cuarentena

La Cuarentena De Los Necios

Epopeya de un necio enclaustrado.
Novela en construcción. Cada semana dos/tres capítulos nuevos.
Descarga en formato PDF o EPUB, o lee a continuación.
Siéntate, disfruta y propaga el virus de la vergüenza ajena sin cura ni vacuna.

—————————————————————————————————————————————-

0. El Idiotavirus

Desde hacía algún tiempo, nos habíamos instalado plácidamente en la psicosis. La televisión profetizaba una extinción inminente del ser humano que no por necesaria resultaba cierta. Después de alertar a la población de la propagación de la plaga, los gobiernos reculaban por temor a otra aún mayor: la recesión económica. No todo era malo. Se cancelaba el entretenimiento con efecto sedante, volvían las tertulias a los tugurios y tabernas y el cariño olvidado brotaba en las familias. Lejos de suponer una oportunidad para construir una nueva sociedad, el ser humano siempre opta por la tentación de corromper y destruir cualquier atisbo de esperanza.

En plena catarsis de la histeria, en mi calendario tenía programado un vuelo internacional. El aspecto desapacible de la puerta de embarque me hizo dudar de si era el destino correcto. Apenas había cola para entrar al avión. La mayoría de asientos estaban vacíos. El puñado de pasajeros presente se protegía con mascarilla y guantes. Miraban al suelo con rostro serio sin apenas murmurar. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Para asegurarme pregunté a una azafata. “¿No viajamos a Zombieland, verdad?” “No, pagliaccio. Questo volo parte per Roma”, contestó de forma cortante.

En el asiento precedente una joven posaba con mascarilla y subía las fotos a sus redes sociales. Una pareja bañaba sus manos en gel desinfectante, mientras que un señor leía atónito la prensa y repetía el número de infectados por el virus. Cuando el avión pasó por una zona de turbulencias, el comandante pidió que nos abrocháramos los cinturones. Uno de los enmascarillados optó por no hacer caso de las recomendaciones. Probablemente consideraba suficiente protección la mascarilla en caso de turbulencias o un aterrizaje de emergencia en el mar. No podía dar crédito de cómo se había propagado el estupor de forma irracional. Por fortuna, a través de un par de tuits y una tertulia televisiva de media mañana, había sido vacunado contra la desinformación. En realidad, aquel virus era una gripe que sólo atacaba a las personas con salud precaria; era más difícil pillarlo que ganar el euromillón; e incluso se podía intuir una guerra económica entre grandes potencias o un negocio lucrativo para las empresas farmacéuticas.

De esta forma, sereno y con la ciencia de mi lado, me eché a dormir sobre las tres butacas que tenía a disposición. Soñé algo perturbador: un perro me orinaba el pie derecho y después me lo arrancaba a bocados. El ajetreo del aterrizaje me desveló. En la terminal del aeropuerto de Roma, el personal iba ataviado con trajes de plástico aislante, además de mascarillas, guantes y un penetrante hedor a alcohol. El tumulto susurraba al llegar a mi posición. La alergia a los ácaros en suspensión me hizo estornudar. Entonces se hizo un imponente círculo alrededor mío.

De la papelera tomé una bolsa de basura usada y envolví mi cuerpo con ella. La farmacia anunciaba que había agotado las existencias para defenderse del virus, pero un amable desconocido me cobró 300€ por una mascarilla usada. También me sacó 200 extra por una estampa de San Francesco d’Assissi, que si bien no me libraría de la enfermedad, en caso de morir me garantizaría un descanso eterno, si los enviados del Cielo estaban en lo cierto.

Antes de abandonar la terminal, descubrí que por mi espalda corría un sudor frío, mi frente registraba una alta temperatura y sufría espasmos cada dos segundos. Sin pensármelo dos veces, acudí a un punto de socorro proclamando a los cuatro vientos que era portador del dichoso virus. Tras una tensa examinación de dos segundos, el médico confirmó el diagnóstico. “Cazzo! Un’altro! Hai l’Idiotavirus”. Inmediatamente, salí disparado del centro.

Mientras saboreaba en silencio la vergüenza ajena, un perro callejero apareció de la nada y me orinó el pie derecho. Por suerte, mi sueño no terminó de ser premonitorio. Acto seguido, partí para lo que sería mi primer cobijo durante el encierro, localizado en algún punto remoto de la geografía transalpina. Y descansé. De la idiotez aún estoy convaleciente.

Los likes no entienden de pandemias.

1. En Aislamiento

De la noche a la mañana, todo había cambiado. El bicho que parecía tan lejano, del cual nos creíamos inmunes, había saltado de nuestras pantallas para plantarse en la puerta de nuestras casas. Los chistes con los que reíamos antes infundían un temor que helaba la sangre. Los presos trataban de escapar de las cárceles, mientras que los que se creían libres buscaban una treta para aislarse en una celda y así no tener que salir más. En los supermercados, la multitud se amontonaba para arrasar con las existencias de alcohol desinfectante, latas de conserva, pasta y arroz. La televisión emitía especiales interminables, en los que intercalaba intervenciones de expertos que llamaban a la calma con héroes de barro que se deshacían bajo la tormenta. Los hospitales recomendaban cuarentena a sus trabajadores y que los enfermos sólo se acercaran en caso de extrema necesidad.

Algunos habían descubierto en el miedo una forma de vida que los mantenía ocupados; otros que iban por su camino se habían desviado y daban vueltas alrededor de sí mismos. Los cambios siempre me pillaban con el pie cambiado y este no fue una excepción. Como cada día, acudí a trabajar. El conductor del autobús llevaba mascarilla y apenas pude entender sus indicaciones. No había ni un pasajero más. Las oficinas estaban desiertas. En la cafetería de la esquina me dijeron que el mío era el primer café que servían aquella mañana. Medio paralizado, estuve dando vueltas sobre mi silla sin saber qué hacer ni qué pensar. “Quizá sea carnaval, quizá haya vuelto el rey, quizá Silvio haya resucitado de entre los muertos”, medité. Un mensaje del jefe me recomendaba volver a casa, aprovisionarme y suscribirme a una plataforma de series en streaming. “Se avecinan tiempos difíciles. Fue un gusto conocerte”, se despidió. Mi carácter flamenco me invitó a pensar que eran las clásicas exageraciones del carácter italiano.

Al intentar regresar, los medios de transporte ya no funcionaban. Mi cabeza era un hervidero de pensamientos. “Quizá estar un tiempo en casa hasta que todo pasara no sea mal plan”, cavilaba. Podría acabar la novela sobre cerdos voladores que tanto ansiaba o pintar una réplica de la Mona Lisa con los pies. De la incertidumbre pasé a la euforia en cuestión de segundos. Sólo había un problema: no tenía jamón, orujo de hierbas, ni un triste tupper con habichuelas. Corrí al supermercado más cercano. Como si se tratara de una guerra, de los estantes cogí lo que quedaba. Orgulloso, salí del centro comercial cargado con mi botín como un pirata que acaba de saquear una isla desierta. Mi suerte me había provisto de un bote de pepinillos picantes —especialmente recomendado para los que sufrimos en silencio—, vino peleón, diez litros de lejía y un saco de comida de perro para sobrevivir.

A punto de cerrar, en la papelería de al lado no había ni un alma. Me aprovisioné de unas libretas y unos bolígrafos para pasar el periodo de aislamiento. Eran tiempos extraños que nadie acababa de entender. Eran tiempos en los que tocaba alimentar al papel.

Sin leche ni ternera, me tuve que decantar por la lejía.

2. El Loro Huang

En mi segundo día de aislamiento todavía no había perdido la cabeza. El sol me regaló un despertar natural. Como estaba nublado, abrí los ojos alrededor de las 12:30 del mediodía. Pasé todo el día en pijama, celebrando que nunca más tendría que hacer la lavadora. La empresa nos había impuesto el teletrabajo. El método consiste en que en lugar de tocarte las narices en el trabajo, te tocas el badajo. Diez minutos  después de comenzar la jornada, descubrí que si apagaba el router podría dar por concluida la jornada laboral. Sin nada mejor que hacer, me bebí diez cafés mientras observaba con prismáticos las calles desiertas, elucubraba sobre las formas de las nubes y declamaba versos de Bukowski. Después me puse a escribir una epopeya sobre un zorro que tras fugarse de la cárcel, quería reconstruirse desde dentro, ver mundo, convertirse en conquistador y levantar un nuevo imperio. Agotado de pensar cuán truculento pasado albergaría mi protagonista, me quedé dormido en el sofá.

Tras comer, di cuenta de una penosa realidad: la soledad estaba bien para unas horas, pero a la larga cansaba. Para combatirla decidí adoptar un animal. Como eso me hubiera obligado a tener que alimentarlo, y por consiguiente ir al supermercado y exponerme a los caprichos de la plaga, pensé que con un loro de juguete sería suficiente. El señor del bazar me dijo que el pájaro se llamaba Huang y que era una especie autóctona de la costa de Shanghái.

Al llegar a casa, vimos un programa donde los concursantes tenían que dibujar letras griegas con el trasero untado de nata mientras el loro y yo gritábamos al unísono “botarate, mentecato, mangurrián“. Más tarde, nos pasamos al orujo del que rasca la garganta, enzarzándonos en una apasionante discusión sobre la homosexualidad en la comunidad pirata. Huang confesó emocionado que, en otra época de su vida, surcaba los mares sobre el hombro de un descendiente de Barbarroja. Sin embargo, no me dejé engatusar por la treta, pues era de sobra conocido que la familia Barbarroja había creado una empresa de reparto de comida a domicilio en bicicleta, adaptando el concepto de piratería a los nuevos tiempos. Finalmente, el loro Huang cedió y me dio la razón. Me encantaba ese bicho. Sería el garante para no perder la cabeza.

El Loro Huang, de aspecto humilde y profunda mirada

3. La Fragilidad

Al tercer día empecé a intuir que el aislamiento no iba a ser fácil. Me desperté dispuesto a comerme el mundo desde mi minúsculo apartamento en gayumbos y camiseta de Toy Story. En aquellas alturas del encierro, el concepto de higiene personal se había relajado hasta reducirlo a la técnica del lavado gatuno enriquecido con desinfectante. Aproveché que el loro Huang aún dormía vencido por la resaca de la fiesta de bienvenida. Tenía vagos recuerdos de ambos bailando reggaetón ligeros de ropa y comprando sartenes para hacer huevos fritos con forma de pene a través de la Teletienda. En mi defensa, cabe decir que no quería liarme, que quería ser responsable con el régimen de aislamiento y que fue el loro quien me obligó a beber hasta caer redondo.

Antes de comenzar mi jornada de teletrabajo, asistí a la clase diaria de epidemiología y estadística. Revisé todos los titulares de la prensa y la avalancha de memes y mensajes que abarrotaban mi teléfono móvil. Algunos enviaban chistes y otros se morían de miedo, intercambiando el rol de forma aleatoria conforme nos adentrábamos  en la incertidumbre. En mi país también comenzaba a expandirse el virus y a cundir la histeria, calcando las decisiones y reacciones que días antes habíamos experimentado en Italia. El bocachanclismo me traicionó. Desperdicié la ocasión de quedarme callado y demostrar cierto aplomo. Así pues, me erigí en una especie de profeta del desastre para anticipar a mis padres, hermanos, tíos, primos, amigos, párroco, vecinos, antiguos colegas de la universidad, los del club de exfumadores y los galgos del canódromo lo que iba a pasar y qué debían hacer en todo momento. Me sentía como un viajero del tiempo de una película de serie B.

Proseguí mi nuevo empeño formativo asintiendo frente a gráficas, desviaciones, regresiones y otras perversiones. Escribí al Ministerio de Educación un correo para pedir la convalidación de los títulos de Medicina y Estadística, así como al de Sanidad para postularme como nuevo ministro o bufón de la corte. Después hice un repaso de todas las teorías existentes para establecer una nueva: la buena, la que el gobierno y los medios nos estaban tratando de ocultar. Aunque tiempo después se demostrara falso, estaba convencido de que el virus era un ataque de un grupo de alienígenas que reclamaban la soberanía alimentaria de China y parte de Murcia, contando con el amparo de caníbales y practicantes de yoga. Orgulloso de mi hazaña intelectual, me puse a ver vídeos de koalas durmiendo sobre eucaliptos. Cuando me quise dar cuenta, era la hora de comer y Huang reclamaba su trago de ron para desayunar.

En ese momento escuché un ruido que provenía del pasillo. Cansado de su destino, el router había querido suicidarse lanzándose desde el armario. Por fortuna, la maraña de cables que lo envolvía evitó que se estampase contra el suelo. Lo volví a conectar mientras un sudor frío recorría mi espalda. Como el que aguarda al cometa Halley, contemplaba el ordenador y el móvil impaciente. Sin embargo, estos no daban señal de conexión. “¿Qué pasa si me quedo un mes enclaustrado y sin Internet?”, meditaba contemplando a Huang. El chupito de ron le había hecho efecto al loro y éste sólo repetía que quería más y más. La señal no volvía y empezaba a ponerme nervioso. Abusando de mi naturaleza humana, le arranqué la pila al loro. Mi respiración estaba agitada y mi corazón latía desbocado. Si Internet no volvía, moriría pronto. A punto de infartar, llamé a la compañía telefónica, pero ésta también estaba en aislamiento.

Sin una alternativa mejor, con unas velas y la estampita de San Francesco d’Assisi que había comprado en el mercado negro del aeropuerto, levanté un modesto altar alrededor del router. A continuación, recé el Rosario, el Salve, tal y como me enseñó mi abuela de niño, y añadí el himno del Barça y la cabecera de Doraemon de mi propia cosecha. A la postre y después de cinco minutos agónicos, el Espíritu Santo, o el que estuviera al mando, escuchó mis plegarias y devolvió la conexión y el sosiego. Y así fue como descubrí el frágil equilibrio que aguardaba este encierro.

Jesucristo encontró trabajo como Community Manager de Renfe

4. LA ANORMAL NORMALIDAD

En el primer fin de semana de reclusión establecí algún tipo de normalidad. Una normalidad que más que a la del Viejo Mundo, se empezaba a parecer a la que todos acataríamos en el Nuevo Mundo. Desperté el domingo como si hubiera pasado toda la noche en tugurios que a precio de oro servían garrafón y proveían un poco de calor. Mi cabeza quería explotar, tenía la boca seca y no sabía muy bien dónde estaba. La saturación informativa, las teorías conspirativas, los primeros rumores de rebelión, la comunicación con todos esos seres que antes no sabía si seguían con vida o habían sido captados por una secta de mindfulness, se combinaban para brindarme la peor de  las jaquecas.

En un atisbo de lucidez, recordé que antes del confinamiento tenía por costumbre tomar una ducha para despejarme. Comprobé que había empezado a no saber diferenciar un fin de semana de un día de trabajo. El baño parecía el camarote de una estrella del grunge en los años noventa arrasado después de un concierto. Las toallas se amontonaban por el suelo. El bidé contenía restos de sangre. En el lavabo se empezaba a apreciar un pequeño ecosistema de geometría psicodélica. Antes de meterme en la ducha, me desnudé y me miré al espejo. Donde antes se apreciaba un brillante porvenir como campeón del torneo de engullir morcillas en la feria del ganado de Peal de Becerro, ahora se veía un saco de patatas relleno de huesos. Entonces recordé que la noche anterior no había cenado y quién sabe cuánto tiempo llevaba sin probar bocado. Le pregunté a las paredes del baño si ellas sabían algo, pero optaron por mantener su frío silencio.

Pasada la euforia inicial, el loro Huang, mi única compañía física, se decantó por el sosiego y hacer de contrapeso en mi creciente incertidumbre. Se pasaba el día sobre el frigorífico con el botón en Off. Sólo cuando creía perder los estribos lo encendía para comprobar que era efecto de mi propia estupidez. A pesar de su condición de ave de juguete, me recordó que el ser humano venía subsistiendo al alimentarse de comida y beber agua de vez en cuando. No niego que estos sean hábitos que cualquier persona tenga asumidos, pero cuando uno está aislado en soledad, la normalidad y el bien se tornan conceptos volátiles. A cambio de aportarme serenidad, Huang se aficionó al ron dominicano más caro. Por suerte, en aquel punto, todavía quedaba en el mercado.

Durante los primeros días de aislamiento, seguía con sumo interés las ruedas de prensa de las autoridades acerca de la crisis. Trataba de adivinar hacia dónde se dirigiría la endiablada gráfica y cuándo bajaría la panza del burro. Buscaba en las palabras de los voceros alguna pista sobre los siguientes decretos. Sin embargo, de forma inconsciente, aquel fin de semana no sentí la necesidad de enterarme de nada. La muerte y los contagios dejaron de impresionarme. También dejé de conjeturar cuánto tiempo duraría todo. Si el gobierno estaba haciendo lo correcto o si estaba acelerando la extinción del ser humano me la traía al pairo. Asumí que, aun saber tocar la guitarra con la boca e interpretar el canto de los pingüinos, no era nadie para opinar. Cuando llegas a ese punto, crees que has redoblado al aislamiento y que podrás resistir hasta el día en que el espectáculo haya concluido. Una vez más, había subestimado el poder de la cuarentena. También había subestimado mi estupidez.

Sin nada mejor que hacer, me tumbé en la cama. Bajo mi cuerpo había una entramado de ropa interior sucia, borrones de historias que por un segundo me parecieron brillantes y que había renunciado a releer para no morir del bochorno. La ensoñación de ser brillante es la consecuencia de ignorar el significado de dicho concepto. También había una novela de Boris Izaguirre despellejada que había comprado en un rastro a cambio de un llavero de la Caja Rural. Las páginas estaban colmadas de tachones, señalando todas y cada una de las incongruencias argumentales que había creído interpretar. Cuando me debatía entre dejarme dormir hasta el día siguiente o fantasear con una chica que se había sentado a mi lado en el autobús sin poner cara de asco, un estruendo me sorprendió.

Provenía de la calle. Me incorporé y al abrir la ventana descubrí a mis vecinos cantando y aporreando sus cacharros de cocina. Entonaban ‘Ma il cielo è sempre più blu’, una canción de Rino Gaetano que definía a la perfección aquellos momentos por los que atravesaba el sentir del pueblo italiano. Los niños saltaban de emoción, mientras que los ancianos recobraban la esperanza. En medio de aquel maravilloso bullicio, Huang se manifestó entonando “Chi ama l’amore e i sogni di gloria…

Quizá fuera fruto de la flaqueza o del desasosiego, pero en ese momento empecé a derramar todas las lágrimas que tenía guardadas. Con la compañía de un loro de fabricación oriental y un puñado de desconocidos que vivían enfrente, berreando una canción que jamás había escuchado, me volví a sentir humano. Y así me adentré en la anormal normalidad.

Con las peluquerías cerradas, mi vecina se da a la música ligera

5. EL ESTRÉS SOCIAL

Una de las paradojas que se produjo durante la cuarentena fue la proliferación del estrés. Un fenómeno que en parte era fruto de la desmesurada necesidad de socializar. Mientras los médicos recomendaban descanso para fortalecer el sistema inmune, yo exprimía la agenda por encima de mis posibilidades. Durante la jornada de teletrabajo, el teléfono móvil no cesaba de vibrar e iluminarse. Aquellos mensajes aparecían con avisos para atenderlo de forma urgente, pregonando que su contenido era de vital conocimiento.

A través de vídeos, audios y noticias escritas, los expertos, no sin antes remarcar su condición de expertos, adaptaban sus teorías según el día. Se erigían héroes de barro que tan pronto proclamaban el absoluto desastre, como desaparecían por el sumidero al descubrirse que horas antes habían vaticinado lo contrario. La sociedad de la inmediatez y la superficialidad clamaba respuestas rápidas a una catarsis que a todos nos pilló desprevenidos. También fueron tiempos dorados para las teorías del control social, los terraplanistas con tiempo libre y amantes de la mano invisible que todo lo mueve. A pesar de las tesis oficiales, en el Nuevo Mundo aún persiste la duda. Detrás de aquella orgía de preguntas, respuestas y disparates, se escondía una mera llamada de atención para superar el vértigo de la incertidumbre.

En el Viejo Mundo me había acostumbrado a la soledad como el que lo hace a beber buen vino. Hasta que no me fui de casa, mis padres suspiraban por intercambiarme por un par de gorrinos en la granja del pueblo. Mi cuadrilla planificaba sus quedadas cuando tenía dentista, estaba enfermo o sesión de psicología chamánica. En la universidad mis compañeros tenían la gentileza de vaciar la fila en la que me sentaba. Mi última novia optó por llamarme Henry, como su amante, ya que sostenía que le resultaba más sencillo de acordarse. Para colmo, en alguna ocasión, me dejaron olvidado dentro del cine del barrio por varios días.

Aunque estuviera orgulloso de mi condición de lobo solitario, experimenté la imperiosa necesidad de hablar y ver a otros confinados. En el día del apogeo social, desde la comida hasta la madrugada mi agenda estaba abarrotada de citas. Mis padres, que habían decidido espantar el virus desde un resort de las Islas Caimán, estaban tan preocupados por mi encierro que no querían dejarme solo ni un segundo. Tras hacer un sesudo repaso de la actualidad, entablé una confianza con ellos un tanto perturbadora. Comentábamos las ventajas de que mi padre se hiciera un injerto de pelo en Tenerife en lugar de Turquía; la renacida voracidad sexual de mi tía abuela Hortensia a sus noventa y siete años; y los progresos de mi madre en su curso de majorette por correspondencia. No sé en qué momento perdimos el control, pero terminamos discutiendo sobre qué posturas del Kamastura fortalecían el suelo pélvico y yo dando una clase práctica desde el sofá. En ese instante me di cuenta por qué la estrategia de limitar el contacto parental a mensajes como “Ei, ¿estás vivo?” o “Se nos pasó tu cumpleaños, pero eres lo más importante del mundo” nos habían permitido disfrutar de una convivencia tranquila.

Mi hermana, recluida en un pueblo de la Selva Negra, imploraba mi ayuda. Estaba al cargo de tres niños de pelo rubio platino, dos perros que tenían la voracidad de un oso pardo y su marido Christian Gottfried Daniel, un señor alemán muy reservado que se disponía a reproducir todas las partidas del Mundial de Ajedrez 1985. Sin poder descifrar lo que bramaban mis sobrinos, traté de entretenerlos mientras su madre tomaba gintonics y fumaba hierba sobre la hamaca. Además de mi hermana y mi cuñado, la cuarentena serviría a otros para replantearse algunas decisiones que había tomado la inercia. Ser monógamo, tener hijos, casarse o alimentarse sólo a base de mortadela vegana tenían un significado claro en el Viejo Mundo. Sin embargo, durante la transición muchas de los estándares sociales saltarían por los aires.

En lugar de quedar en la cafetería, tomaba café enfrente de la pantalla con el primer contacto que se encontrara libre. A media tarde era el turno del vermú con la cuadrilla. Casualmente, se olvidaron de llamarme hasta mitad de reunión y tuve que brindar con agua porque temía las represalias de Huang. Mis amigos proclamaban que existía una verdad oculta. Cuando hubo cierto consenso en que el virus era un castigo de Dios para erradicar a los celiacos, traté de intervenir para señalar a periodistas deportivos y camellos como gremios represaliados. Acusado de hereje, fui expulsado del encuentro. Por suerte, un grupo de monjas carmelitas que había conocido en clase de zumba refrendaba mi teoría.

Más tarde, en la reunión con mis antiguos compañeros de carrera, dio lugar una batalla feroz por dilucidar quién tenía el mejor trabajo y la posición social más elevada. Al final se proclamó vencedor Juan, quien lucía un traje de etiqueta con el que dormía desde hacía dos años en un loft de veinte metros cuadrados. El argumento con el que nos convenció a todos fue que una vez había sido pisoteado por Amancio Ortega montado a caballo, mientras éste rebanaba cuellos por el Paseo de la Castellana entre vítores y aplausos. Con los parroquianos del canódromo organizamos un visionado y debate de toda la filmografía de Chiquito de la Calzada, a la par que bailaba salsa junto a los del taller de cocina con microondas.

Cuando me quise dar cuenta, estaba amaneciendo. Aquella vorágine social me había destruido. Al día siguiente, como si alguien hubiera dado una orden, no hubo apenas videollamadas, cafés a distancia, raves ni otras actividades propias del Viejo Mundo. Con la misma fuerza con la que habíamos reclamado socializar compulsivamente, dejó de interesarnos y la desplazamos a momentos puntuales. Descubrimos de pronto la comodidad del confinamiento individual, una actividad que en realidad ya disfrutábamos antes. El estrés de la sobrestimulación social desapareció dando paso a otros estreses y estimulaciones, así como la incierta misión de aguantarnos a nosotros mismos.

Después de catorce horas enganchado a la pantalla vi la LUZ

6. LA BURBUJA DEL ALTRUISMO

Quizá muchos de nosotros pecamos de optimistas al comienzo de la cuarentena. Se pensó que aquel tiempo muerto podría ser idóneo para hacer algo útil: aprender chino, hacer un curso de ganchillo imaginario o darse a la bebida con la excusa de dibujar. Los más intrépidos se decantaron por pintar la casa, planchar y recoger la montaña de ropa limpia, ordenar las estanterías o montar aquel mueble inservible que habían comprado en Ikea por la vergüenza de salir con las manos vacías. En su mayoría, las buenas intenciones se quedaron ahí. Como si fuera un fin de semana que nunca terminaba, la comodidad del trinomio cama, sofá y comida basura se acabó imponiendo como método para combatir la incertidumbre y la desesperación. En algunos casos, la manifestación más creativa fue elegir en qué maratón de series participar o en qué taza de Mr. Wonderful servir la Coca Cola Light.

Durante la transición entre el Viejo y el Nuevo Mundo, nació y murió una efímera corriente cultural: la burbuja del altruismo. El hecho de estar encerrado en casa ponía en jaque a parte del ocio del Viejo Mundo. Los museos permanecían cerrados, los conciertos y festivales habían sido suspendidos con la esperanza de que la cuarentena sería cuestión de semanas. Como decía un sabio, las crisis agudizan el ingenio. Lo que cabría preguntar al físico alemán es si ese ingenio debía ser necesariamente empleado para hacer el bien.

Creyendo que la población confinada no sabría en qué emplear el tiempo, multitud de plataformas de videojuegos, series, películas, música y pornografía sufrieron una revelación de altruismo para proveer a la gente de entretenimiento casi infinito. Lo que no previeron las mismas empresas era que lo estaban fiando todo a que la conexión resistiera durante toda la cuarentena. El propio afán consumista que habían sembrado terminó por devorarles. De hecho, tiempo después se probó que durante los diversos apagones, se disparó la tasa de suicidios. Por su parte, los museos organizaban visitas virtuales y las bibliotecas públicas ponían toda su colección a disposición del lector.

Un sector muy golpeado por el confinamiento fue el de la música. Sin conciertos, ni festivales y con los artistas encerrados en casa y sus camellos buscando la manera de burlar la vigilancia, comenzaron a idear todo tipo de shows estrafalarios. Marwan repasaba su repertorio disfrazado de medusa; mientras que a Rozalén le dio por componer un himno que reivindicaba la felicidad para paliar la crisis que estábamos viviendo.

Particularmente afectó a los grupos del movimiento indie, quienes optaron por exhibir su lado más maduro. Lori Meyers, tratando de concienciar sobre la importancia de la higiene, retrasmitió un concierto desde la ducha, creyendo que quizá su condición de rockstar estaba por encima de los decretos que regulaban la cuarentena. A algunas estrellas del punk rock o el heavy metal que escupían soflamas combativas o apocalípticas, les dio tal vértigo que algunas de sus canciones se empezaran a convertir en realidad que prefirieron buscar refugio en el canto gregoriano o en el body balance.

Siguiendo con fe ciega las recomendaciones de asesores de imagen y expertos en redes, los fenómenos fabricados por la televisión hicieron una apuesta más conservadora y se decantaron por el viejo truco de convertirse en protagonistas de su reality show. Aún se recuerda con estupor las imágenes de una célebre concursante de OT perdiendo los estribos mientras se depilaba y un fan le preguntaba sobre el significado del Yin Yan que llevaba tatuado en la espalda. Algunos artistas, prometedores y famosos en el Viejo Mundo, no se recuperaron nunca del golpe que supuso el encierro.

Otro de los gremios que se lanzaron con desesperación al altruismo fue el de la literatura, al que yo me sentía más cercano. Si las bibliotecas públicas ponían a su disposición las bibliografías de García Márquez, Chacón, Camilleri o Highsmith, los autores apátridas decidieron añadir más madera al fuego cultural. En apenas diez minutos ya tenía descargados más libros de los que había leído el resto de mi vida. Con entusiasmo, empecé a devorar uno con críticas excepcionales. Se titulaba La Dolce Morte. No sé si fueron las patadas a la ortografía y a la gramática o la falta de empatía con su protagonista —un vampiro vegano que captaba socios para Acnur—, pero no conseguí pasar de la segunda página. Como el confinamiento coincidió con el periodo destinado a presentaciones, la red comenzó a saturarse de encuentros y recitales con autores. En ellos, el lector tenía la posibilidad de conocer a un batallón de escritores solidarizado y hermanado por si la conmoción de la falta de autobombo devastaba al resto de la sociedad.

