cuarentena

El Loro Huang (Cuarentena III)

En mi segundo día de aislamiento todavía no había perdido la cabeza. El sol me regaló un despertar natural. Como estaba nublado, abrí los ojos alrededor de las 12:30 del mediodía. Pasé todo el día en pijama, celebrando que nunca más tendría que hacer la lavadora. La empresa nos había impuesto el teletrabajo. El método consiste en que en lugar de tocarte las narices en el trabajo, te tocas el badajo. Diez minutos  después de comenzar la jornada, descubrí que si apagaba el router podría dar por concluida la jornada laboral. Sin nada mejor que hacer, me bebí diez cafés mientras observaba con prismáticos las calles desiertas, elucubraba sobre las formas de las nubes y declamaba versos de Bukowski. Después me puse a escribir una epopeya sobre un zorro que tras fugarse de la cárcel, quería reconstruirse desde dentro, ver mundo, convertirse en conquistador y levantar un nuevo imperio. Agotado de pensar cuán truculento pasado albergaría mi protagonista, me quedé dormido en el sofá.

Tras comer, di cuenta de una penosa realidad: la soledad estaba bien para unas horas, pero a la larga cansaba. Para combatirla decidí adoptar un animal. Como eso me hubiera obligado a tener que alimentarlo, y por consiguiente ir al supermercado y exponerme a los caprichos de la plaga, pensé que con un loro de juguete sería suficiente. El señor del bazar me dijo que el pájaro se llamaba Huang y que era una especie autóctona de la costa de Shanghái.

Al llegar a casa, vimos un programa donde los concursantes tenían que dibujar letras griegas con el trasero untado de nata mientras el loro y yo gritábamos al unísono “botarate, mentecato, mangurrián“. Más tarde, nos pasamos al orujo del que rasca la garganta, enzarzándonos en una apasionante discusión sobre la homosexualidad en la comunidad pirata. Huang confesó emocionado que, en otra época de su vida, surcaba los mares sobre el hombro de un descendiente de Barbarroja. Sin embargo, no me dejé engatusar por la treta, pues era de sobra conocido que la familia Barbarroja había creado una empresa de reparto de comida a domicilio en bicicleta, adaptando el concepto de piratería a los nuevos tiempos. Finalmente, el loro Huang cedió y me dio la razón. Me encantaba ese bicho. Sería el garante para no perder la cabeza.

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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