nuevo mesías, me quedaban menos de tres años de vida. Entonces, me arranqué las cortinas del baño, rompí la corona y me metí en la cama como si nada hubiera ocurrido. Al poco rato entró Huang por la ventana tarareando ‘Something Stupid’ de Frank Sinatra. “El amor sí hace milagros”, pensé mientras derramaba una lágrima.

Y así fue cómo en pocas horas nació y murió la figura de un mesías que, por suerte, el mundo y los manicomios de la zona evitaron soportar sus impredecibles consecuencias. Entre tanto, la epidemia y el virus seguían campando a sus anchas.

Brian sufrió las consecuencias de ser un mesías. Mejor beber un poco de hidroxicloroquina.

11. LAVADORAS POR LA PAZ

En mi décimo tercer día de aislamiento descubrí una parte de mi realidad: tan sólo era un mindundi con muchos humos. Fue el momento en que empecé a sospechar que me quedaba un largo camino parar curar el virus y que si quería hacerlo tenía que prepararme mucho mejor. Si ese virus había arrasado al mundo durante tanto tiempo, no iba a derrotarlo yo en diez minutos con tan sólo la ayuda de una cuchara de plástico y una pastilla de jabón revenida. A pesar de sus buenas intenciones y que le quedaba mucha pila, mi verdad era aún muy débil y sólo se apoyaba en un loro que había encontrado por casualidad en un bazar oriental.

Para colmo, Huang y yo padecíamos uno de los recurrentes síntomas del virus: la resaca. La noche anterior, después de un guateque de diversión y música comercial, nos bebimos una botella de vino para celebrar que aunque estábamos en cuarentena, estábamos juntos. Además, en plena exaltación de la amistad empezamos a consumir otro tipo de sustancias que podían agudizar el efecto del alcohol. Sufrimos varias alucinaciones en las que vimos a Emma Goldman cantando y bailando el ‘Aserejé’ o a La Pasionaria pregonando las maravillas del liberalismo. En el culmen de la fiesta me dio la impresión de que aquellas dos apariciones querían revelarnos algo. Quizá cuál iba a ser el número del Gordo de aquel año o que Mick Jagger y Paul McCartney eran en realidad la misma persona. No lo tengo aún claro. Lo que sí era razonable es que el balance entre la realidad y la ficción ficticia había desarbolado mi mente.

Como un mindundi preso de sus alucinaciones, me levanté excitado a proclamar a los cuatro vientos lo que quisiera que fuera la verdad. Huang aún dormía y decidí despertarlo más tarde. Aunque estábamos cerca de vislumbrar multitud de absurdeces y paradojas en la transición entre el Viejo y el Nuevo Mundo, en el calendario todavía era domingo y éste aún se dedicaba al descanso. Desde que llegó a casa, uno de nuestros frecuentes motivos de choque era la insistencia de Huang por reposar apagado y mis ganas de aprender danzas africanas mientras leía a Dostoevskij y cocinaba potaje de garbanzos.

Así pues, sacudido por los viejos vicios, me desnudé por completo y abrí una de las ventanas de mi estudio. En el balcón de enfrente, los vecinos que había conocido cantando ‘Ma il cielo è sempre più blu’ miraban el móvil sin percatarse de mi presencia. Cuando la chica despegó la vista de la pantalla, grité enloquecido: “Signora, guardi che cosa bella” mientras contoneaba todos los extremos de mi cuerpo. Debía ser que mi italiano no era tan bueno como creía, porque la mujer cerró su ventana de golpe gritando “Ma, che cazzo sta dicendo questo testa di cazzo!”. Decidí que la próxima vez probaría a ponerme calzoncillos.

Desbordado por el fallo de mi sesuda estrategia, me vine abajo y decidí encender a Huang, arriesgándome a una dura reprimenda. Aun la voz tomada y la cabeza colapsada por el flow de Don Patricio o Bad Bunny, Huang me recordó de muy buenas maneras que era domingo. Me recomendó que me fuera al sofá a ver un capítulo de las emocionantes aventuras del panadero ucraniano que quería ser astronauta. Indignado por su falta de tacto, opté por no hacerle caso. Como la casa estaba revuelta, con el suelo lleno de churretes y ropa sucia, me puse a limpiarla a fondo y a hacer lavadoras. Cuando iba por la cuarta lavadora, respiré tranquilo. Si a Huang le encantaba estar apagado el domingo, a mí poner lavadoras me hacía conectar con la Pachamama o sentir la llamada de un chamán al que se le había roto el tocadiscos. Ironías del destino, pensé en las veces que había tomado por loca a mi madre cuando pasaba los fines de semana limpiando la casa sin descanso.

Y así fue cómo empecé a intuir que durante la cuarentena necesitaría poner muchas lavadoras si de verdad me quería curar. Por suerte, me había provisto de varias botellas de detergente y suavizante antes de que la realidad me pillara de nuevo desprevenido.

Al final viviré dentro de la lavadora.

12. CAMPAMENTO DE SUPERVIVENCIA

En cierto momento de la cuarentena, los pensamientos que revoloteaban en mi cabeza se paralizaron. Las preocupaciones desaparecieron y me centré de forma inconsciente en arrancar toda expectativa más allá de pasar el día. Aunque jamás me haya planteado leer libros sobre coach o autoayuda, ni haya practicado yoga o meditación, a buen seguro que mis fantasías podrían haber atrapado a algunas de las almas confusas que había alumbrado el confinamiento. Por desgracia, la competencia en el sector de la estupidez es despiadada. Opté por mejorar el método antes de que una multinacional me lo arrebatara y se dedicara a vender falsos remedios o a fabricar nuevos héroes de barro.

En aquel oasis de tranquilidad, empecé a rememorar algunos de los recuerdos más felices de mi más tierna infancia. Evoqué las tardes en que me escondía en un remolque lleno de sacos de aceituna. ¡Alguna vez estuve a punto de acabar triturado en la almazara! También mi exigua carrera como promesa del futbol, viendo todos los partidos desde el banquillo, pero animando como el que más. Tuvieron su momento las encarnizadas discusiones con la profesora de matemáticas a la edad de ocho años. La muy villana prefería inventarse los resultados antes que admitir que no sabía hacer multiplicaciones de dos cifras. Por suerte, en mí encontró un férreo adversario al que poco le importaba quedarse sin recreo con tal de dignificar el álgebra. Esta situación se convertiría en habitual durante mi época de estudiante, hasta que la Universidad me metió en una lista negra, prohibiéndome el acceso a cualquier recinto educativo.