Como aún conservaba ínfulas de ser escritor y el virus ya revoloteaba por las calles de mi encierro, decidí que yo también presentaría mi primer libro. Recopilé todos los papeles que abarrotaban la cama revuelta, enseñé al loro Huang a descifrar mi torpe caligrafía y éste fue dictándome los textos sin descanso. En apenas dos horas conseguí terminar mi primera obra, a la que titulé Versos Que Dan Vueltas. La portada consistía en una fotografía de la lavadora que simbolizaba las volteretas que mi alma había experimentado al escribirlo. Hinchado de orgullo, me abalancé sobre el primer hueco que me lanzase al estrellato. A cambio de comprometerme a asistir a todas las presentaciones y comprar cuarenta volúmenes, conseguí vender la meritoria cifra de tres ejemplares. Días después y tras amenazar con amables mensajes a los compradores, recibí dos opiniones excelentes. Si en una se hablaba del nacimiento del nuevo Gustavo Adolfo Bécquer, la otra sostenía que algunos de mis versos derramaban sangre. Aun exultante por el éxito y la oportunidad de lanzar mi carrera, he de confesar que aquello me causó desconcierto. Siendo mi obra de ciencia ficción, era extraño que a mis lectores les hubiera parecido poesía.

En menos de una semana, la burbuja del altruismo explotó. Los cantantes se debatieron entre tomar vacaciones, boicotear el sistema que ellos mismos habían creado o retrasmitir su suicidio artístico. Los museos virtuales volvieron a vaciarse. Los escritores apátridas como yo nos decantamos por congratularnos con la genialidad de nuestras obras, echarle la culpa al trap y a la falta de criterio de la gente por nuestro fracaso. De nuevo contamos los días para que un ávido editor descubriera nuestro talento y nos catapultase al premio Planeta o al Nobel.

Y así, tanto artistas como público corrimos un tupido velo para preservar el mínimo de dignidad que nos haría falta para el Nuevo Mundo.

No lo llames altruismo, llámalo autobombo

7. TERREMOTOS PUNZANTES

A la histeria de los días precedentes al confinamiento, en el que aún veíamos el virus a través de la televisión y no teníamos licenciatura en epidemiología con máster en pandemias, hubo que sumar el despertar de la tierra. Por aquel entonces, ya había interiorizado la verdadera metodología de trabajo italiana: invertir la mitad del tiempo yendo y viniendo de la caffetteria.

Cierto día, mientras tomaba el tercer café de la tarde, el suelo empezó a temblar repentinamente. Los vasos y las tazas caían del cielo entre los gritos de una marabunta que huía despavorida del local. Mientras cavilaba si aquello sería uno de los trucos que la mafia empleaba para recaudar sus donaciones o si Dios se había aparecido para tomar un cremoso cappuccino, opté por hacer caso al refranero e ir hacia donde iba Vicente. “Porca troia! Mo, pure il terremoto e vaffanculo!”, escuché de una muchacha que no precisaba traducción. El sur de Italia era una zona sísmica y nadie había reparado un segundo en revelármelo. Aunque el epicentro fue a escasos kilómetros de las oficinas donde trabaja, no hubo que lamentar heridos más allá de algún ataque de ansiedad. Unos mangantes aprovecharon la confusión para chupar el suelo de un supermercado bañado en cerveza. Si la ciudad había sido construida con cimientos resistentes, la conmoción colapsó las calles. No tuve más remedio que regresar a casa caminando por el arcén de carreteras transitadas, soportando los amables pitidos e insultos de los conductores.

Fuera de mi pequeña burbuja de socialización desmedida y consumo de dudosa cultura, la ventana de mi confinamiento me mostraba un mundo del que apenas formaba parte. Una combinación de burbujas cerradas de las que sólo veía su superficie y que las pautas del Viejo Mundo no me habían permitido explorar. Mi apartamento se encontraba localizado en un antiguo palacio que alguien con buen criterio había convertido en un negocio que parecía no conocer límites. Si en otra época aquel edificio rústico habría albergado a una de las familias nobles de la ciudad, junto a su servicio y su caballeriza; la planta baja se destinaba a un local que hacía las veces de restaurante por el día y de desguace de esqueletos hasta el amanecer. La parte superior se había rehabilitado para albergar media docena de apartamentos destinados a jóvenes que estuvieran de paso o que el paso les hubiera otorgado la juventud eterna. Por fortuna, la cuarentena había obligado al cierre del local y habíamos podido adaptar nuestro descanso a un horario normal.

Mis vecinos del palacio también vivían el confinamiento dentro de sus propias burbujas. Francesca, la vecina de arriba, tenía la curiosa virtud de necesitar la lavadora comunal cuando otro la estaba usando. Si te pasabas cinco minutos, en un gesto de delicadeza, lanzaba tu ropa interior al olivo de la entrada. Al pasar los diez minutos, usaba tu colada para hacer trapos. Daniele, el vecino de al lado, estaba poseído por el espíritu de Don Giovanni. Era darle los buenos días en el pasillo y lanzarse a narrar epopeyas sobre tríos y acrobacias sexuales, ofreciendo a la nariz del emisor una salvaje mezcla de desodorante y sudor. También conocía a Giusepino, un napolitano naturista que se pasaba el día practicando meditación zen. En cierta ocasión me confesó que vivía gracias a un algoritmo que había desarrollado para desplumar a casas de apuestas online. Durante los fines de semana, Giusepino aprovechaba las horas de calor para pedirme sal en cueros. Junto con Alessia y Gigi, teníamos un grupo de Whatsapp que sólo se podía utilizar si era con el fin de recriminar la actitud de otro. “No pienses en alto que molestas a tus compañeros”, “sacas el cadáver de la casa que empieza a oler” o “no están permitido dar alojamiento a caballos indigentes” eran los reproches más habituales.

Una de aquellas noches de encierro, discutía con Huang el papel de las dos Coreas en la emergencia global. Mientras yo defendía la eficacia de Corea del Sur a través del control tecnológico, el loro se decantaba por la estrategia de aislamiento que había seguido la del Norte. Mi compañero era esclavo de su ascendencia china y los equilibrios geopolíticos. Aquel tema le volvía tan irascible que llegó a amenazarme con soltarme un picotazo. Descartado que Huang fuera algún tipo de espía norcoreano, lo apagué y me fui al baño a darle una segunda oportunidad a la higiene corporal. El reloj estaba a punto de marcar las dos de la madrugada cuando me quedé dormido sobre la taza del wáter. Aquella era una tradición que había adoptado durante mi adolescencia y que me había permitido amanecer en todo tipo de lugares variopintos. Entonces, la casa comenzó a temblar ligeramente y me hizo despertar de un plácido sueño en el que era estrella del reggaetón. Al vivir cerca de una autovía y dado que el edificio era antiguo, achaqué el fenómeno a la vibración propagada por un camión.

Cuando estaba a mitad de la ducha, el temblor se replicó con más fuerza por un periodo de veinte segundos. Salí a observar por la ventana, pero no encontré la más mínima señal de inquietud. ¿Qué había sido aquello? ¿El ejército había empezado a movilizarse? ¿Había perdido la cabeza? ¿Las fuerzas norcoreanas habían venido a por mí? Para mayor inri, caí en la cuenta que mi teléfono móvil era de fabricación china y seguramente en Pionyang ya supieran de mi existencia. Sin embargo, un rápido buceo por redes sociales resolvió de un plumazo mi incertidumbre: se estaban registrando una serie de terremotos leves en la zona. A continuación, el grupo de WhatsApp del palacio se llenó de mensajes confirmando la noticia y preocupándose por la situación de todas las burbujas que allí residíamos.

Además de constatar una vez más que mi idiotez no tenía límites, aquella noche de cuarentena empezó a pincharse mi burbuja. Aunque aún no lo sabía, no fue la única que explotó. Quizá las burbujas pequeñas sean más resistentes, pero las grandes no tienen cabida para la soledad. Y así fue como decidí construir una burbuja más grande.

Así me hubiera gustado que reventara la mía. La realidad nunca es tan bella.

8. ANESTESIA VOLUNTARIA

La luz del sol me despertó la mañana posterior al terremoto y la consiguiente explosión. Me recliné sobre el poyete de la ventana y divisé el cielo más claro que había visto en mucho tiempo. El aire que respiraba parecía transportarme a las montañas nevadas de alrededor. La naturaleza tornaba a la ciudad ofreciendo su faceta más virginal. “No necesito más”, pensé por un momento. Enseguida los gruñidos de mis tripas pusieron en tela de juicio tan cándida ensoñación.

La estampa que presentaba la nevera hablaba por sí sola: un kiwi solitario desangraba su néctar a la espera de mi atención. Con el paquete vacío, rebusqué en la basura los posos de café del día anterior y preparé una infusión con un ligero sabor a garbanzos con chorizo. Estaba solo, en un país extranjero, sin mayor motivación que engañar de forma hornada a la empresa que me pagaba y sin grandes certezas sobre mi destino. Huang, que seguía la actualidad informativa y tenía conocimientos diplomáticos tras su paso por aduanas internacionales, me aconsejó avisar a las autoridades para preparar una vuelta a casa. Un señor con voz grave atendió mi llamada intentando sosegar mis nervios. “A ver, zagal, estate tranquilo, que esto no es na’. Lo mejor que puedes hacer es conseguir una escopeta, atrincherarte en tu casa con la botella de Amaro más cara que haiga en la tienda y rezar a la Madonna della Catena”, me dijo el Cónsul. La sinceridad de las autoridades me dejó a las claras que estábamos en buenas manos.

Sin embargo, el Consulado tenía respuestas más ambiguas sobre mis dudas existenciales. “Home, mírate El Rey León o léete El Alquimista del Coelho ese. Ahí está to’ lo que tiés que saber de la vía”, contestó convencido. Con un “Hakuna Matata” se despidió y colgó. Por lo que contaba Huang, se avecinaba una crisis económica que dejaría a los que no teníamos nada de patitas en la calle. Si las predicciones se cumplían, despediríamos al Viejo Mundo con una mano delante y otra detrás. Para tratar de animarme, el loro recordó un antiguo proverbio chino: “No puedes guiar el viento, pero puedes cambiar la dirección de tus velas“. Quizá fuera por las secuelas del terremoto, pero en ese momento enfurecí y lo desconecté advirtiéndole que no tenía ningún barco. A continuación medité si Huang quería revelar que la piratería se pondría de moda en el Nuevo Mundo. Busqué algún curso online para diplomarme como pirata, pero lo más cercano que encontré fue un tutorial sobre cómo maquillarme de arlequín. Abrumado por la incertidumbre, fui al supermercado y arrasé la sección de patatas fritas, vino peleón y chocolate a mitad de precio.

Tumbado en el sofá fui engullendo el festín sintiendo que mis preocupaciones se disipaban. No fui el único que recurrió a alguna de las variadas formas de anestesia voluntaria que se practicaron durante la cuarentena. Algunos lo hacían de forma esporádica, otros lo hicieron su forma de vida creyendo que cuando salieran a la calle todo volvería a ser como antes. Uno de los parroquianos del canódromo, ‘El Perla’, hizo acopio de todo tipo de sustancias psicotrópicas mientras se tragaba todas las películas premiadas en la gala de los Goya por orden cronológico. No sé si fue la falta de previsión al hacer su pedido o el visionado de La Piel Que Habito, pero nunca más se supo de ‘El Perla’.

El aburrimiento también hizo que las tarjetas de crédito ardieran más de lo que lo habitual. Uno de los miembros de mi cuadrilla, “el Taladro”, se empecinó con la idea ponerse en forma para participar en los Juegos Olímpicos de Tokio. Confiado en que su negocio de venta de tangas con frases cachondas remontaría de forma espectacular a la salida, acabaría por subsistir gracias a malvender su bicicleta estática, aparato de remo y cinta de correr. Sus compradores representaban a ese segmento de la población que ganó una media de treinta kilos durante el confinamiento. La profesión de dietista viviría momentos de gloria al comienzo del Nuevo Mundo.

Las monjas carmelitas que había conocido en clase de zumba ampliaron su refugio divino. Crearon un canal de YouTube donde leían pasajes del Nuevo Testamento mientras meneaban el pandero a ritmo de bachata. Los devotos no fueron los únicos que esperaron que un milagro divino diera carpetazo a los desaguisados derivados de la emergencia global. Políticos que antes prometían cambiarlo todo, sindicalistas que decían luchar por derribar el sistema y algún que otro profeta del desastre sintieron la llamada de Dios. Se agarraron a la fe en pos de mantener las injusticias del viejo sistema, el cual daba sus últimos coletazos en aquellos momentos. Otros se sumergían en el inmenso mar de noticias con el riesgo de ahogarse. Mi casera, Albertina, me confesó que pasaba todo el día frente a la televisión esperando a que algún noticiero dijera que todo había sido una pesadilla. Por suerte, su televisión se rompió y se puso a fabricar mascarillas caseras, logrando abastecer a medio sur de Italia. En el Nuevo Mundo, la fundación Albertina Rizzoli se dedica activamente a ayudar a los colectivos desfavorecidos y la reinserción social, manteniendo a raya a los capos de la mafia.

Tras el atracón de anestesia ultraprocesada, mi barriga clamaba a gritos la implosión. Sin embargo, mi nevera permanecía vacía, no sabía que sería de mí al siguiente día y mis dudas trascendentales, lejos de disiparse, se habían agrandado. Saqué fuerzas de flaqueza, encendí a Huang y con voz de corderito degollado le pedí disculpas. Este me repitió el proverbio de su pueblo. Me explicó que en realidad las velas era una metáfora sobre las riendas del destino. Aun así, confesó que si quería ser pirata él surcaría los mares sobre mi hombro.

Y de esta forma fue cómo renuncié a la anestesia voluntaria para prepararme hacia la realidad que paulatinamente se transformaba en el exterior. Junto a Huang buscaríamos la forma de orientarnos hacia el mejor viento.

Me gustaría ser pirata, pero no por el oro ni por la plata, sino por el tesoro que…

9. REVELACIONES y UNA APARICIÓN

La vida del Viejo Mundo era demasiado sencilla. Como por arte de magia, todo parecía hecho. En mi caso, como en el de tantos otros, la táctica consistía en dejarse llevar por la corriente.

Nacías, entrabas al colegio, pasabas por el instituto y un día llegabas a la universidad sin haber aprendido a atarte los cordones. Entre medias, dedicabas años a fantasear con el sagrado momento de perder la virginidad para terminar haciéndolo en los aseos del sótano de un párking o en un botellón con ‘La raja de tu falda’ de Estopa sonando de fondo. Tras conseguir la licenciatura en pasar exámenes con el mínimo esfuerzo, un máster especializado en sobrecualificación y un doctorado sobre el susurro de las pelusas que había conmovido a un chimpancé en Nueva Zelanda, te lanzabas a madurar y a adentrarte en el mercado laboral. Aceptabas una beca con posibilidad de contrato de prácticas. Después hacías la mochila y dabas tumbos por medio mundo, jurándote que sería la última vez y que ibas a poner el huevo como si fueras una gallina. Mientras tanto, mantenías la esperanza de encontrar algún día una chica con tu mismo grado de desesperación, que al banquete de tu boda fuera un figurante de Los Soprano y pasarte el resto de tu vida felizmente hipotecado en un quinto sin ascensor que olía a cabra recién sacrificada.

Si el destino era benévolo contigo, podías redoblar la apuesta gracias a la caridad de tu banco para irte de vacaciones a Bután, comprarte un utilitario con sólo 100.000 km y las zapatillas de correr más caras para adelgazar las pizzas y hamburguesas que traía un señor en bicicleta bajo la niebla o la nieve. Si aún no te sentías realizado, podías encargar descendencia, meter un elefante egipcio en tu jardín, apuntarte a una secta satánica que promulgue la filantropía, escalar el Everest disfrazado de bufón o ser concursante de un reality show que retrasmita tu blanqueamiento anal. La transición hacia el Nuevo Mundo mostró que todo aquello que habíamos dado por sentado se sostenía en bases muy delicadas.

Las sendas conocidas se perdían y las bifurcaciones parecían cortadas. Era como si nos hubieran abandonado en medio de un páramo recóndito. A decir verdad, nunca había elegido mi camino. Padres, profesores, amigos, parejas, el Gobierno de la nación, los medios de comunicación, el sistema económico encabezado por Spotify, Netflix, Coca Cola, Matutano y Comidas a domicilio Anastasio habían tomado todas mis decisiones. No era la primera vez que aquella idea rondaba por mi mente. Tampoco era propia, sólo el reflejo de la forma de vivir de una generación. Con mi burbuja recién pinchada y con la intuición de que debía construir otra, aquel bofetón de realidad me impactó especialmente.

Así pues, me dispuse a retomar las riendas de mi vida sin saber ni cómo ni para qué. Mi primera decisión como hombre liberado fue la de encender la televisión. En unos minutos constaté cómo la publicidad había cambiado radicalmente. Además de las recomendaciones de las instituciones, me pareció desconcertante la sobrexposición de los bancos. En el anuncio de Intesa Sanpaolo, una de las grandes entidades, actuaban trapecistas y contorsionistas bajo una ambientación musical épica. Al final aparecía un equilibrista caminando sobre una cuerda que conectaba dos rascacielos. Con el sonido de los violines a punto de provocarme el infarto, el equilibrista resbaló y la cuerda ejerció de sujeción mientras aparecía un mensaje en el cielo: “I tuoi soldi non cadranno mai” —Tu dinero no caerá nunca—. Acto seguido, las noticias anunciaron que se fraccionarían las pensiones. Los accionistas de una multinacional acababan de repartir los dividendos antes de pedir el rescate al Gobierno y la única aerolínea estatal iba a ser nacionalizada para garantizar su viabilidad.

“¿Qué va a pasar con el dinero?”, me pregunté angustiado. Desperté a Huang, discutimos a voces y enseguida consensuamos un plan sin fisuras: sacaría todo el dinero del banco para guardarlo en un bote de galletas. No obstante, no llegamos a un consenso en cuanto a si debíamos quemar los billetes o si los utilizaríamos como abono para plantar pimientos choriceros. A cambio de una botella de ron dominicano y un paquete de pipas garrapiñadas, el loro voló hacia el cajero y el supermercado.

Mientras esperaba su regreso, me acerqué a la ventana y observé la avenida que limitaba lateralmente el palacio. Apenas circulaban coches y autobuses vacíos. Algunos vecinos paseaban arrastrando bolsas o carros de la compra, perros y otros objetos que se hacían pasar por canes. El sonido de las noticias aplacaba el silencio de ambos lados del cristal. Las procesiones fúnebres de la ciudad de Bérgamo centraban la actualidad cuando descubrí a un joven que deambulaba por el centro del asfalto. Tras detenerse y asombrarse con el paisaje desértico, sacó su teléfono y buscó el mejor ángulo para enfocar su cámara. La televisión continuaba repasando testimonios sobre familiares que no encontraban el cadáver de sus seres queridos y asilos abandonados a su suerte. Convencido de que al tercer intento había conseguido la instantánea que le granjearía cientos de likes, el muchacho desapareció de la escena. Entonces, me invadió la lástima: “quizá en su casa no tenga televisión”, pensé. “Quizá tampoco escuche la radio, lea los periódicos, revise las redes sociales, ni hable con familiares o amigos”.

A las dos horas, apareció Huang con menos dinero del acordado. Al parecer el alcohol de importación se había puesto por las nubes y un trilero lo había desplumado. “Te juro que la bola estaba en el cubilete de la izquierda. Dame otros 200€ y lo recupero”, repetía sulfurado. En unas calles que estaban a punto de convertirse en una jungla ya no había lugar para la inocencia del loro oriental.

Proseguimos la tarde comiendo pipas garrapiñadas y analizando con rigor la actualidad. Quizá fuera por el subidón de caramelo, pero estaba tan excitado que agoté las fuerzas de Huang y éste se apagó. Me quedé solo en la afrenta de rebatir los argumentos de los tertulianos de todas las cadenas. Personas que semanas antes se dedicaban a discutir si un toro Sagitario podía fecundar a una oveja, ahora eran expertos en bioquímica, psicología infantil y sistemas financieros. A pesar de mi ímpetu y de mi noble esfuerzo por vocalizar, resultaba agotador clamar la verdad ante oídos sordos.

Sin saber si estaba anocheciendo o amaneciendo, dediqué unos minutos a hacer zapping por los más de cuatrocientos canales que ofrecía la televisión italiana. Entre otras joyas, emitían la película ‘Adivina quién se ha enamorado de King Kong’, un especial sobre por qué los napolitanos son los únicos que están predispuestos genéticamente a elaborar pizzas perfectamente redondas, o el emocionantísimo encuentro de calcio entre la Salernitana y el Vicenza del año 2000, que acabaría sin tantos y una invasión de campo para reclamar que se despenalizara la entrada al estadio con piedras y martillos.

Con los ojos a punto de cerrarse, encontré la redifusión del rezo del Angelus. En un tono más propio de un funcionario cansado, el Papa oraba por el alma de los fallecidos, enfermos y los pobres que se multiplicaban por los efectos de la pandemia. De repente, su voz adquirió las formas de un revolucionario. “El egoísmo del ser humano es el gran culpable. Debemos cultivar la solidaridad para acabar con el virus”, clamaba Francisco poseído por el espíritu del Che Guevera. Cuando el Papa pasó al Avemaría, pensé que ya había tenido suficiente y apagué la televisión. Sin embargo, el aparato no pareció inmutarse y Bergoglio siguió con su verborrea en latín. Me levanté como una exhalación y apreté el apagado manual, pero este tampoco respondía. Desconecté el enchufe sin que la imagen del pontífice se inmutara. En calzoncillos, corrí hacia el cuadro general, que se situaba al otro extremo del palacio. Desactivé todos los interruptores, confiando en haber hecho puesto fin a la emisión del Angelus. Sin embargo, cuando entré al apartamento Francisco daba la paz y los Cardenales entonaban el Aleluya. Probé a accionar a Huang, pero este no hizo el más leve atisbo de movimiento.

Incrédulo volví a ver la pantalla y, tras unos segundos, Francisco entró en escena tomando mate y con gesto relajado. “Che, boludo, ¿tan ocupado estás que no podés esperar a que acabara el rezo?”, dijo sonriendo mientras yo me preguntaba qué aditivo alucinógeno contendrían las pipas garrapiñadas. “Mirá, yo sé que sos un pecador y que esto de la Iglesia te soná a cuento chino. Me parece bien, a mí a veces también y ves una de cosas rebárbaras. Escúchame bien pibe: además del corona, hay otro virus mucho más letal que va a arrasar al planeta. Yo estoy viejo y cansado, pasé una dictadura, me hice cura y suficiente tengo con que no me corten la nuca. Pero vos sos joven y tenés fuerza. No tenés futuro y pasás tu tiempo hablándole a un loro. Dejate de boludeces, encontrá ese virus, curate y destrúyelo”, dijo con una energía que estaba a punto de hacerme colapsar. “Y ahora te dejo querido que tengo cita para arreglarme los juanetes”.

Nada más terminar la intervención de Bergoglio, el televisor se apagó. No me había enterado de nada. Estaba asustado ante la posibilidad de que alguien más se apareciera. Por fortuna, descubrí a Huang con rostro atónito. Lo había presenciado y memorizado todo. Al día siguiente, tras interminables explicaciones y análisis, terminé de entenderlo: la vida era muy complicada.

El Papa es un cachondo, cuenta unos chistes verdes que te partes.

10. NACIMIENTO y MUERTE DE UN MESÍAS

La pandemia había colonizado el mundo. No entendía de fronteras, razas, lenguas, credos o clases. No preguntaba antes de entrar en un organismo y reproducirse a su antojo. Tampoco se vestía con trajes llamativos, ni se perfumaba con esencias que pudiera detectar el olfato. Era como una espía de la CIA que se había enamorado de un agente de la KGB en plena guerra fría. Algunos lo llamaban el virus perfecto, obviando que la perfección es sólo un concepto. No existe tan siquiera una forma de mal absoluto. El ser humano sólo entiende de términos relativos, de comparaciones entre mejores y peores. Si la epidemia era de por sí devastadora, unida a otros virus, no necesariamente biológicos, podía ser incluso peor.

En uno de mis sueños, virus de distintos colores y formas chocaban con tal violencia que me hicieron despertar. La excitación se propulsaba por mis venas, dotándome de una potencia que creía haber vaciado en la adolescencia. Mi cabeza era un remolino de pensamientos. No tengo claro si fue a raíz de escuchar heavy metal satánico para relajarme o del trauma de un amor no correspondido de juventud, pero en el Viejo Mundo había desarrollado la habilidad de no retener una idea más de cinco segundos. Era una especie de incontinencia para la que no había pañales. Por algún extraño motivo, aquel día mis ideas se proyectaban como una película en un cine 3D. Entre agentes infecciosos microscópicos y otros macroscópicos, divisé un pensamiento de tal lucidez que estuvo a punto de cegarme: desayunar un par de huevos fritos con chorizo.

Los rayos del amanecer mostraron la destrucción y el caos que sumía al apartamento. Parecía la cochiquera de un cortijo abandonado. ¿En qué momento habíamos empezado a usar el fregadero de la cocina para ducharnos y el bidé para destilar pacharán casero? El aspecto nauseabundo del poyete me dio a entender que Huang se había estado viendo con el agaporni de la vecina a escondidas. Las lejas del frigorífico estaban repletas de papeles arrugados y libretas destartaladas. En ellos había tomado apuntes de las lecciones de Huang. Entre borrones y tachones, encontré nociones sobre los orígenes del homo sapiens, causas del Crac del 29 e instrucciones sobre cómo hacer una secuenciación de genoma casera. En el cajón destinado a la fruta y la verdura encontré una cuartilla con unas palabras escritas en mayúsculas: “destruir el virus”. Entonces me di cuenta que si la nevera estaba llena de hojas, los huevos y el chorizo debían estar en el armario.

Una vez desayunado, centré mis esfuerzos en el virus que debía buscar. Haciendo honor a la capacidad de respuesta de mi generación, lo primero que hice fue escribir la palabra virus en un buscador de internet. Un total de 1.450.000.000 entradas se alinearon frente a mí. Al pinchar la primera se desplegó un texto de un tamaño similar a las Páginas Amarillas de Albacete. Como no entendía qué era un nucleótido, el ADN o una célula, me decanté por la opción de un vídeo infantil. En un par de clicks más me puse a ver cómo dos luchadores mexicanos ataviados con máscaras fabricaban lejía y pulque de contrabando. De repente, un detalle asombroso dio al traste con mi plan: se habían descrito más de 5000 tipos de virus y se estimaba que podían existir alrededor de un millón. Sería una quimera encontrar el que me ocupaba, al no ser que éste hablara o le hubiera dado por llevar un cartel encima que dijera: “Hola mi amor, yo soy tu virus”.

Tras diez minutos de coraje y lucha, di por agotada la primera alternativa. La incertidumbre de no encontrar respuesta era insoportable. Así pues, aposté por el plan b: llamar al Papa de Roma para pedirle explicaciones sobre su aparición. Desde la gelateria de confianza de cardenales y obispos me advirtieron que para visitar al pontífice tendría que ir hasta el Vaticano de rodillas cantando ‘Alabaré a mi señor’. Al confesarle a Huang mis dos intentos por atrapar al virus, éste explotó: “Después de dos días dándote clases, no has entendido absolutamente nada. Mi cultura ancestral me ha dotado de paciencia infinita, pero esto es demasiado. Es un virus metafórico, necio, y estás consumido por él”. Acto seguido, se acicaló y se regó con su perfume favorito. Tomó un par de copas, la botella de ron y se fue a pasar el día con el agaporni de la vecina.

He de confesar que fue el momento de la cuarenta que más odié al loro. Había sido el responsable de acelerar mi espiral de destrucción. Supongo que la felicidad es no saber que tu camino no va a ningun lugar. Entonces, empecé a sospechar que detrás de su fachada bondadosa y tranquila, se encontraba la cara más descarnada del egoísmo. La depravación del sistema convertida en un juguete oriental. Sin embargo, ¿quién estaba libre de egoísmo? ¿Acaso no había sido egoísta el tipo que me vendió una mascarilla usada por 300€? ¿Mi ex llamándome Eric para no confundirse con su amante? ¿Mis padres que se habían ido a las Islas Caimán a pasar la cuarentena? ¿El cónsul desentendiéndose de sus queridos conciudadanos? ¿Mi cuadrilla? ¿Los cantantes y escritores inflando la burbuja del altruismo? ¿Los que se anestesiaban de la realidad? ¿Y yo? ¿No había comprado a un loro y lo tenía en régimen de esclavitud? ¿Cuántos días llevaba sin dar señales de vida en el trabajo? Entonces, tuve una visión: el egoísmo era el virus que debía derrotar.

A través de la ventana, miré al cielo y pedí una señal para confirmar mi intuición. De repente, las campanas de la iglesia repicaron desbocadas mientras la megafonía emitía un cántico celestial. Ya que aquella hora siempre sonaban las campanas, volví a mirar al cielo y pedí una nueva señal con más fuerza. Entonces, mi vecino Giusepino tocó la puerta en cueros. Una vez le entregué el puñado de sal de todos los sábados, pedí confirmación con los brazos abiertos. A los pocos segundos escuché unos sonidos muy desagradables que provenían de la ventana de enfrente. Huang y el agaporni estaban enredados en una danza de plumas que acabó en un grito espartano. No había lugar a dudas, había dado con el virus.

