cuarentena

Revelaciones y una profecía (Cuarentena XI)

La vida del Viejo Mundo era demasiado sencilla. Como por arte de magia, todo parecía hecho. En mi caso, como en el de tantos otros, la táctica consistía en dejarse llevar por la corriente.

Nacías, entrabas al colegio, pasabas por el instituto y un día llegabas a la universidad sin haber aprendido a atarte los cordones. Entre medias, dedicabas años a fantasear con el sagrado momento de perder la virginidad para terminar haciéndolo en los aseos del sótano de un párking o en un botellón con ‘La raja de tu falda’ de Estopa sonando de fondo. Tras conseguir la licenciatura en pasar exámenes con el mínimo esfuerzo, un máster especializado en sobrecualificación y un doctorado sobre el susurro de las pelusas que había conmovido a un chimpancé en Nueva Zelanda, te lanzabas a madurar y a adentrarte en el mercado laboral. Aceptabas una beca con posibilidad de contrato de prácticas. Después hacías la mochila y dabas tumbos por medio mundo, jurándote que sería la última vez y que ibas a poner el huevo como si fueras una gallina. Mientras tanto, mantenías la esperanza de encontrar algún día una chica con tu mismo grado de desesperación, que al banquete de tu boda fuera un figurante de Los Soprano y pasarte el resto de tu vida felizmente hipotecado en un quinto sin ascensor que olía a cabra recién sacrificada.

Si el destino era benévolo contigo, podías redoblar la apuesta gracias a la caridad de tu banco para irte de vacaciones a Bután, comprarte un utilitario con sólo 100.000 km y las zapatillas de correr más caras para adelgazar las pizzas y hamburguesas que traía un señor en bicicleta bajo la niebla o la nieve. Si aún no te sentías realizado, podías encargar descendencia, meter un elefante egipcio en tu jardín, apuntarte a una secta satánica que promulgue la filantropía, escalar el Everest disfrazado de bufón o ser concursante de un reality show que retrasmita tu blanqueamiento anal. La transición hacia el Nuevo Mundo mostró que todo aquello que habíamos dado por sentado se sostenía en bases muy delicadas.

Las sendas conocidas se perdían y las bifurcaciones parecían cortadas. Era como si nos hubieran abandonado en medio de un páramo recóndito. A decir verdad, nunca había elegido mi camino. Padres, profesores, amigos, parejas, el Gobierno de la nación, los medios de comunicación, el sistema económico encabezado por Spotify, Netflix, Coca Cola, Matutano y Comidas a domicilio Anastasio habían tomado todas mis decisiones. No era la primera vez que aquella idea rondaba por mi mente. Tampoco era propia, sólo el reflejo de la forma de vivir de una generación. Con mi burbuja recién pinchada y con la intuición de que debía construir otra, aquel bofetón de realidad me impactó especialmente.

Así pues, me dispuse a retomar las riendas de mi vida sin saber ni cómo ni para qué. Mi primera decisión como hombre liberado fue la de encender la televisión. En unos minutos constaté cómo la publicidad había cambiado radicalmente. Además de las recomendaciones de las instituciones, me pareció desconcertante la sobrexposición de los bancos. En el anuncio de Intesa Sanpaolo, una de las grandes entidades, actuaban trapecistas y contorsionistas bajo una ambientación musical épica. Al final aparecía un equilibrista caminando sobre una cuerda que conectaba dos rascacielos. Con el sonido de los violines a punto de provocarme el infarto, el equilibrista resbaló y la cuerda ejerció de sujeción mientras aparecía un mensaje en el cielo: “I tuoi soldi non cadranno mai” —Tu dinero no caerá nunca—. Acto seguido, las noticias anunciaron que se fraccionarían las pensiones. Los accionistas de una multinacional acababan de repartir los dividendos antes de pedir el rescate al Gobierno y la única aerolínea estatal iba a ser nacionalizada para garantizar su viabilidad.

“¿Qué va a pasar con el dinero?”, me pregunté angustiado. Desperté a Huang, discutimos a voces y enseguida consensuamos un plan sin fisuras: sacaría todo el dinero del banco para guardarlo en un bote de galletas. No obstante, no llegamos a un consenso en cuanto a si debíamos quemar los billetes o si los utilizaríamos como abono para plantar pimientos choriceros. A cambio de una botella de ron dominicano y un paquete de pipas garrapiñadas, el loro voló hacia el cajero y el supermercado.