Los días de campamento de verano también venían a mi cabeza. Debido a que era un niño de hueso ancho y que la venta de menores incurría en un vacío legal, mis padres tuvieron la bondad de apuntarme a un campamento para niños obesos. A pesar de que las actividades estaban más enfocadas a la formación de un escuadrón paramilitar que a hacer una dieta saludable, en aquellos días comprendí la importancia de la disciplina para la supervivencia. Como si fuera uno de aquellos sofocantes días, cargando de un tronco y atravesando zarzas sin rumbo, decidí que mi confinamiento se regiría por un estricto horario que optimizase tiempo y fuerzas. Habían terminado los días de despertar a merced de los rayos del sol, acostarse cuando la televisión lo dictase o comer sólo en caso de que el hambre o la ansiedad apremiasen.

Así pues, tomé un pedazo de papel, dibujé unos garabatos con rotuladores de colores y colgué mi nueva rutina sobre la pared. Nada más despertar haría cien flexiones y otras tantas abdominales, mientras mi respiración dejaba el cerebro en blanco. Quedaba terminantemente prohibido pasar el día en pijama o en calzoncillos, luciría camisa lisa y pantalones formales, aunque estaría permitido combinarlo con zapatillas de andar por casa o calcetines con motivos navideños. La higiene dejaba de ser un complemento opcional y usaría la botella repleta del perfume destinado a citas con perspectiva.

Después trabajaría un par de horas que debían rendir como una jornada laboral. En dicho tiempo, se limitaría las salidas a tomar café, distraerse con el último posado de Úrsula Corberó o ver vídeos de gatos checos bailando polka. Comería al medio día mientras la radio fotografiaba al mundo. A partir de ese momento, mi dieta se basaría en productos naturales y cocinados eficientes que permitieran comer una media de diez veces en cada guisado, como el potaje de habichuelas o la sopa de cebolla. Los alimentos procesados habían pasado a mejor vida y el alcohol sólo se admitiría los viernes a la noche y los domingos a primera hora.

Tras una siesta con fines terapéuticos, dedicaría la tarde a la contemplación universal. Retomaría la lectura de clásicos sobre el alféizar, mientras el sol doraba mi cara y brazos. La observación a través de la ventana se convertiría en herramienta fundamental para meditar sobre mí y los virus que asolaban al mundo. A pesar de mi patente falta de coordinación, el baile de danzas étnicas sería recomendado como actividad de esparcimiento. En días laborables, escogería una de cada continente y el fin de semana sería dedicado a los bailes modernos como el swing o el afrobeat. Nada más cenar, quedaría con Huang y discutiríamos conclusiones existencialistas. La esclavitud había sido abolida para el loro, ya que sólo necesitaba dos horas de su lealtad que me brindaría su dependencia alcohólica. Los reproches habían pasado a una mejor vida y si él me lo pedía, oficiaría con gusto cualquier rito de unión con el agaporni de la vecina.

En el nuevo régimen se había acabado las borracheras informativas. Las tertulias en las que participaban charlatanes —que eran la inmensa mayoría— serían sustituidas por documentales de la guerra de Vietnam o de tigres salvajes que cazaban a búfalos para servir de alimento para toda su manada. Sólo revisaría las redes sociales en dos franjas horarias por un máximo de una hora. Las notificaciones del móvil serían desactivadas y éste se desconectaría en los tiempos dedicados al trabajo, el debate o la relajación.  La dictadura tecnológica había dado paso a una democracia bananera.

Sobra decir que los primeros días en que apliqué el horario, éste fue reiteradamente incumplido. Pasar de ser campeón de la indisciplina y la dispersión de mi barrio a vivaquear en los campos del orden y la precisión llevaría su tiempo. Además sufrí los picotazos rabiosos de Huang, quien, aún dolido por mi falta de consideración y aptitudes, se mostraba reticente a cualquier tipo de actividad intelectual. Afortunadamente, supe esperar mi momento con paciencia. Lo ignoré y, tras una pelea con el agaporni a causa de su manifiesta infertilidad e incompatibilidad genética, en poco tiempo volvimos a ser uno.

Y así fue cómo mi cuarentena se convirtió en un campamento de supervivencia. Por desgracia, las certezas de una cuarentena son exiguas. Aunque quieras negarla, la incertidumbre te muestra que hoy puede ser totalmente distinto a mañana. A veces incluso, no te deja preverla y cuando quieres darte cuenta tienes el cuchillo en la garganta. En poco tiempo, pasaría de estar acampado en una ciudad remota a trasladar mi hoguera a otros rincones de variopinta naturaleza. Pero esa es otra historia.

Cuando crees que la disciplina te hará bien y al día siguiente tienes unas agujetas horribles.

13. TORMENTAS VIENEN DEL SUR

La cuarentena aminoró algunas de las actividades habituales del Viejo Mundo. Diversas formas de medir el tiempo dejaron de ocupar nuestro tiempo. Los relojeros y los fabricantes de almanaques, que no disfrutaban de una situación boyante, miraban el futuro de sus negocios con temor. Aunque gran parte del interés se basaba en buscar indicios que describieran cómo iba a ser el Nuevo Mundo, fueron días dispares para los que se dedicaban al oficio de adelantar el futuro.

A cada análisis, los economistas se desdecían y agravaban sus predicciones sobre desempleo, producto interior bruto, niveles de deuda o número de gorrinos que echarían a volar. Los más honestos sucumbieron en las trincheras de la complejidad y la globalidad, entregaron las armas que utilizaban en sus análisis y discretamente se transformaron en seguidores de Pitágoras, Sócrates o Lennon. Otros optaron por convertirse en héroes de barro y esperar a que su alcantarilla fuera cómoda y limpia. Los más resistentes fueron juzgados y condenados por los tribunales del Nuevo Mundo al haber contribuido a magnificar el desastre del viejo sistema.

En cambio, el gremio de astrólogos y tarotistas vivió sus mejores momentos desde la primera edición de Gran Hermano. Alojados en un páramo que la legalidad definía como fantasía, su burbuja comenzó a inflarse con consultas sobre si el vecino del balcón de enfrente se insinuaba en la hora de los aplausos, si se conservaría el sueño húmedo de ser esclavo de Zara y otras formas de suicidarse sin manchar la ropa. Mediante conocimientos ancestrales, los videntes interpretaban los caprichos de la baraja de naipes, ofrecían ungüentos de animales silvestres u olfateaban el movimiento de la basura espacial para ofrecer certezas del destino. Algunos de los videntes más prometedores fueron designados asesores del gobierno y otros se fugaron a las Islas Salomón o Antigua y Barbuda.