Recorrí la casa de punta a punta, mientras me tiraba de los pelos. La adrenalina se propagaba por cada poro de mi cuerpo. Repasé los principales acontecimientos de mi cuarentena: la parábola del niño y la televisión, el milagro de la vuelta de Internet a la vida, o el de multiplicar papeles por huevos y chorizos. En aquel momento recibí la llamada de mi madre, de quien me había convertido en su sexólogo, psiquiatra y asesor de apuestas de galgos. Antes de colgar, le pedí que me relatara el momento en qué me había parido: “Naciste en una de las cuadras de los abuelos, entre un burro ciego y una mula coja. Después, aparecieron tres pastores de Villa Pascuala, del oriente, que estaban a mitad de la trashumancia. Venían siguiendo un cordero que se les había extraviado”. Aunque sentí curiosidad, desistí preguntar sobre mi concebimiento. Hay detalles que uno no necesita conocer. Por algún extraño motivo, deduje que la civilización me había designado como su nuevo mesías.

Me despojé de mis vestiduras y me vestí con las cortinas del baño. Recorté una corona de cartón que pinté de amarillo y me puse en la cabeza. Tomé papel y boli y empecé a planificar mi estratagema. Contaría con doce apóstoles, que recogerían a todas las capas de la sociedad: una influencer humilde, un youtuber que pague impuestos, un rapero recién salido de la cárcel, un liberado sindical de la tauromaquía, una pitonisa sin laca, un terraplanista con graduado escolar, una community manager que ejerciera, un ecologista que apoyara la energía nuclear, una líder de la postverdad sobria, un poeta que hiciera poesía, una abogada sincera y un millonario con escrúpulos.

Cuando empecé a pensar en la vacuna que derrotaría al egoísmo, me sentí agotado y recordé que Jesucristo era de beber buen vino. Entre copa y copa, empecé a imaginar el Nuevo Mundo que crearíamos junto a mis seguidores. No haría falta trabajar, tampoco madrugar. Las resacas quedarían abolidas, se instauraría el amor libre en detrimento del derecho penal. Las cárceles se llenarían de rosas rojas y los presos tendrían que convivir en granjas vacunas. Todo el año sería carnaval y como única celebración religiosa se mantendría la venida de Papa Noel. Dentro de mi proyecto, sería designado líder absoluto, cuya misión sería la de regir los designios de la civilización. Viviría en el palacio de algún monarca europeo y contaría con una banda de música que flanquease todos mis movimientos. Se celebraría el día nacional del líder y se pagaría un diezmo en agradecimiento a su sabiduría.

En pleno éxtasis de borrachera divina, me asomé por la ventana y empecé a gritar que era el nuevo mesías que iba a traer la caída del Viejo Mundo y la proclamación del Nuevo Mundo. Ni las ratas que corrían la avenida se inmutaron. Me incorporé sobre el alféizar y me dispuse a andar sobre el aire. Antes de hacerlo recordé cómo había muerto uno de mis supuestos antecesores: crucificado, repudiado por judíos y romanos a la edad de treinta y tres años. También el mesías del fútbol rondaba aquella edad y le acaban de arrebatar su reino. Si era un nuevo mesías, me quedaban menos de tres años de vida. Entonces, me arranqué las cortinas del baño, rompí la corona y me metí en la cama como si nada hubiera ocurrido. Al poco rato entró Huang por la ventana tarareando ‘Something Stupid’ de Frank Sinatra. “El amor sí hace milagros”, pensé mientras derramaba una lágrima.

Y así fue como en pocas horas nació y murió la figura de un mesías que, por suerte, el mundo y los manicomios de la zona evitaron soportar sus impredecibles consecuencias. Entre tanto, la epidemia y el virus seguían campando a sus anchas.

Brian sufrió las consecuencias de ser un mesías. Mejor beber un poco de hidroxicloroquina.

11. LAVADORAS POR LA PAZ

En mi décimo tercer día de aislamiento descubrí una parte de mi realidad: tan sólo era un mindundi con muchos humos. Fue el momento en que empecé a sospechar que me quedaba un largo camino parar curar el virus y que si quería hacerlo tenía que prepararme mucho mejor. Si ese virus había arrasado al mundo durante tanto tiempo, no iba a derrotarlo yo en diez minutos con tan sólo la ayuda de una cuchara de plástico y una pastilla de jabón revenida. A pesar de sus buenas intenciones y que le quedaba mucha pila, mi verdad era aún muy débil y sólo se apoyaba en un loro que había encontrado por casualidad en un bazar oriental.

Para colmo, Huang y yo padecíamos uno de los recurrentes síntomas del virus: la resaca. La noche anterior, después de un guateque de diversión y música comercial, nos bebimos una botella de vino para celebrar que aunque estábamos en cuarentena, estábamos juntos. Además, en plena exaltación de la amistad empezamos a consumir otro tipo de sustancias que podían agudizar el efecto del alcohol. Sufrimos varias alucinaciones en las que vimos a Emma Goldman cantando y bailando el ‘Aserejé’ o a La Pasionaria pregonando las maravillas del liberalismo. En el culmen de la fiesta me dio la impresión de que aquellas dos apariciones querían revelarnos algo. Quizá cuál iba a ser el número del Gordo de aquel año o que Mick Jagger y Paul McCartney eran en realidad la misma persona. No lo tengo aún claro. Lo que sí era razonable es que el balance entre la realidad y la ficción ficticia había desarbolado mi mente.

Como un mindundi preso de sus alucinaciones, me levanté excitado a proclamar a los cuatro vientos lo que quisiera que fuera la verdad. Huang aún dormía y decidí despertarlo más tarde. Aunque estábamos cerca de vislumbrar multitud de absurdeces y paradojas en la transición entre el Viejo y el Nuevo Mundo, en el calendario todavía era domingo y éste aún se dedicaba al descanso. Desde que llegó a casa, uno de nuestros frecuentes motivos de choque era la insistencia de Huang por reposar apagado y mis ganas de aprender danzas africanas mientras leía a Dostoevskij y cocinaba potaje de garbanzos.

Así pues, sacudido por los viejos vicios, me desnudé por completo y abrí una de las ventanas de mi estudio. En el balcón de enfrente, los vecinos que había conocido cantando ‘Ma il cielo è sempre più blu’ miraban el móvil sin percatarse de mi presencia. Cuando la chica despegó la vista de la pantalla, grité enloquecido: “Signora, guardi che cosa bella” mientras contoneaba todos los extremos de mi cuerpo. Debía ser que mi italiano no era tan bueno como creía, porque la mujer cerró su ventana de golpe gritando “Ma, che cazzo sta dicendo questo testa di cazzo!”. Decidí que la próxima vez probaría a ponerme calzoncillos.

Desbordado por el fallo de mi sesuda estrategia, me vine abajo y decidí encender a Huang, arriesgándome a una dura reprimenda. Aun la voz tomada y la cabeza colapsada por el flow de Don Patricio o Bad Bunny, Huang me recordó de muy buenas maneras que era domingo. Me recomendó que me fuera al sofá a ver un capítulo de las emocionantes aventuras del panadero ucraniano que quería ser astronauta. Indignado por su falta de tacto, opté por no hacerle caso. Como la casa estaba revuelta, con el suelo lleno de churretes y ropa sucia, me puse a limpiarla a fondo y a hacer lavadoras. Cuando iba por la cuarta lavadora, respiré tranquilo. Si a Huang le encantaba estar apagado el domingo, a mí poner lavadoras me hacía conectar con la Pachamama o sentir la llamada de un chamán al que se le había roto el tocadiscos. Ironías del destino, pensé en las veces que había tomado por loca a mi madre cuando pasaba los fines de semana limpiando la casa sin descanso.

Y así fue como empecé a intuir que durante la cuarentena necesitaría poner muchas lavadoras si de verdad me quería curar. Por suerte, me había provisto de varias botellas de detergente y suavizante antes de que la realidad me pillara de nuevo desprevenido.

Al final viviré dentro de la lavadora.

12. CAMPAMENTO DE SUPERVIVENCIA

En cierto momento de la cuarentena, los pensamientos que revoloteaban en mi cabeza se paralizaron. Las preocupaciones desaparecieron y me centré de forma inconsciente en arrancar toda expectativa más allá de pasar el día. Aunque jamás me haya planteado leer libros sobre coach o autoayuda, ni haya practicado yoga o meditación, a buen seguro que mis fantasías podrían haber atrapado a algunas de las almas confusas que había alumbrado el confinamiento. Por desgracia, la competencia en el sector de la estupidez es despiadada. Opté por mejorar el método antes de que una multinacional me lo arrebatara y se dedicara a vender falsos remedios o a fabricar nuevos héroes de barro.

En aquel oasis de tranquilidad, empecé a rememorar algunos de los recuerdos más felices de mi más tierna infancia. Evoqué las tardes en que me escondía en un remolque lleno de sacos de aceituna. ¡Alguna vez estuve a punto de acabar triturado en la almazara! También mi exigua carrera como promesa del futbol, viendo todos los partidos desde el banquillo, pero animando como el que más. Tuvieron su momento las encarnizadas discusiones con la profesora de matemáticas a la edad de ocho años. La muy villana prefería inventarse los resultados antes que admitir que no sabía hacer multiplicaciones de dos cifras. Por suerte, en mí encontró un férreo adversario al que poco le importaba quedarse sin recreo con tal de dignificar el álgebra. Esta situación se convertiría en habitual durante mi época de estudiante, hasta que la Universidad me metió en una lista negra, prohibiéndome el acceso a cualquier recinto educativo.

Los días de campamento de verano también venían a mi cabeza. Debido a que era un niño de hueso ancho y que la venta de menores incurría en un vacío legal, mis padres tuvieron la bondad de apuntarme a un campamento para niños obesos. A pesar de que las actividades estaban más enfocadas a la formación de un escuadrón paramilitar que a hacer una dieta saludable, en aquellos días comprendí la importancia de la disciplina para la supervivencia. Como si fuera uno de aquellos sofocantes días, cargando de un tronco y atravesando zarzas sin rumbo, decidí que mi confinamiento se regiría por un estricto horario que optimizase tiempo y fuerzas. Habían terminado los días de despertar a merced de los rayos del sol, acostarse cuando la televisión lo dictase o comer sólo en caso de que el hambre o la ansiedad apremiasen.

Así pues, tomé un pedazo de papel, dibujé unos garabatos con rotuladores de colores y colgué mi nueva rutina sobre la pared. Nada más despertar haría cien flexiones y otras tantas abdominales, mientras mi respiración dejaba el cerebro en blanco. Quedaba terminantemente prohibido pasar el día en pijama o en calzoncillos, luciría camisa lisa y pantalones formales, aunque estaría permitido combinarlo con zapatillas de andar por casa o calcetines con motivos navideños. La higiene dejaba de ser un complemento opcional y usaría la botella repleta del perfume destinado a citas con perspectiva.

Después trabajaría un par de horas que debían rendir como una jornada laboral. En dicho tiempo, se limitaría las salidas a tomar café, distraerse con el último posado de Úrsula Corberó o ver vídeos de gatos checos bailando polka. Comería al medio día mientras la radio fotografiaba al mundo. A partir de ese momento, mi dieta se basaría en productos naturales y cocinados eficientes que permitieran comer una media de diez veces en cada guisado, como el potaje de habichuelas o la sopa de cebolla. Los alimentos procesados habían pasado a mejor vida y el alcohol sólo se admitiría los viernes a la noche y los domingos a primera hora.

Tras una siesta con fines terapéuticos, dedicaría la tarde a la contemplación universal. Retomaría la lectura de clásicos sobre el alféizar, mientras el sol doraba mi cara y brazos. La observación a través de la ventana se convertiría en herramienta fundamental para meditar sobre mí y los virus que asolaban al mundo. A pesar de mi patente falta de coordinación, el baile de danzas étnicas sería recomendado como actividad de esparcimiento. En días laborables, escogería una de cada continente y el fin de semana sería dedicado a los bailes modernos como el swing o el afrobeat. Nada más cenar, quedaría con Huang y discutiríamos conclusiones existencialistas. La esclavitud había sido abolida para el loro, ya que sólo necesitaba dos horas de su lealtad que me brindaría su dependencia alcohólica. Los reproches habían pasado a una mejor vida y si él me lo pedía, oficiaría con gusto cualquier rito de unión con el agaporni de la vecina.

En el nuevo régimen se había acabado las borracheras informativas. Las tertulias en las que participaban charlatanes —que eran la inmensa mayoría— serían sustituidas por documentales de la guerra de Vietnam o de tigres salvajes que cazaban a búfalos para servir de alimento para toda su manada. Sólo revisaría las redes sociales en dos franjas horarias por un máximo de una hora. Las notificaciones del móvil serían desactivadas y éste se desconectaría en los tiempos dedicados al trabajo, el debate o la relajación.  La dictadura tecnológica había dado paso a una democracia bananera.

Sobra decir que los primeros días en que apliqué el horario, éste fue reiteradamente incumplido. Pasar de ser campeón de la indisciplina y la dispersión de mi barrio a vivaquear en los campos del orden y la precisión llevaría su tiempo. Además sufrí los picotazos rabiosos de Huang, quien, aún dolido por mi falta de consideración y aptitudes, se mostraba reticente a cualquier tipo de actividad intelectual. Afortunadamente, supe esperar mi momento con paciencia. Lo ignoré y, tras una pelea con el agaporni a causa de su manifiesta infertilidad e incompatibilidad genética, en poco tiempo volvimos a ser uno.

Y así fue como mi cuarentena se convirtió en un campamento de supervivencia. Por desgracia, las certezas de una cuarentena son exiguas. Aunque quieras negarla, la incertidumbre te muestra que hoy puede ser totalmente distinto a mañana. A veces incluso, no te deja preverla y cuando quieres darte cuenta tienes el cuchillo en la garganta. En poco tiempo, pasaría de estar acampado en una ciudad remota a trasladar mi hoguera a otros rincones de variopinta naturaleza. Pero esa es otra historia.

Cuando crees que la disciplina te hará bien y al día siguiente tienes unas agujetas horribles.

13. TORMENTAS VIENEN DEL SUR

La cuarentena aminoró algunas de las actividades habituales del Viejo Mundo. Diversas formas de medir el tiempo dejaron de ocupar nuestro tiempo. Los relojeros y los fabricantes de almanaques, que no disfrutaban de una situación boyante, miraban el futuro de sus negocios con temor. Aunque gran parte del interés se basaba en buscar indicios que describieran cómo iba a ser el Nuevo Mundo, fueron días dispares para los que se dedicaban al oficio de adelantar el futuro.

A cada análisis, los economistas se desdecían y agravaban sus predicciones sobre desempleo, producto interior bruto, niveles de deuda o número de gorrinos que echarían a volar. Los más honestos sucumbieron en las trincheras de la complejidad y la globalidad, entregaron las armas que utilizaban en sus análisis y discretamente se transformaron en seguidores de Pitágoras, Sócrates o Lennon. Otros optaron por convertirse en héroes de barro y esperar a que su alcantarilla fuera cómoda y limpia. Los más resistentes fueron juzgados y condenados por los tribunales del Nuevo Mundo al haber contribuido a magnificar el desastre del viejo sistema.

En cambio, el gremio de astrólogos y tarotistas vivió sus mejores momentos desde la primera edición de Gran Hermano. Alojados en un páramo que la legalidad definía como fantasía, su burbuja comenzó a inflarse con consultas sobre si el vecino del balcón de enfrente se insinuaba en la hora de los aplausos, si se conservaría el sueño húmedo de ser esclavo de Zara y otras formas de suicidarse sin manchar la ropa. Mediante conocimientos ancestrales, los videntes interpretaban los caprichos de la baraja de naipes, ofrecían ungüentos de animales silvestres u olfateaban el movimiento de la basura espacial para ofrecer certezas del destino. Algunos de los videntes más prometedores fueron designados asesores del gobierno y otros se fugaron a las Islas Salomón o Antigua y Barbuda.

En el sosiego de mi rutina, me di cuenta que había dejado de revisar las predicciones del tiempo. Quizá producto de un hechizo maligno, en el Viejo Mundo desarrollé una obsesión por controlar no sólo la meteorología, sino todo lo que estuviera a mi acceso: cuántas calorías quemaba yendo del sofá a la cama, a qué ritmo debía leer para acabar la bibliografía de Corín Tellado en una semana o cuántos años de vida me quedarían comiendo palomitas untadas en salsa parmesana después de cenar. Seguramente el control genera seguridad y puede remediar males mayores, pero saber qué va a ocurrir a cada momento conlleva el riesgo de convertirte en un robot que ni siente ni padece.

Mientras leía un análisis sobre el plan secreto que estaban elaborando los pingüinos para dominar el mundo —esclavizando y sacrificando a tantos humanos como fuera necesario, ocupados estos en tareas más importantes—, comprobé que afuera estaba nevando. Miré por la ventana y vi cómo caían copos de nieve que se mezclaban con el alquitrán. El blanco cubría los techos de automóviles y autobuses que desafiaban la tormenta. Una capa luminosa envolvía el cielo. Perdí la noción del tiempo embelesado por el espectáculo, hasta que éste dio paso a una tromba generosa de agua. Recordé las veces que el parte había dado nieve, la ilusión por sacar los trineos y hacer muñecos, beber chocolate caliente y no tener que ir a clase o a trabajar, como en las películas. También rememoré los desengaños cuando finalmente caían cuatro copos. Habíamos sacrificado el poder de la sorpresa insignificante por un abrigo de bienestar.  

Huang se había despertado para observar a mi lado el milagro inesperado. “En Shanghái nieva dos o tres veces por año. Me acuerdo mucho de la fábrica donde nací y mi infancia”, dijo con un nudo en la garganta. Después, el loro señaló a las nubes que había en el fondo de la postal. Eran grisáceas y se movían paulatinamente hacia nuestra dirección. “Se avecina temporal. Son las tormentas que vienen del sur”, añadió haciéndose el interesante. Es probable que en su época de explorador, Huang hubiera desarrollado una especie de brújula interna. Sin embargo, no sólo la avenida y las nubes apuntaban hacia el sur.

En aquel periodo de la cuarentena, la pandemia había llegado a América del Sur. A los designios biológicos, se le unieron la pobreza y las graves carencias del sistema, situando a su cálida gente más cerca del borde de un abismo que conocían a la perfección. Haciendo cola en el supermercado y comprobando los primeros síntomas de desabastecimiento, evoqué mis cortos y felices días en Latinoamérica. De entre los mensajes que recibí, algunos provenían de Cuba, Brasil, Venezuela, México o Colombia. Su efecto en mi cuerpo tenía la misma vitalidad que un zumo de mango recién exprimido o la frescura de una papaya acabada de coger.

Algunos de las llamadas que más me estremecieron procedían de la música. Con Huang integrado al horario de campamento, una de las actividades que más disfrutábamos era bailar y cantar, especialmente ritmos latinos. Por aquello de la cercanía cultural, podía suplir mi torpeza con cierta gracia. En cambio, la sobriedad acentuaba los toscos movimientos del loro oriental. La vecina de enfrente, por su parte, no opinaba lo mismo y cerraba la persiana ante un show que no debía ser de su agrado. En aquella combinación de sudor y sabor, canciones que había escuchado mil veces cobraron un nuevo sentido. Era como si los sones tropicales hubieran derretido un tapón de cera en mis oídos. La tarde de la tormenta, el susurro de unas frases dulces atravesó mis sentidos.

Con el coraje de frente,
voy a ganar la batalla,
hecha de viento y de playa,
soy la ola que va a romper”.

El canto provenía de Puerto Rico y se hacía acompañar por percusiones vivaces y vientos desnudos. El apartamento de pronto se transformó en una suerte de selva impregnada de olor a tierra mojada, con playas de arena blanca a un lado y montañas abarrotadas por densa vegetación al otro. En plena alucinación, el reproductor de música seleccionó otra canción puertorriqueña. Tenía cadencias frenéticas, en el que la voz de un profeta encolerizado escupía verdad.

Mi estrategia es diferente: por la salida entro,
me infiltro en el sistema y exploto desde adentro.
Todo lo que les digo es como el Aikido,
uso a mi favor la fuerza del enemigo.
Ahora quítate el traje falda y camiseta
Despójate de prendas marcas etiquetas,
pa’ cambiar al mundo desnuda tu coraje

Yo que siempre había sido rockero, me había dejado poseer por el espíritu del reggaetón. Restregaba mi cuerpo contra el del loro, moviendo sin parar las caderas y nalgas en una especie de twerking. Sin salir de aquella tarde de tormenta, viajamos de Trujillo Alto a Montevideo, Caracas, El Hierro, La Habana, Medellín, Buenos Aires… En el apartamento tenía una toalla con la bandera de Canarias que colgamos en la ventana apuntando al sur, como un referente a medio camino entre el sur y el norte. Entonces, Huang me interrumpió: “Estos himnos son las tormentas que derribarán el virus”. Aunque me lo tomé a la ligera y sospeché que el loro había aprovechado un descuido para templarse, aquellas palabras aún resuenan en mi cabeza.

Y así fue como el confinamiento agotó algunas costumbres para dar paso a otras que se convertirían en imprescindibles en el Nuevo Mundo. Por lo general, la verdad es flexible y, de esta forma, los virus se propagan en mentes cerradas.

La primera de las tormentas

14. LA CALMA TENSA

Durante la cuarentena, convivimos en un ambiente de calma tensa que  regía cualquier movimiento. La tensión y la calma son conceptos relativos. Si el encontrar a un hombre vestido de rojo tratando de entrar por la chimenea en Nochebuena puede suponer una tierna anécdota para los niños, en los adultos puede desembocar en un futuro ingreso al manicomio o incluso en el suicidio. Dentro de esa ambigüedad interpretativa, tuvimos que aprender a detectar cuándo la atmósfera era una balsa de aceite o el ojo del huracán. La calma tensa es altamente inestable. Nunca se debe confiar en ella. Por instinto de supervivencia, obligaba a afilar los sentidos.

Tras una sesión de calistenia, meditaba en la ducha qué sería de mi futuro inmediato. Sin novedades del Consulado, el Gobierno anunciaba a bombo y platillo rescates de otros ciudadanos en varios rincones del mundo. Intrépidos turistas, que habían aprovechado las ofertas del comienzo de la epidemia, mandaban mensajes de desesperación varados en aeropuertos o en cuchitriles de incertidumbre. Erasmus que, a pesar de ser felices en su oasis de conocimiento y pizza precocinada, deseaban regresar para acallar la insistente preocupación de sus padres. La emergencia también puso el punto y final a la emigración de mucho talento, que no tuvo más remedio que volver para comenzar de nuevo.

Haciendo honor al arte nacional de conspirar sin tener idea, imaginé una agenda del Cónsul plena de jolgorio y desenfreno. Probablemente, el tipo andaría ocupado paseando en carrozas de lujo, asistiendo a pases de modelos que le dedicaban vivas y combates de boxeo entre aristócratas que se alternaban con orgías de cocodrilos. “Quizá pueda darme a la vida diplomática y después asaltar el Ministerio del Aire”, pensé por un instante. Acto seguido, sonó el teléfono. Dolido por haberme roto la fantasía, decidí ignorarlo. Sin embargo, el aparato volvió a insistir. Ante la disyuntiva, el espíritu de mi abuela me invadió. ¿Habría pasado algo grave? ¿Mi hermana habría sido devorada por sus niños salvajes o habría subastado a su marido, Christian Gottfried Daniel? ¿Mis padres habrían sido secuestrados en Islas Caimán, confundidos con algún magnate o mangante?

Salí de la ducha y corrí como alma que lleva el diablo. “Zagal, ¿qué marcha me llevas?”, escuché al descolgar. Antes de poder contestar, el Cónsul prosiguió con su verborrea: “Espero que me haigas hecho caso y hayas pillao munición y una pipa. No te via’ mentir, la cosa está mal na más, pero jincándote una botella de Amaro las cosas se ven regular”. En aquella ocasión, noté al Cónsul especialmente cansado. Entre palabra y palabra, tomaba una bocanada de aire que acompañaba con un silbido. Imaginaba a mi interlocutor sentado en su poltrona con la barriga chocando contra la mesa, sosteniendo un puro en una mano y un muslo de pavo caramelizado en la otra. “El Gobierno de nuestro país está tomado por incompetentes, masones, ateos y maricones en su mayoría. Aunque no haiga ni una miaja de deciencia, algunos lo amamos y luchamos. Llevo trabajando sin descanso semanas para idiotas como tú. He pedido helicópteros y misiles para sacaros de ahí, pero esos zánganos están con las mascarillas y los medicamentos. ¡Cojones es lo que hace falta!”, gritó violento. “Zagal, hazte a la idea de que vas a seguir ahí mucho tiempo. Si te interesa, tengo buena mano con los sicilianos. Al capo le llaman ‘il Mingafredda’. Es un bendito y le iría muy bien vendedores serios por las calles. Si te interesa, llámame que voy a pachas”. Antes de que pudiera preguntar de qué demonios estaba hablando, se despidió con un “Bacia la mano al padrone!”.

Descartado que mi futuro pasara por integrarme a una banda criminal o a la diplomacia patria, desperté a Huang. La adopción de un estilo de vida más tranquilo le había suavizado y abrillantado las plumas, aunque pasaba las noches en vela pensando en el agaporni de la vecina. Ante la posibilidad de prorrogar nuestra estancia, el loro mostró una alegría contenida. Continuábamos dilatando el momento de hablar acerca de planes de futuro y discutir si una vuelta a casa supondría separar nuestras vidas para siempre. La clásica táctica de dejar la bomba correr. Entonces, Huang me propuso que quizá fuera momento de hacer algo útil por la comunidad en la que vivíamos, empezando por integrarnos.

En la transición entre el Viejo y el Nuevo Mundo, se lanzaron multitud de propuestas de cooperación y redes de apoyo. Desde personas que hacían los recados a sus vecinos más ancianos hasta la preparación de cestas de alimentos para los más desfavorecidos, pasando por ingenieros que fabricaban equipo sanitario sin descanso con sus impresoras 3D. De alguna forma, quise que ese tipo de iniciativas se instauraran en el palacio en el que residíamos. Para romper el hielo, propuse a una red de intercambio de libros. Precisamente, era el día del Dantedì, una ocurrencia del Gobierno para conmemorar el nacimiento del escritor toscano. Así pues, pensé que raro sería que entre cinco italianos no hubiera una réplica de la Divina comedia, la obra maestra de la literatura nacional. Tras una hora de espera se constató la peor de las previsiones: no sólo no había ni un tomo, sino que la mayor expresión literaria se reducía al menú de la pizzería Montalbano, donde los platos estaban inspirados en el célebre comisario creado por Camilleri.

A cambio, logré una lista de contactos con todas las actividades que se hacían en la ciudad, dentro y fuera de los cauces legales que establecían los decretos de emergencia. En la lista figuraba la posibilidad de encargar flores, ordenar un asesinato a mitad de precio o solicitar que un párroco oficiara misa en casa, con los sacramentos incluidos en el transporte. Entre las propuestas, encontré la de una librería infantil que repartía a domicilio. A pesar de que su stock se basaba en cuentos y novelas ilustradas, me llamó la atención Io e Mao, un libro infantil sobre el líder de la revolución china. Cuando Huang lo vio, comenzó a silbar eufórico y exigió su compra con cierto aire autoritario.

A la media hora, dos hermosas mujeres se presentaron en casa con el libro. Ambas tenían un aspecto similar: rostro liso, camisa de franjas blancas y negras, pantalones vaqueros y una generosa cabellera de pelo rizado. Tan sólo se diferenciaban en el color de los ojos: una azules esmeralda y la otra azules turquesa. Los movimientos de mi cuerpo me advirtieron de que llevaba demasiado tiempo hablando con un loro de juguete. Como no quería regresar a casa, empecé a sacar temas de conversación infalibles: las casas colgantes de la ciudad de Cuenca, el apareamiento de los vencejos o el dulce sabor de los higos maduros. Las muchachas se miraron incómodas y, una vez hice el pago, se metieron en el coche y desaparecieron a toda velocidad de mi vista.

Decepcionado por el fracaso de tejer alguna red de apoyo, me centré en la lectura del cuento sobre Mao. Huang, desatado por su conocimiento y pasión sobre el tema, ampliaba algunas de las anécdotas sobre el llamado sol rojo en el centro de nuestros corazones y el salvador del pueblo. En cierta forma, la existencia de millones de loros idénticos e inanimados era el culmen de las ideas de la revolución china. A mitad de lectura, un mensaje llegó a mi móvil. Las chicas de la librería infantil proponían la lectura de un cuento para una asociación infantil que se reunía telemáticamente. Inmediatamente, Huang y yo nos pusimos a la tarea de inventar uno. Escribimos la historia de un niño que, junto a sus amigas arañas, tejía una red tan grande y resistente que permitía a todos sus amigos andar por encima de las nubes. Para hacer más creíble nuestra narración, Huang se disfrazó de araña y yo me caractericé como un niño. Aunque no supimos si nuestro público entendió algo, aparentemente ninguno quedó traumatizado. Las chicas de la librería quedaron gratamente sorprendidas y nos animaron a repetir la experiencia con ancianos que pasaban la cuarentena en soledad.

