cuarentena

El Estrés Social (Confinamiento VI)

Una de las paradojas que se produjo durante la cuarentena fue la proliferación del estrés. Un fenómeno que en parte era fruto de la desmesurada necesidad de socializar. Mientras los médicos recomendaban descanso para fortalecer el sistema inmune, yo exprimía la agenda por encima de mis posibilidades. Durante la jornada de teletrabajo, el teléfono móvil no cesaba de vibrar e iluminarse. Aquellos mensajes aparecían con avisos para atenderlo de forma urgente, pregonando que su contenido era de vital conocimiento.

A través de vídeos, audios y noticias escritas, los expertos, no sin antes remarcar su condición de expertos, adaptaban sus teorías según el día. Se erigían héroes de barro que tan pronto proclamaban el absoluto desastre, como desaparecían por el sumidero al descubrirse que horas antes habían vaticinado lo contrario. La sociedad de la inmediatez y la superficialidad clamaba respuestas rápidas a una catarsis que a todos nos pilló desprevenidos. También fueron tiempos dorados para las teorías del control social, los terraplanistas con tiempo libre y amantes de la mano invisible que todo lo mueve. A pesar de las tesis oficiales, en el Nuevo Mundo aún persiste la duda. Detrás de aquella orgía de preguntas, respuestas y disparates, se escondía una mera llamada de atención para superar el vértigo de la incertidumbre.

En el Viejo Mundo me había acostumbrado a la soledad como el que lo hace a beber buen vino. Hasta que no me fui de casa, mis padres suspiraban por intercambiarme por un par de gorrinos en la granja del pueblo. Mi cuadrilla planificaba sus quedadas cuando tenía dentista, estaba enfermo o sesión de psicología chamánica. En la universidad mis compañeros tenían la gentileza de vaciar la fila en la que me sentaba. Mi última novia optó por llamarme Henry, como su amante, ya que sostenía que le resultaba más sencillo de acordarse. Para colmo, en alguna ocasión, me dejaron olvidado dentro del cine del barrio por varios días.

Aunque estuviera orgulloso de mi condición de lobo solitario, experimenté la imperiosa necesidad de hablar y ver a otros confinados. En el día del apogeo social, desde la comida hasta la madrugada mi agenda estaba abarrotada de citas. Mis padres, que habían decidido espantar el virus desde un resort de las Islas Caimán, estaban tan preocupados por mi encierro que no querían dejarme solo ni un segundo. Tras hacer un sesudo repaso de la actualidad, entablé una confianza con ellos un tanto perturbadora. Comentábamos las ventajas de que mi padre se hiciera un injerto de pelo en Tenerife en lugar de Turquía; la renacida voracidad sexual de mi tía abuela Hortensia a sus noventa y siete años; y los progresos de mi madre en su curso de majorette por correspondencia. No sé en qué momento perdimos el control, pero terminamos discutiendo sobre qué posturas del Kamastura fortalecían el suelo pélvico y yo dando una clase práctica desde el sofá. En ese instante me di cuenta por qué la estrategia de limitar el contacto parental a mensajes como “Ei, ¿estás vivo?” o “Se nos pasó tu cumpleaños, pero eres lo más importante del mundo” nos habían permitido disfrutar de una convivencia tranquila.

Mi hermana, recluida en un pueblo de la Selva Negra, imploraba mi ayuda. Estaba al cargo de tres niños de pelo rubio platino, dos perros que tenían la voracidad de un oso pardo y su marido Christian Gottfried Daniel, un señor alemán muy reservado que se disponía a reproducir todas las partidas del Mundial de Ajedrez 1985. Sin poder descifrar lo que bramaban mis sobrinos, traté de entretenerlos mientras su madre tomaba gintonics y fumaba hierba sobre la hamaca. Además de mi hermana y mi cuñado, la cuarentena serviría a otros para replantearse algunas decisiones que había tomado la inercia. Ser monógamo, tener hijos, casarse o alimentarse sólo a base de mortadela vegana tenían un significado claro en el Viejo Mundo. Sin embargo, durante la transición muchas de los estándares sociales saltarían por los aires.

En lugar de quedar en la cafetería, tomaba café enfrente de la pantalla con el primer contacto que se encontrara libre. A media tarde era el turno del vermú con la cuadrilla. Casualmente, se olvidaron de llamarme hasta mitad de reunión y tuve que brindar con agua porque temía las represalias de Huang. Mis amigos proclamaban que existía una verdad oculta. Cuando hubo cierto consenso en que el virus era un castigo de Dios para erradicar a los celiacos, traté de intervenir para señalar a periodistas deportivos y camellos como gremios represaliados. Acusado de hereje, fui expulsado del encuentro. Por suerte, un grupo de monjas carmelitas que había conocido en clase de zumba refrendaba mi teoría.

Más tarde, en la reunión con mis antiguos compañeros de carrera, dio lugar una batalla feroz por dilucidar quién tenía el mejor trabajo y la posición social más elevada. Al final se proclamó vencedor Juan, quien lucía un traje de etiqueta con el que dormía desde hacía dos años en un loft de veinte metros cuadrados. El argumento con el que nos convenció a todos fue que una vez había sido pisoteado por Amancio Ortega montado a caballo, mientras éste rebanaba cuellos por el Paseo de la Castellana entre vítores y aplausos. Con los parroquianos del canódromo organizamos un visionado y debate de toda la filmografía de Chiquito de la Calzada, a la par que bailaba salsa junto a los del taller de cocina con microondas.

Cuando me quise dar cuenta, estaba amaneciendo. Aquella vorágine social me había destruido. Al día siguiente, como si alguien hubiera dado una orden, no hubo apenas videollamadas, cafés a distancia, raves ni otras actividades propias del Viejo Mundo. Con la misma fuerza con la que habíamos reclamado socializar compulsivamente, dejó de interesarnos y la desplazamos a momentos puntuales. Descubrimos de pronto la comodidad del confinamiento individual, una actividad que en realidad ya disfrutábamos antes. El estrés de la sobrestimulación social desapareció dando paso a otros estreses y estimulaciones, así como la incierta misión de aguantarnos a nosotros mismos.

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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