En el sosiego de mi rutina, me di cuenta que había dejado de revisar las predicciones del tiempo. Quizá producto de un hechizo maligno, en el Viejo Mundo desarrollé una obsesión por controlar no sólo la meteorología, sino todo lo que estuviera a mi acceso: cuántas calorías quemaba yendo del sofá a la cama, a qué ritmo debía leer para acabar la bibliografía de Corín Tellado en una semana o cuántos años de vida me quedarían comiendo palomitas untadas en salsa parmesana después de cenar. Seguramente el control genera seguridad y puede remediar males mayores, pero saber qué va a ocurrir a cada momento conlleva el riesgo de convertirte en un robot que ni siente ni padece.

Mientras leía un análisis sobre el plan secreto que estaban elaborando los pingüinos para dominar el mundo —esclavizando y sacrificando a tantos humanos como fuera necesario, ocupados estos en tareas más importantes—, comprobé que afuera estaba nevando. Miré por la ventana y vi cómo caían copos de nieve que se mezclaban con el alquitrán. El blanco cubría los techos de automóviles y autobuses que desafiaban la tormenta. Una capa luminosa envolvía el cielo. Perdí la noción del tiempo embelesado por el espectáculo, hasta que éste dio paso a una tromba generosa de agua. Recordé las veces que el parte había dado nieve, la ilusión por sacar los trineos y hacer muñecos, beber chocolate caliente y no tener que ir a clase o a trabajar, como en las películas. También rememoré los desengaños cuando finalmente caían cuatro copos. Habíamos sacrificado el poder de la sorpresa insignificante por un abrigo de bienestar.  

Huang se había despertado para observar a mi lado el milagro inesperado. “En Shanghái nieva dos o tres veces por año. Me acuerdo mucho de la fábrica donde nací y mi infancia”, dijo con un nudo en la garganta. Después, el loro señaló a las nubes que había en el fondo de la postal. Eran grisáceas y se movían paulatinamente hacia nuestra dirección. “Se avecina temporal. Son las tormentas que vienen del sur”, añadió haciéndose el interesante. Es probable que en su época de explorador, Huang hubiera desarrollado una especie de brújula interna. Sin embargo, no sólo la avenida y las nubes apuntaban hacia el sur.

En aquel periodo de la cuarentena, la pandemia había llegado a América del Sur. A los designios biológicos, se le unieron la pobreza y las graves carencias del sistema, situando a su cálida gente más cerca del borde de un abismo que conocían a la perfección. Haciendo cola en el supermercado y comprobando los primeros síntomas de desabastecimiento, evoqué mis cortos y felices días en Latinoamérica. De entre los mensajes que recibí, algunos provenían de Cuba, Brasil, Venezuela, México o Colombia. Su efecto en mi cuerpo tenía la misma vitalidad que un zumo de mango recién exprimido o la frescura de una papaya acabada de coger.

Algunos de las llamadas que más me estremecieron procedían de la música. Con Huang integrado al horario de campamento, una de las actividades que más disfrutábamos era bailar y cantar, especialmente ritmos latinos. Por aquello de la cercanía cultural, podía suplir mi torpeza con cierta gracia. En cambio, la sobriedad acentuaba los toscos movimientos del loro oriental. La vecina de enfrente, por su parte, no opinaba lo mismo y cerraba la persiana ante un show que no debía ser de su agrado. En aquella combinación de sudor y sabor, canciones que había escuchado mil veces cobraron un nuevo sentido. Era como si los sones tropicales hubieran derretido un tapón de cera en mis oídos. La tarde de la tormenta, el susurro de unas frases dulces atravesó mis sentidos.

Con el coraje de frente,
voy a ganar la batalla,
hecha de viento y de playa,
soy la ola que va a romper”.

El canto provenía de Puerto Rico y se hacía acompañar por percusiones vivaces y vientos desnudos. El apartamento de pronto se transformó en una suerte de selva impregnada de olor a tierra mojada, con playas de arena blanca a un lado y montañas abarrotadas por densa vegetación al otro. En plena alucinación, el reproductor de música seleccionó otra canción puertorriqueña. Tenía cadencias frenéticas, en el que la voz de un profeta encolerizado escupía verdad.

Mi estrategia es diferente: por la salida entro,
me infiltro en el sistema y exploto desde adentro.
Todo lo que les digo es como el Aikido,
uso a mi favor la fuerza del enemigo.
Ahora quítate el traje falda y camiseta
Despójate de prendas marcas etiquetas,
pa’ cambiar al mundo desnuda tu coraje

Yo que siempre había sido rockero, me había dejado poseer por el espíritu del reggaetón. Restregaba mi cuerpo contra el del loro, moviendo sin parar las caderas y nalgas en una especie de twerking. Sin salir de aquella tarde de tormenta, viajamos de Trujillo Alto a Montevideo, Caracas, El Hierro, La Habana, Medellín, Buenos Aires… En el apartamento tenía una toalla con la bandera de Canarias que colgamos en la ventana apuntando al sur, como un referente a medio camino entre el sur y el norte. Entonces, Huang me interrumpió: “Estos himnos son las tormentas que derribarán el virus”. Aunque me lo tomé a la ligera y sospeché que el loro había aprovechado un descuido para templarse, aquellas palabras aún resuenan en mi cabeza.

Y así fue cómo el confinamiento agotó algunas costumbres para dar paso a otras que se convertirían en imprescindibles en el Nuevo Mundo. Por lo general, la verdad es flexible y, de esta forma, los virus se propagan en mentes cerradas.

La primera de las tormentas

14. LA CALMA TENSA

Durante la cuarentena, convivimos en un ambiente de calma tensa que  regía cualquier movimiento. La tensión y la calma son conceptos relativos. Si el encontrar a un hombre vestido de rojo tratando de entrar por la chimenea en Nochebuena puede suponer una tierna anécdota para los niños, en los adultos puede desembocar en un futuro ingreso al manicomio o incluso en el suicidio. Dentro de esa ambigüedad interpretativa, tuvimos que aprender a detectar cuándo la atmósfera era una balsa de aceite o el ojo del huracán. La calma tensa es altamente inestable. Nunca se debe confiar en ella. Por instinto de supervivencia, obligaba a afilar los sentidos.