Y así fue como tejimos nuestra propia red en medio de la calma tensa. Sin embargo, muy pronto descubriríamos que estábamos en medio del ojo de un huracán que nos arrastraría si no estábamos preparados.

La calma tensa que precede al huracán

15. LOS DESIGNIOS DE UN SISTEMA VORAZ

Tiempo después, descubrí que la cuarentena se comportaba como una de esas profesoras que se quedan grabadas por siempre en la memoria. Jamás se olvida la maestra que enseña a distinguir derecha e izquierda, leer un reloj o cómo hilar vocal y consonante. En ocasiones, la clave no reside en el conocimiento de la maestra, sino en cómo ésta es capaz de guiar al alumno hacia la verdad. Aunque sea necesario más tiempo y dolor, un fracaso interiorizado es preferible a una victoria indolente. La cuarentena ofrecía de forma generosa y paciente un amplio abanico de lecciones, dando a elegir si tomarlas u obviarlas. En el segundo caso, si el saber era vital, ofrecía más oportunidades. El día en que la calma tensa dio paso al huracán, grabé con fuego una de sus leyes: hoy es hoy y mañana ya veremos.

Emocionado aún por la red que habíamos comenzado a tejer, en mi cabeza rondaban multitud de proyectos para extenderla. La raja que atravesaba mis vaqueros me animó a organizar una red de ancianas que desempolvara las máquinas de coser para remendar pantalones y zapatillas. No sólo fantaseaba con ancianas costureras, sino con desempleados que arreglaran aparatos electrónicos. La época de comprar un objeto nuevo cuando el viejo fallara iba a pasar a la historia. El corazón se disparaba y la emoción llenaba mis lagrimales. En medio de mi alucinación de restauradores del Viejo Mundo, sonó mi teléfono.

Zagal, ¿qué marcha me llevas?”, saludó vivaz el Cónsul. “Hoy me he levantado tan esplendoroso como cuando doña María del Pilar Bahamonde parió al Caudillo. He cogido el caballo y una carabina y he marchado victorioso al consulado silbando el himno patrio cara al sol. Me han llamado esos usurpadores y ratas del gobierno. Tenemos novedades para las sabandijas que aún quedáis por aquí. El martes hay un avión pa’ Madriz”, reveló con un tono misterioso, aprovechando para templar el gaznate con orujo. “Sois un chorrión y no me gustaría esparcir por ahí más escoria de la necesaria. No te creas que esto de la diplomacia es fácil. Últimamente tengo que atender a timbas de póker y, aunque esta sea tierra de buenos vicios, no son baratos. Así que, zagal, como esto es una operación secreta de rescate, mis gestiones hacen 300€. ¿Truco o trato?” Aquella parecía una escena más propia de una serie de mafiosos de medio pelo que de una repatriación en medio de una pandemia. Sin pensármelo dos veces, contesté firme. “Lo siento, señor Cónsul. Es usted muy amable, pero tengo que consultarlo con mi loro de juguete”. Antes de que pudiera terminar la frase, el diplomático colgó de un golpe seco.

Más allá de la respuesta, no estaba dispuesto a ser víctima de una extorsión oficial. A los pocos segundos, Daría, compañera de la oficina de Roma, me envió toda la información que el Cónsul acababa de tildar de secreta. El rescate estaba organizado por Air Manguing, aerolínea que jamás había oído nombrar. El billete costaba 500€. Tras una meticulosa labor de espionaje, consistente en introducir el nombre de la empresa en un buscador, disfruté del álbum de fotos personal del CEO de la compañía. Había celebrado su 58 cumpleaños en Dubái junto al resto de empleados, incendiando las discotecas y hoteles más exclusivos de la capital. Un batallón de chimpancés bailarines escoltaban la expedición y el broche final lo había puesto un concierto privado de José Luis Rodríguez ‘el Puma’. Al parecer, la aerolínea se dedicaba a trasladar a famosos y multimillonarios, con un servicio exclusivo de jacuzzi lleno de champagne a bordo.

Donde no había llegado la voluntad del hombre, lo había hecho el altruismo empresarial que se solidarizaba con la desgracia y la emergencia. Aunque era probable que si no salía me quedaría definitivamente atrapado, decidí que no sería cómplice de la usura moral y económica. Sobreviviría y seguiría tejiendo redes de apoyo con mis compañeras hasta derrotar a todos y cada uno de los virus. Entonces, puse a todo volumen el himno revolucionario que había popularizado el mainstream, y entoné a pleno pulmón lo de “E se io muoio da partigiano, O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao…” Mis berridos despertaron a Huang. Al contarle el heroico plan frente al sistema, éste se posó sobre mi cara y me reprendió a base de picotazos. Seguidamente, apostilló con uno de sus proverbios chinos “Antes de iniciar la labor de cambiar el mundo, da tres vueltas por tu propia casa”. Al no entenderlo, Huang tuvo la amabilidad de traducírmelo: “Vuelve a casa, merluzo”.

En ocasiones, la lucha y la determinación no son suficientes para redoblar a un sistema bien armado. A la insistencia de Huang, se le unieron las de algunos miembros de la cuadrilla, las monjas carmelitas con las que solía bailar zumba, los parroquianos del canódromo y los del taller de cocina con microondas. Hasta mis padres, desde las Islas Caimán, se enteraron y me llenaron el buzón con miles de mensajes para que volviera. Ellos también tanteaban la opción de volver a casa y jugaron la carta infalible del chantaje emocional con promesas de volver a ser una familia feliz. Entre otros motivos, la llamada del amor filial apuntaba al tedio de beber cócteles en la playa hasta perder la consciencia, haber terminado las páginas del Kamasutra o a la alerta de su asesor fiscal, quien había visto recortado su margen para mangonear las cuentas de la familia. Además, el paraíso fiscal de Islas Caimán era un continuo trasiego de nobles empresarios que ponían a recaudo los superávits de sus negocios, después de haber vaciado a conciencia la caja mientras solicitaban al Estado ayuda para pagar a sus trabajadores.

Así pues, no tuve más remedio que aceptar que mis días en el apartamento de la resistencia acababan de llegar a su fin. El sueño de hacer la revolución bailando reggaetón debía reconstruirse en otro lado. Pocos minutos después de comprar los billetes, recibí la llamada del Cónsul. En un arrebato de valentía, bloqueé su número. Enfurecido por la actitud de la diplomacia de mi país, empecé a redactar un artículo que enviaría a todos los medios de comunicación, hilos en redes sociales y un cartel que colgaría en el palacio denunciado la injusticia. El mundo debía saber que era un mártir del sistema y unirse para poder enfrentarlo. Sin embargo, mis lamentos no obtuvieron apenas repercusión entre seguidores y amigos. Parecían que éstas no hubieran salido nunca de mi ordenador. ¿Caprichos de los algoritmos o el mundo estaba demasiado ocupado viendo vídeos de médicos gritando enfurecidos y policías persiguiendo tiranosaurios?

Mientras cavilaba, alguien tocó a la puerta. Aunque no era sábado, supuse era Giusepino en cueros en plena enajenación transitoria o Francesca que amenazaba con lanzar mis calzoncillos de Peter Pan por la ventana. Al abrir, descubrí un señor que jamás había visto. Sonreía y tenía un gesto relajado. Por su aspecto elegante y el maletín que portaba, deduje que se trataba de un testigo de Jehová al que su religión no le daba descanso ni en pandemia. “Mi dispia’. Sono ocupatissimo. Ciao, ciao”, le contesté fingiendo ser cordial tratando de cerrar la puerta. Sin embargo, éste lo impidió con una patada. “Li prego di scusarmi. Sono amico del Console. Mi dice che adesso non sono 300, sono 500 a testa. Dai!”, dijo con voz firme, mientras hacía amago de portar un arma en el maletín. Miré a Huang y éste me señaló con la mirada la caja de galletas donde guardábamos el dinero en efectivo. Teníamos poco más de lo que solicitaba nuestro invitado. Mis manos temblaban al entregarle todos los ahorros que me quedaban. “Bravo. Il Console sarà molto felice. Buona giornata, caro mio”, se despidió de forma educada y dejó una copia de la edición de los testigos de Jehová de la Biblia sobre la mesa antes de partir.

Y así fue como aprendí que los colmillos del sistema del Viejo Mundo eran tan largos que las puntas se extendían hasta las calles y que éste tenía una voracidad que no conocía límites. Por suerte, el Nuevo Mundo pondría al sistema a dieta.

El Cónsul me comió con torreznos y una bota de vino

16. LA HUIDA DEL CERDO

El cerdo es uno de los animales con mayor capacidad de adaptación. Si las condiciones le brindan más horas de luz, tiende a comer más. En cambio, si la oscuridad crece, entonces el marrano dedicará más tiempo a dormir. Por el contrario, el ser humano se define como un animal de costumbres. Da igual que haga sol o nieve, que las calles ardan o las montañas hablen, que el banquero invierta tus ahorros en su tercer yate, que la televisión retrasmita una partida de curling o escenas con niños muriendo de hambre, porque la prioridad del hombre será que su pequeño mundo no cambie. Sin pedir nada, el Viejo Mundo había sacrificado la capacidad de adaptación. Precisamente, el día que emprendí la huida, maldije mi condición humana y anhelé la capacidad porcina.

El primer pensamiento que me vino al organizar el viaje de regreso fue un hermoso cerdo paseando por la dehesa. Algunos de los productos más típicos de la región provenían de él: la pancetta, la sopressata —un salami rústico—  y la ‘Nduja —una especie de sobrasada picante, que generaba una dependencia similar a la de una droga—. Era un pecado imperdonable dejar el sur de Italia sin la maleta llena de aquellas exquisiteces. Escribí a mis vecinos por si alguno se apiadaba de mí. Al parecer, todos habían hecho tal cantidad de acopio que no tenían previsto regresar al mercado en años.

Mientras salivaba y mis ensoñaciones se embadurnaban en una noble capa de grasa, Huang accedió a buscar alternativas para viajar hasta Roma. Si el sur de Italia era de por sí una región aislada, la pandemia levantó muros que la hacían infranqueable. Antiguamente, en el mejor de los casos, el trayecto hasta la capital demoraba unas siete u ocho horas en transporte público. En tiempos de confinamiento, ante un eventual retraso, la expedición podía implicar tener que pernoctar en una estación fantasma o perder el avión de vuelta que casi me había arruinado. A todo ello, habría que sumar los impredecibles controles de los carabinieri, una ruleta rusa cuya bala apuntaba entre bailar ‘La Macarena’ en medio de una carretera secundaria o una noche en la celda de un afable delincuente. En pocos minutos, el loro lo tuvo claro: “Coge el avión de mañana a primera hora y pídele a Daría quedarte en su casa un par de noches”.

No había otra alternativa. Llamé a Daría y ésta, aun conocernos de un par de fiestas de la empresa en lamentables condiciones, se mostró eufórica ante mi llegada improvisada. Seguidamente, preguntó por la salud de mis riñones e hígado y menciónó redes que los transportaban hasta Singapur por una buena suma. La cuarentena era un proceso tan personal que el momento de Daría podía ser consecuencia de las secuelas del visionado de un reality de traficantes de órganos o de la emoción por volver a casa. En cualquier caso, prestaría especial atención a mis órganos.

Programar aquella huida supuso debatir el destino de Huang. Haciendo gala de su carácter oriental, se inclinó por no ser un estorbo. Lo único que pidió era no devolverlo al bazar donde semanas antes lo había comprado. “Me ganaré la vida vagando por las calles, piropeando a las señoras mayores a cambio de una moneda y alimentándome de los contenedores hasta que encuentre un nuevo hogar”. Tenía tantas cosas que pensar y organizar en tan poco tiempo, que le respondí cortante. “Si quieres venirte conmigo, vente, pero deja de dar pena”. Entonces, Huang escapó por la ventana y temí que aquellas palabras sin tacto hubieran significado el punto y final a nuestra relación.

En el Viejo Mundo desarrollé más defectos que virtudes. Una de las habilidades de las que más me sentía orgulloso era la de preparar la maleta en un suspiro. En apenas veinte minutos tenía empacadas todas mis pertenencias en una mochila y una maleta. A la par que vaciaba el armario, llamé a mi jefe para comunicarle mi partida. Lejos de sorprenderse, aprobó mis intenciones con un “Mo, ma con Internet, cazzo importa do’stai!” A continuación pronunció unas palabras que jamás he olvidado. “Lavoriamo perché non abbiamo niente di più importante da fare”, adaptando la mítica cita de Oscar Wilde al estilo tarantino. No sólo admiraba la concepción de trabajar como hobby, sino que mi patrón no tuviera la ambición de dominar el mundo esclavizando a sus súbditos.

Con la casa recogida y la alarma fijada para el amanecer, me disponía a dormir por última vez en el palacio cuando apareció Albertina. Mi casera no quería que me fuera sin despedirse y sin firmar la montaña de documentos que rescindían el contrato de alquiler. Aunque aquella señora tenía el dinero por castigo, proseguía su encierro con una televisión rota. La escasez tiene la extraña virtud de afectar por igual a ricos y pobres. Albertina contaba que pasaba horas frente a la pantalla apagada imaginando la filmografía de Fellini. Una a una repasó todas las películas del cineasta emiliano, incluyendo dramatizaciones y diálogos. Permanecí callado. Llevaba años recorriendo el país y apenas conocía a sus figuras artísticas. Pasada la medianoche, asumí que aquello iba para largo. Entonces, la casera descorchó una botella de vino que guardaba en el bolso y pidió un poco de pan. Cuando regresé, encontré dos paquetes generosos de ‘Nduja que enseguida comenzamos a devorar.

La vitalidad de la voz de aquella señora contrastaba con las arrugas que poblaban su frente y el cansancio de sus ojeras. Albertina dirigió la conversación hacia el reciente ataque de corazón de su marido, cuya hospitalización aprovechó para surtirse de mascarillas, puesto que era imposible encontrarlas en la farmacia. Con la boca ardiendo tras consumir el primer paquete de sobrasada, la casera se lamentó por los pisos que la pandemia le había dejado a medio construir y la de inquilinos como yo que estaban teniendo que marchar de sus inmuebles. Al terminar el vino, me preguntó qué pensaba de todo. “Invece di arricchirti con l’affitto di appartamenti, al posto tuo farei qualcosa di più utile, come fare mascherine”, dije con una sinceridad impulsada por el alcohol. Temiendo una dura reprimenda, Albertina asintió en silencio y sacó los papeles que debíamos firmar. Para mi sorpresa, perdonó la indemnización y me devolvió la parte que no había disfrutado. Ese era el único dinero que me quedaba.

En nuestra despedida, tuve la sensación de que la burbuja de Albertina se acababa de pinchar. No fue el único propietario que durante la emergencia tuvo que cambiar de fuente de ingresos. El subir siempre el precio del arriendo, acumular multitud de propiedades u optar por el alquiler turístico fueron prácticas que quedaron en el Viejo Mundo. Sin televisión, la dueña del palacio cogió su máquina de coser y se puso a fabricar mascarillas. Junto a una red de jubiladas, logró abastecer a medio sur de Italia. En el Nuevo Mundo, la fundación Albertina Rizzoli se dedica activamente a ayudar a los colectivos desfavorecidos y la reinserción social, manteniendo a raya los cantos de sirena de la mafia.

Cuando dejé de oír el coche de Albertina, sonó el despertador. No había noticias de Huang. No había dormido y debía apresurarme para dirigirme al aeropuerto. Me abroché la mochila desafiando las leyes del equilibrio y la ebriedad. Habitualmente, no me gusta sentir nostalgia de los lugares que dejo atrás. En aquella ocasión sentí que parte de mí se quedaba en aquel edificio. Cuando abrí la puerta, encontré una caja llena de productos típicos. Además de ‘Nduja, había sopressata, pancetta y otros embutidos, así como una nota firmada por Giusepino, Francesca, Daniele, Alessia y Gigi. Los productos estaban envueltos en un plástico de burbujas que reventé con el deseo de que las burbujas donde habíamos vivido aislados no volvieran a inflarse.

Y así, con medio cerdo dentro de la maleta, fue como empezó mi huida. Una huida que, a pesar de las incertidumbres y los despropósitos que encontraría, tenía un destino claro: el Nuevo Mundo.

Cerdo noble el cual dio su vida para que comiéramos ‘Nduja.

17. VIAJE HACIA EL NUEVO MUNDO

Viajar debe tener un poder más allá del acto físico de transportar personas. Constata la insignificancia propia y la del entorno. Introduce en la mente otras formas de vida y confronta la propia. Algunas de las utopías más influyentes de la historia nacieron en el transcurso de un viaje, porque la utopía es imposible sin movimiento. Algunos sostienen que la ignorancia se cura viajando. Sin embargo, como cualquier medicamento en manos equivocadas, éste puede producir efectos secundarios o adversos. En el tránsito hacia el Nuevo Mundo, viajar dejó de ser uno de los virus que estaban consumiendo al planeta.

Quizá a causa de alguna rencilla en una vida anterior o un trauma infantil, pero los taxistas despertaban en mí un recelo instintivo. Era entrar en el taxi y me empezaba a picar la piel, la garganta se secaba y el aire apenas pasaba a los pulmones. Sin embargo, el taxista que me condujo hacia el aeropuerto me cortó de raíz los prejuicios. El joven escuchaba ópera a un volumen razonable, respetaba las normas de circulación y se dirigía hacia mí de una forma sosegada. Al no tener guantes o mascarillas, intenté granjearme su amistad para conseguir el material y evitar futuros problemas. Dirigí mis primeros intentos hacia temas neutros como el patinaje artístico sobre hielo, las influencias en el pensamiento de Kant o la política monetaria de Burundi, pero el conductor no entraba al trapo. Daba la impresión de ser una persona extremadamente precavida. Así pues, me decanté por un estridente “Ou, caro mio! Come stai? Tutto bene?” Entonces, mi interlocutor comenzó una disertación sobre el lenguaje que los volcanes utilizan para comunicarse con la naturaleza. Mientras yo asentía sin parar, él argumentaba que el Etna le había anticipado la pandemia a mediados de septiembre, pero que prefirió no decir nada porque su cuñado era dueño de una farmacia. Al llegar, no sólo me proveyó de guantes y mascarillas, sino que me regaló una copia de un cassette que él mismo había grabado para aprender idioma vulcano.

El aeropuerto estaba completamente vacío. Las pantallas sólo anunciaban la salida de mi vuelo hacia Roma. La terminal, que un sábado de abril debía albergar colas para destinos de sol y playa, era el reflejo del colapso del Viejo Mundo. Las luces de las ventanillas estaban apagadas. Las persianas de los negocios echadas. A falta de viajeros, tan sólo una modesta cafetería ofrecía capuccino con cornetto a los trabajadores del aeropuerto. En la barra pude disfrutar de la bollería industrial sin gruñir ni darme codazos con nadie. Cuando terminaba de engullirlo, un carabinieri se acercó por mi espalda. Al ver al tipo uniformado y con pistola en el cinto, temblé al pensar que me acusaría por traficante o terrorista. El oficial se presentó y pidió una documentación cuya existencia ignoraba. Amablemente, fue a buscar un formulario vacío para que lo cumplimentara en el acto. Mientras escribía mis datos, el agente se tomó la libertad de quitarme los zapatos y masajearme los pies silbando ‘Las Cuatro Estaciones’. Al despedirse sonriente, empecé a pensar que algo raro debía estar sucediendo.

Un día sin noticias de Huang fue suficiente como para echarle de menos. ¿Qué le había hecho enfadar tanto como para abandonarme? ¿Qué se daría antes a la bebida o al bandolerismo? Sin decantarme por ninguna opción, asumí que debía haber hecho las paces con el agaporni de la vecina y, conociéndole, estarían en trámites de adoptar algún polluelo tailandés. Cuando pasé por el escáner del control, la agente de seguridad me advirtió que mi mochila contenía un animal. Incrédulo, imaginé que sería el típico truco para confiscarme los embutidos que Albertina y mis compañeros del palacio me habían regalado. Sin embargo, al revisar el equipaje, la mujer extrajo un loro de juguete con plumaje verde, que contrastaba con el azul de Huang. Acto seguido me miró divertida y volvió a guardar el juguete como si nada hubiera pasado.

Apenas éramos una decena de personas las que pasamos el control de seguridad. Llamaba especialmente la atención un grupo de tres jóvenes de tez muy morena, cubiertos de tatuajes, piercings y que hablaban en uno de los dialectos incomprensibles de la región. Al pasar mi documentación por el control final, cayó un libro de la mochila. En él guardaba mi dinero, que quedó esparcido por el suelo. Mientras lo recogía apresuradamente, el grupo de jóvenes cuchicheaba sin quitarme ojo. Cuando terminé la inspección, busqué los baños para revisar quién era el loro que llevaba a mis espaldas y buscar un escondrijo para mis ahorros. Detrás de mí, el grupo aceleró el paso hacia mi posición. Una vez encerrado, los jóvenes tocaron a la puerta. Mi único plan de defensa consistía en encender un loro de juguete y esperar a que éste supiera artes marciales. Sin embargo, no reaccionó. Resignado, abrí la puerta con las manos levantadas hacia arriba y empuñando un calzoncillo blanco en son de paz. Al verme, los desconocidos se miraron extrañados y me devolvieron un billete que había dejado olvidado. Seguidamente interpretaron un cántico góspel a forma de despedida. Cuando los perdí de vista, el loro gritó: “No eres más tonto, porque no te entrenas”, lo cual, aun el bochornoso suceso, quise responder con un abrazo entre lágrimas. Al preguntar si se trataba de Huang, el loro me contó que se había tintado las plumas porque su especie era mal vista en aduanas por ser utilizada frecuentemente para el contrabando. Para asegurarme, le comenté que el gobierno chino había creado en un laboratorio el virus que después se había convertido en pandemia. A los pocos segundos, éste voló hacia mi cabeza y me propinó una serie de picotazos, que despejaron cualquier duda.

Con la pila agotada, el loro se apagó. Así pues, me dirigí hacia el único kiosko que había en la terminal. Estaba totalmente desértico. El tendero comentaba que durante aquella semana sólo había vendido algún paquete de chicles, revistas sobre homeopatía y varias copias de un libro que explicaba cómo hacerse millonario tumbado en el sofá de casa. Además de pilas, le pedí que me recomendara una lectura. Mientras la megafonía anunciaba la última llamada para embarcar, el afable comerciante escogió una biografía sobre Federico Fellini —el cineasta favorito de Albertina y del cual sólo conocía el nombre—. Apresuradamente, el hombre se despidió con una cita del artista emiliano: “L’unico vero realista è il visionario”.

En el avión se respiraba un ambiente de calma. Los pasajeros respetaban las colas, no hubo las clásicas disputas por entrar o salir antes y las azafatas daban la impresión de ser humanas. Nunca pensé que en un avión encontraría los cimientos del Nuevo Mundo. Desde la ventana observé características inversas a las que tradicionalmente distinguían a los enclaves del sur de Italia: Pompeya o el Coliseo sin turistas, el Vesubio escoltado por nubes limpias, la serenidad que envolvía a Nápoles y la armonía de Roma. Al aterrizar, Huang y yo tomamos el tren para dirigirnos a casa de Daría, situada en el centro de la capital. Las avenidas que habitualmente estaban atestadas de tráfico, habían dado paso a un silencio sólo interrumpido por las idas y venidas de las ambulancias. El tranvía podía avanzar sin ser bloqueado por la circulación. Los restaurantes que abarrotaban los romanos  permanecían cerrados con carteles en la puerta que invitaban a quedarse en casa. No había rastro de turistas por las calles y los principales monumentos reflexionaban sobre la soledad. Antes de llegar a casa de Daría, compré una botella de vino para celebrar que, aparte de la gravedad sanitaria y social, algo bueno se atisbaba en el horizonte.

Y así fue como terminé la primera parte del viaje de regreso a casa. La paciencia y la solidaridad que había visto con mis propios ojos pronto se derruirían y serían pasto de la inestabilidad de los tiempos. Los virus que asolaban al Viejo Mundo todavía estaban lejos de sanar.

Un necio creyendo en el Nuevo Mundo

18. LA TEORÍA DE LA UNIFORMIZACIÓN

En el Viejo Mundo comenzó a fraguarse un proceso silencioso: la uniformización. Si la biología señalaba un origen común a todos los seres vivos, el ser humano había desarrollado las bases de un sistema que inevitablemente nos haría converger en el mismo punto. A pesar de vivir en burbujas aparentemente aisladas, en algún momento habíamos interiorizado la idea de realizarnos, alcanzar la felicidad y que éramos únicos y especiales. Mientras tanto, en el bolsillo guardábamos el último modelo del iPhone, bailábamos el ‘Despacito’ —aunque nos esforzáramos en repetir que en realidad éramos de jazz y música clásica—, vestíamos pantalones vaqueros made in Bagladesh  y la emisión de los capítulos de Juego de Tronos paralizaba el planeta. Los días que fui okupa de casa de Daría, descubrí que la cuarentena había acelerado la evolución hacia la uniformidad.

Al igual que yo, mi compañera trabajaba en el extranjero seducida por la promesa de prosperar en el Viejo Mundo hasta que algún día pudiera reposar sobre una hamaca con los huesos molidos. Estaba destinada en la delegación de la capital cuando el confinamiento le sorprendió, antes de plantearse tan siquiera volver a casa. Vivía sola en un apartamento del barrio romano de moda, San Lorenzo. Al ponerse el sol, la zona solía convertirse en un trasiego de jóvenes, trasnochados y otros seres que se creían en posesión de una mezcla entre el don de la inmortalidad y el de la lucidez. Después de dejar mis bultos y saludar efusivamente con el codo a Daría, me asomé a su pequeño balcón. Desde allí se podía observar un inmenso conglomerado de viviendas, banderas nacionales, ropa tendida y grúas paralizadas en el tiempo. Aguardé varios minutos escuchando el silencio más atronador que jamás había podido disfrutar. En aquellos momento, la ilusión y la angustia se habían agotado dando paso a una indiferencia que acompañaría la larga y anunciada decadencia.

Como si acabaran de soltarnos de un largo cautiverio, el vino y la conversación no conseguían apagar nuestra sed. Durante su mes de encierro, Daría había experimentado el estrés social, se había refugiado en el altruismo cultural y desintoxicado de la anestesia voluntaria. Una vez que su burbuja había explotado, se debatía entre recoger los pedazos o reciclarlos y construir una nueva. Aunque desconocía si de niña mi compañera había estado en algún campamento de verano estrafalario, la casa estaba impecable y la cuarentena la había hecho sumamente disciplinada. Con unas semanas de práctica de yoga, podía enroscarse en Marichyasana y estaba cerca de levitar. Junto a algunas compañeras, había tejido una red con la que conversaban a distancia con ancianos que vivían solos. A diferencia de mí, a Daría no le había visitado el Papa. Viendo un videoclip de Rosalía, Mahatma Ghandi se había aparecido entre el grupo de bailarinas, ataviado con gafas polarizadas, cadenas y un chándal de blanco marfil para conversar acerca de la humanidad. En su aparición, le reveló que: “En el pensamiento se encuentra la mayor enfermedad, bitch. Hay mucho goofy gucci que hay que darle con la chambea. Voy to’ flexy!

Cuando Daría sacó su colección de botellas, mi mochila empezó a revolverse. El olor a amaro o a limoncello debió despertar la sed de Huang. Disimuladamente, me acerqué hasta él y le arranqué la pila. Mientras degustábamos los licores, debatimos sobre los cimientos que debían levantar el Nuevo Mundo o los entresijos de la generación desheredada a la que pertenecíamos. Entonces, Daría comenzó a emitir tenues gestos de nerviosismo. Se atusaba el pelo formando remolinos de geometría indescriptible. Pronunciaba la u con un tono sumamente agudo. Cada tres minutos, se incorporaba para hacer sentadillas e iba hasta el cuarto de baño a lavarse las manos y ajustarse el peinado. Cuando me preguntaba si aquello se trataba de algún tipo de ritual de seducción de otra época, mi anfitriona empezó a perder el hilo de la conversación, incorporando el asunto de la salud de mis riñones e hígado. “No deberías beber tanto si queremos sacar una buena suma por tus vísceras”, dijo mientras me arrebataba la copa para bebérsela.

Cuando quise dirigirme hacia el aseo, Daría se levantó como una exhalación y me pidió que esperara a que terminara de limpiarlo. Entre tanto, mi mochila seguía tambaleándose. Huang tenía tal ímpetu que no necesitaba pila, cosa que me inquietó. Al acercarme para pedirle que se estuviera quieto, dijo con desesperación: “Vámonos de aquí, esta casa no es segura. Dormiremos bajo un puente del Tevere o pediremos asilo en un convento, ¡pero vámonos!” En ese momento, escuché a Daria gritar desde su habitación. Me acerqué asustado, temiendo encontrar un laboratorio con órganos humanos, un quirófano casero o el cadáver de un huésped anterior. Entonces, una extraña presencia sobrevoló mi cabeza a toda velocidad hacia la entrada. Se trataba de un loro con pelaje azul y amarillo. Al llegar a la posición de mi mochila, éste reprendió con sus alas a la par que bramaba en chino. Quise defender a Huang, quien asomaba su pico y respondía con más verborrea oriental, pero era demasiado cobarde como para reducir una pelea de loros orientales. “Para, Wang. Ya está bien”, se afanó en intermediar Daría. Ambos nos miramos dudando entre reír o llorar ante semejante espectáculo. Finalmente, los loros cesaron el combate dialéctico y se abrazaron entre lágrimas.

