cuarentena

Anestesia Voluntaria (Cuarentena IX)

La luz del sol me despertó la mañana posterior al terremoto y la consiguiente explosión. Me recliné sobre el poyete de la ventana y divisé el cielo más claro que había visto en mucho tiempo. El aire que respiraba parecía transportarme a las montañas nevadas de alrededor. La naturaleza tornaba a la ciudad ofreciendo su faceta más virginal. “No necesito más”, pensé por un momento. Enseguida los gruñidos de mis tripas pusieron en tela de juicio tan cándida ensoñación.

La estampa que presentaba la nevera hablaba por sí sola: un kiwi solitario desangraba su néctar a la espera de mi atención. Con el paquete vacío, rebusqué en la basura los posos de café del día anterior y preparé una infusión con un ligero sabor a garbanzos con chorizo. Estaba solo, en un país extranjero, sin mayor motivación que engañar de forma hornada a la empresa que me pagaba y sin grandes certezas sobre mi destino. Huang, que seguía la actualidad informativa y tenía conocimientos diplomáticos tras su paso por aduanas internacionales, me aconsejó avisar a las autoridades para preparar una vuelta a casa. Un señor con voz grave atendió mi llamada intentando sosegar mis nervios. “A ver, zagal, estate tranquilo, que esto no es na’. Lo mejor que puedes hacer es conseguir una escopeta, atrincherarte en tu casa con la botella de Amaro más cara que haiga en la tienda y rezar a la Madonna della Catena”, me dijo el Cónsul. La sinceridad de las autoridades me dejó a las claras que estábamos en buenas manos.

Sin embargo, el Consulado tenía respuestas más ambiguas sobre mis dudas existenciales. “Home, mírate El Rey León o léete El Alquimista del Coelho ese. Ahí está to’ lo que tiés que saber de la vía”, contestó convencido. Con un “Hakuna Matata” se despidió y colgó. Por lo que contaba Huang, se avecinaba una crisis económica que dejaría a los que no teníamos nada de patitas en la calle. Si las predicciones se cumplían, despediríamos al Viejo Mundo con una mano delante y otra detrás. Para tratar de animarme, el loro recordó un antiguo proverbio chino: “No puedes guiar el viento, pero puedes cambiar la dirección de tus velas“. Quizá fuera por las secuelas del terremoto, pero en ese momento enfurecí y lo desconecté advirtiéndole que no tenía ningún barco. A continuación medité si Huang quería revelar que la piratería se pondría de moda en el Nuevo Mundo. Busqué algún curso online para diplomarme como pirata, pero lo más cercano que encontré fue un tutorial sobre cómo maquillarme de arlequín. Abrumado por la incertidumbre, fui al supermercado y arrasé la sección de patatas fritas, vino peleón y chocolate a mitad de precio.

Tumbado en el sofá fui engullendo el festín sintiendo que mis preocupaciones se disipaban. No fui el único que recurrió a alguna de las variadas formas de anestesia voluntaria que se practicaron durante la cuarentena. Algunos lo hacían de forma esporádica, otros lo hicieron su forma de vida creyendo que cuando salieran a la calle todo volvería a ser como antes. Uno de los parroquianos del canódromo, ‘El Perla’, hizo acopio de todo tipo de sustancias psicotrópicas mientras se tragaba todas las películas premiadas en la gala de los Goya por orden cronológico. No sé si fue la falta de previsión al hacer su pedido o el visionado de La Piel Que Habito, pero nunca más se supo de ‘El Perla’.

El aburrimiento también hizo que las tarjetas de crédito ardieran más de lo que lo habitual. Uno de los miembros de mi cuadrilla, “el Taladro”, se empecinó con la idea ponerse en forma para participar en los Juegos Olímpicos de Tokio. Confiado en que su negocio de venta de tangas con frases cachondas remontaría de forma espectacular a la salida, acabaría por subsistir gracias a malvender su bicicleta estática, aparato de remo y cinta de correr. Sus compradores representaban a ese segmento de la población que ganó una media de treinta kilos durante el confinamiento. La profesión de dietista viviría momentos de gloria al comienzo del Nuevo Mundo.

Las monjas carmelitas que había conocido en clase de zumba ampliaron su refugio divino. Crearon un canal de YouTube donde leían pasajes del Nuevo Testamento mientras meneaban el pandero a ritmo de bachata. Los devotos no fueron los únicos que esperaron que un milagro divino diera carpetazo a los desaguisados derivados de la emergencia global. Políticos que antes prometían cambiarlo todo, sindicalistas que decían luchar por derribar el sistema y algún que otro profeta del desastre sintieron la llamada de Dios. Se agarraron a la fe en pos de mantener las injusticias del viejo sistema, el cual daba sus últimos coletazos en aquellos momentos. Otros se sumergían en el inmenso mar de noticias con el riesgo de ahogarse. Mi casera, Albertina, me confesó que pasaba todo el día frente a la televisión esperando a que algún noticiero dijera que todo había sido una pesadilla. Por suerte, su televisión se rompió y se puso a fabricar mascarillas caseras, logrando abastecer a medio sur de Italia. En el Nuevo Mundo, la fundación Albertina Rizzoli se dedica activamente a ayudar a los colectivos desfavorecidos y la reinserción social, manteniendo a raya a los capos de la mafia.

Tras el atracón de anestesia ultraprocesada, mi barriga clamaba a gritos la implosión. Sin embargo, mi nevera permanecía vacía, no sabía que sería de mí al siguiente día y mis dudas trascendentales, lejos de disiparse, se habían agrandado. Saqué fuerzas de flaqueza, encendí a Huang y con voz de corderito degollado le pedí disculpas. Este me repitió el proverbio de su pueblo. Me explicó que en realidad las velas era una metáfora sobre las riendas del destino. Aun así, confesó que si quería ser pirata él surcaría los mares sobre mi hombro.

Y de esta forma fue cómo renuncié a la anestesia voluntaria para prepararme hacia la realidad que paulatinamente se transformaba en el exterior. Junto a Huang buscaríamos la forma de orientarnos hacia el mejor viento.

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

2 comentarios sobre “Anestesia Voluntaria (Cuarentena IX)

  1. Un relato muy entretenido y variopinto, siempre dejando caer risas por los bordes de las letras. Es un relato lamentablemente verifico, pero su prosa tan simpática y relajada, nos hacer a más a una experiencia cómica. Muy buen relato. Siempre lleno de sorpresas y humor. Situaciones al límite de donde el autor sane muy bien como salir con la cabeza buen alta, como el que no rompió un plato. Os invito a que lo leáis, lo disfrutéis junto con unas risas y sorpresas inesperadas. luego me decís cuántos platos rompió el autor jejejeje. Muy bueno Rafale y muy aconsejable para estos tristes momentos. Gracias por hacérmelo llegar. Abrazos 😘🤗

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