Tras una sesión de calistenia, meditaba en la ducha qué sería de mi futuro inmediato. Sin novedades del Consulado, el Gobierno anunciaba a bombo y platillo rescates de otros ciudadanos en varios rincones del mundo. Intrépidos turistas, que habían aprovechado las ofertas del comienzo de la epidemia, mandaban mensajes de desesperación varados en aeropuertos o en cuchitriles de incertidumbre. Erasmus que, a pesar de ser felices en su oasis de conocimiento y pizza precocinada, deseaban regresar para acallar la insistente preocupación de sus padres. La emergencia también puso el punto y final a la emigración de mucho talento, que no tuvo más remedio que volver para comenzar de nuevo.

Haciendo honor al arte nacional de conspirar sin tener idea, imaginé una agenda del Cónsul plena de jolgorio y desenfreno. Probablemente, el tipo andaría ocupado paseando en carrozas de lujo, asistiendo a pases de modelos que le dedicaban vivas y combates de boxeo entre aristócratas que se alternaban con orgías de cocodrilos. “Quizá pueda darme a la vida diplomática y después asaltar el Ministerio del Aire”, pensé por un instante. Acto seguido, sonó el teléfono. Dolido por haberme roto la fantasía, decidí ignorarlo. Sin embargo, el aparato volvió a insistir. Ante la disyuntiva, el espíritu de mi abuela me invadió. ¿Habría pasado algo grave? ¿Mi hermana habría sido devorada por sus niños salvajes o habría subastado a su marido, Christian Gottfried Daniel? ¿Mis padres habrían sido secuestrados en Islas Caimán, confundidos con algún magnate o mangante?

Salí de la ducha y corrí como alma que lleva el diablo. “Zagal, ¿qué marcha me llevas?”, escuché al descolgar. Antes de poder contestar, el Cónsul prosiguió con su verborrea: “Espero que me haigas hecho caso y hayas pillao munición y una pipa. No te via’ mentir, la cosa está mal na más, pero jincándote una botella de Amaro las cosas se ven regular”. En aquella ocasión, noté al Cónsul especialmente cansado. Entre palabra y palabra, tomaba una bocanada de aire que acompañaba con un silbido. Imaginaba a mi interlocutor sentado en su poltrona con la barriga chocando contra la mesa, sosteniendo un puro en una mano y un muslo de pavo caramelizado en la otra. “El Gobierno de nuestro país está tomado por incompetentes, masones, ateos y maricones en su mayoría. Aunque no haiga ni una miaja de deciencia, algunos lo amamos y luchamos. Llevo trabajando sin descanso semanas para idiotas como tú. He pedido helicópteros y misiles para sacaros de ahí, pero esos zánganos están con las mascarillas y los medicamentos. ¡Cojones es lo que hace falta!”, gritó violento. “Zagal, hazte a la idea de que vas a seguir ahí mucho tiempo. Si te interesa, tengo buena mano con los sicilianos. Al capo le llaman ‘il Mingafredda’. Es un bendito y le iría muy bien vendedores serios por las calles. Si te interesa, llámame que voy a pachas”. Antes de que pudiera preguntar de qué demonios estaba hablando, se despidió con un “Bacia la mano al padrone!”.

Descartado que mi futuro pasara por integrarme a una banda criminal o a la diplomacia patria, desperté a Huang. La adopción de un estilo de vida más tranquilo le había suavizado y abrillantado las plumas, aunque pasaba las noches en vela pensando en el agaporni de la vecina. Ante la posibilidad de prorrogar nuestra estancia, el loro mostró una alegría contenida. Continuábamos dilatando el momento de hablar acerca de planes de futuro y discutir si una vuelta a casa supondría separar nuestras vidas para siempre. La clásica táctica de dejar la bomba correr. Entonces, Huang me propuso que quizá fuera momento de hacer algo útil por la comunidad en la que vivíamos, empezando por integrarnos.

En la transición entre el Viejo y el Nuevo Mundo, se lanzaron multitud de propuestas de cooperación y redes de apoyo. Desde personas que hacían los recados a sus vecinos más ancianos hasta la preparación de cestas de alimentos para los más desfavorecidos, pasando por ingenieros que fabricaban equipo sanitario sin descanso con sus impresoras 3D. De alguna forma, quise que ese tipo de iniciativas se instauraran en el palacio en el que residíamos. Para romper el hielo, propuse a una red de intercambio de libros. Precisamente, era el día del Dantedì, una ocurrencia del Gobierno para conmemorar el nacimiento del escritor toscano. Así pues, pensé que raro sería que entre cinco italianos no hubiera una réplica de la Divina comedia, la obra maestra de la literatura nacional. Tras una hora de espera se constató la peor de las previsiones: no sólo no había ni un tomo, sino que la mayor expresión literaria se reducía al menú de la pizzería Montalbano, donde los platos estaban inspirados en el célebre comisario creado por Camilleri.

A cambio, logré una lista de contactos con todas las actividades que se hacían en la ciudad, dentro y fuera de los cauces legales que establecían los decretos de emergencia. En la lista figuraba la posibilidad de encargar flores, ordenar un asesinato a mitad de precio o solicitar que un párroco oficiara misa en casa, con los sacramentos incluidos en el transporte. Entre las propuestas, encontré la de una librería infantil que repartía a domicilio. A pesar de que su stock se basaba en cuentos y novelas ilustradas, me llamó la atención Io e Mao, un libro infantil sobre el líder de la revolución china. Cuando Huang lo vio, comenzó a silbar eufórico y exigió su compra con cierto aire autoritario.

A la media hora, dos hermosas mujeres se presentaron en casa con el libro. Ambas tenían un aspecto similar: rostro liso, camisa de franjas blancas y negras, pantalones vaqueros y una generosa cabellera de pelo rizado. Tan sólo se diferenciaban en el color de los ojos: una azules esmeralda y la otra azules turquesa. Los movimientos de mi cuerpo me advirtieron de que llevaba demasiado tiempo hablando con un loro de juguete. Como no quería regresar a casa, empecé a sacar temas de conversación infalibles: las casas colgantes de la ciudad de Cuenca, el apareamiento de los vencejos o el dulce sabor de los higos maduros. Las muchachas se miraron incómodas y, una vez hice el pago, se metieron en el coche y desaparecieron a toda velocidad de mi vista.