Al comienzo de la cuarentena, Daría había tenido la idea de comprar un loro de juguete que le hiciera compañía. Por lo que contaron, Wang y Huang eran hermanos. Ambos procedían de la misma fábrica y, tras meses encerrados en unos almacenes subterráneos junto con miles de hermanos, tostadoras y escobillas, tomaron rumbos distintos. Mientras Huang había hecho la mar con un grupo de corsarios del Pacífico que se dedicaba a asaltar cruceros de lujo, Wang se había trasladado a una clínica de Singapur en la que ofrecían trasplantes a la carta. En cierto momento, ambos loros decidieron huir de sus rutinas rumbo a Europa, camuflados entre los tanques de material oriental, y acabaron en las estanterías de los bazares buscando una casa cómoda y un retiro tranquilo.

Los loros permanecieron enfrentados, repitiendo las palabras que pronunciaba el otro. Añoraban su Shanghái natal y degustar su tradicional cangrejo peludo. Cuando el clima era de paz, la política enfrentó a los loros hermanos. Wang acusaba a Huang de tener el cerebro lavado por el comunismo chino, mientras que Huang sostenía que Wang era un renegado que se había vendido al capitalismo. El cruce de acusaciones era como un tórrido partido de tenis entre dos aficionados que sólo saben devolverse la bola. El agotamiento y el alcohol me llevaron a quedarme dormido sobre el sofá. En cierto momento del sueño recuerdo estar en un sótano rodeado de loros, custodiado por gatos de la suerte que movían su pata de forma mecánica. Los silbidos que emitían los animales formaban un eco que retumbaba en las paredes. A mi lado estaba Daría, quien había adoptado cuerpo de loro y repetía como una estrella del trap: “Si quieres cambiar el güero, cambia tu flow, feka”. Cuando quise preguntarle qué quería decir, repetí de forma mecánica su cantinela precedida de un silbido. Me había convertido en un pájaro uniforme. Mi pata estaba apresada por unos grilletes metálicos. En la estantería de enfrente pude reconocer a mis padres y algunos amigos, quienes comían pipas y contaban chistes de forma divertida. Entonces, Huang me advirtió que en breves instantes comenzaría el turno de trabajo que custodiaban los gatos. “Todos somos hermanos, todos somos iguales”, dijo mi amigo, a lo que le siguió un eco ensordecedor.

Empezaba a amanecer cuando desperté. Mi corazón latía vertiginosamente y el sudor me atravesaba la espalda. Comprobé que mis manos continuaban siendo humanas. En frente, Huang y Wang continuaban enfrascados en un debate interminable. Cuando Daría terminó de desperezarse en el sofá de contiguo, desconectó a Wang y acto seguido Huang calló. Empapada en sudor y a trompicones por la emoción, me confesó que había tenido un sueño muy parecido al mío. Al parecer, en el suyo un ejército de Pikachus custodiaban a los loros, a quienes aterrorizaban al grito de “Pika, pika”.

Y así fue como la teoría de la uniformización irrumpió en medio de la pandemia. Aunque por ahora no se han obtenido pruebas suficientes de que la especie humana evolucione hacia el loro, parece claro que detrás de algunos aspectos inocentes y corporaciones amables del Viejo Mundo, se encontraba el viejo anhelo de la dominación universal. Al fin y al cabo, cuanto más homogéneo sea el rebaño, más fácil será dirigirlo.

Según la descripción de Daría, así debía ser su Gandhi trapero.

19. LA DELGADA LÍNEA

La pandemia no sólo desnudó las carencias de los sistemas sanitarios, económicos y sociales del mundo entero. A cada uno de nosotros nos puso de frente a nuestras miserias y se afanó en demostrar que nuestras creencias eran tan exiguas como un puñado de lentejas con hambre. En mi caso, mientras disfrutaba del falso advenimiento del Nuevo Mundo en casa de Daría, un vaso de vino fraternal y un bocado de salumi libertario, llegó una noticia que removió mi conciencia. Dicen que con el estómago lleno, todas las teorías funcionan. En la práctica, las convicciones e ideas no alimentan.

Mientras trabajaba temporalmente en Italia, alquilé una habitación de mi residencia habitual. Aunque por suerte podía permitirme tener la casa cerrada, pensé que no me vendría mal una modesta inyección de dinero. Semanas antes de dejar España, un joven mexicano llegó a la empresa. Se llamaba Raúl y era extremadamente reservado. Su estancia estaba prevista para unos meses, coincidiendo la mayor parte del tiempo conmigo fuera. Apenas seríamos compañeros de piso unas semanas. Tras intercambiar unas cuantas palabras y comprobar que no era espía o tenía instintos asesinos, le ofrecí ser mi huésped por un módico precio, a lo que éste aceptó sin muchas preguntas. En el tiempo que compartimos pude comprobar que era el compañero perfecto: extremadamente limpio y ordenado y, por alguna razón que nunca comprendí, se escondía de mí, con lo cual no debía bregar por usar las zonas comunes y podía continuar practicando nudismo o declamando sonetos de Alberti en voz en alta como si nada. Nuestra comunicación, por el contrario, era espinosa. A pesar de asentir mis palabras con efusividad, tenía la duda de que habláramos el mismo idioma. Sin darle demasiada importancia, lo achaqué a la diferencia de dialectos o a que mi logopeda me hubiera engañado y fuera en realidad ortopeda.

Durante la pandemia apenas intercambiamos unos mensajes para comprobar que todo estaba bien. Por lo que aseguraba Raúl, la retahíla de cancelaciones no afectaría a su vuelo y podría regresar a su país a final de mes, tal como estaba previsto. Así pues, coincidiríamos unas semanas en las que seríamos tres en lugar de dos, teniendo en cuenta la existencia de Huang y asumiendo que Raúl no hubiera adoptado otro loro de juguete o un gato de la suerte. En casa de Daría, el día antes de partir, me acordé de advertirle mi regreso. Entonces, me contestó con un mensaje confuso: “Está bien chingón, pero acá salió una chingadera. ¡Váyase a la chingada!” Daría, Huang, Wang y yo no supimos descifrar qué querría decir, así que le pedí que probara con otras palabras. “Ay güey, aquí mis cuates se arrecholaron por un tiempo cabrón y ahora están sin lana. La cosa está bien pinche”. Como seguía sin entender nada, le sugerí que hiciéramos una videollamada.

Cuando la cámara se conectó, comprobé que Raúl no estaba solo. Junto a él, tres desconocidos sonreían nerviosamente sobre el sofá. Se trataba de una pareja, Guadalupe y Gilberto, y el hermano de éste, Norberto, quienes habían llegado a la ciudad a buscarse la vida. Mi inquilino les había abierto las puertas de casa por unos días y la pandemia los había ascendido de visitantes a residentes. Sin tener constancia de ello, se hacinaban en la habitación que debía albergarnos a Huang y a mí en un par de días. La coyuntura me pilló tan desprevenido que apenas supe qué debía decir o qué hacer. Sin embargo, la situación de mis inquilinos improvisados aguardaba más intríngulis: no disponían de visado, habían tenido que dejar de trabajar y apenas disponían de recursos. Vivían de la caridad de una iglesia cercana y la mujer lucía un embarazo avanzado. Para tranquilizarme, Gilberto argumentó que ya tenían experiencia con niños. “¿Tenéis sobrinos o un niño en vuestro país?”, pregunté inocentemente. Entonces, el hombre movió la pantalla hacia la mesa donde tantas noches había fantaseado con dedicarme a la poesía o a la piratería y descubrí a un niño que dormía plácidamente.

He de confesar que el primer pensamiento que me vino a la cabeza fue si podría catalogarles como okupas. Ironías del destino, en mi juventud había cantado infinidad de veces aquello de “Okupación, no van a darte la llave’ —un himno del punk rock patrio— y también vitoreaba el lema de “un desalojo, una okupación”. En las tabernas, había pregonado que el modelo de vivienda era injusto y que muchos caseros se aprovechaban para ganar más dinero y ofrecer condiciones indignas a sus inquilinos. Ironías del destino, una vez implicado en el problema, no me parecían tan obvias las consignas. Por otro lado, aquella familia no tenía culpa de que el sistema fuera tan injusto, que el fin del mundo les hubiera pillado en mi casa o que su cuate no tuviera habilidades comunicativas.

Huang y Wang cuchicheaban a mi espalda. Daría apenas podía pestañear. Acto seguido, les pregunté cuál era su plan y qué esperaban de mí. “Hermano, está todo parado. Los pendejos de la televisión dicen que en unos poquitos días podremos volver a trabajar y entonces buscaremos un hogar. No teníamos idea de que usted tenía que regresar. Déjenos estar unos días, señor, se lo pagaremos no más tengamos chance”, dijo uno de los hombres. Entre tanto, Raúl parecía petrificado y tan siquiera asentía. Para mis adentros, comenzaba a barruntar que no tenía elección cuando los cuatro se pusieron en pie, se colocaron sombreros de charro negros y entonaron con acompasados movimientos: “Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones”. La actuación fue tan convincente que desde Roma hicimos los coros. “Podéis quedaros hasta que todo haya pasado. Intentaré ayudaros a buscaros la vida. Mientras tanto, me buscaré otro hogar. A cambio tan sólo quiero una cosa: sinceridad”, dije con determinación. Acto seguido, los mexicanos celebraron mi decisión con vítores y cantando: “Una piedra en el camino, me enseñó que mi destino era rodar y rodar…

Al terminar la llamada, Daría y Wang mostraron sus reservas acerca de mi decisión. “No los conoces de nada. Quizá no salgan nunca de tu casa, quizá cambien las cerraduras, quizá metan más amigos suyos, quizá practiquen ritos ocultos, quizá sean narcotraficantes…”, dijo Wang excitado. Daría, por su parte, se mostraba más preocupada por mi futuro. “Está bien ayudar a los demás, ¿pero y tú? ¿Te crees Teresa de Calcuta? ¿Piensas vivir en la calle con un loro?”, preguntó sin que pudiera ofrecerla ninguna respuesta. Es cierto que en, mayor o menor medida, en todo acto de generosidad hay implícita la esperanza de que éste repercuta en el artífice. Algunos actúan para obtener favores y otros propaganda, fama o tener la conciencia tranquila. De los que menos se oye hablar es de los que lo hacen por convicción. La barrera entre la caridad y la solidaridad era tan delgada que ni yo mismo sabía dónde podía enmarcar mi arrojo.

Entonces, Huang asomó el pico con uno de sus proverbios: “El que hace el bien de los demás hace el suyo“. Sólo el tiempo podría darle o quitarle la razón, pero el ambiente que se creó durante la emergencia parecía respaldarle. Con los estómagos de vecinos y amigos cada vez más vacíos, las colas de la caridad fueron aumentando y el debate de la solidaridad llegó a la opinión pública. Uno de los parroquianos del canódromo, un prestigioso catedrático, estaba dispuesto a bajarse el sueldo y repartirlos por temor a una oleada de delincuencia. En la televisión, políticos liberales, banqueros y grandes empresarios que en el Viejo Mundo demonizaban cualquier tipo de subsidio, exigían la implantación de un ingreso para los más pobres. En pocos meses, los diferentes gobiernos acabarían aprobando dichas dotaciones y redistribuyendo las rentas más altas.

Y así fue como la realidad me enfrentó a mis propias contradicciones, como la utopía ingenua y distante se dio de bruces contra la incertidumbre de nuestros actos y decisiones. El virus de la pobreza y la miseria que habíamos visto con comodidad en la televisión se había instalado también en nuestra casa y había sembrado la duda de si la respuesta obedecía a la caridad por el instinto egoísta de supervivencia o a la solidaridad convencida. La línea era tan delgada que no tardaríamos mucho tiempo en caer a uno de sus lados.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es EVSQkMMUwAALKL2
Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones

20. DE REGRESO AL VIEJO MUNDO

El tránsito hacia el Nuevo Mundo no fue lineal. Tampoco el sosiego o la lógica fueron conceptos inherentes al proceso. El ser humano es un ente tan inestable, que tras dar un paso hacia delante, lo más probable es que dé diez hacia atrás. Para más inri, al señalarle el error, éste lo negará o, en el mejor de los casos, dirá que ha sido inevitable, a causa de una tercera persona o fruto de una conspiración. El día que regresé a mi país después de un mes de confinamiento, emprendí también un viaje hacia un pasado que había dado por superado.

Cuando desperté, Daría llevaba horas dando vueltas por la casa presa de la emoción y los nervios. Había tenido tiempo para ordenar su maleta de diez formas distintas, enlucir las juntas de los azulejos, pintar un autorretrato en acuarela, leer Guerra y Paz y preparar bocadillos de tortilla con pimientos para todos. Huang había ido con Wang a sobrevolar los principales enclaves de la capital: la Piazza San Pietro, el foro romano, el barrio de Trastevere, el Campo di Fiori, la Fontana di Trevi y Appia Antica. Estos aún tendrían que esperar meses hasta que sus vecinos y los turistas pudieran abarrotarlos como antaño. Mientras pasaban las horas, centré todos mis esfuerzos en pensar dónde viviría a partir del día siguiente. Con mi casa ocupada, mi único plan pasaba por ablandar el corazón de mis padres. Estos habían conseguido regresar de Islas Caimán en el jet privado de un directivo de una aerolínea de bajo coste, quien había decidido poner a buen resguardo su parte del reparto de dividendos.

Daría era una mujer tan precavida que programó salir de casa con siete horas de antelación. Unos minutos antes de la hora prevista, los loros regresaron y fueron empacamos. Un tema recurrente para el debate es si Roma pertenece culturalmente al sur o es una isla central. Uno de los argumentos que la distanciaba de la prosperidad norteña era la impuntualidad de sus medios. Esa tarde dimos cuenta que la emergencia sanitaria había agudizado su lejanía de Europa. Mientras disfrutaba del monumental silencio, mi compañera se desesperaba sin tener más recovecos que abrillantar. Al pedir cuentas a la compañía, le respondieron que nuestro transporte estaba atrapado en un atasco, lo cual debía interpretarse que el conductor no había despertado de la siesta. Una hora después de lo acordado, sonó el timbre. Afortunadamente, aún disponíamos de seis horas de margen.

Nada más saludar a nuestro taxista, éste tomó el equipaje y lo lanzó al maletero como si fuera una disciplina olímpica. Las avenidas que circunvalan Roma estaban desérticas y apenas nos cruzamos con ambulancias o patrullas de policía. A la altura del Colosseo, susurré un “A presto!” con el presentimiento de que tardaríamos años en volver a vernos. Entre tanto, nuestro vehículo circulaba a toda velocidad mientras el conductor apostaba a la ruleta con el teléfono móvil y discutía a viva voz qué número sería el siguiente. En un instante de silencio, aproveché para preguntarle por la situación, a lo que éste respondió con un tajante “Cazzo di stranieri, porca troia!”

A nuestra llegada, el aeropuerto presentaba un aspecto desolador. Las pantallas anunciaban sólo nuestro vuelo con destino Madrid, previsto para después de media noche. Buscamos refugio en el único bar que estaba abierto. Desconozco el motivo, pero los grandes aeropuertos despiertan en mí una curiosidad que me lleva a recorrerlos de punta a punta, como si esperase encontrar los restos de una civilización perdida o el mapa de un tesoro. Cuando subí a la planta comercial, descubrí un asentamiento de medio centenar de personas. Por su tez morena y acento, intuí que se trataba de latinoamericanos que habían quedado varados. El suelo estaba cubierto de alfombras y toallas, los niños jugueteaban y algunas mujeres calentaban agua en ollas. Mi presencia atrajo la atención de algunos, quienes se volvieron hacia mí tímidamente. En su mirada pude percibir agotamiento y desesperación, la cual no tuve el valor de sostener más de unos segundos.

Al regresar a la posición de Daría, multitud de españoles se concentraban alrededor del bar. En su mayoría, eran estudiantes erasmus que pertenecían a la última generación del programa. La educación a distancia que impuso el Nuevo Mundo, finiquitó un modelo que se había convertido en una forma de conocer mundo mediante la juerga y la subsistencia en detrimento del aprendizaje. Lo que más me sorprendió fue la cantidad de mascotas con las que nuestros compatriotas se lanzaban a la conquista de conocimiento. Perros, gatos, iguanas, hámsters, tortugas y cerdos vietnamitas también ponían punto y final al desenfreno erasmus. Aunque, teniendo en cuenta que viajaba con un loro de juguete, no era el más indicado para señalar.

Cuando la megafonía del aeropuerto anunció la apertura de la facturación, las masas se agolparon frente a los mostradores, formando una cola que daba la vuelta a la terminal. El desparpajo nacional se sumó al caos acontecido. Algunos se decantaron por entonar el “Alcohol, alcohol, alcohol… Hemos venido a emborracharnos y el resultado nos da igual”; otros por improvisar un botellón de despedida; y los más imaginativos organizaron una ronda de citas rápidas, aprovechando que los baños públicos estaban recién desinfectados y las máquinas de preservativos funcionaban a pleno rendimiento. Para amenizar la espera, saqué a Huang de la maleta y le pregunté si quería unirse a alguna de las verbenas espontáneas. Sin embargo, éste me hizo una advertencia amenazante: “Merluzo, escóndeme bien, que nadie me vea”.

En mi turno de facturación, noté una presencia por la espalda. “Zagal, ¿qué marcha me llevas? Anda que no te vais a despedir de mí, bastardo”, dijo la voz penetrante con la que tantas veces había hablado por teléfono. El cónsul era un hombre de hueso ancho, baja estatura y disimulaba su alopecia con la clásica, y no por ello menos ridícula, cortinilla. De su boca sobresalía una dentadura que alternaba el amarillo y el negro, sobre la que se asentaba un bigote poblado de no más de dos dedos. Vestía un traje elegante, que dejaba entrever tirantes con la bandera española. Desprendía un hedor a perfume varonil mezclado con un sudor rancio que embriagaba el ambiente. “Te vas a casita, mozuelo, con papaíto y mamaíta”, dijo pegándome un pellizco que casi me arranca los mofletes. “Te dije, escoria inmunda, que te hicieras de un rifle, una botella de amaro y te quedaras aquí conmigo, como un hombre. Los sicilianos y yo vamos a hacer grandes cosas, pero para eso se necesitan pelotas”, prosiguió agarrándose los genitales. Sin mediar más palabra, metió mano en mi maleta y sacó a Huang de ella. “Así que éste es el lorito. Nos será muy útil para hacer lo de los chinos”, dijo mientras unos brazos sostenían mis torpes envites. Era el desconocido que días antes había entrado en mi casa para recaudar la extorsión del cónsul. En cuestión de segundos desaparecieron de la escena junto a Huang. Un vistazo a mi alrededor fue suficiente para comprender que todo el mundo estaba tan ensimismado en sus pantallas que nadie había visto nada. Cuando Daría terminó de facturar, me preguntó por qué temblaba, a lo que contesté contrariado que debía ser cosa del frío o la emoción. Necesité revisar mi maleta varias veces y darme cuenta de que mi compañero ya no estaba para asegurarme de que aquel encuentro hubiera sido real.

Al pasar por el control de seguridad tuve la sensación de que en realidad estábamos atravesando un arco del tiempo. Aun derribados y en descomposición, los cimientos del Viejo Mundo se resistían a desaparecer y se volvían a levantar desafiantes. El tumulto avanzaba como una procesión fúnebre entre los pasillos a media luz. En la zona de embarque, una pareja de carabinieri pedía de forma agresiva que se mantuviera la distancia de seguridad entre la indiferencia y las burlas de algunos jóvenes. Daría no abría la boca y miraba fijamente el suelo. Hacinados unos contra otros en un autobús con las puertas abiertas, atravesamos las pistas de aterrizaje hasta llegar a las inmediaciones del aparato. La pintura de la imagen corporativa estaba desconchada. Daba la impresión de que cualquier ráfaga echaría al suelo aquel armatoste. Desde las escalerillas se oían los lamentos del interior. Al entrar constaté la definición visual del término resignación. Las garras del sistema, expresada en una mezcla de engaño e ignorancia, habían amputado cualquier atisbo de esperanza. Los pasajeros se amontonaban sobre los asientos destartalados. Las azafatas habían sido sustituidas por maniquíes que portaban un cartel que rezaba “Air Manguing les desea un feliz manguing”. El calor se condensaba en el techo y el suelo estaba impregnado de un líquido denso y oscuro. Wang sobrevolaba por encima de un muro de teléfonos que grababan el espectáculo. Un par de chicas sollozaba presas de un ataque de histeria, mientras a coro se pedía que no se cancelase el vuelo y que alguien nos rescatara. Cuando se cerraron las puertas, sonó ‘La Macarena’ a todo volumen y el avión comenzó a moverse.

Aterrizamos en Barajas con los primeros rayos del sol. Decenas de policías escoltaban nuestra llegada como si fuéramos estrellas de rock. Una multitud de reporteros tomaba instantáneas de nuestra llegada. En la terminal había dispuesto un recibimiento con autoridades, desayuno, almuerzo y cena, el cual fue arrasado en unos instantes. Un par de azafatas sorteaban gorras y viajes que, tras la bancarrota Air Manguing, jamás llegarían a producirse. Daría se quedaba en la capital. Así pues, me despedí de ella y Wang y puse rumbo a la estación de tren. Mientras me empapaba de la tristeza que desprendían las calles de Madrid, en la radio pude escuchar una crónica sobre nuestro vuelo. La locutora aseguraba que la operación había sido un rotundo éxito, fruto de la cooperación entre gobierno y empresa.  Un viajero, agraciado con un vuelo a Alicante, sollozaba dando las gracias a Air Manguing por haberlo traído de vuelta a casa.

Y así fue como comprendimos que nadie vendría a rescatarnos. La idea de salvar a las personas había sido sustituida por contratar un sucedáneo y dejarle después una reseña agradecida. Si queríamos que los cimientos del Nuevo Mundo no se derribaran, tendríamos que aprender a salvarnos por nosotros mismos.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es airline_stewardess_sex_doll_01.jpg
Una de las azafatas de Air Manguing

21. CENIZAS DE LA HUMANIDAD

Recién aterrizado en el Viejo Mundo, pude recordar cada uno de sus valores. Sus creencias estaban tan arraigadas que habían convertido a nuestros amigos y vecinos en fervientes devotos, como si fueran bravos templarios participando en una cruzada. A falta de escudo o espada, luchaban empuñando el egoísmo y la ignorancia, ajusticiando al enemigo cuando se presentara la más mínima ocasión. Como en toda guerra, la lucha era de forma despiadada y las primeras víctimas resultaban ser las más débiles. A diferencia de otras contiendas, no había un adversario al que batir. Todos nos enfrentábamos contra todos. Todavía hoy me pregunto quién movía los hilos de un ejército tan disciplinado y obediente. Quizá no haya respuesta.

Sin rumbo fijo, llegué a las inmediaciones de Atocha. Las calles recibían la lluvia en silencio. Aunque apenas pasaban coches o peatones, los semáforos continuaban con su encomiable tarea de regular el tráfico. Al entrar a la estación llamé a mis padres para pedir asilo en mi antigua habitación. Estos rebosantes de alegría por mi regreso, se negaron en rotundo por miedo al contagio y me propusieron enviarme un mayordomo y vivir en una tienda de campaña. Descartada la idea de echarme al monte, tenté a algunos de la cuadrilla, antiguos compañeros de la universidad, parroquianos del canódromo y del curso de cocina con microondas. Todos se disculparon por no poder hospedarme con variopintas razones, aunque insistían en que en cualquier otra cosa estarían encantados de ofrecerme su ayuda.

Con los hoteles cerrados y mi casa reconvertida en refugio internacional, comencé a sondear la posibilidad de dedicarme a la indigencia de manera profesional. Como le había prometido a Huang, me disfrazaría de pirata y abordaría a los ricachones con maletín para después repartirlo entre mis compañeros oprimidos. Adaptaríamos la piratería a un entorno urbano y practicaríamos una nueva forma de justicia social. Cuando busqué en Internet algún tutorial, descubrí con estupefacción que la legislación consideraba a aquella noble práctica como hurto y que lo más probable es que acabara entre rejas. Agotado de pensar, me refugié en la estación a tomar un café y un bocado que aplacara a mis tripas.

Lo que habitualmente era un trasiego de pasajeros había dado paso a un continuo goteo de agentes de seguridad y policías. Arrastrando maleta y mochila, recorrí todas las plantas de la estación tratando de encontrar una cafetería. Sólo un pequeño local permanecía abierto, en el que la gente hacía cola. Al llegar mi turno, pedí un café con leche y algo que echarme a la boca. Molesta por la falta de decisión, la camarera reprendió mi actitud y sólo me sirvió el café. Aquellos gritos me despertaron más que lo hubiera hecho un barreño de café brasileño. Aunque estuve tentado de responder con un tono elevado, mantuve la respiración, pagué y me fui de la escena a un lugar donde poder relajarme.

Nada más sentarme en una esquina aislada, una agente de seguridad aceleró el paso hasta mí. Ésta me advirtió que estaba prohibido permanecer sentado, quitarse la mascarilla, beber café o respirar más de diez veces en un minuto si no era estrictamente necesario. Prometo que intenté respirar, contar hasta mil y recitar el alfabeto griego, pero no pude contener la rabia que tenía almacerando  en mi interior durante semanas. “Discúlpeme por existir, señora. Acabo de aterrizar de un tormentoso viaje. No he dormido. Un burócrata corrupto me ha robado a mi amado loro de juguete y compañero de batallas. Unos desconocidos han ocupado mi casa. Ni mis padres ni mis amigos quieren dejarme entrar en sus casas por si les contagio. No sé a dónde ir. Probablemente, tenga que dedicarme a la delincuencia para sobrevivir, ingresar en un monasterio o abrir una franquicia. Así que, le agradecería enormemente que me dejara tomar este café tranquilo y relamer las desgracias de mi triste vida”. Probablemente, en otras circunstancias mis palabras me hubieran supuesto más problemas. El rostro de la trabajadora empalideció y se retiró de la zona. Las cenizas que quedaban de la humanidad también habían prendido en mí. Avergonzado por mi comportamiento, permanecí consumiéndome como una colilla en un cenicero.

Resistirse a la implacable inercia del Viejo Mundo resultaba una práctica extenuante. Habíamos aceptado que la supervivencia propia pasaba por la extinción ajena, que cuanto peor le fuera  los demás, mejor nos iba a nosotros. Quien se opusiera a estos dogmas sería pisoteado o arrinconado sin ningún tipo de remordimiento. Los virus que asolaban a la sociedad habían sido aceptados como un mal necesario de nuestra existencia. Me cuestioné los motivos para seguir con una lucha tan ingrata, de buscar una victoria que no existía, de luchar contra mí mismo, de estar batallando cuando podía estar tumbado en el sofá comiendo palomitas y desternillándome con las aventuras de unos yanquis politoxicómanos que convivían con tigres. De esta forma, pensé que el Nuevo Mundo y el encargo de eliminar el virus podían esperar.

Cuando estaba a punto de agotar mis pensamientos, una presencia me sorprendió. Se trataba de una mujer joven, delgada y rostro pálido. Lucía un vestido largo de un rojo intenso con flores estampadas. Sus ojos rasgados y su acento me pusieron sobre aviso de su procedencia. “Tengo algo para usted”, dijo extendiéndome un sobre y una galleta de la suerte. Antes de poder abrir la boca, la muchacha había desaparecido. Debido al hambre, engullí la galleta. En su interior contenía un mensaje “Antes de ser un dragón, hay que sufrir como una hormiga”. Aunque dudaba que un ser humano pudiera escupir fuego, era cierto que, a falta de dos patas, me sentía como una hormiga. Así que, como indica la tradición, me tragué el trozo de papel. El sobre contenía un billete de tren con destino a Granada, el cual partía en cinco minutos. A expensas de un plan mejor, la megafonía de la estación despejó mis dudas: “El único idiota que va a Granada haga su entrada al tren”. Con una inusitada fuerza me incorporé y salí disparado hacia los andenes.

Y así fue como me sacudí las cenizas que amenazaban con terminar de consumirme. Mientras tanto, las ascuas del odio y la necedad asolaban buena parte de la sociedad. Aprovechando que el victimismo y la autocomplacencia eran formas de vida profundamente arraigadas en el Viejo Mundo, algunos optaron por dejar que el fuego invisible los calcinara. Por suerte, tras un gran incendio, nuevos árboles vuelven a poblar los bosques.

