cuarentena

Terremotos punzantes (Cuarentena VIII)

A la histeria de los días precedentes al confinamiento, en el que aún veíamos el virus a través de la televisión y no teníamos licenciatura en epidemiología con máster en pandemias, hubo que sumar el despertar de la tierra. Por aquel entonces, ya había interiorizado la verdadera metodología de trabajo italiana: invertir la mitad del tiempo yendo y viniendo de la caffetteria.

Cierto día, mientras tomaba el tercer café de la tarde, el suelo empezó a temblar repentinamente. Los vasos y las tazas caían del cielo entre los gritos de una marabunta que huía despavorida del local. Mientras cavilaba si aquello sería uno de los trucos que la mafia empleaba para recaudar sus donaciones o si Dios se había aparecido para tomar un cremoso cappuccino, opté por hacer caso al refranero e ir hacia donde iba Vicente. “Porca troia! Mo, pure il terremoto e vaffanculo!”, escuché de una muchacha que no precisaba traducción. El sur de Italia era una zona sísmica y nadie había reparado un segundo en revelármelo. Aunque el epicentro fue a escasos kilómetros de las oficinas donde trabaja, no hubo que lamentar heridos más allá de algún ataque de ansiedad. Unos mangantes aprovecharon la confusión para chupar el suelo de un supermercado bañado en cerveza. Si la ciudad había sido construida con cimientos resistentes, la conmoción colapsó las calles. No tuve más remedio que regresar a casa caminando por el arcén de carreteras transitadas, soportando los amables pitidos e insultos de los conductores.

Fuera de mi pequeña burbuja de socialización desmedida y consumo de dudosa cultura, la ventana de mi confinamiento me mostraba un mundo del que apenas formaba parte. Una combinación de burbujas cerradas de las que sólo veía su superficie y que las pautas del Viejo Mundo no me habían permitido explorar. Mi apartamento se encontraba localizado en un antiguo palacio que alguien con buen criterio había convertido en un negocio que parecía no conocer límites. Si en otra época aquel edificio rústico habría albergado a una de las familias nobles de la ciudad, junto a su servicio y su caballeriza; la planta baja se destinaba a un local que hacía las veces de restaurante por el día y de desguace de esqueletos hasta el amanecer. La parte superior se había rehabilitado para albergar media docena de apartamentos destinados a jóvenes que estuvieran de paso o que el paso les hubiera otorgado la juventud eterna. Por fortuna, la cuarentena había obligado al cierre del local y habíamos podido adaptar nuestro descanso a un horario normal.

Mis vecinos del palacio también vivían el confinamiento dentro de sus propias burbujas. Francesca, la vecina de arriba, tenía la curiosa virtud de necesitar la lavadora comunal cuando otro la estaba usando. Si te pasabas cinco minutos, en un gesto de delicadeza, lanzaba tu ropa interior al olivo de la entrada. Al pasar los diez minutos, usaba tu colada para hacer trapos. Daniele, el vecino de al lado, estaba poseído por el espíritu de Don Giovanni. Era darle los buenos días en el pasillo y lanzarse a narrar epopeyas sobre tríos y acrobacias sexuales, ofreciendo a la nariz del emisor una salvaje mezcla de desodorante y sudor. También conocía a Giusepino, un napolitano naturista que se pasaba el día practicando meditación zen. En cierta ocasión me confesó que vivía gracias a un algoritmo que había desarrollado para desplumar a casas de apuestas online. Durante los fines de semana, Giusepino aprovechaba las horas de calor para pedirme sal en cueros. Junto con Alessia y Gigi, teníamos un grupo de Whatsapp que sólo se podía utilizar si era con el fin de recriminar la actitud de otro. “No pienses en alto que molestas a tus compañeros”, “sacas el cadáver de la casa que empieza a oler” o “no están permitido dar alojamiento a caballos indigentes” eran los reproches más habituales.

Una de aquellas noches de encierro, discutía con Huang el papel de las dos Coreas en la emergencia global. Mientras yo defendía la eficacia de Corea del Sur a través del control tecnológico, el loro se decantaba por la estrategia de aislamiento que había seguido la del Norte. Mi compañero era esclavo de su ascendencia china y los equilibrios geopolíticos. Aquel tema le volvía tan irascible que llegó a amenazarme con soltarme un picotazo. Descartado que Huang fuera algún tipo de espía norcoreano, lo apagué y me fui al baño a darle una segunda oportunidad a la higiene corporal. El reloj estaba a punto de marcar las dos de la madrugada cuando me quedé dormido sobre la taza del wáter. Aquella era una tradición que había adoptado durante mi adolescencia y que me había permitido amanecer en todo tipo de lugares variopintos. Entonces, la casa comenzó a temblar ligeramente y me hizo despertar de un plácido sueño en el que era estrella del reggaetón. Al vivir cerca de una autovía y dado que el edificio era antiguo, achaqué el fenómeno a la vibración propagada por un camión.

Cuando estaba a mitad de la ducha, el temblor se replicó con más fuerza por un periodo de veinte segundos. Salí a observar por la ventana, pero no encontré la más mínima señal de inquietud. ¿Qué había sido aquello? ¿El ejército había empezado a movilizarse? ¿Había perdido la cabeza? ¿Las fuerzas norcoreanas habían venido a por mí? Para mayor inri, caí en la cuenta que mi teléfono móvil era de fabricación china y seguramente en Pionyang ya supieran de mi existencia. Sin embargo, un rápido buceo por redes sociales resolvió de un plumazo mi incertidumbre: se estaban registrando una serie de terremotos leves en la zona. A continuación, el grupo de WhatsApp del palacio se llenó de mensajes confirmando la noticia y preocupándose por la situación de todas las burbujas que allí residíamos.

Además de constatar una vez más que mi idiotez no tenía límites, aquella noche de cuarentena empezó a pincharse mi burbuja. Aunque aún no lo sabía, no fue la única que explotó. Quizá las burbujas pequeñas sean más resistentes, pero las grandes no tienen cabida para la soledad. Y así fue cómo decidí construir una burbuja más grande.

Todos tenemos que reventar la nuestra

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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