Decepcionado por el fracaso de tejer alguna red de apoyo, me centré en la lectura del cuento sobre Mao. Huang, desatado por su conocimiento y pasión sobre el tema, ampliaba algunas de las anécdotas sobre el llamado sol rojo en el centro de nuestros corazones y el salvador del pueblo. En cierta forma, la existencia de millones de loros idénticos e inanimados era el culmen de las ideas de la revolución china. A mitad de lectura, un mensaje llegó a mi móvil. Las chicas de la librería infantil proponían la lectura de un cuento para una asociación infantil que se reunía telemáticamente. Inmediatamente, Huang y yo nos pusimos a la tarea de inventar uno. Escribimos la historia de un niño que, junto a sus amigas arañas, tejía una red tan grande y resistente que permitía a todos sus amigos andar por encima de las nubes. Para hacer más creíble nuestra narración, Huang se disfrazó de araña y yo me caractericé como un niño. Aunque no supimos si nuestro público entendió algo, aparentemente ninguno quedó traumatizado. Las chicas de la librería quedaron gratamente sorprendidas y nos animaron a repetir la experiencia con ancianos que pasaban la cuarentena en soledad.

Y así fue como tejimos nuestra propia red en medio de la calma tensa. Sin embargo, muy pronto descubriríamos que estábamos en medio del ojo de un huracán que nos arrastraría si no estábamos preparados.

La calma tensa que precede al huracán

15. LOS DESIGNIOS DE UN SISTEMA VORAZ

Tiempo después, descubrí que la cuarentena se comportaba como una de esas profesoras que se quedan grabadas por siempre en la memoria. Jamás se olvida la maestra que enseña a distinguir derecha e izquierda, leer un reloj o cómo hilar vocal y consonante. En ocasiones, la clave no reside en el conocimiento de la maestra, sino en cómo ésta es capaz de guiar al alumno hacia la verdad. Aunque sea necesario más tiempo y dolor, un fracaso interiorizado es preferible a una victoria indolente. La cuarentena ofrecía de forma generosa y paciente un amplio abanico de lecciones, dando a elegir si tomarlas u obviarlas. En el segundo caso, si el saber era vital, ofrecía más oportunidades. El día en que la calma tensa dio paso al huracán, grabé con fuego una de sus leyes: hoy es hoy y mañana ya veremos.

Emocionado aún por la red que habíamos comenzado a tejer, en mi cabeza rondaban multitud de proyectos para extenderla. La raja que atravesaba mis vaqueros me animó a organizar una red de ancianas que desempolvara las máquinas de coser para remendar pantalones y zapatillas. No sólo fantaseaba con ancianas costureras, sino con desempleados que arreglaran aparatos electrónicos. La época de comprar un objeto nuevo cuando el viejo fallara iba a pasar a la historia. El corazón se disparaba y la emoción llenaba mis lagrimales. En medio de mi alucinación de restauradores del Viejo Mundo, sonó mi teléfono.

Zagal, ¿qué marcha me llevas?”, saludó vivaz el Cónsul. “Hoy me he levantado tan esplendoroso como cuando doña María del Pilar Bahamonde parió al Caudillo. He cogido el caballo y una carabina y he marchado victorioso al consulado silbando el himno patrio cara al sol. Me han llamado esos usurpadores y ratas del gobierno. Tenemos novedades para las sabandijas que aún quedáis por aquí. El martes hay un avión pa’ Madriz”, reveló con un tono misterioso, aprovechando para templar el gaznate con orujo. “Sois un chorrión y no me gustaría esparcir por ahí más escoria de la necesaria. No te creas que esto de la diplomacia es fácil. Últimamente tengo que atender a timbas de póker y, aunque esta sea tierra de buenos vicios, no son baratos. Así que, zagal, como esto es una operación secreta de rescate, mis gestiones hacen 300€. ¿Truco o trato?” Aquella parecía una escena más propia de una serie de mafiosos de medio pelo que de una repatriación en medio de una pandemia. Sin pensármelo dos veces, contesté firme. “Lo siento, señor Cónsul. Es usted muy amable, pero tengo que consultarlo con mi loro de juguete”. Antes de que pudiera terminar la frase, el diplomático colgó de un golpe seco.

Más allá de la respuesta, no estaba dispuesto a ser víctima de una extorsión oficial. A los pocos segundos, Daría, compañera de la oficina de Roma, me envió toda la información que el Cónsul acababa de tildar de secreta. El rescate estaba organizado por Air Manguing, aerolínea que jamás había oído nombrar. El billete costaba 500€. Tras una meticulosa labor de espionaje, consistente en introducir el nombre de la empresa en un buscador, disfruté del álbum de fotos personal del CEO de la compañía. Había celebrado su 58 cumpleaños en Dubái junto al resto de empleados, incendiando las discotecas y hoteles más exclusivos de la capital. Un batallón de chimpancés bailarines escoltaban la expedición y el broche final lo había puesto un concierto privado de José Luis Rodríguez ‘el Puma’. Al parecer, la aerolínea se dedicaba a trasladar a famosos y multimillonarios, con un servicio exclusivo de jacuzzi lleno de champagne a bordo.

Donde no había llegado la voluntad del hombre, lo había hecho el altruismo empresarial que se solidarizaba con la desgracia y la emergencia. Aunque era probable que si no salía me quedaría definitivamente atrapado, decidí que no sería cómplice de la usura moral y económica. Sobreviviría y seguiría tejiendo redes de apoyo con mis compañeras hasta derrotar a todos y cada uno de los virus. Entonces, puse a todo volumen el himno revolucionario que había popularizado el mainstream, y entoné a pleno pulmón lo de “E se io muoio da partigiano, O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao…” Mis berridos despertaron a Huang. Al contarle el heroico plan frente al sistema, éste se posó sobre mi cara y me reprendió a base de picotazos. Seguidamente, apostilló con uno de sus proverbios chinos “Antes de iniciar la labor de cambiar el mundo, da tres vueltas por tu propia casa”. Al no entenderlo, Huang tuvo la amabilidad de traducírmelo: “Vuelve a casa, merluzo”.

En ocasiones, la lucha y la determinación no son suficientes para redoblar a un sistema bien armado. A la insistencia de Huang, se le unieron las de algunos miembros de la cuadrilla, las monjas carmelitas con las que solía bailar zumba, los parroquianos del canódromo y los del taller de cocina con microondas. Hasta mis padres, desde las Islas Caimán, se enteraron y me llenaron el buzón con miles de mensajes para que volviera. Ellos también tanteaban la opción de volver a casa y jugaron la carta infalible del chantaje emocional con promesas de volver a ser una familia feliz. Entre otros motivos, la llamada del amor filial apuntaba al tedio de beber cócteles en la playa hasta perder la consciencia, haber terminado las páginas del Kamasutra o a la alerta de su asesor fiscal, quien había visto recortado su margen para mangonear las cuentas de la familia. Además, el paraíso fiscal de Islas Caimán era un continuo trasiego de nobles empresarios que ponían a recaudo los superávits de sus negocios, después de haber vaciado a conciencia la caja mientras solicitaban al Estado ayuda para pagar a sus trabajadores.