22. LOS MILAGROS NO EXISTEN

Todo tiene una explicación. Desde el origen del universo hasta el asesinato de John F. Kennedy, pasando por el innecesario afán de agotar el petróleo o extinguir salvajemente a todas las especies animales. Dependiendo de las circunstancias que la envuelven, la verdad puede ser revelada, manipulada a traición o aún desconocida. En el último caso, el ser humano da cuenta de su propia torpeza y se enfrenta a una implacable disyuntiva: reconocerla o inventar una falacia. Asumir la ignorancia debería ser un comportamiento tan natural como respirar o beber agua cuando no hay vino. La imaginación es una herramienta tan potente que, en ausencia de la verdad, es capaz de obrar milagros. Si un monje de la Edad Media pudiera encender una bombilla, pensaría que se trata de la luz del Creador. Hoy, algunos atrevidos observan el cielo y sostienen que somos víctimas del engaño, ya que para ellos la Tierra tiene forma de pizza cuatro quesos. Más allá de la ficción, los milagros no existen. Lo que existe es la ignorancia.

El vagón estaba prácticamente vacío. En las filas precedentes se situaba una pareja de estudiantes que también regresaba de Italia. No debieron advertir mi presencia, pues de su mochila sacaron una libreta de dibujo, se desnudaron y comenzaron a retratarse a carboncillo. Antes de buscar cualquier tipo de interpretación o grabar la escena, me quedé dormido. Cuando desperté, habíamos llegado a Granada y de los estudiantes sólo quedaban generosas manchas de humedad sobre los asientos. Al salir de la estación, topé con un par de policías. Me preguntaron por la documentación y el motivo de mi llegada. Contesté que sin lugar a donde ir, había optado por seguir la invitación de una mujer de aspecto oriental cuyo quipao me había dado confianza. Entonces se miraron con desdén, sonrieron y me pidieron que les acompañara al coche. Mientras salíamos, el más menudo, de espeso bigote castaño, aprovechó para dirigirse a mí. “A mí no me gusta multar a la gente. Si pudiera, no lo haría, pero aquí mi compadre Melitón no opina lo mismo. A ver si esos que son tan listos encuentran la vacuna ya y volvemos a la normalidad. Estoy loco porque vuelva el fútbol, la Semana Santa y la feria. A ver si la Virgen nos echa una mano y mi Betis entra en la UEFA”.

Asumí que aunque no tuviera dinero con que pagar la multa, me dejarían libre en cuestión de minutos. Sin embargo, los policías me hicieron entrar al vehículo y el de bigote metió mis bártulos en el maletero. En el interior encontré a Huang sentado en la parte de atrás. La emoción inundó mis mejillas. Lo abracé intensamente, pero éste, dado su carácter desabrido, apenas se inmutó. Mientras tanto, circulábamos a ritmo de sevillanas, con los agentes haciendo palmas, como si estuviéramos en una caseta de la Feria de Abril. Sierra Nevada aún estaba cubierta de nieve. La Alhambra contenía la respiración. Las teteras no hervían en Calle Elvira y en las inmediaciones de la Catedral no se vendía romero. La estatua de García Lorca declamaba tristeza. Atravesamos la Gran Vía, Puerta Real, el cruce del río Darro con el Genil hasta detenernos en el barrio del Zaidín. Allí el policía del bigote me advirtió: “No hace falta que entiendas nada. Ha sido un milagro” y se despidió con un “Viva el Betis y la Virgen del Rocío, manque pierdan”.

Cuando nos quedamos a solas, Huang indicó cuál sería el hogar donde pasaríamos el resto de la cuarentena. Dada nuestra condición de repatriados, ésta pasaba a ser de estricto cumplimiento. Se trataba de un piso unifamiliar, dotado de las comodidades indispensables y la nevera y despensa llenas como para un regimiento. No había ninguna televisión y su vacío llamaba la atención. Al pedir explicaciones, Huang prefirió hacerse el interesante, aunque no corroboró la tesis del milagro: “A pesar de sus excentricidades, nuestro amigo el Cónsul es un hombre muy inteligente. Sabe siempre lo que le conviene. Te manda saludos y te pide que le cuides la casa”. Según había investigado Huang, el diplomático provenía de una familia con multitud de títulos nobiliarios y posesiones. En particular, habían hecho una fortuna copando el mercado de alquiler para estudiantes con una filosofía exitosa: cochiqueras a precio de castillo para el juerguista y el gorrino.

Para celebrar el rencuentro, busqué en el armario algo con que brindar. En él encontré una botella de Relicario y Huang se lanzó sobre ella con desesperación. Vació media de una sentada. Entonces se sintió con fuerzas para hablar. Al parecer, con las autoridades centradas en atender la emergencia, el virus había permitido que mafiosos y delincuentes camparan a sus anchas. En particular, el puerto de Nápoles —referencia para el tráfico de todo tipo de sustancias y mercancías— se había convertido en el epicentro europeo del crimen organizado. El Cónsul había aprovechado su posición y contactos para hacer negocios y estaba preparando una expansión hacia el mercado asiático. En concreto, pretendía introducir en Italia una línea de juguetes sexuales de bajo coste, con el succionador Rabbitfyer como producto estrella. Aquel aparato tenía la capacidad de brindar un orgasmo femenino en décimas de segundo, aunque después de cinco usos la batería apenas duraba centésimas y producía caída del vello púbico y manchas en la piel con forma de conejo. El efecto del alcohol se agudizó en Huang, quien perdía el hilo de su clase magistral sobre vibradores, bolas chinas y otros juguetes sexuales para mujeres. Mis intentos por reconducirlo hacia su intrusión en el mundo de la corrupción y extorsión fueron en vano. El loro prefirió poner reggaetón a todo volumen y estuvimos bailando hasta que cayó redondo. Recuerdo que entre movimientos de cadera e intentos de twerking, Huang gritaba poseído: “El virus lo destruirá todo, es inútil resistirse”.

Jamás conocí la historia Huang, por qué el consulado lo había raptado y cómo éste escapó tan rápido. A pesar de mi insistencia, tampoco quiso revelarme con qué medios había llegado hasta Granada, ni qué clase de trato había hecho para refugiarnos en aquella casa. Puede ser que aquello fuera fruto de un ajuste de cuentas y que mi fiel escudero fuera el jefe de un clan peligroso. Aunque llegué a pensar que Huang pudiera ser un infiltrado del Cónsul para seguir haciéndome la vida imposible, el tiempo y el hecho de que el sistema disponga de herramientas para hacerlo me disuadieron. Al día siguiente, pasada la resaca y ordenados los desperfectos del guateque, retomamos nuestra rutina y la preparación de nuestro ambicioso objetivo: acabar con el virus que asolaba al mundo.

Y así fue como constaté mi insignificancia frente a la verdad. Aunque cada suceso tuviera su explicación, podía prescindir de ella y creer de vez en cuando que existen los milagros o que todos somos personajes de una novela de ficción.

Los consoladores que el Cónsul quiso introducir en el mercado

23. EL VIRUS DE LA IGNORANCIA

El tiempo pasaba tan rápido y la sucesión de acontecimientos era tan frenética que corríamos el riesgo de olvidar cómo era el Viejo Mundo. Dicen que las sociedades que ignoran sus errores, están condenadas a repetirlos. Enmascarados con denominaciones modernas y camuflados bajo líderes de atractiva presencia, las enfermedades del odio, la discriminación y la avaricia estaban desatadas. Como el asesinato, la esclavitud o la guerra eran prácticas controvertidas, éstas se habían adaptado a la modernidad y las herramientas usadas por el sistema era tan refinadas que éste nos pedía permiso para poder ejecutar su estratagema. Multitud de valientes aplacaban las injusticias de forma separada, cuando el enemigo era sólo uno y el combate exigía unión. Como la pandemia, su invisibilidad y la levedad de sus síntomas lo convertían en un virus letal.

Aun cambiar de país, nuestra realidad era prácticamente la misma. Una combinación de enfermedad, muerte e incertidumbre asolaba el pensamiento colectivo, difuminado entre sospechas de que el uso de ropa interior fuera una imposición fruto de un complot y rebrotes esporádicos de canibalismo entre la población anciana. Si medio mundo estaba en cuarentena como consecuencia de lo que había engullido un individuo, el aislamiento nos había hermanado en un prototipo de mundo sin fronteras. La principal diferencia que pudimos observar radicaba en el ambiente de nuestro flamante vecindario. Habíamos cambiado el silencio agónico y la indiferencia por atisbos de esperanza que tenían su máximo apogeo en los balcones al filo de las ocho. Hasta proclamar la venida del Nuevo Mundo, una decena de vecinos nos reuníamos a aplaudir y recordar que el dolor compartido es menos amargo. Terminada la ovación, daba comienzo una sesión para compartir recetas, trucos de belleza, conciertos improvisados con flauta escolar y algunos coqueteos que traspasaban sexo y generaciones, de las cuales me mantuve al margen. El grupo tenía consolidada su propia idiosincrasia y yo, como última incorporación, tenía reservado el puesto entre el bulldog del vecino de arriba y la coctelera del de enfrente.

Retomé mi hábito de destinar largos ratos a mirar por la ventana e interpretar el devenir de los acontecimientos. La calle a la que daba nuestro hogar era de uso residencial. El paso de un vecino cargado con bolsas de la compra, un rider transportado anfetaminas o un coche que se había perdido se convertía en un raro acontecimiento. Por su parte, bandadas de palomas se hacinaban sobre los alféizares de las casas vacías, se multiplicaban e incorporaban especies que habían sido desterradas de la ciudad. Clanes organizados de gatos habían tomado las calles y se mostraban especialmente suspicaces ante la posibilidad que los perros descubrieran sus planes. Al fondo sobresalían las cumbres de Sierra Nevada cubiertas de un manto blanco, el cual se derretía lentamente para suplir su falta de contacto humano. Por tanto, la primera intuición que me sirvieron las calles fue que la naturaleza y el ser humano debían andar jugando al escondite y, después de algunos años como perseguidores, ahora era el turno de que la tierra nos acechara. Al no tener televisor y estar las redes sociales discutiendo la infiltración de hombres lobo en el gobierno autonómico, no me atrevía a descartar la posibilidad de un ataque nuclear que me hubiera pillado en la hora de la siesta o leyendo a Tolstói.

Las clases y debates con Huang volvieron a ocupar la mayor parte de nuestro día a día. Política internacional, diferentes teorías económicas y física nuclear eran algunos de los temas que el loro enseñaba sobre una pizarra, mediante lecturas o documentales. Mientras la opinión pública invertía sus esfuerzos en decidir cuál era la mejor forma de examinar a los estudiantes a distancia, mi maestro rehusaba cualquier tipo de evaluación y avanzaba según su alumno interioriza las lecciones. Un día, Huang me pidió que dejara definitivamente el trabajo para centrarme en el conocimiento. Aseguraba que sus tratos nos garantizarían techo y comida durante meses o años. Su espíritu rebosante de utopía y candidez le había hecho convencerse de que el Nuevo Mundo sustituiría el “tanto tienes, tanto vales” por el “tanto sabes, tanto vales”. El pájaro oriental soñaba con una nueva sociedad de clases formada por zopencos, bocachanclas y sabios, así como sustituir a la dictadura de los zopencos por una democracia de sabios. A pesar de que probablemente Huang pretendiera utilizarme como su títere, llamé a mi jefe y me despedí del trabajo. Éste me dio la enhorabuena por tener algo útil que hacer. Semanas después, recibí de su parte un busto de Oscar Wilde como regalo de despedida y una nota que decía: “La vita pirata è la vita migliore, senza lavorare, senza studiare, con la bottiglia di rum!

Una tarde que repasábamos el sistema financiero internacional —ferviente seguidor de la filosofía cínica “haz lo que yo diga, pero no hagas lo que yo haga”—, pregunté a Huang por el fin de nuestro estudio y qué planes tenía para mí. “Merluzo, antes de curar a nadie, tenemos que curarnos a nosotros. Acaso, ¿te crees a salvo del virus?”, cuestionó el loro. Con total rotundidad afirmé haber derrocado a la ignorancia y que ya estábamos preparados para empezar a salvar al mundo, tal y como nos había emplazado Bergolio en su aparición. Además, no podíamos seguir en casa absorbiendo conocimiento y bailando ritmos latinos indefinidamente hasta que la muerte nos pillara desprevenidos. Decepcionado por la respuesta, Huang se posó en mi rostro y me picoteó al grito de: “¡Maldito ignorante, no has entendido nada!” Entonces, dio por concluida la jornada y se desconectó. Lejos de rendirme y caer en la anestesia voluntaria, me decidí a contradecir los recelos preparando el prototipo de una vacuna para la ignorancia.

Trabajé sin descanso en varios frentes: el salón, la cocina y el baño. Me devané los sesos como si se tratara de la noche anterior al examen de la asignatura más difícil y perdí la noción del tiempo. Redacté un total de treinta y tres proyectos que desafiaban los límites de la biotecnología, pero finalmente me decanté por el que según las estimaciones parecía más efectivo. Comencé por verter todo el contenido de la Wikipedia en una pequeña memoria USB, así como una colección de obras de Nietzsche, Pessoa, Galeano y Sartre. Después, llené el espacio restante con la teoría de la relatividad y la de la evolución, prototipos de las invenciones de Leonardo Da Vinci e imágenes de lienzos de Picasso, Monet y Van Gogh. Finalmente, metí el aparato en una olla a presión mientras extraía las vitaminas de limones, kiwis y zanahorias con mis propias manos. Tras hervir, mezclé los concentrados y preparé dos fórmulas: una azucarada para introducir en la cubitera y otra con vaselina que actuaría como supositorio. Para no dejar nada a la improvisación, preparé una presentación que dejaría de piedra a Huang con fuegos artificiales y sangría casera.

Antes de irme a la cama, tomé uno de los caramelos que había cocinado y me introduje un supositorio. Reconozco que teniendo en cuenta la fiebre, los vómitos y los sucesivos delirios que me produjeron, pensé en refinar la fórmula con algún tipo de protector estomacal, antinflamatorios y analgésicos. Sin embargo, el virus de la ignorancia parecía haber remitido y como botón de muestra resolví un puzle de diez piezas en media hora. Cuando desperté a Huang y le anuncié con suficiencia que había creado la vacuna que erradicaría la necedad, éste llamó a un grupo de palomas y éstas procedieron a picotearme con saña. “La arrogancia es uno de los síntomas de la ignorancia. Los humanos no sabéis separar el conocimiento de la soberbia. Nunca os libraréis de la ignorancia porque forma parte de vosotros, como el corazón o los pulmones. Lo único que podemos hacer es reducir su carga hasta que sea inofensiva con conocimiento y pensamiento”, afirmó Huang. “Y ahora tira ese veneno antes de que te intoxiques y te mueras porque no te puedan atender en el hospital”, concluyó, dándome un abrazo. Aunque los loros orientales fueran menos propensos a la ignorancia por la tenuidad de sus sentimientos, celebré que sacrificara su integridad a cambio de atenuar mi ridículo.

Y así fue como acabó mi efímera y frustrada carrera en el mundo de la alquimia y la farmacología. Aquella lucha me dio a entender que tendría que aprender a convivir con nuestro enemigo mientras lo debilitaba. En honor a tal descubrimiento, colgamos un póster de Sócrates en el lugar destinado a la televisión.

En mi cabeza la vacuna era así

24. CARRUSEL DEPORTIVO

En el Viejo Mundo existía una tradición profundamente arraigada: vivir en el carrusel deportivo. El deporte, que tenía sus orígenes en el ejercicio físico, la competición respetuosa y un estilo de vida saludable, se había convertido en un espectáculo que encarnaba los valores contrarios. Aunque se presentaba en varias disciplinas, la casualidad intencionada había escogido al fútbol como único representante. El espectador podía pasarse todo la semana viendo partidos sin despegarse del sillón. En las tertulias nocturnas grupos de doctos debatían sobre el tamaño del periné del delantero centro del Atlético Antoniano o polemizaban por los motivos que habían llevado al colegiado Méndez Menéndez a comprar criadillas de jabalí en la carnicería de su barrio antes de arbitrar el clásico.

Los presupuestos de los equipos se equiparaban a toda la inversión nacional en ciencia y cultura. Los sueldos de los futbolistas multiplicaban por miles a la de los aficionados que los jaleaban fielmente, compraban cada temporada la zamarra nueva de su equipo y recorrían el país de punta a punta en autobús para presenciar la desidia de su equipo. Fuera del campo, los jugadores estrella adquirían vitola de referentes morales e intelectuales, expandían sus ganancias con inversiones en el turismo y la construcción, mientras dilapidaban fortunas en fiestas, yates y acumulaban coches de lujo que no podían conducir dada su extraña propensión a quedarse sin carné. Los jóvenes que querían ser como ellos acababan quemando los ahorros de su familia en vertederos de ludopatía. Era prácticamente imposible resistirse a montar en el carrusel y no quedar atrapado. La pandemia paró súbitamente su movimiento circular, lanzando a caballos y montadores a un abismo de bochorno y autodestrucción.

He de reconocer que yo no era ajeno al carrusel. Cuando giraba, solía dar vueltas por los diarios deportivos, me acostaba con el susurro cálido de los resultados del Grupo XIII de la tercera división y vaciaba mi agenda cuando jugaba el Barça, fuera el de fútbol, hockey patines o curling. Al llegar el verano me aficionaba a subir en bicicleta los puertos del Galibier o el Tourmalet desde el sofá recibiendo el soplo ensordecedor del ventilador. En año de juegos olímpicos, pedía vacaciones, compraba un palé de ganchitos y seguía todas las pruebas mediante cinco pantallas distintas. Tras la ceremonia de clausura, pedía el ingreso en un retiro espiritual y en un par de semanas estaba rehabilitado para la normalidad. A pesar de las reticencias iniciales, en el año de la pandemia se suspendieron las olimpiadas y se programaron para el siguiente. En el Nuevo Mundo, todavía persisten las dudas sobre su celebración.

Horas antes de comenzar la exigente rutina, me desperté con un intenso malestar. Los retortijones galopaban en mi estómago, la garganta tenía una sequedad distinta a la de la resaca y el sudor bañaba mi piel. A duras penas pude lidiar con la debilidad e incorporarme. Tambaleándome contra las paredes, me arrastré hacia el baño, donde comprobé que tenía los brazos cubiertos de manchas rojizas. Antes de diagnosticarme ser víctima de la pandemia, Huang interrumpió: “¡Merluzo! Tienes síndrome de abstinencia. Tu cuerpo y tu mente necesitan inyectarse fútbol. Prueba la segunda parte del Barcelona – Atlético de Madrid de la vuelta de Copa del Rey 96/97”. Acto seguido, el loro volvió a dormir plácidamente.

El Barça perdía 0-3 un partido que en el segundo tiempo daría la vuelta para ganar 5-4. Al ver aquella gesta heroica comandada por Figo y Ronaldo —jugadores que acabarían en el eterno rival—, remitieron todos mis síntomas. Aún no había amanecido cuando acabó el encuentro. Con la euforia disparada, decidí dar más ritmo al carrusel y repasé las novedades que me había perdido dentro de mi enfrentamiento con el virus. El debate principal se centraba en la vuelta a la competición. Entre las propuestas destacadas, un dirigente de la federación sugería disputar los encuentros en una cueva y enterrar después al equipo perdedor. Los propietarios de los derechos televisivos optaban por mandar a los futbolistas a una isla desierta y comprobar si eran capaces de sobrevivir más de un día sin ayuda de abogados o asesores. Aunque a los presidentes les seducía la segunda propuesta debido a la ingente inyección de dinero, el sindicato de futbolistas alegó que trabajar durante más de dos horas seguidas violaba el convenio colectivo.

En un acto de solidaridad sin precedentes con el sufrimiento nacional, los futbolistas accedieron a rebajarse una parte de su sueldo. Las consecuencias fueron dramáticas: Lionel Messi sólo pudo disfrutar de catorce días de vacaciones recorriendo Ibiza en yate, en lugar de los quince días a los que estaba acostumbrado; Cristiano Ronaldo tuvo que cambiar el champagne Dom Pérignon por el Laurent-Perrier para llenar su piscina olímpica; y Sergio Ramos despidió a su tatuador personal y lo contrató por horas sin darlo de alta en la seguridad social. Los ases del balón tuvieron la ocurrencia de utilizar las redes sociales para retrasmitir su agónica reclusión en palacios de varios miles de metros cuadrados, jardines donde no se intuía horizonte y un equipamiento tecnológico que desafiaba el de un gran almacén. El hecho de contar con asesores de prestigio hizo que más de uno fuera tocado por la barita de la filantropía y donara sumas millonarias para la lucha contra la pandemia, lo cual mitigó la indiferencia y el egoísmo. Por el contrario, en la memoria del Nuevo Mundo aún colean las imágenes de una estrella mundial, embajador de Unicef, lanzando rollos de papel higiénico a su jacuzzi para secarlo, mientras la población hacía cola para pedir alimentos y productos básicos.

Como en otros sectores, el parón supuso una crisis que abocó a la quiebra a multitud de clubes y empresas del sector. Se demostró que si las mentes pensantes brillaban por su ausencia en los terrenos de juego, en los despachos la situación era incluso más devastadora. Los más ingenuos pidieron socorro al Estado, quien, abierto en canal, los fulminó con la mirada disuadiendo la peregrina ensoñación; los más sensatos, influenciados por el legado de Jesús Gil, se decantaron por la estrategia infalible de saquear a sus abonados y dejar de pagar impuestos, con el pretexto acertado de que la administración sería capaz de dejar a los ciudadanos sin pan, pero no se atrevería a dejarlos sin circo.

La pandemia se ensañó con el colectivo de periodistas deportivos. Sin eventos que retrasmitir y con los quioscos de capa caída, reforzaron su especialidad en inventar noticias y llenar páginas con contenidos de dudoso interés. A los interminables rumores de fichajes de promesas de Turkmenistán o Botsuana con nombres impronunciables, se le unió la cobertura del aislamiento de los deportistas. Según una de las crónicas dedicada al encierro de Joaquín Sánchez, éste se dedicaba a repasar la obra de Aristóteles, escuchaba las obras de Bach para clavicordio y por la noche veía la filmografía de Francis Ford Coppola. Los periodistas con más olfato intuyeron el túnel y se reconvirtieron a tiempo en voceros o tertulianos de prensa rosa, pudiendo salvar su vocación. Al final del confinamiento, muchos diarios tuvieron que echar el cierre o prescindieron de gran parte de su plantilla. Algunos de los periodistas despedidos quedaron tan noqueados que ahora locutan los regates e internadas de las enfermeras que les sirven los medicamentos en el sanatorio.

Debía ser medio día cuando Huang interrumpió mi ensimismamiento frente a la pantalla. Cortésmente, me pidió que le prestara el ordenador portátil y éste lo lanzó por la ventana. “Te montaste en el carrusel y has quedado atrapado. Disculpa mis modales, pero la recaída puede ser mortal”. Sin entender muy bien de qué me estaba hablando, tomé el teléfono móvil y seguí repasando los titulares de los medios deportivos. Entonces, el loro me lo arrebató y me pidió que me vistiera con ropa deportiva. A continuación puso un vídeo de un entrenador de Moldavia, llamado Petru, ataviado con indumentaria militar y pose hip-hop, de rostro severo y una voz penetrante. El loro y yo tratamos de seguir sus ejercicios: sentadillas, planchas, burpees, push-ups, picks ups, pelvis lift y otros movimientos que desafiaban mis propias leyes de la gravedad. Al terminar la sesión, Huang me devolvió el teléfono móvil. En un acto reflejo, mis dedos buscaron un resumen de un Hércules – Logroñes de la temporada 96/97. Enfurecido, el loro propuso una sesión de yoga online impartida por una chica argentina de voz hipnótica. En los momentos de relajación mi cabeza visualizaba las finales de la NBA entre los Jazz y los Bulls, que coronarían por sexta vez al equipo de Michael Jordan.

Con el propósito de alejar de mí la adicción al deporte, Huang probó con clases de baile afrobeat, crossfit, tenis mesa, escalada a la nevera e iniciación al patinaje artístico. En plena vorágine de ejercicio, perdí el conocimiento. Al despertarme, Huang permanecía a mi lado y me preguntó por la alineación del Barcelona en la final de Champions League de la 05/06. Con agujetas en el cerebro y los músculos espesos, acerté a contestar: “Napoleón en la portería; Juana de Arco, Pío Baroja, Stalin y Goebbels en la defensa; centro del campo para Carlos V, Janis Joplin y el Conde Duque de Olivares; y en la delantera Rasputin, ‘el Sacamantecas’ y la rana Gustavo”. El loro pareció darse por satisfecho y me dejó descansar durante el resto del día.

Y así fue como escapamos prácticamente ilesos del carrusel deportivo. La detención de la farándula deportiva supuso para mí un gran alivio. De repente, como si de un botín se tratara, me encontré con una enorme cantidad de tiempo que invertiría en otras estupideces con tal de que éstas no giraran. Finalmente, el carrusel deportivo sobrevivió a la llegada del Nuevo Mundo, aunque caballos y montadores tuvieron que renunciar al oro como única condición para sobrevivir.

Qué no falte el futvol!

25. CARRERA HACIA NINGÚN LUGAR

Nacíamos, corríamos y moríamos. No importaba el destino ni el camino, lo importante era no detenerse. Multitud de corredores abarrotaban las calles, chocaban entre sí, avanzaban a ritmos dispares o adelantaban por márgenes y vericuetos. Algunos se convencían de que habían nacido para alcanzar el infinito, fingían cara de concentración y actuaban como si el cuerpo fuera a aguantarles por siempre. Otros nos limitábamos a correr tras una liebre y, una vez superada, buscábamos una nueva. Las trampas del camino obligaban a escoger entre retirarse a tiempo o morir por agotamiento. Aunque hubo quien se resistió, la pandemia obligó a suspender la carrera hacia ningún lugar. Entre los gritos de horror e histeria, el virus imploraba que todo parase.

Nuestra cuarentena marchaba de forma frenética. No quedaba casi nieve en los picos de Sierra Nevada. Las palomas habían conquistado medio vecindario, mientras que los gatos callejeros establecían una red de tráfico de estupefacientes burlando la vigilancia de las autoridades caninas. El pobre aspecto de la nevera y la despensa nos invitaba a racionar los víveres hasta que pudiéramos salir a comprar. Mi contacto con el exterior se redujo a mis padres y mis improvisados huéspedes. A los primeros se les había agotado la ternura generada por la pandemia y habíamos retomado la senda de mensajes como “Buenos días, lucero mío. ¿Aún no te has suicidado, verdad? Te queremos”, “Eres tan especial como el felpudo de la puerta” o “Cuídate mucho, hijo, que algún día necesitaremos tu riñón”. Por su parte, Raúl, mi compañero de piso, ofrecía su particular tranquilidad desde el asentamiento que había levantado de forma espontánea. Después de dos meses de encierro, acababa de entender que el causante era una pandemia global y no un cambio en la fecha del Día de Muertos. Aun así, con las fronteras cerradas, se mostraba seguro de regresar la semana siguiente a su país en barco o en avión. Respecto a la familia con la que compartía mi piso, Raúl había ideado una estratagema infalible: casarme con Guadalupe y adoptar al resto del clan familiar. A cambio, ellos cocinarían tacos todas las noches, cantarían mariachis y se encargarían de que no faltara tequila. Aunque sonaba tentador y no quería ser descortés, les propuse la alternativa de buscarse la vida fuera de mi regazo. Para rematar, Huang se puso un sombrero mexicano, se aclaró la garganta y añadió cantando a guitarra: “Con dinero y sin dinero, yo hago siempre lo que quiero, y mi palabra es la ley”.

En los ratos que las lecciones sobre el colonialismo en África, los burpees, poner lavadoras y descansar me dejaban, comencé a escribir un tomo que recopilaba las enseñanzas de Huang aplicadas en mi propia persona. Lo titulé Crónicas de un encierro, rezando para que nadie hubiera tenido la misma ocurrencia. En él trataba de explicar cómo me había infectado de los virus de la ignorancia, la arrogancia, el egoísmo o la banalidad hasta convertirme en uno de los miles de millones de necios que consumíamos el mundo. La segunda parte estaba dedicada a la remisión de las enfermedades gracias al milagroso método del loro oriental. Solía aprovechar los ratos en que Huang se quedaba traspuesto leyendo el Gran Saber —clásico del confucianismo— para escribir. Lejos de picotearme por revelar sus secretos, el loro mostró efusividad al descubrir el proyecto. Sin embargo, señaló un virus que, según él, aún no había aplacado: la ansiedad. Respiré hondo y le dediqué una sonrisa burlona, maldiciendo el escepticismo inmutable del loro.

Cuando pasé de mitad de libreta, me entraron unas ganas terribles por terminar y comenzar un ensayo sobre el movimiento hiperbólico de las pelusas, aprender ganchillo tunecino o pintar un autorretrato con los pies. Pensé que ya había ofrecido lo mejor de mí y que nadie en su sano juicio llegaría hasta el final. Rellenando con frases de sobres de azúcar y expresiones manidas tendría el volumen completo antes del amanecer. De esta forma, mi mano expresaba con palabras un volcán furioso antes de que mi mente pudiera procesarlo. Bombillas que reflejaban luz sobre espejos, nubes que contenían polvo de estrellas y botellas que flotaban en el mar con historias sobre bandidos románticos llenaron las últimas páginas. Con el borrador acabado, me metí en la cama a repasarlo. A los pocos segundos caí agotado.

