cuarentena

La Fragilidad (Cuarentena IV)

Al tercer día empecé a intuir que el aislamiento no iba a ser fácil. Me desperté dispuesto a comerme el mundo desde mi minúsculo apartamento en gayumbos y camiseta de Toy Story. En aquellas alturas del encierro, el concepto de higiene personal se había relajado hasta reducirlo a la técnica del lavado gatuno enriquecido con desinfectante. Aproveché que el loro Huang aún dormía vencido por la resaca de la fiesta de bienvenida. Tenía vagos recuerdos de ambos bailando reggaetón ligeros de ropa y comprando sartenes para hacer huevos fritos con forma de pene a través de la Teletienda. En mi defensa, cabe decir que no quería liarme, que quería ser responsable con el régimen de aislamiento y que fue el loro quien me obligó a beber hasta caer redondo.

Antes de comenzar mi jornada de teletrabajo, asistí a la clase diaria de epidemiología y estadística. Revisé todos los titulares de la prensa y la avalancha de memes y mensajes que abarrotaban mi teléfono móvil. Algunos enviaban chistes y otros se morían de miedo, intercambiando el rol de forma aleatoria conforme nos adentrábamos  en la incertidumbre. En mi país también comenzaba a expandirse el virus y a cundir la histeria, calcando las decisiones y reacciones que días antes habíamos experimentado en Italia. El bocachanclismo me traicionó. Desperdicié la ocasión de quedarme callado y demostrar cierto aplomo. Así pues, me erigí en una especie de profeta del desastre para anticipar a mis padres, hermanos, tíos, primos, amigos, párroco, vecinos, antiguos colegas de la universidad, los del club de exfumadores y los galgos del canódromo lo que iba a pasar y qué debían hacer en todo momento. Me sentía como un viajero del tiempo de una película de serie B.

Proseguí mi nuevo empeño formativo asintiendo frente a gráficas, desviaciones, regresiones y otras perversiones. Escribí al Ministerio de Educación un correo para pedir la convalidación de los títulos de Medicina y Estadística, así como al de Sanidad para postularme como nuevo ministro o bufón de la corte. Después hice un repaso de todas las teorías existentes para establecer una nueva: la buena, la que el gobierno y los medios nos estaban tratando de ocultar. Aunque tiempo después se demostrara falso, estaba convencido de que el virus era un ataque de un grupo de alienígenas que reclamaban la soberanía alimentaria de China y parte de Murcia, contando con el amparo de caníbales y practicantes de yoga. Orgulloso de mi hazaña intelectual, me puse a ver vídeos de koalas durmiendo sobre eucaliptos. Cuando me quise dar cuenta, era la hora de comer y Huang reclamaba su trago de ron para desayunar.

En ese momento escuché un ruido que provenía del pasillo. Cansado de su destino, el router había querido suicidarse lanzándose desde el armario. Por fortuna, la maraña de cables que lo envolvía evitó que se estampase contra el suelo. Lo volví a conectar mientras un sudor frío recorría mi espalda. Como el que aguarda al cometa Halley, contemplaba el ordenador y el móvil impaciente. Sin embargo, estos no daban señal de conexión. “¿Qué pasa si me quedo un mes enclaustrado y sin Internet?”, meditaba contemplando a Huang. El chupito de ron le había hecho efecto al loro y éste sólo repetía que quería más y más. La señal no volvía y empezaba a ponerme nervioso. Abusando de mi naturaleza humana, le arranqué la pila al loro. Mi respiración estaba agitada y mi corazón latía desbocado. Si Internet no volvía, moriría pronto. A punto de infartar, llamé a la compañía telefónica, pero ésta también estaba en aislamiento.

Sin una alternativa mejor, con unas velas y la estampita de San Francesco d’Assisi que había comprado en el mercado negro del aeropuerto, levanté un modesto altar alrededor del router. A continuación, recé el Rosario, el Salve, tal y como me enseñó mi abuela de niño, y añadí el himno del Barça y la cabecera de Doraemon de mi propia cosecha. A la postre y después de cinco minutos agónicos, el Espíritu Santo, o el que estuviera al mando, escuchó mis plegarias y devolvió la conexión y el sosiego. Y así fue como descubrí el frágil equilibrio que aguardaba este encierro.

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

2 comentarios sobre “La Fragilidad (Cuarentena IV)

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