Así pues, no tuve más remedio que aceptar que mis días en el apartamento de la resistencia acababan de llegar a su fin. El sueño de hacer la revolución bailando reggaetón debía reconstruirse en otro lado. Pocos minutos después de comprar los billetes, recibí la llamada del Cónsul. En un arrebato de valentía, bloqueé su número. Enfurecido por la actitud de la diplomacia de mi país, empecé a redactar un artículo que enviaría a todos los medios de comunicación, hilos en redes sociales y un cartel que colgaría en el palacio denunciado la injusticia. El mundo debía saber que era un mártir del sistema y unirse para poder enfrentarlo. Sin embargo, mis lamentos no obtuvieron apenas repercusión entre seguidores y amigos. Parecían que éstas no hubieran salido nunca de mi ordenador. ¿Caprichos de los algoritmos o el mundo estaba demasiado ocupado viendo vídeos de médicos gritando enfurecidos y policías persiguiendo tiranosaurios?

Mientras cavilaba, alguien tocó a la puerta. Aunque no era sábado, supuse era Giusepino en cueros en plena enajenación transitoria o Francesca que amenazaba con lanzar mis calzoncillos de Peter Pan por la ventana. Al abrir, descubrí un señor que jamás había visto. Sonreía y tenía un gesto relajado. Por su aspecto elegante y el maletín que portaba, deduje que se trataba de un testigo de Jehová al que su religión no le daba descanso ni en pandemia. “Mi dispia’. Sono ocupatissimo. Ciao, ciao”, le contesté fingiendo ser cordial tratando de cerrar la puerta. Sin embargo, éste lo impidió con una patada. “Li prego di scusarmi. Sono amico del Console. Mi dice che adesso non sono 300, sono 500 a testa. Dai!”, dijo con voz firme, mientras hacía amago de portar un arma en el maletín. Miré a Huang y éste me señaló con la mirada la caja de galletas donde guardábamos el dinero en efectivo. Teníamos poco más de lo que solicitaba nuestro invitado. Mis manos temblaban al entregarle todos los ahorros que me quedaban. “Bravo. Il Console sarà molto felice. Buona giornata, caro mio”, se despidió de forma educada y dejó una copia de la edición de los testigos de Jehová de la Biblia sobre la mesa antes de partir.

Y así fue como aprendí que los colmillos del sistema del Viejo Mundo eran tan largos que las puntas se extendían hasta las calles y que éste tenía una voracidad que no conocía límites. Por suerte, el Nuevo Mundo pondría al sistema a dieta.

El Cónsul me comió con torreznos y una bota de vino

16. LA HUIDA DEL CERDO

El cerdo es uno de los animales con mayor capacidad de adaptación. Si las condiciones le brindan más horas de luz, tiende a comer más. En cambio, si la oscuridad crece, entonces el marrano dedicará más tiempo a dormir. Por el contrario, el ser humano se define como un animal de costumbres. Da igual que haga sol o nieve, que las calles ardan o las montañas hablen, que el banquero invierta tus ahorros en su tercer yate, que la televisión retrasmita una partida de curling o escenas con niños muriendo de hambre, porque la prioridad del hombre será que su pequeño mundo no cambie. Sin pedir nada, el Viejo Mundo había sacrificado la capacidad de adaptación. Precisamente, el día que emprendí la huida, maldije mi condición humana y anhelé la capacidad porcina.

El primer pensamiento que me vino al organizar el viaje de regreso fue un hermoso cerdo paseando por la dehesa. Algunos de los productos más típicos de la región provenían de él: la pancetta, la sopressata —un salami rústico—  y la ‘Nduja —una especie de sobrasada picante, que generaba una dependencia similar a la de una droga—. Era un pecado imperdonable dejar el sur de Italia sin la maleta llena de aquellas exquisiteces. Escribí a mis vecinos por si alguno se apiadaba de mí. Al parecer, todos habían hecho tal cantidad de acopio que no tenían previsto regresar al mercado en años.

Mientras salivaba y mis ensoñaciones se embadurnaban en una noble capa de grasa, Huang accedió a buscar alternativas para viajar hasta Roma. Si el sur de Italia era de por sí una región aislada, la pandemia levantó muros que la hacían infranqueable. Antiguamente, en el mejor de los casos, el trayecto hasta la capital demoraba unas siete u ocho horas en transporte público. En tiempos de confinamiento, ante un eventual retraso, la expedición podía implicar tener que pernoctar en una estación fantasma o perder el avión de vuelta que casi me había arruinado. A todo ello, habría que sumar los impredecibles controles de los carabinieri, una ruleta rusa cuya bala apuntaba entre bailar ‘La Macarena’ en medio de una carretera secundaria o una noche en la celda de un afable delincuente. En pocos minutos, el loro lo tuvo claro: “Coge el avión de mañana a primera hora y pídele a Daría quedarte en su casa un par de noches”.

No había otra alternativa. Llamé a Daría y ésta, aun conocernos de un par de fiestas de la empresa en lamentables condiciones, se mostró eufórica ante mi llegada improvisada. Seguidamente, preguntó por la salud de mis riñones e hígado y menciónó redes que los transportaban hasta Singapur por una buena suma. La cuarentena era un proceso tan personal que el momento de Daría podía ser consecuencia de las secuelas del visionado de un reality de traficantes de órganos o de la emoción por volver a casa. En cualquier caso, prestaría especial atención a mis órganos.

Programar aquella huida supuso debatir el destino de Huang. Haciendo gala de su carácter oriental, se inclinó por no ser un estorbo. Lo único que pidió era no devolverlo al bazar donde semanas antes lo había comprado. “Me ganaré la vida vagando por las calles, piropeando a las señoras mayores a cambio de una moneda y alimentándome de los contenedores hasta que encuentre un nuevo hogar”. Tenía tantas cosas que pensar y organizar en tan poco tiempo, que le respondí cortante. “Si quieres venirte conmigo, vente, pero deja de dar pena”. Entonces, Huang escapó por la ventana y temí que aquellas palabras sin tacto hubieran significado el punto y final a nuestra relación.