Al levantarme, descubrí que tenía los brazos atados a la cabecera de la cama. Los grilletes que me apresaban eran lo suficientemente resistentes como para aguantar mis embestidas. Temiendo que fuera un sueño o una alucinación fruto del agotamiento, volví a echarme a dormir. Mi lógica resultó errónea y cuando volví a despertar seguía amarrado. A voces reclamé a Huang, pero éste no contestó. El borrador de Crónicas de un encierro había desaparecido. En primer lugar supuse que alguna editorial debía haberse enterado y había robado el manuscrito para publicarlo con la autoría de Manuel Vilas o Juan José Millás. Después empecé a sospechar de Huang. Cavilaba si habría sido capaz de traicionarme y comercializar mi vacuna casera contra la ignorancia, publicar el manuscrito por su cuenta o si se había hartado de mí y había decidido abrir una churrería. Como en ocasiones la verdad es la opción más difícil de creer, tampoco descartaba que también estuviese maniatado o que fuera demasiado temprano para despertar.

El Viejo Mundo había desterrado la incertidumbre y ésta me estaba devorando entre las sábanas. No estaba acostumbrado a que ocurriesen imprevistos y mucho menos tener que enfrentarlos. El día a día era una sucesión de eventos que se repetían. Cuando llegaba a una nueva ciudad, había estudiado previamente cómo eran los monumentos y los enclaves que acabaría visitando. Veía películas idénticas a las que me habían maravillado; buscaba restaurantes de moda para pedir huevos fritos con chorizo —mi plato favorito—; y continuaba con mis relaciones más por miedo a lo desconocido que por el amor conocido. Si el más mínimo detalle se salía de lo normal e Internet no daba respuesta en unos minutos, podía cortocircuitar y corría el riesgo de fenecer en vida. En aquellos momentos de ínfima inquietud, morían los abuelos que habían sobrevivido a incertidumbres como el hambre, la guerra o la miseria que ridiculizaban las nuestras. Quizá, deberíamos haberles escuchado para saber cómo afrontarla antes de mandarlos al destierro de las residencias.

Aceptando que tal vez hubiera llegado mi hora, conseguí templar el desasosiego. Sin embargo, en poco tiempo me invadió un elemento que me costó trabajo identificar: el aburrimiento. Lejos de la épica y la solemnidad que se presupone al colofón de una vida, esperar a la muerte se convirtió en una actividad soporífera. Sin clásicos de Julio Verne que leer, debates sobre política financiera, ni documentales sobre la civilización egipcia, no tenía razón de ser. El Viejo Mundo también había conseguido erradicar el aburrimiento, dotando al ser humano de tantas diversiones y maneras de realizarse que no le quedara un segundo por ocupar. Habíamos hecho de la agitación permanente nuestra forma de vida.

Finalmente, me resigné frente a mi destino y comencé a observar con detenimiento las paredes. Entre las formas que dibujaban las rugosidades encontré todo tipo de figuras animadas: cerdos parlantes, piñas de color azul, playas en un exoplaneta, panteras anarquistas, aguacates con conexión bluetooth y destilerías de sangre. Estaba sumido en un estado de tranquilidad absoluta cuando empecé a ver mi vida proyectada en las paredes: el nacimiento en un establo, el canje fallidos con la granja vecina, las filas vacías a mi alrededor durante la universidad, apuestas en el canódromo, zumba con un grupo de monjas, el viaje a Italia y un loro volando sobre mi cabeza. Con la proyección terminada, noté como mis brazos se liberaban de los grilletes y una presencia intentaba zarandearme. En un primer instante imaginé que era el recibimiento clásico que se daba al llegar al Cielo y que en breve acudiría San Pedro a darme más instrucciones. Cuando recobré la consciencia, encontré a Huang a mi lado. “¡Merluzo! Sólo has estado veinte minutos encerrado y casi te mueres. Los jóvenes de hoy en día tenéis de todo y sois muy flojos”, dijo el loro con un tono serio. “Tenéis miedo a parar, porque parar significa pensar, por eso preferís ir como pollos sin cabeza”. Recuperado de la prueba de Huang, dediqué todo el día a centrar mis esfuerzos en aburrirme plenamente y dejar que mi lista de cosas por hacer se llenara de polvo sin remordimiento.

Y así fue como conseguimos cumplir con el objetivo de parar por completo que había propuesto la pandemia. Nos retiramos de la carrera hacia ningún lugar y empezamos a intuir hacia dónde queríamos ir. También recuperamos las fuerzas que íbamos a empezar a necesitar para culminar nuestro gran cometido.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es flat750x1000075f.jpg

26. VIDA LOW COST

Uno de los milagros que obró el Viejo Mundo fue el de los panes y los peces. Mediante un sueldo mísero podías alimentarte, vivir entre cuatro paredes carcomidas, socializar en tugurios con glamour y bañarte en jofainas de gintonic, vestir a la penúltima, comprar un utilitario de 100.000 km, hacerte selfies en el sudeste asiático, esperar a que el cartero te abasteciera con el último artefacto tecnológico, estar suscrito a quince plataformas de streaming y donar lo restante a una organización benéfica que acogiera corocoros abandonados en Surinam. El milagro era de tal magnitud que ningún científico había conseguido explicarlo sin recurrir a la brujería o al misticismo. Algunos teólogos lo achacaban a la llegada de un nuevo profeta que todavía no había sido identificado. Nadie quería renunciar a tenerlo todo, pero la pandemia se empeñó en demostrar que menos puede ser suficiente.

Cumplidas las dos semanas de cuarentena tras nuestro regreso, podía volver a salir a la calle por algún motivo excepcional. Como en aquel momento descartaba la eventualidad de rociar a Huang con salsa agridulce y hornearlo, preparé una extensa lista de la compra con tal de no volver al supermercado en varias semanas. Aproveché que quedaba poco detergente para gastarlo y hacer la primera colada desde nuestra llegada. Cuando estaba preparado para salir, observé que de la cocina manaba un río de agua y jabón. El suelo estaba inundado y la lavadora traqueteaba violentamente. Al acercarme al cacharro, éste dejó de funcionar con un estruendo brusco que dio a entender que acababa de pasar a mejor vida. No era de extrañar teniendo en cuenta que, por su aspecto destartalado, debía de proceder de la sección de saldos o de una rifa de barrio. Mientras lavaba la ropa a mano —evocando mis días en el campamento para niños obesos— maldije esa extraña tendencia de tener en cada casa una chatarra en lugar de compartir una máquina de mejor calidad con todo el vecindario. La gente jaleaba las bajadas de impuestos para poder beberse una cerveza más al mes, pero a cambio despilfarraban sin remordimiento miles de euros por rendir pleitesía a la propiedad privada.

A excepción de cuadrillas de gatos, los cuales no se inmutaban ante mi presencia, no había un alma en la calle. Los coches se amontonaban detenidos formando interminables hileras. Como la victoria británica en Waterloo frente a las tropas napoleónicas, en las escuelas del Nuevo Mundo se estudiaría la victoria por aplastamiento de la industria del automóvil sobre la población. Ésta había conseguido inundar las ciudades con sus utilitarios, cuando en caso de estar organizados probablemente bastaría un puñado de ellos. Los más acaudalados cambiaban de coche cada cuatro años, imprimiendo un ritmo endiablado a la danza del progreso. Los que menos tenían rezaban para que sus cascajos rodantes se convirtieran en reliquias de museo antes de que dijeran basta, mientras que los dueños de los talleres y desguaces se frotaban las manos.

Aun ir ataviado con guantes, mascarilla, visera protectora, gorro de lana, disfraz de chimpancé y camisa de juerguista, fui sometido a una concienzuda desinfección a mi llegada al supermercado como si formara parte de una plaga de cucarachas. Un silencio tenso envolvía el ambiente. A toda velocidad, los clientes que recorrían los pasillos se limitaban a llenar sus carros mientras los empleados reponían las baldas. Al cruzármelos, pude adivinar una mezcla de recelo y desprecio en sus ojos que me congeló. Durante años, aquel supermercado había refinado la técnica de la compra fugaz: sin variedad no se perdía tiempo eligiendo; el consumidor se había convertido en un robot que había interiorizado la distribución de los productos; y como hilo musical sonaban canciones que invitaban a abandonar con urgencia el establecimiento. Afuera clientes y trabajadores alababan las bondades de la cadena como si algún día fueran a heredarla o a cruzar a su descendencia con la de algún directivo. Al pasar por caja, el dependiente se propuso batir el récord mundial de despachar clientes sin mediar palabra. Cargado como un camello que atraviesa las dunas del desierto, aceleré el paso para refugiarme de la realidad cuanto antes.

Esperé que mi recibimiento fuera como el de un soldado que acaba de llegar de combatir en Afganistán, arriesgado su propia vida por defender a su patria. Para mi decepción, Huang dormía plácidamente ajeno a cualquier batalla. Tras ordenar los víveres, quise sorprender al loro con un banquete y dejar por un día el menú de rancho. Al meter la carne en la sartén, ésta se desinfló y comenzó a manar un líquido blanquecino y grumoso. A pesar de la intensidad de su color y la suavidad de su grasa, el jamón tenía un agradable sabor a cartón ahumado. El queso, en cambio, era exquisito y se deshacía en la boca, aunque hubiera sido más honesto llamarlo mantequilla. Huang no parecía tener grandes remilgos y devoró con ansia cada uno de los platos, manifestando una asombrosa pericia a la hora de pimplar de la botella de vino. Finalmente, dio su veredicto: “Porque estaba desmayado de hambre, que esto no hay Dios que se lo coma. Las pipas para canarios tienen más sabor y, por lo menos, van de frente”, sentenció. Después de tomar unas naranjas que debían haberse evaporado por dentro, Huang pidió un trago de ron. Al verme aparecer con una botella de Ron Protestante —el oscuro objeto de deseo del monje ardiente y el estudiante, según su etiqueta—, el loro enfureció. “¡Merluzo! ¡Se puede escatimar con el esfuerzo o el amor, pero nunca con el ron! Esta aberración debería ser denunciable”, gritó fuera de sí. Cuando los efectos combinados del vino y el ron lo apaciguaron, prosiguió en un tono burlón: “Los seres humanos sois fascinantes. Podéis ir a un restaurante, pedir conejo, que os traigan gato y pagar como si fuera confit de pato. Y luego racaneáis en la compra”.

Lejos de frustrarme, acepté con resignación las palabras de Huang. Si había alguna duda, al tumbarnos sobre el sofá, éste tuvo la gentileza de partirse por la mitad para mostrar que vivíamos una vida de bajo coste. Los enseres de IMEA amoblaban uniformemente los hogares del mundo a un precio irrisorio. Uno de sus múltiples secretos se basaba en aprovechar el destierro de la interiorización del paso del tiempo. Comprábamos sus muebles convencidos de que jamás se reducirían a ceniza y cuando lo hacían habíamos olvidado cualquier referencia temporal, limitándonos a lanzarnos a los brazos del gigante sueco para conseguir nuevo material. De igual forma sucedía con las tiendas de moda que vendían pantalones que se resquebrajaban en un par de usos, zapatos que producían lesiones plantares, toallas que venían con hedor a cloaca incorporado y calzones con motivos de unicornios que se agujereaban con sólo mirarlos.

Aún tumbado en el diván destruido, extremando la precaución para no despedazar ningún mueble más, recibí un mail que venía esperando semanas: se cancelaba mi vuelo a Colombia para vacaciones, debido a la virulencia de la pandemia sobre Latinoamérica. La compañía, Low Cost Life, se disculpaba a través de un mensaje que apelaba a la empatía del viajero, permanecer unidos en aquellos momentos dramáticos y mirar con optimismo el futuro. En un ademán artístico jamás visto, la despedida incluía unos versos que me hicieron derramar alguna lágrima:

Juntos queríamos surcar el cielo
pero el virus ha instaurado el infierno.
Este verano no habrá playa, ni montaña,
pero sí la suegra metiendo cizaña.
Volveremos más fuertes y preparados
sin escatimar en fraudes y retrasos.
Estimado cliente, no se ponga enfermo
nos hace más falta vivo que muerto.

Al final del mensaje, con una letra indistinguible, la compañía recordaba que el importe del vuelo sólo se podía recuperar en vales para un próximo vuelo —aunque la compañía no preveía retomar la actividad y los rumores de bancarrota se repetían— o en descuento para comida de loro. Evidentemente, opté por lo segundo. En cierta forma, a pesar de que no conocería Colombia y su gente, me alegré por la cancelación del vuelo y romper con las vacaciones de bajo coste. El billete que había reservado era de la gama Low Very Low, con lo cual debería viajar en la bodega y, en lugar de embarcar, sería facturado dentro de un trasportín junto al resto de maletas y mascotas; en el país andino me alojaría en las habitaciones más económicas mediante la plataforma BluffBnb, lo cual contribuiría a la gentrificación, la subida del alquiler local y el secuestro de algún niño inocente por parte de la despiadada compañía; y me movería en transportes que usaban como combustible una combinación de diésel y charapillas, acelerando la destrucción del Amazonas y la polución en las capitales colombianas.

Después de meditar profundamente —actividad que chocaba con los efectos devastadores de la resaca producida por el vino barato—, tomé una decisión drástica: me di de baja de las plataformas streaming, dejaríamos de comprar productos en grandes superficies y de hacer la compra en el casi monopolio alimentario. Compraríamos menos, pero de mejor calidad. Aproveché que Huang roncaba, para dar una vuelta por el barrio. Los establecimientos acababan de abrir tras algunas semanas cerrados. No hubo prisas, ni miradas de recelo. Las naranjas no brillaban bajo el reflejo del sol, pero tenían un sabor dulce y jugoso; y la carne y el pescado se cortaba y pesaba al momento. La factura era un poco más alta, pero el beneficio se repartía entre tenderos, agricultores, pescadores y ganaderos. Para celebrar el cambio de filosofía, compré una botella de ron dominicano y un vino exquisito que provenía de La Alpujarra. En la cena, Huang bendijo los alimentos: “Más vale poco y bien arado que mucho y arañado”, apostilló mientras degustaba un fina loncha de jamón de Trevélez, cambiando la sabiduría proverbial china por el refranero español.

Y así fue como escapamos de la cultura low cost del Viejo Mundo y empezamos a valorar y apostar por la calidad, el esfuerzo y la cercanía. No en vano, los científicos del Nuevo Mundo conseguirían evidencias que demostraban la validez de la teoría de que menos es más. Por su parte, los teólogos se convencieron de que el milagro de los panes y los peces no había sido obra de un supuesto profeta, sino de un enviado de Lucifer bien peinado y vestido y que, además, aprovechaba que obraba los milagros para quedarse más peces de la cuenta.

27. DEMOCRACIA AL GUSTO

El Viejo Mundo se regía según las normas de un sistema llamado democracia. A grandes rasgos, ésta consistía en tomar una decisión según el criterio mayoritario por medio de una votación en cierta igualdad. Como consecuencia de revoluciones, guerras e invasiones, multitud de países habían adoptado la democracia como forma de elegir a sus gobiernos y representantes, convirtiéndolo en una creencia casi divina. No sólo la política empleaba dicha herramienta, sino que la adicción al consenso había proliferado entre los ciudadanos. El cabeza de familia ya no decidía por sí solo si la familia iría a pasear o al cine el sábado por la tarde, sino que había que respetar la voluntad de los hijos por quedarse en casa a ver Frozen por decimoquinta vez seguida; el profesor ya no impartiría las enseñanzas de Kant porque el grupo de Whatsapp de padres había acordado que sería mejor estudiar a Rafael Santandreu, adalid de la autoayuda y la psicología de los maravedíes; y el párroco dejaría de leer la Primera carta a los corintios puesto que los feligreses habían decidido sustituirlo por la lectura de Cincuenta sombras de Grey. Fiel a su cita, la estupidez había hecho su pequeña pero notoria contribución.

La pandemia también sirvió para desnudar las maravillas de la democracia. Algunos mandatarios, aclamados por el pueblo hasta elevarlos a la categoría de profetas, sucumbieron, se colgaron unos hilos a la espalda e interpretaron el papel de marioneta. En un arrebato de integridad, el primer ministro de Moldavia, tras un consejo de ministros, se pintó la cara, se vistió de arlequín y se enroló en un circo ambulante. Los políticos que no estaban en el gobierno fueron más cautos y apostaron por la infalible estrategia de repetir que todo estaba mal y que sus adversarios políticos eran la rencarnación de Satanás. Fiaban su suerte a la efimeridad de los sucesos y las palabras, a que nadie descubriera que por la mañana reclamaban que el cielo se pintara de negro y por la noche de blanco. En misión de paz, los medios de comunicación acudieron a la cita siguiendo las directrices de los intereses de inversores y camorristas.

Mientras tanto, universidades, institutos y colegios procuraban encontrar una respuesta democrática al restablecimiento de las clases. Por un lado, la administración descargaba toda iniciativa a los centros para rebajar su eventual responsabilidad ante el desastre; los profesores se quejaban de la carga de trabajo, exigían regresar a las aulas a la mayor brevedad, a los ábacos y los castigos físicos; los alumnos pedían un aprobado general y mayores cuantías en becas para subvencionar botellones; la comunidad de padres que los niños fueran internados y devueltos cuando alcanzaran la mayoría de edad; y los sindicatos que todos los docentes vistieran camisas con estampados florales. No hubo acuerdo satisfactorio y se pactó una hecatombe con la condición de que, llegado el momento, todos se lanzarían las culpas. En una sociedad tan dividida y polarizada, donde cada uno buscaba su propio beneficio, la democracia se había convertido en una pelea sobre arenas movedizas, en la que los luchadores se hundían antes de tocar a sus adversarios. El sector empresarial y económico había eludido los compromisos democráticos, adoptando el clásico mandato genital, abusivo en términos humanos, pero efectivo a efectos cuantitativos.

En aquellas alturas había dado comienzo el proceso de desconfinamiento. A los niños, ancianos y personas disfrazadas de dinosaurio se les permitía pasear y en breve lo haríamos el resto. Paulatinamente, se recobraron algunos usos y costumbres del Viejo Mundo, en ocasiones con sutilidad y otras veces a martillazos. Las bandas de gatos callejeros habían regresado a la clandestinidad confiando en nuevos confinamientos, mientras que las palomas volaron hacia la intimidad de alcantarillas y vertederos. La emoción de nuestro encierro se había esfumado. Las clases de Huang y nuestros debates se transformaron en un vaivén de monosílabos y silencios interminables. Fuimos engullidos por la inmensidad del conocimiento, por la aparente paradoja de que cuanto más se profundiza en un tema, más consciencia de la profundidad se adquiere y más insignificante se siente el explorador. El loro, desmotivado y con indicios de cinismo, se refugió en el alcohol, lo que conllevaba enfrentamientos constantes. El orden y la simetría le empezaron a obsesionar. Una tarde guardé un calabacín entre los pimientos y las berenjenas, a lo que Huang me reprendió a picotazos ya que aseguraba que las berenjenas y los calabacines mantenían una rivalidad histórica que debíamos evitar.

En contraposición, las ganas por aplacar al virus de la ignorancia rebosaban mis pensamientos. Durante las noches rumiaba la idea de alertar a mis conocidos sobre su existencia. Tal y como sostenían los manuales básicos de lucha colectiva, para combatir a un enemigo  el primer paso era identificarlo o, en caso de no lograrlo, inventarlo. Como primera tentativa escribí una carta describiendo la virulencia de la enfermedad, el apocalipsis de estupidez que se avecinaba y alegando el compromiso inexcusable de identificarlo y enfrentarlo. Para resaltar la carga emocional, adjunté un dibujo de un caballo con alas hecho con Plastidecor que a cualquier niño de seis años le hubiera supuesto repetir curso.

Mientras ordenaba los cubiertos, procurando que tenedores y cucharas ni se rozaran, tal y como ordenaba Huang, éste y su aliento a destilería me abordaron enfurecidos. “¡Merluzo! ¿Qué pretendes con esto?”, preguntó sosteniendo uno de los ejemplares manuscritos con el ala. “Es un disparate. El mundo es feliz conviviendo con la ignorancia. ¿Quién te crees que eres? Deja eso, vamos a comprar una televisión de plasma, a atiborrarnos de patatas fritas, beber gasolina y a ver la última temporada de La casa de papel”, prosiguió atropellando sus palabras. La resignación de mi fiel escudero supuso tal impotencia que no pude responder. “Además, en esta casa se sigue las normas de la democracia. Voto en contra de tu propuesta, por tanto queda vetada y se levanta la sesión”, sentenció apartándose de mi vista. Sorprendentemente, un loro autoritario, proveniente de un país en el que no se practicaba la democracia, se estaba refugiando en ella. Aunque podría haber devuelto la jugada democratizando la botella de ron, preferí retirarme y asumir la derrota.

Aquella noche apenas pude pegar ojo. Cogí el móvil y me inyecté una severa anestesia: vídeos de galgos que bailaban cancán, partidos memorables de la selección de críquet india, parejas que practicaban sexo frente a La Gioconda o el David de Miguel Ángel y tertulias sobre si Sansón había sido el primer hípster de la historia. Semanas antes aquella actitud hubiera sido reprendida de forma pedagógica por Huang. En aquella ocasión, oía de fondo silbar ‘Despacito’ mientras su cuerpo se agitaba y chocaba contra la pared. Acto seguido, la pantalla del teléfono se apagó de forma repentina. Enchufé el aparato al cargador y éste siguió sin reaccionar.

Maldecía mi suerte cuando del teléfono salió un haz de luz blanca cegador. La habitación se iluminó y un coro angelical acompañado de trompetas comenzó a sonar. Entonces, proyectado por el teléfono, emergió la figura del Papa Francisco tomando mate. “Che boludo, ¡otra vez vos! Mirá, te dije hace como un mes que había un virus por allá pululando y que lo va a arrasar todo. Vos sigués ahí pasándolo rebárbaro con tu lorito y sus pelotudeces. ¡Carajo, hacé algo!”, gritó enrabietado y a continuación lanzó el mate por los aires. Aunque en condiciones normales uno hubiera pensado que se trataba de una campaña agresiva de captación, la aparición no me sorprendió lo más mínimo y puse a Bergoglio al corriente de mis iniciativas frustradas por la negativa de Huang. “Democracia… ¿Vos crees que a mí me hicieron Papa votando? Mirá, querido, sea por el Espíritu Santo, por la plata o por la democracia, el resultado va a ser el mismo: joder al que menos tiene. La democracia es una boludez que se inventaron para parecer que todos somos iguales y hacer que los poderosos sigan mandando tranquilamente. Esos pelotudos que son tan católicos me acusan ahora de ser comunista y capaz que mañana me repatean democráticamente. Andá y plantá cara contra el virus, pibe. Ahora te tengo que dejar que volvé La reina del Sur tras los anuncios publicitarios. ¡Chau, querido!”, dijo aceleradamente y la luz de la pantalla se atenuó.

Mientras digería las palabras del Papa, di una vuelta por toda la casa. Huang roncaba tendido en el suelo del salón. La mesa rebosaba de vasos y botellas vacías. Los libros que antes habíamos absorbido como fuentes en medio del desierto, ahora estaban despedazados. Resultaba demasiado tentador dejarse vencer por la indiferencia y sumirse en la vorágine de la autocomplacencia y la autodestrucción. No podía esconderme más, tenía que tomar una decisión: una retirada a tiempo o una muerte en combate, un loro de juguete o una visión, ser ciudadano del Viejo o del Nuevo Mundo. Necesité poco más de unos segundos. Pocas veces he estado más seguro. Me acerqué al montón de cartas, tomé una de ellas y le prendí fuego.

Y así fue como decidí que mi camino hacia el Nuevo Mundo se regiría por las normas de la democracia al gusto. Un sistema en el cual, como único interesado, tomaría mis propias decisiones y cuando no funcionase, las cambiaría al gusto.

28. ESPEJISMOS DE POSIBILIDADES

En determinadas ocasiones sólo vemos lo que deseamos ver. Excluyendo posibles trastornos oculares, las causas pueden ser múltiples o una combinación de éstas: deformación de la composición observada; venda impuesta para dificultar la visión parcial o total; apresuramiento que deriva en falta de atención o comprensión; o enajenación transitoria fruto de una ingesta de comprimidos artificiales sin procesar. Vivir en un espejismo se convirtió en una tónica en el Viejo Mundo, así como hacer de la posibilidad una realidad. Aunque la pandemia se encargó de disuadir cualquier atisbo de ilusión óptica, los mayores ciegos, los que no querían ver, consiguieron sobrevivir construyendo su propio mundo.

Cuando se habla de apariciones, como las marianas en Lourdes, Fátima y Zaragoza o la del tío Pancracio sobre la mesa camilla jugando a la güija, se suele olvidar un factor extremadamente importante: la extenuación. La segunda visita de Bergoglio me dejó tal nivel de fatiga que, sin darme cuenta, dormí como un bendito durante dos días seguidos. Siempre he pensado que la profundidad de mi sueño —probada en tormentas cruentas, atracadores primerizos y sartenes al fuego— podría ingresar en el libro Guinness de los récords. Sin embargo, la parafernalia de ponerse en contacto, batir la marca y, en caso de suceso, comprar unas copias para regalarlas en Navidad conllevaba una inversión de esfuerzo que no merecía la pena. El caso es que mi desconexión prolongada sólo podía significar que Huang me había dado por perdido y que al entrar al salón encontraría los restos de una orgía con urracas vagabundas o los despojos de sus alas, su mecanismo de repetición y su erosionado pico de plástico naranja.

Asombrosamente, todos los muebles estaban en su sitio, los vasos impolutos y el baño desprendía un olor de desinfectante afrutado. La casa parecía digna de la portada de una de esas revistas de interiores que incluyen las de prensa rosa para que su público se sienta menos culpable. Mi compañero me saludó con un excelente humor e interrumpió la lectura del periódico para obsequiarme con un desayuno a base de zumo de papaya, huevos escalfados, café brasileño y tostadas con la ‘Nduja calabresa y pepino caramelizado. Sin duda, era meritorio al tratarse de un loro que cocinaba por primera vez. Cuando terminé de ingerir el manjar, pregunté por las intenciones que encerraban tantos honores y agasajos. “Quería pedirte disculpas por mi comportamiento. Te llevé hacia donde consideré mejor, manejándote como una marioneta, tratando de no lastimarte. No creo que podamos enfrentar al virus, pero si esa es tu voluntad, hágase”, contestó Huang. Agradecí efusivamente sus palabras de arrepentimiento y sus ánimos. Mientras le daba un abrazo y un beso sentido, lo desconecté. Aunque nunca hay decisión suficientemente segura, contar con el loro se había convertido en una fuente de problemas que torpedeaba mi causa. Por suerte, la verdad siempre se impone ante cualquier creencia y ésta aguardaría el momento propicio para ajusticiar mi error.

La primera parte de mi plan consistía en alertar de la presencia del virus. Tomé decidido mi teléfono y barrí toda mi agenda desde la A hasta la Z. Me aclaré la garganta, imité el tono y la actitud de Clint Eastwood antes del duelo final de El bueno, el feo y el malo y grabé un mensaje de cerca de tres minutos. “Estimado necio. Espero que tú y tu familia os encontréis bien en estos momentos. Por mi parte, me siento anímica y físicamente fenomenal. Durante este tiempo de soledad y crisis, he estado pensando y quería compartir contigo algunas de mis exiguas conclusiones desde mi campamento de supervivencia. Vivimos en un mundo a punto de colapsar, instalados en nuestras burbujas del egoísmo, anestesiados de manera voluntaria, consumiendo y acumulando a bajo coste hasta reventar. Somos el producto de un sistema voraz que nos quiere entretenidos y realizados en la banalidad y la superficialidad, que no quiere que pensemos ni actuemos, que nos quiere uniformes. Para legitimarlo, nos ofrece votar y así ser cómplices. Detrás de la pandemia se esconde otra igual de grave que corroe cerebros, consciencias y cuerpos a un ritmo lento pero constante: el virus de la ignorancia. Sé que la incertidumbre nos está devorando, pero tenemos una gran ventaja: no tenemos nada, porque no nos han dejado tener nada, ni siquiera miedo. Ahora es el momento de conquistarlo todo. Ahora es el momento de derribar el Viejo Mundo y viajar hacia el Nuevo Mundo. ¡Adelante compañeros!”, grité entre lágrimas de emoción y espasmos en las manos. Hinchado de orgullo por la convicción del discurso, escuché unos aplausos que provenían de la calle. Una cuadrilla de ancianos tocaba palmas, bailaba por bulerías y empinaba botellas de rebujitos en la franja horaria en la que les correspondía pasear. Aunque fuera un segmento más devoto del Viejo Mundo, celebré que mis palabras hubieran despertado tal fervor.