Mientras esperaba su regreso, me acerqué a la ventana y observé la avenida que limitaba lateralmente el palacio. Apenas circulaban coches y autobuses vacíos. Algunos vecinos paseaban arrastrando bolsas o carros de la compra, perros y otros objetos que se hacían pasar por canes. El sonido de las noticias aplacaba el silencio de ambos lados del cristal. Las procesiones fúnebres de la ciudad de Bérgamo centraban la actualidad cuando descubrí a un joven que deambulaba por el centro del asfalto. Tras detenerse y asombrarse con el paisaje desértico, sacó su teléfono y buscó el mejor ángulo para enfocar su cámara. La televisión continuaba repasando testimonios sobre familiares que no encontraban el cadáver de sus seres queridos y asilos abandonados a su suerte. Convencido de que al tercer intento había conseguido la instantánea que le granjearía cientos de likes, el muchacho desapareció de la escena. Entonces, me invadió la lástima: “quizá en su casa no tenga televisión”, pensé. “Quizá tampoco escuche la radio, lea los periódicos, revise las redes sociales, ni hable con familiares o amigos”.

A las dos horas, apareció Huang con menos dinero del acordado. Al parecer el alcohol de importación se había puesto por las nubes y un trilero lo había desplumado. “Te juro que la bola estaba en el cubilete de la izquierda. Dame otros 200€ y lo recupero”, repetía sulfurado. En unas calles que estaban a punto de convertirse en una jungla ya no había lugar para la inocencia del loro oriental.

Proseguimos la tarde comiendo pipas garrapiñadas y analizando con rigor la actualidad. Quizá fuera por el subidón de caramelo, pero estaba tan excitado que agoté las fuerzas de Huang y éste se apagó. Me quedé solo en la afrenta de rebatir los argumentos de los tertulianos de todas las cadenas. Personas que semanas antes se dedicaban a discutir si un toro Sagitario podía fecundar a una oveja, ahora eran expertos en bioquímica, psicología infantil y sistemas financieros. A pesar de mi ímpetu y de mi noble esfuerzo por vocalizar, resultaba agotador clamar la verdad ante oídos sordos.

Sin saber si estaba anocheciendo o amaneciendo, dediqué unos minutos a hacer zapping por los más de cuatrocientos canales que ofrecía la televisión italiana. Entre otras joyas, emitían la película ‘Adivina quién se ha enamorado de King Kong’, un especial sobre por qué los napolitanos son los únicos que están predispuestos genéticamente a elaborar pizzas perfectamente redondas, o el emocionantísimo encuentro de calcio entre la Salernitana y el Vicenza del año 2000, que acabaría sin tantos y una invasión de campo para reclamar que se despenalizara la entrada al estadio con piedras y martillos.

Con los ojos a punto de cerrarse, encontré la redifusión del rezo del Angelus. En un tono más propio de un funcionario cansado, el Papa oraba por el alma de los fallecidos, enfermos y los pobres que se multiplicaban por los efectos de la pandemia. De repente, su voz adquirió las formas de un revolucionario. “El egoísmo del ser humano es el gran culpable. Debemos cultivar la solidaridad para acabar con el virus”, clamaba Francisco poseído por el espíritu del Che Guevera. Cuando el Papa pasó al Avemaría, pensé que ya había tenido suficiente y apagué la televisión. Sin embargo, el aparato no pareció inmutarse y Bergoglio siguió con su verborrea en latín. Me levanté como una exhalación y apreté el apagado manual, pero este tampoco respondía. Desconecté el enchufe sin que la imagen del pontífice se inmutara. En calzoncillos, corrí hacia el cuadro general, que se situaba al otro extremo del palacio. Desactivé todos los interruptores, confiando en haber hecho puesto fin a la emisión del Angelus. Sin embargo, cuando entré al apartamento Francisco daba la paz y los Cardenales entonaban el Aleluya. Probé a accionar a Huang, pero este no hizo el más leve atisbo de movimiento.

Incrédulo volví a ver la pantalla y, tras unos segundos, Francisco entró en escena tomando mate y con gesto relajado. “Che, boludo, ¿tan ocupado estás que no podés esperar a que acabara el rezo?”, dijo sonriendo mientras yo me preguntaba qué aditivo alucinógeno contendrían las pipas garrapiñadas. “Mirá, yo sé que sos un pecador y que esto de la Iglesia te soná a cuento chino. Me parece bien, a mí a veces también y ves una de cosas rebárbaras. Escúchame bien pibe: además del corona, hay otro virus mucho más letal que va a arrasar al planeta. Yo estoy viejo y cansado, pasé una dictadura, me hice cura y suficiente tengo con que no me corten la nuca. Pero vos sos joven y tenés fuerza. No tenés futuro y pasás tu tiempo hablándole a un loro. Dejate de boludeces, encontrá ese virus, curate y destrúyelo”, dijo con una energía que estaba a punto de hacerme colapsar. “Y ahora te dejo querido que tengo cita para arreglarme los juanetes”.

Nada más terminar la intervención de Bergoglio, el televisor se apagó. No me había enterado de nada. Estaba asustado ante la posibilidad de que alguien más se apareciera. Por fortuna, descubrí a Huang con rostro atónito. Lo había presenciado y memorizado todo. Al día siguiente, tras interminables explicaciones y análisis, terminé de entenderlo: la vida era muy complicada.

El Papa es un cachondo, cuenta unos chistes verdes que te partes.

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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