En el Viejo Mundo desarrollé más defectos que virtudes. Una de las habilidades de las que más me sentía orgulloso era la de preparar la maleta en un suspiro. En apenas veinte minutos tenía empacadas todas mis pertenencias en una mochila y una maleta. A la par que vaciaba el armario, llamé a mi jefe para comunicarle mi partida. Lejos de sorprenderse, aprobó mis intenciones con un “Mo, ma con Internet, cazzo importa do’stai!” A continuación pronunció unas palabras que jamás he olvidado. “Lavoriamo perché non abbiamo niente di più importante da fare”, adaptando la mítica cita de Oscar Wilde al estilo tarantino. No sólo admiraba la concepción de trabajar como hobby, sino que mi patrón no tuviera la ambición de dominar el mundo esclavizando a sus súbditos.

Con la casa recogida y la alarma fijada para el amanecer, me disponía a dormir por última vez en el palacio cuando apareció Albertina. Mi casera no quería que me fuera sin despedirse y sin firmar la montaña de documentos que rescindían el contrato de alquiler. Aunque aquella señora tenía el dinero por castigo, proseguía su encierro con una televisión rota. La escasez tiene la extraña virtud de afectar por igual a ricos y pobres. Albertina contaba que pasaba horas frente a la pantalla apagada imaginando la filmografía de Fellini. Una a una repasó todas las películas del cineasta emiliano, incluyendo dramatizaciones y diálogos. Permanecí callado. Llevaba años recorriendo el país y apenas conocía a sus figuras artísticas. Pasada la medianoche, asumí que aquello iba para largo. Entonces, la casera descorchó una botella de vino que guardaba en el bolso y pidió un poco de pan. Cuando regresé, encontré dos paquetes generosos de ‘Nduja que enseguida comenzamos a devorar.

La vitalidad de la voz de aquella señora contrastaba con las arrugas que poblaban su frente y el cansancio de sus ojeras. Albertina dirigió la conversación hacia el reciente ataque de corazón de su marido, cuya hospitalización aprovechó para surtirse de mascarillas, puesto que era imposible encontrarlas en la farmacia. Con la boca ardiendo tras consumir el primer paquete de sobrasada, la casera se lamentó por los pisos que la pandemia le había dejado a medio construir y la de inquilinos como yo que estaban teniendo que marchar de sus inmuebles. Al terminar el vino, me preguntó qué pensaba de todo. “Invece di arricchirti con l’affitto di appartamenti, al posto tuo farei qualcosa di più utile, come fare mascherine”, dije con una sinceridad impulsada por el alcohol. Temiendo una dura reprimenda, Albertina asintió en silencio y sacó los papeles que debíamos firmar. Para mi sorpresa, perdonó la indemnización y me devolvió la parte que no había disfrutado. Ese era el único dinero que me quedaba.

En nuestra despedida, tuve la sensación de que la burbuja de Albertina se acababa de pinchar. No fue el único propietario que durante la emergencia tuvo que cambiar de fuente de ingresos. El subir siempre el precio del arriendo, acumular multitud de propiedades u optar por el alquiler turístico fueron prácticas que quedaron en el Viejo Mundo. Sin televisión, la dueña del palacio cogió su máquina de coser y se puso a fabricar mascarillas. Junto a una red de jubiladas, logró abastecer a medio sur de Italia. En el Nuevo Mundo, la fundación Albertina Rizzoli se dedica activamente a ayudar a los colectivos desfavorecidos y la reinserción social, manteniendo a raya los cantos de sirena de la mafia.

Cuando dejé de oír el coche de Albertina, sonó el despertador. No había noticias de Huang. No había dormido y debía apresurarme para dirigirme al aeropuerto. Me abroché la mochila desafiando las leyes del equilibrio y la ebriedad. Habitualmente, no me gusta sentir nostalgia de los lugares que dejo atrás. En aquella ocasión sentí que parte de mí se quedaba en aquel edificio. Cuando abrí la puerta, encontré una caja llena de productos típicos. Además de ‘Nduja, había sopressata, pancetta y otros embutidos, así como una nota firmada por Giusepino, Francesca, Daniele, Alessia y Gigi. Los productos estaban envueltos en un plástico de burbujas que reventé con el deseo de que las burbujas donde habíamos vivido aislados no volvieran a inflarse.

Y así, con medio cerdo dentro de la maleta, fue como empezó mi huida. Una huida que, a pesar de las incertidumbres y los despropósitos que encontraría, tenía un destino claro: el Nuevo Mundo.

Cerdo noble el cual dio su vida para que comiéramos ‘Nduja.

17. VIAJE HACIA EL NUEVO MUNDO

Viajar debe tener un poder más allá del acto físico de transportar personas. Constata la insignificancia propia y la del entorno. Introduce en la mente otras formas de vida y confronta la propia. Algunas de las utopías más influyentes de la historia nacieron en el transcurso de un viaje, porque la utopía es imposible sin movimiento. Algunos sostienen que la ignorancia se cura viajando. Sin embargo, como cualquier medicamento en manos equivocadas, éste puede producir efectos secundarios o adversos. En el tránsito hacia el Nuevo Mundo, viajar dejó de ser uno de los virus que estaban consumiendo al planeta.

Quizá a causa de alguna rencilla en una vida anterior o un trauma infantil, pero los taxistas despertaban en mí un recelo instintivo. Era entrar en el taxi y me empezaba a picar la piel, la garganta se secaba y el aire apenas pasaba a los pulmones. Sin embargo, el taxista que me condujo hacia el aeropuerto me cortó de raíz los prejuicios. El joven escuchaba ópera a un volumen razonable, respetaba las normas de circulación y se dirigía hacia mí de una forma sosegada. Al no tener guantes o mascarillas, intenté granjearme su amistad para conseguir el material y evitar futuros problemas. Dirigí mis primeros intentos hacia temas neutros como el patinaje artístico sobre hielo, las influencias en el pensamiento de Kant o la política monetaria de Burundi, pero el conductor no entraba al trapo. Daba la impresión de ser una persona extremadamente precavida. Así pues, me decanté por un estridente “Ou, caro mio! Come stai? Tutto bene?” Entonces, mi interlocutor comenzó una disertación sobre el lenguaje que los volcanes utilizan para comunicarse con la naturaleza. Mientras yo asentía sin parar, él argumentaba que el Etna le había anticipado la pandemia a mediados de septiembre, pero que prefirió no decir nada porque su cuñado era dueño de una farmacia. Al llegar, no sólo me proveyó de guantes y mascarillas, sino que me regaló una copia de un cassette que él mismo había grabado para aprender idioma vulcano.

