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La Burbuja del Altruismo (Cuarentena VII)

Quizá muchos de nosotros pecamos de optimistas al comienzo de la cuarentena. Se pensó que aquel tiempo muerto podría ser idóneo para hacer algo útil: aprender chino, hacer un curso de ganchillo imaginario o darse a la bebida con la excusa de dibujar. Los más intrépidos se decantaron por pintar la casa, planchar y recoger la montaña de ropa limpia, ordenar las estanterías o montar aquel mueble inservible que habían comprado en Ikea por la vergüenza de salir con las manos vacías. En su mayoría, las buenas intenciones se quedaron ahí. Como si fuera un fin de semana que nunca terminaba, la comodidad del trinomio cama, sofá y comida basura se acabó imponiendo como método para combatir la incertidumbre y la desesperación. En algunos casos, la manifestación más creativa fue elegir en qué maratón de series participar o en qué taza de Mr. Wonderful servir la Coca Cola Light.

Durante la transición entre el Viejo y el Nuevo Mundo, nació y murió una efímera corriente cultural: la burbuja del altruismo. El hecho de estar encerrado en casa ponía en jaque a parte del ocio del Viejo Mundo. Los museos permanecían cerrados, los conciertos y festivales habían sido suspendidos con la esperanza de que la cuarentena sería cuestión de semanas. Como decía un sabio, las crisis agudizan el ingenio. Lo que cabría preguntar al físico alemán es si ese ingenio debía ser necesariamente empleado para hacer el bien.

Creyendo que la población confinada no sabría en qué emplear el tiempo, multitud de plataformas de videojuegos, series, películas, música y pornografía sufrieron una revelación de altruismo para proveer a la gente de entretenimiento casi infinito. Lo que no previeron las mismas empresas era que lo estaban fiando todo a que la conexión resistiera durante toda la cuarentena. El propio afán consumista que habían sembrado terminó por devorarles. De hecho, tiempo después se probó que durante los diversos apagones, se disparó la tasa de suicidios. Por su parte, los museos organizaban visitas virtuales y las bibliotecas públicas ponían toda su colección a disposición del lector.

Un sector muy golpeado por el confinamiento fue el de la música. Sin conciertos, ni festivales y con los artistas encerrados en casa y sus camellos buscando la manera de burlar la vigilancia, comenzaron a idear todo tipo de shows estrafalarios. Marwan repasaba su repertorio disfrazado de medusa; mientras que a Rozalén le dio por componer un himno que reivindicaba la felicidad para paliar la crisis que estábamos viviendo.

Particularmente afectó a los grupos del movimiento indie, quienes optaron por exhibir su lado más maduro. Lori Meyers, tratando de concienciar sobre la importancia de la higiene, retrasmitió un concierto desde la ducha, creyendo que quizá su condición de rockstar estaba por encima de los decretos que regulaban la cuarentena. A algunas estrellas del punk rock o el heavy metal que escupían soflamas combativas o apocalípticas, les dio tal vértigo que algunas de sus canciones se empezaran a convertir en realidad que prefirieron buscar refugio en el canto gregoriano o en el body balance.

Siguiendo con fe ciega las recomendaciones de asesores de imagen y expertos en redes, los fenómenos fabricados por la televisión hicieron una apuesta más conservadora y se decantaron por el viejo truco de convertirse en protagonistas de su reality show. Aún se recuerda con estupor las imágenes de una célebre concursante de OT perdiendo los estribos mientras se depilaba y un fan le preguntaba sobre el significado del Yin Yan que llevaba tatuado en la espalda. Algunos artistas, prometedores y famosos en el Viejo Mundo, no se recuperaron nunca del golpe que supuso el encierro.

Otro de los gremios que se lanzaron con desesperación al altruismo fue el de la literatura, al que yo me sentía más cercano. Si las bibliotecas públicas ponían a su disposición las bibliografías de García Márquez, Chacón, Camilleri o Highsmith, los autores apátridas decidieron añadir más madera al fuego cultural. En apenas diez minutos ya tenía descargados más libros de los que había leído el resto de mi vida. Con entusiasmo, empecé a devorar uno con críticas excepcionales. Se titulaba La Dolce Morte. No sé si fueron las patadas a la ortografía y a la gramática o la falta de empatía con su protagonista —un vampiro vegano que captaba socios para Acnur—, pero no conseguí pasar de la segunda página. Como el confinamiento coincidió con el periodo destinado a presentaciones, la red comenzó a saturarse de encuentros y recitales con autores. En ellos, el lector tenía la posibilidad de conocer a un batallón de escritores solidarizado y hermanado por si la conmoción de la falta de autobombo devastaba al resto de la sociedad.

Como aún conservaba ínfulas de ser escritor y el virus ya revoloteaba por las calles de mi encierro, decidí que yo también presentaría mi primer libro. Recopilé todos los papeles que abarrotaban la cama revuelta, enseñé al loro Huang a descifrar mi torpe caligrafía y éste fue dictándome los textos sin descanso. En apenas dos horas conseguí terminar mi primera obra, a la que titulé Versos Que Dan Vueltas. La portada consistía en una fotografía de la lavadora que simbolizaba las volteretas que mi alma había experimentado al escribirlo. Hinchado de orgullo, me abalancé sobre el primer hueco que me lanzase al estrellato. A cambio de comprometerme a asistir a todas las presentaciones y comprar cuarenta volúmenes, conseguí vender la meritoria cifra de tres ejemplares. Días después y tras amenazar con amables mensajes a los compradores, recibí dos opiniones excelentes. Si en una se hablaba del nacimiento del nuevo Gustavo Adolfo Bécquer, la otra sostenía que algunos de mis versos derramaban sangre. Aun exultante por el éxito y la oportunidad de lanzar mi carrera, he de confesar que aquello me causó desconcierto. Siendo mi obra de ciencia ficción, era extraño que a mis lectores les hubiera parecido poesía.

En menos de una semana, la burbuja del altruismo explotó. Los cantantes se debatieron entre tomar vacaciones, boicotear el sistema que ellos mismos habían creado o retrasmitir su suicidio artístico. Los museos virtuales volvieron a vaciarse. Los escritores apátridas como yo nos decantamos por congratularnos con la genialidad de nuestras obras, echarle la culpa al trap y a la falta de criterio de la gente por nuestro fracaso. De nuevo contamos los días para que un ávido editor descubriera nuestro talento y nos catapultase al premio Planeta o al Nobel.

Y así, tanto artistas como público corrimos un tupido velo para preservar el mínimo de dignidad que nos haría falta para el Nuevo Mundo.

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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