cuarentena

La Anormal Normalidad (Cuarentena V)

En el primer fin de semana de reclusión establecí algún tipo de normalidad. Una normalidad que más que a la del Viejo Mundo, se empezaba a parecer a la que todos acataríamos en el Nuevo Mundo. Desperté el domingo como si hubiera pasado toda la noche en tugurios que a precio de oro servían garrafón y proveían un poco de calor. Mi cabeza quería explotar, tenía la boca seca y no sabía muy bien dónde estaba. La saturación informativa, las teorías conspirativas, los primeros rumores de rebelión, la comunicación con todos esos seres que antes no sabía si seguían con vida o habían sido captados por una secta de mindfulness, se combinaban para brindarme la peor de  las jaquecas.

En un atisbo de lucidez, recordé que antes del confinamiento tenía por costumbre tomar una ducha para despejarme. Comprobé que había empezado a no saber diferenciar un fin de semana de un día de trabajo. El baño parecía el camarote de una estrella del grunge en los años noventa arrasado después de un concierto. Las toallas se amontonaban por el suelo. El bidé contenía restos de sangre. En el lavabo se empezaba a apreciar un pequeño ecosistema de geometría psicodélica. Antes de meterme en la ducha, me desnudé y me miré al espejo. Donde antes se apreciaba un brillante porvenir como campeón del torneo de engullir morcillas en la feria del ganado de Peal de Becerro, ahora se veía un saco de patatas relleno de huesos. Entonces recordé que la noche anterior no había cenado y quién sabe cuánto tiempo llevaba sin probar bocado. Le pregunté a las paredes del baño si ellas sabían algo, pero optaron por mantener su frío silencio.

Pasada la euforia inicial, el loro Huang, mi única compañía física, se decantó por el sosiego y hacer de contrapeso en mi creciente incertidumbre. Se pasaba el día sobre el frigorífico con el botón en Off. Sólo cuando creía perder los estribos lo encendía para comprobar que era efecto de mi propia estupidez. A pesar de su condición de ave de juguete, me recordó que el ser humano venía subsistiendo al alimentarse de comida y beber agua de vez en cuando. No niego que estos sean hábitos que cualquier persona tenga asumidos, pero cuando uno está aislado en soledad, la normalidad y el bien se tornan conceptos volátiles. A cambio de aportarme serenidad, Huang se aficionó al ron dominicano más caro. Por suerte, en aquel punto, todavía quedaba en el mercado.

Durante los primeros días de aislamiento, seguía con sumo interés las ruedas de prensa de las autoridades acerca de la crisis. Trataba de adivinar hacia dónde se dirigiría la endiablada gráfica y cuándo bajaría la panza del burro. Buscaba en las palabras de los voceros alguna pista sobre los siguientes decretos. Sin embargo, de forma inconsciente, aquel fin de semana no sentí la necesidad de enterarme de nada. La muerte y los contagios dejaron de impresionarme. También dejé de conjeturar cuánto tiempo duraría todo. Si el gobierno estaba haciendo lo correcto o si estaba acelerando la extinción del ser humano me la traía al pairo. Asumí que, aun saber tocar la guitarra con la boca e interpretar el canto de los pingüinos, no era nadie para opinar. Cuando llegas a ese punto, crees que has redoblado al aislamiento y que podrás resistir hasta el día en que el espectáculo haya concluido. Una vez más, había subestimado el poder de la cuarentena. También había subestimado mi estupidez.

Sin nada mejor que hacer, me tumbé en la cama. Bajo mi cuerpo había una entramado de ropa interior sucia, borrones de historias que por un segundo me parecieron brillantes y que había renunciado a releer para no morir del bochorno. La ensoñación de ser brillante es la consecuencia de ignorar el significado de dicho concepto. También había una novela de Boris Izaguirre despellejada que había comprado en un rastro a cambio de un llavero de la Caja Rural. Las páginas estaban colmadas de tachones, señalando todas y cada una de las incongruencias argumentales que había creído interpretar. Cuando me debatía entre dejarme dormir hasta el día siguiente o fantasear con una chica que se había sentado a mi lado en el autobús sin poner cara de asco, un estruendo me sorprendió.

Provenía de la calle. Me incorporé y al abrir la ventana descubrí a mis vecinos cantando y aporreando sus cacharros de cocina. Entonaban ‘Ma il cielo è sempre più blu’, una canción de Rino Gaetano que definía a la perfección aquellos momentos por los que atravesaba el sentir del pueblo italiano. Los niños saltaban de emoción, mientras que los ancianos recobraban la esperanza. En medio de aquel maravilloso bullicio, Huang se manifestó entonando “Chi ama l’amore e i sogni di gloria…

Quizá fuera fruto de la flaqueza o del desasosiego, pero en ese momento empecé a derramar todas las lágrimas que tenía guardadas. Con la compañía de un loro de fabricación oriental y un puñado de desconocidos que vivían enfrente, berreando una canción que jamás había escuchado, me volví a sentir humano. Y así me adentré en la anormal normalidad.

Foto por AFPphoto.

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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