El aeropuerto estaba completamente vacío. Las pantallas sólo anunciaban la salida de mi vuelo hacia Roma. La terminal, que un sábado de abril debía albergar colas para destinos de sol y playa, era el reflejo del colapso del Viejo Mundo. Las luces de las ventanillas estaban apagadas. Las persianas de los negocios echadas. A falta de viajeros, tan sólo una modesta cafetería ofrecía capuccino con cornetto a los trabajadores del aeropuerto. En la barra pude disfrutar de la bollería industrial sin gruñir ni darme codazos con nadie. Cuando terminaba de engullirlo, un carabinieri se acercó por mi espalda. Al ver al tipo uniformado y con pistola en el cinto, temblé al pensar que me acusaría por traficante o terrorista. El oficial se presentó y pidió una documentación cuya existencia ignoraba. Amablemente, fue a buscar un formulario vacío para que lo cumplimentara en el acto. Mientras escribía mis datos, el agente se tomó la libertad de quitarme los zapatos y masajearme los pies silbando ‘Las Cuatro Estaciones’. Al despedirse sonriente, empecé a pensar que algo raro debía estar sucediendo.

Un día sin noticias de Huang fue suficiente como para echarle de menos. ¿Qué le había hecho enfadar tanto como para abandonarme? ¿Qué se daría antes a la bebida o al bandolerismo? Sin decantarme por ninguna opción, asumí que debía haber hecho las paces con el agaporni de la vecina y, conociéndole, estarían en trámites de adoptar algún polluelo tailandés. Cuando pasé por el escáner del control, la agente de seguridad me advirtió que mi mochila contenía un animal. Incrédulo, imaginé que sería el típico truco para confiscarme los embutidos que Albertina y mis compañeros del palacio me habían regalado. Sin embargo, al revisar el equipaje, la mujer extrajo un loro de juguete con plumaje verde, que contrastaba con el azul de Huang. Acto seguido me miró divertida y volvió a guardar el juguete como si nada hubiera pasado.

Apenas éramos una decena de personas las que pasamos el control de seguridad. Llamaba especialmente la atención un grupo de tres jóvenes de tez muy morena, cubiertos de tatuajes, piercings y que hablaban en uno de los dialectos incomprensibles de la región. Al pasar mi documentación por el control final, cayó un libro de la mochila. En él guardaba mi dinero, que quedó esparcido por el suelo. Mientras lo recogía apresuradamente, el grupo de jóvenes cuchicheaba sin quitarme ojo. Cuando terminé la inspección, busqué los baños para revisar quién era el loro que llevaba a mis espaldas y buscar un escondrijo para mis ahorros. Detrás de mí, el grupo aceleró el paso hacia mi posición. Una vez encerrado, los jóvenes tocaron a la puerta. Mi único plan de defensa consistía en encender un loro de juguete y esperar a que éste supiera artes marciales. Sin embargo, no reaccionó. Resignado, abrí la puerta con las manos levantadas hacia arriba y empuñando un calzoncillo blanco en son de paz. Al verme, los desconocidos se miraron extrañados y me devolvieron un billete que había dejado olvidado. Seguidamente interpretaron un cántico góspel a forma de despedida. Cuando los perdí de vista, el loro gritó: “No eres más tonto, porque no te entrenas”, lo cual, aun el bochornoso suceso, quise responder con un abrazo entre lágrimas. Al preguntar si se trataba de Huang, el loro me contó que se había tintado las plumas porque su especie era mal vista en aduanas por ser utilizada frecuentemente para el contrabando. Para asegurarme, le comenté que el gobierno chino había creado en un laboratorio el virus que después se había convertido en pandemia. A los pocos segundos, éste voló hacia mi cabeza y me propinó una serie de picotazos, que despejaron cualquier duda.

Con la pila agotada, el loro se apagó. Así pues, me dirigí hacia el único kiosko que había en la terminal. Estaba totalmente desértico. El tendero comentaba que durante aquella semana sólo había vendido algún paquete de chicles, revistas sobre homeopatía y varias copias de un libro que explicaba cómo hacerse millonario tumbado en el sofá de casa. Además de pilas, le pedí que me recomendara una lectura. Mientras la megafonía anunciaba la última llamada para embarcar, el afable comerciante escogió una biografía sobre Federico Fellini —el cineasta favorito de Albertina y del cual sólo conocía el nombre—. Apresuradamente, el hombre se despidió con una cita del artista emiliano: “L’unico vero realista è il visionario”.

En el avión se respiraba un ambiente de calma. Los pasajeros respetaban las colas, no hubo las clásicas disputas por entrar o salir antes y las azafatas daban la impresión de ser humanas. Nunca pensé que en un avión encontraría los cimientos del Nuevo Mundo. Desde la ventana observé características inversas a las que tradicionalmente distinguían a los enclaves del sur de Italia: Pompeya o el Coliseo sin turistas, el Vesubio escoltado por nubes limpias, la serenidad que envolvía a Nápoles y la armonía de Roma. Al aterrizar, Huang y yo tomamos el tren para dirigirnos a casa de Daría, situada en el centro de la capital. Las avenidas que habitualmente estaban atestadas de tráfico, habían dado paso a un silencio sólo interrumpido por las idas y venidas de las ambulancias. El tranvía podía avanzar sin ser bloqueado por la circulación. Los restaurantes que abarrotaban los romanos  permanecían cerrados con carteles en la puerta que invitaban a quedarse en casa. No había rastro de turistas por las calles y los principales monumentos reflexionaban sobre la soledad. Antes de llegar a casa de Daría, compré una botella de vino para celebrar que, aparte de la gravedad sanitaria y social, algo bueno se atisbaba en el horizonte.

Y así fue cómo terminé la primera parte del viaje de regreso a casa. La paciencia y la solidaridad que había visto con mis propios ojos pronto se derruirían y serían pasto de la inestabilidad de los tiempos. Los virus que asolaban al Viejo Mundo todavía estaban lejos de sanar.

Un necio creyendo en el Nuevo Mundo

Continuará… O no.

Si te ha gustado,
propaga este virus
de la vergüenza ajena
sin cura ni vacuna .

3 comentarios sobre “La Cuarentena De Los Necios

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