La reacción de mis contactos no se hizo esperar. Mi madre me llamó preocupada, pues sostenía que tras tomarme por loco, había llamado a su contable y éste había refrenado punto por punto mi análisis. En cuestión de un par de minutos experimentó todas las fases de un proceso de duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación, sosteniendo que pronto pediría cita a su cirujano de confianza para que le extirpase la ignorancia y le aumentase los senos. Acto seguido, mi hermana apareció mediante videoconferencia. Me contó que había resistido estoicamente el encierro en un pueblo aislado de la Selva Negra, junto a sus tres hijos, un palé de apfelwein y su marido Christian Gottfried Daniel, quien aún revisaba la vigésima tercera partida entre Kárpov y Kaspárov de la final de 1985. Según afirmaba, estaba de acuerdo con la tesis de que la estupidez era la principal causante del desastre. Sin embargo, además de librarse del virus, pretendía enrolarse en un pesquero de tunidos tropicales por el índico y perder de vista a su familia. Cuando ofrecía más detalles de su hartazgo, los niños rubios tomaron el aparato y se lo comenzaron a lanzar hasta que el más pequeño lo encestó en la taza del wáter.

También me escribió mi antigua compañera de trabajo, Daría, quien compartía el calado del mensaje, pero esgrimía que estaba a punto de conseguir un ascenso —cobrando el mismo sueldo a cambio de supervisar a los inferiores— y que no estaba segura de tirarlo todo por la borda por una cuestión de idealismo. Por su parte, las monjas con las que practicaba zumba se mostraron radiantes ante la iniciativa, pero habían consultado con el párroco y éste les había comunicado que mi lucha podía entrar en conflicto de intereses con todos los mandamientos salvo el décimo. Para despedirnos, el grupo rezó un Avemaría por la erradicación del virus mientras repasamos una coreografía con cha cha cha. El entusiasmo invadió a mis colegas de la cuadrilla, quienes, por su cuenta y riesgo, se armaron con bates, llaves inglesas, destornilladores, alicates y cuchillos y atacaron a todo lo que desprendía tufillo a ignorancia. Por si acaso, en algunas semanas no consulté la sección de sucesos de los periódicos.

Los compañeros del taller de cocina con microondas, mis antiguos compañeros de la universidad y los parroquianos del canódromo también mostraron variopintas reacciones, que, a falta de entender, asumí como favorables a la causa. Sea como fuere, la semilla de la concienciación estaba plantada y sólo faltaba que ésta germinase en una planta de luz y prosperidad. Gracias a las instrucciones dadas y a mi infatigable apoyo externo, mis contactos iniciarían una purga de su propia ignorancia que desembocaría en el inicio de otras purgas cercanas. Di por superada con éxito la primera parte de la estratagema y comencé a meditar cuál sería el siguiente paso. Necesitaríamos un órgano de propaganda, personas que abarrotaran de mensajes las redes sociales, relevancia en los medios de comunicación, hacer octavillas para repartirlas en las plazas, símbolos que nos identificasen y armarnos con balas de conocimiento y cañones de razón.

Sumergido en las cavilaciones, recibí la llamada de un número desconocido. “Buenas tardes. Te llamo de Salsáme Glamour. ¿Eres el del audio de la ignorancia?”, inquirió a toda velocidad. Me aclaré la garganta, dejé pasar unos segundos y con tono de una persona que se hacía el interesante respondí: “El mismo que habla, compañera”. “Vale, perfecto. En unos minutos entras en el programa, te harán unas preguntas. Tú limítate a representar a tu personaje y, cuando puedas, le sueltas mamón a uno, zarrapastroso al otro y huelegateras a la de más allá. Por cierto, tu audio es muy bueno, aún nos estamos descojonando”, sentenció. Pasando por alto por qué se habrían reído de tan sentido y noble mensaje, la emoción de que el plan de difusión se desarrollara antes de ejecutarlo me embargó. Lo que pasó minutos después aún se recuerda entre risas en el Nuevo Mundo. En el plató tres supuestos reporteros vociferaban sin parar, el mediador metía más cizaña y al otro lado yo no podía intervenir. Cada dos minutos el programa emitía mi mensaje descontextualizado, modificado, elaborando mensajes de apoyo al exterminio de los indios americanos y la deforestación del Amazonas. Cuando el espectáculo terminó, me di por satisfecho, el virus de la ignorancia había sido anunciado al mundo. Las redes sociales ardían con los hastags #VirusIgnorante, #NuevoMundo y #Adelante. Entre los mensajes que leí, capté que para aquel fin de semana se habían convocado diversas manifestaciones por todo el país. Huang, mientras tanto, reposaba impasible. Tuve la tentación de encenderlo, pero preferí despertarlo en el advenimiento del Nuevo Mundo.

Y así fue como elaboré mi propio espejismo, la realidad que yo quería creer. Éste estaba a punto de estallar en mil pedazos. Para entonces, no sólo tendría que tratar de no clavármelos, sino que debía arrancarme la venda para no lidiar con nuevas posibilidades que se tornaran espejismos.

29. LA REVUELTA DE LOS NECIOS

La historia está plagada de ejemplos que demuestran que el progreso es una constante lucha entre dos fuerzas: la que desea avanzar y la que quiere quedarse donde está. De la iteración entre ambas han surgido los eventos más estudiados: guerras, conquistas, expresiones culturales, proyectos económicos y políticos. La primera facción asume que un cambio generará mejores condiciones de vida e intenta acelerarlo, provocando fricciones y contradicciones. La segunda se limita a negarlo, entorpecerlo o crear espejismos, convencida de que la transformación, al menos para ella, será a peor. La abolición de la esclavitud, la aceptación de la homosexualidad, la mitigación de la explotación laboral y la integración de la mujer son claras muestras de que la corriente se puede detener o retroceder puntualmente, pero, tarde o temprano, pacífica o trágicamente, el desarrollo resulta imparable y encuentra cauces como lo hace un río hasta desembocar en el mar. Cuando las puertas del confinamiento se abrieron, los avances encontraron la oposición de antiguos diques con aspecto de vanguardia.

La primera cuarentena acababa de llegar a su fin. Las calles se convirtieron en hormigueros humanos, donde las hormigas paseaban a menos de un kilómetro de sus guaridas, rodeando plazas, parques y edificios hasta la hora pactada de guarecerse. Más tarde la caminata evolucionaría al running y el asfalto, aún huérfano de coches, se colapsaría de corredores como si se tratase de una plaga que el calor y la comodidad terminarían por erradicar. Desconocía a los vecinos que me cruzaba, aunque el uso de la mascarilla nos otorgó un efímero sentimiento de fraternidad desconocida y esperanzadora. Semanas después, comenzaron a abrir las terrazas y los bares, a los que la población se abalanzó en un acto de solidaridad con los taberneros y sus propios gaznates, celebrando que el confinamiento había sido parte de una pesadilla superada.

Los aplausos comunales se apagaron, dejando algunas agendas totalmente desérticas. Las burbujas que no habían explotado resistieron a base de grasas saturadas, redes sociales y series sobre atracadores poetas que planeaban robar la luna. No obstante, los balcones se convirtieron en un nuevo frente de batalla. Una tarde en la que me propuse familiarizarme con el barrio, fui sorprendido por un estruendo metálico. No lograba atisbar de dónde provenía y dudé si las canciones de Iron Maiden estaban desplazado el hilo musical latino que se había atrincherado en mi hipotálamo. De repente, descubrí a un par de señores que aporreaban cacerolas desde sus respectivos balcones al grito de “Fuera, fuera, fuera”. Uno de ellos tenía colgada una bandera marrón con un triángulo amarillo. Aunque no comulgaba con métodos tan poco sofisticados, simbología arcaica y la parquedad de las consignas, identifiqué a aquellos desconocidos como defensores de mi lucha. Los saludé efusivamente con un “¡Adelante, compañeros!” y éstos golpearon sus cacharros con más saña, dilapidando cualquier posibilidad de volver a cocinar potajes de habichuelas.

Aquellas manifestaciones no fueron las únicas durante la pandemia. Según la idiosincrasia del barrio, algunos de sus vecinos plantaban telas marrones con triángulos amarillos, aporreaban lo que encontraban en los armarios de cocina y vociferaban lemas indescifrables. Como el barrio donde pasamos la cuarentena era de baja alcurnia, no pude advertir la algarabía hasta salir. Conforme avanzaba la desescalada, la presencia del color marrón aumentó hasta cubrir algunas fachadas. Orgulloso por creer que yo era el principal instigador de aquella revuelta espontánea, me paseaba hinchado como un pavo, saludando a desconocidos, uniéndome a debates que se resolvían a gritos que emisor ni receptor lográbamos distinguir, pero con la sensación de que cada uno llevaba la razón. Si bien pensaba que para derrotar a la ignorancia sería necesario un espíritu transversal y que más adelante se discutirían los pormenores ideológicos, mensajes como “La ciencia es una pandemia”, “Antes muerto que pobre” o “Dadnos libertad para infectar” no terminaban de convencerme y deberían haberme hecho sospechar. La manifestación que había convocada para ese fin de semana terminó de abrirme los ojos.

La emoción de construir el Nuevo Mundo se disipó entre mis allegados y contactos, si es que alguna vez había existido. El Viejo Mundo había perfeccionado un asentamiento mecánico con tal de no herir sentimientos, pero que resultaba devastador para los que tenían memoria. De la noche a la mañana, mi madre abandonó a mi padre, sus posesiones y sus lujos, convencida de que la opulencia estéril era contraproducente con el combate a la ignorancia. Se echó al monte, cavó una cueva en la que vivir y decidió que se alimentaría de plantas y animales salvajes. En dos días, magullada y envuelta de una capa de tierra, volvió a casa, reorientando su compromiso a afiliarse a una asociación ecologista que talaba secuoyas milenarias y cazaba ballenas blancas al son del ‘Himno de la alegría’, lo que, según ellos, reducía el cargo de conciencia. Mi hermana se entregó con entusiasmo a los nuevos tiempos, patentando un licor de manzana llamado Neue Stummschaltung —Nuevo Mundo en alemán—, involucrando a sus hijos en la cosecha y a su marido como mascota. En poco tiempo la empresa familiar fue absorbida por una multinacional, con millonarios beneficios, y la inercia existencial volvería a explotar en la cara de mi hermana. Daría consiguió su ansiado ascenso y enchufó a Wang como nuevo aprendiz, rebajando a 68 años la edad en la cual podría disfrutar de un retiro feliz en un bajo de segunda línea de costa en Torrevieja. Monjas, parroquianos, colegas de la cuadrilla y otros conocidos se decantaron entre fingir una desaparición o bloquearme de sus contactos.

Sin embargo, aquellos disgustos no mermaron mi confianza ante el cometido que el destino me había reservado. Confiaba en que la verdad acabaría abriéndose paso en otras personas, formando un movimiento imparable que aglutinase a los carentes de decisión, a los aburridos o a los que estaban distraídos con otras minucias, facciones que la agitación del Viejo Mundo había erradicado. El día anterior a la manifestación lo dediqué a elaborar pancartas coloridas, repasar cánticos y a escribir cuartillas convincentes que repartiría entre mis compañeros. Antes de dormir coreé “El conocimiento es el remedio” y “El virus no pasa si estamos unidos”. Como si fuera un presagio, Huang, aún desconectado, pareció contestar moviendo la cabeza en señal de desaprobación.

A la jornada siguiente, la excitación me levantó temprano. Me engalané con mis mejores galas y me encaminé hacia el centro de la ciudad. Fuera del trasiego constante de paseantes, nuevos deportistas y fieles al café de primera hora, no detecté concentraciones de manifestantes. Al llegar a una de las avenidas principales topé con un descapotable que iba forrado con banderas marrones y triángulos amarillos. El conductor portaba una máscara negra que le tapaba la cara. El copiloto, además de máscara, lucía una capa de una intensa tonalidad roja como la sangre. Circulaban a poca velocidad, lo que me permitió comprender el alegato que emitían los altavoces a todo volumen. “…nuestros valores están en juego. Quieren arrebatarnos el bienestar que hemos construido con el sudor de nuestra frente. Este virus ha sido creado en un laboratorio de Oriente para destruir a Occidente, para abrazar la igualdad y la ciencia. La pandemia es una mera farsa. Los hospitales están vacíos, los médicos y enfermeros son cómplices de la atrocidad junto a los gobernantes. Están secuestrando a ciudadanos sanos que nunca más volverán a aparecer, como el caso de Horacio María Rincón y Carmen Victoria de los Santos. Quieren eliminar a gran parte de la población y para ello nos van a inyectar una vacuna que controle nuestros movimientos. Por eso decimos no a esta vacuna, ni a ninguna otra. La cuarentena es represión y es pobreza. Si no hay dinero, ¿cómo va a haber salud? Recuperemos lo que es nuestro, recuperemos la libertad, salgamos a las calles. ¡Hagamos del marrón el color del futuro!”, proclamaron mientras escapaban de mi vista. De la parte trasera del descapotable colgaban dos cartelones con los rostros de los susodichos, Horacio y Carmen, personas que hoy se sabe que nunca existieron, pero cuya denuncia de supuesta desaparición ya nadie recuerda. Con aquel mensaje empecé a pensar que aquella manifestación no sería como había imaginado. Eché un rápido vistazo a las redes sociales, pero los principales temas distaban de plantear un escenario catastrófico.

Cerca del centro, multitud de coches, camiones y motocicletas teñidos de marrón se concentraban formando largas colas, hacían sonar sus cláxones con insistencia y canciones que representaban los periodos más oscuros del Viejo Mundo. Entre los congregados, aparecieron jinetes que galopaban a lomos de sus caballos. Uno de ellos interrumpió disparando al aire entre vítores y aplausos. Las aceras congregaban ríos de peatones enmascarados que sostenían pancartas y carteles con rostros de personas que denunciaban haber desaparecido. Uno de los mensajes que más me llamó la atención fue el que rezaba “Viva la muerte, abajo la inteligencia”. Convencido de que podría hacer entrar en razón a su portador, me acerqué hasta su posición. Antes de abrir la boca, recibí un empujón por la espalda que me tiró al suelo. El material que portaba cayó y los asistentes que me rodeaban se apresuraron en arrebatármelo y escrutarlo. Entonces, uno de ellos gritó señalándome: “Es un infiltrado, uno de los que defiende el conocimiento. Seguro que lleva vacunas en el bolsillo. ¡A por él!” Acto seguido, la turba enfervorecida se lanzó sobre mí y empecé a recibir golpes, puñetazos y una lluvia de salivazos. A duras pena pude incorporarme y la marea humana me absorbió, desplazándome hacia la corriente y alejándome del peligro. De un tirón birlé una bandera marrón y me envolví en ella para pasar desapercibido.

Así llegué hasta el puente en el que confluían ambos ríos, donde los flujos de protestantes se detenían debido al equilibrio de presiones. La algarabía era ensordecedora hasta que se mitigó al paso de un tractor con remolque escoltado por las autoridades locales. El carro estaba forrado con la simbología del movimiento. En los laterales se podía leer el mensaje: “La ignorancia nos hará libres”. Sobre él, cinco personas con la cara descubierta hacían señales de victoria, se fotografiaban eufóricos y coreaban cánticos que los congregados secundaban como sólo unos fervorosos lacayos podían hacer. Componían el quinteto el periodista, pirómano y matarife Santiago Federico de las Capillas, el empresario, multimillonario y corsario Próspero Ortega, la gamer, emprendedora y escritora CucaSalvaje88, el cantante de coplas y narcotraficante Satán Coca Fría y la lideresa del movimiento regional y futura censora de educación Rocío Convento.

Esta última sacó un tomo de El origen de las especies de Darwin, lo mostró a las masas y éstas le pidieron a gritos que lo quemase. Rocío no vaciló y la obra angular de la teoría de la evolución fue devorada por las llamas. Más tarde, la líder enseñó la foto del epidemiólogo que el Gobierno había designado como responsable de la estrategia contra la pandemia. La muchedumbre reprendió al científico tildándolo de asesino, traidor, estafador, charlatán y paleto, a lo que la líder del movimiento marrón respondió partiendo la celulosa en mil pedazos. Finalmente, volaron panfletos de color marrón mientras sonaba una música épica. Pude alcanzar a coger uno de los papeles que caían del cielo. Contenía un mensaje claro: “Recuperemos lo que es nuestro. ¡No al conocimiento! Movimiento marrón”.

Las masas, rebosantes de razón y osadía, se dispersaron por toda la ciudad como un ejército con sed de venganza. Algunos colgaron la bandera marrón en el ayuntamiento y otros edificios públicos, asaltando los balcones y repitiendo las clásicas proclamas. Los más excitados entraron en bibliotecas y universidades, sacaron sacos con libros que en pocos minutos ardieron en hogueras improvisadas. El instituto de investigación Gómez Lérida, uno de los que estaba tras las pistas de un remedio efectivo para paliar la pandemia y predisposiciones genéticas que agravan con la acción del virus, fue arrasado por unos vándalos que dejaron una pintada que rezaba: “No más matasanos”.

Tras asistir a semejante espectáculo, regresé a casa abatido. Más allá de los golpes, la impotencia me escocía a rabiar. Cuando uno tiene demasiadas expectativas y éstas exceden el control de uno mismo, la decepción puede llegar a doler como una terrible enfermedad. Una vez alejado de la presencia de la marea marrón, me introduje en un bar a tomar un café. En la televisión, las noticias hablaban de las manifestaciones que se habían reproducido por todo el país. Según informaban, habían sido modélicas, pacíficas y suponían un punto de inflexión ante el devenir caótico de los acontecimientos. Mientras secaba los vasos, el tabernero se giró hacia mí y me dijo: “Esto va a terminar en una guerra. Otra vez, hermanos matando a hermanos por la maldita estupidez. No creo que sea tan difícil entender que a veces no estamos preparados para comprender la verdad, pero que existe y hay que respetarla”. Aquellas palabras fueron como un brote verde en medio del desierto pardo.

Y así fue como descubrí que gran parte de la sociedad reclamaba con fervor quedarse en el Viejo Mundo, que el proyecto de un Nuevo Mundo multitudinario tendría que esperar y que a su vez no sería su único habitante.

Algunas protestas llegaron a EEUU, cambiando el marrón por la bandera americana.

30. BIENVENIDOS AL NUEVO MUNDO

Comenzar resulta más sencillo que terminar. Un comienzo genera expectativas que, con independencia de que se cumplan, calientan y alientan a cuantos su techo pueda cobijar. El fin es una forma de constatar que las expectativas fueron meras ilusiones, de certificar el fracaso o de arrepentirse por el tiempo empleado. Terminar es un acto cruel y despiadado, el cual pone de manifiesto la nimiedad del ser humano y lo que lo rodea. La posibilidad de huir y dejar un final a medias es tentadora, pero sólo retrasa lo inevitable. El nacimiento es producto de una serie de azares que rozan la magia, mientras que la muerte es un trámite comparable a sacar la basura. No existen finales perfectos. Lo que existe son comienzos que albergan la duda. Es por ello que ante el miedo a un final, algunas historias optan por concluir con un comienzo.

La pandemia había conseguido penetrar en todos los rincones del planeta. Las escenas que se habían visto meses atrás en un extremo del mundo se repetían con exactitud en el otro: largas avenidas vacías, cementerios colapsados, médicos y enfermeros al borde de estallar y gobernantes que se debatían entre salvar a unas fortunas u otras. Salvo las diferencias raciales e idiomáticas, la uniformidad del Viejo Mundo hacía dudar de si veíamos imágenes de Moscú o Nueva York, Quito o Sao Paulo, Nueva Delhi o Lisboa. Las consecuencias sociales y el tiempo de devastación se regirían por la división más sólida que ha esculpido la historia, es decir la de ricos y pobres, siendo los segundos los más golpeados. Sin embargo, la persona que es golpeada en reiteradas ocasiones tiene la ventaja de saber cómo suturan las heridas. El que nunca ha sido golpeado puede desmayarse con tan sólo ver la sangre.

Movimientos como el marrón se extendieron como la pólvora dentro de otras fronteras. En Londres los representantes del Truth Movement, compinchados con los guardias,  entraron a medianoche en la Abadía de Westminster, exhumaron el cadáver de Newton y lo lanzaron al Támesis al grito de: “We don’t need science, we just need truth”. En determinados países, los discípulos de la ignorancia se hicieron con el control de las televisiones y las usaron para pedir a la población que, en lugar de acudir al hospital, rezara si tenía el más mínimo síntoma. Algunos gobiernos pensaron en sacar rédito del movimiento y se pusieron a su total disposición. Hoy no existen esos países. A pesar de los recelos entre unas y otras corrientes, en plena pandemia se organizó el Internacional Conference for the really true truth and against the world order. En él, representantes de todos los países, artistas en declive y expertos en llamar la atención se reunieron  para tratar de alcanzar un relato consensuado y hacerse con el control del mundo. Aunque pregonaran ser portadores de la verdad, se aprobaron un centenar de teorías que se contradecían entre sí. En las semanas sucesivas se tuvo constancia de un gran brote del virus que le costó la vida a miles de asistentes que habían negado su existencia. Sus compañeros de batallas tuvieron la delicadeza de sembrar nuevas teorías sobre envenenamientos, abducciones alienígenas y haber sido raptados y apresados en una nueva dimensión. Una vez más, quedó demostrada que la verdad era un arma demasiado peligrosa para la estupidez.

Las estructuras que sostenían el Viejo Mundo se resquebrajaban y caían progresivamente, pero los cimientos se mostraban tan sólidos que hubo que aceptar que el Nuevo Mundo se levantaría sobre las ruinas del anterior. El Nuevo Mundo no sería proclamado por el presentador de una televisión, ni por el presidente del gobierno o por el dueño de un banco. El advenimiento sería silencioso, en la oscuridad de un rincón en el que sólo los ojos sabios y esperanzados se fijan, fruto del sudor de quien verdaderamente tiene el poder. A falta de paciencia, el pueblo y el conocimiento son los únicos valedores eternos.

Abatido por el desengaño más que por los golpes recibidos, no sabía si dejarme morir en un portal recién fregado o volver a casa y entregarme a la voluntad de Huang. Las escenas de la manifestación aún sacudían mi mente. No lograba entender por qué la humanidad había dejado pasar la oportunidad, tal vez la última. El mundo se había parado por completo para desnudar todas las estupideces perpetradas por el sistema y éste, en lugar de aceptarlas y tratar de modificarlas, no sólo las había reforzado, sino que se vanagloriaba de ellas. Sin duda, lo que más rabia me producía era haberme dejado llevar por mis ensoñaciones y haber creído que mis vecinos las compartirían. De nuevo, había infravalorado a mi estupidez y ésta me había traicionado.

Al llegar a casa, me senté sobre el sofá dispuesto a que el paso del tiempo eligiera mi destino. Las paredes no se movían, el silencio ni se inmutaba y la desesperación estaba a punto de devorarme. Tras unos agónicos cuarenta y siete segundos, me di cuenta de que no disponía de tiempo suficiente como para esperar mi devenir. Mientras tanto, Huang observaba la escena. La inexpresión facial con la que sus creadores le habían caracterizado me hacía dudar si se divertía o me estaba desafiando. Me acerqué a él esperando a que abriera el pico, a que me gritara “merluzo” o a que me ajusticiara con un “ya te dije”, pero éste se mantuvo impasible. Hubiera sido lógico admitir que el plan había sido un disparate. Pero, dado que buena parte del mundo miraba hacia China buscando un culpable, no iba a ser menos y decidí echar la culpa de todos mis males al loro oriental. Al fin y al cabo, había estado semanas sugestionándome y era plenamente consciente de que mi estratagema acabaría en desastre. Entonces, lo cogí con decisión y bajé con él a la calle. En el primer contenedor de plásticos que encontré lo abandoné dedicándole un “Hasta nunca”. La sensación de alivio que esperaba a cambio no llegó. Mientras subía a casa, comencé a hacer cábalas sobre mi futuro: suplicaría un puesto de mesa humana en mi antigua empresa; pasaría los fines de semana en el canódromo rebuscando boletos premiados; volvería al rincón de la indiferencia entre mi cuadrilla; y el espacio de socialización más digno sería el grupo de monjas en clases de zumba.

Al volver a casa, encontré a Huang sobre el mueble del comedor. Ni una de sus alas se alteró ante mi presencia. Le acaricié por si se trataba de una proyección o una ensoñación. Clavé mi mirada fijamente en él como si fuera un soldado enemigo en medio de una batalla. Tomé su cuerpo entre mis manos y lo lancé por la ventana por la que debía haberse colado. Rápidamente, cerré las ventanas y tapé todos los huecos por los que el pájaro podría volver a entrar. Tras unos minutos, corrí las cortinas y me asomé tímidamente por la ventana. Al no encontrar rastro del loro, me relajé. Escondí todas mis frustraciones  bajo la pantalla de mi teléfono móvil y me sumergí por las grandes preocupaciones que asolaban el país. Un futbolista había hecho una fiesta multitudinaria en su mansión con una familia de alces y se discutía si había violado las recomendaciones sanitarias. También se debatía si aquellos que denunciaban a sus vecinos desde los balcones dispondrían de facilidades para entrar en los cuerpos de policía. De repente, el móvil me recordó que estaba más hambriento que el perro de un ciego. Antes de poder responder, me informó que un kebap con un cubo de patatas fritas llegaría a casa en sólo diez minutos. Desde ese momento mi mente se concentró en el baño en una balsa de grasas saturadas que estaba a punto de disfrutar.

Después de los diez minutos prometidos, el timbre sonó. Abrí la puerta y encontré una caja en el suelo que superó mis expectativas. Pensé que debía tratarse del pack regimiento, capaz de alimentar a miles de presos tras un largo cautiverio. Al descubrir el contenido del paquete, encontré a Huang. “¡Sorpresa!”, gritó con efusividad. “¡Merluzo! No te creas que te vas a deshacer tan fácil de mí”. No sé si fue por la desilusión de no encontrar la comida o por constatar que era tan inútil que no era capaz de deshacerme de un loro de juguete, pero el caso es que me eché a llorar. “Huang, pensé que lograríamos hacer ver que la ignorancia es el peor virus, que podríamos aplacarlo, que tú y yo proclamaríamos el Nuevo Mundo bailando reggaetón”, dije entre sollozos. El loro se acercó hacia mí, abatió sus alas y me dio el abrazo que cualquier sentenciado desearía recibir de su captor. “La verdad es un ente que lo envuelve todo, pero es muy difícil de ver. Para llegar hasta ella, hay que vivirla, interiorizarla y compartirla. La ignorancia es un estado natural, el conocimiento es una lucha a conciencia”, dijo Huang sin señales de rencor. “Cada persona tiene su propia verdad y pocas están dispuestas a renunciar a ella. Es una pérdida de tiempo tratar de convencerles de que tu verdad es la verdad y la suya no lo es”, continuó el loro.  “Por eso, cuando querías ir a la manifestación esperando encontrar gente para construir el Nuevo Mundo no te detuve. Necesitabas darte cuenta de lo disparatado de tu plan, de descubrir tu propia verdad. Ahora tu verdad y la mía es la misma. Y todo aquel que quiera compartir la suya, nos encontrará en el Nuevo Mundo levantando verdades. No te sientas sólo, ni te dejes avasallar por las turbas de necios, hay muchas personas que admiten que no están libres de ignorancia y que saben que el conocimiento es la única estructura que nunca se cae. Esas son las que habitan el Nuevo Mundo. El Viejo Mundo acabará derrumbándose solo”, prosiguió Huang elevando la voz. “Y ahora dame un trago de ron que tenemos que celebrar que has llegado al Nuevo Mundo”.

He de reconocer que en ese momento no terminé de entender toda la verborrea del loro y que me limité a asentir empujado por su convencimiento. Tendrían que pasar algunos años, debates y botellas de ron para que su concepción del Nuevo Mundo y la mía convergieran en la misma. Nunca quiso revelarme cómo ni cuándo, pero Huang debía llevar años siendo ciudadano del Nuevo Mundo. Mientras brindábamos, recibí un vídeo al teléfono móvil. Se trataba del primero de los muchos habitantes que conseguiría identificar más adelante. Vestido con un chándal, sosteniendo mate, Bergoglio había salido al balcón de la catedral de San Pedro gritando: “Bienvenidos al Nuevo Mundo”. A continuación, unos guardaespaldas aparecieron por su espalda, lo cogieron y lo retiraron de la escena de bruscas maneras. Nunca más supe de él, pero di por cumplida nuestra misión.

Aún hoy no sé muy bien cómo definir al Nuevo Mundo. Hay sistemas que se basan en normas que indican que no se puede hacer. En el Nuevo Mundo no hay prohibiciones y las leyes se proclaman en consensos sinceros. Sus habitantes andan despacio, duermen las horas que les pide su cuerpo, leen a los autores clásicos con verdadera admiración, se maravillan con la llegada de un nuevo día, consumen lo que necesitan, ayudan a los demás porque están convencidos de que es la mejor manera  de ayudarse a uno mismo, son generosos en el esfuerzo, se emocionan cuando escriben una carta, saben apreciar el silencio, valoran la calidad por encima de la cantidad, son críticos cuando construyen su verdad y admiten que la ignorancia es un peaje por nacer.

Y así fue como un insignificante microorganismo desnudó un mundo y como de entre sus grietas descubrí uno nuevo que me albergó. En aquel tiempo comprendí que no podemos alterar la realidad, sino ofrecer la nuestra para que junto a otras puedan construir una mejor.

FIN

Si te ha gustado,
propaga este virus
de la vergüenza ajena
sin cura ni vacuna .

18 comentarios sobre “La Cuarentena De Los Necios

Responder a Christian E. Castiblanco Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s