cuarentena

Nacimiento y muerte de un mesías (Cuarentena XII)

La pandemia había colonizado el mundo. No entendía de fronteras, razas, lenguas, credos o clases. No preguntaba antes de entrar en un organismo y reproducirse a su antojo. Tampoco se vestía con trajes llamativos, ni se perfumaba con esencias que pudiera detectar el olfato. Era como una espía de la CIA que se había enamorado de un agente de la KGB en plena guerra fría. Algunos lo llamaban el virus perfecto, obviando que la perfección es sólo un concepto. No existe tan siquiera una forma de mal absoluto. El ser humano sólo entiende de términos relativos, de comparaciones entre mejores y peores. Si la epidemia era de por sí devastadora, unida a otros virus, no necesariamente biológicos, podía ser incluso peor.

En uno de mis sueños, virus de distintos colores y formas chocaban con tal violencia que me hicieron despertar. La excitación se propulsaba por mis venas, dotándome de una potencia que creía haber vaciado en la adolescencia. Mi cabeza era un remolino de pensamientos. No tengo claro si fue a raíz de escuchar heavy metal satánico para relajarme o del trauma de un amor no correspondido de juventud, pero en el Viejo Mundo había desarrollado la habilidad de no retener una idea más de cinco segundos. Era una especie de incontinencia para la que no había pañales. Por algún extraño motivo, aquel día mis ideas se proyectaban como una película en un cine 3D. Entre agentes infecciosos microscópicos y otros macroscópicos, divisé un pensamiento de tal lucidez que estuvo a punto de cegarme: desayunar un par de huevos fritos con chorizo.

Los rayos del amanecer mostraron la destrucción y el caos que sumía al apartamento. Parecía la cochiquera de un cortijo abandonado. ¿En qué momento habíamos empezado a usar el fregadero de la cocina para ducharnos y el bidé para destilar pacharán casero? El aspecto nauseabundo del poyete me dio a entender que Huang se había estado viendo con el agaporni de la vecina a escondidas. Las lejas del frigorífico estaban repletas de papeles arrugados y libretas destartaladas. En ellos había tomado apuntes de las lecciones de Huang. Entre borrones y tachones, encontré nociones sobre los orígenes del homo sapiens, causas del Crac del 29 e instrucciones sobre cómo hacer una secuenciación de genoma casera. En el cajón destinado a la fruta y la verdura encontré una cuartilla con unas palabras escritas en mayúsculas: “destruir el virus”. Entonces me di cuenta que si la nevera estaba llena de hojas, los huevos y el chorizo debían estar en el armario.

Una vez desayunado, centré mis esfuerzos en el virus que debía buscar. Haciendo honor a la capacidad de respuesta de mi generación, lo primero que hice fue escribir la palabra virus en un buscador de internet. Un total de 1.450.000.000 entradas se alinearon frente a mí. Al pinchar la primera se desplegó un texto de un tamaño similar a las Páginas Amarillas de Albacete. Como no entendía qué era un nucleótido, el ADN o una célula, me decanté por la opción de un vídeo infantil. En un par de clicks más me puse a ver cómo dos luchadores mexicanos ataviados con máscaras fabricaban lejía y pulque de contrabando. De repente, un detalle asombroso dio al traste con mi plan: se habían descrito más de 5000 tipos de virus y se estimaba que podían existir alrededor de un millón. Sería una quimera encontrar el que me ocupaba, al no ser que éste hablara o le hubiera dado por llevar un cartel encima que dijera: “Hola mi amor, yo soy tu virus”.

Tras diez minutos de coraje y lucha, di por agotada la primera alternativa. La incertidumbre de no encontrar respuesta era insoportable. Así pues, aposté por el plan b: llamar al Papa de Roma para pedirle explicaciones sobre su aparición. Desde la gelateria de confianza de cardenales y obispos me advirtieron que para visitar al pontífice tendría que ir hasta el Vaticano de rodillas cantando ‘Alabaré a mi señor’. Al confesarle a Huang mis dos intentos por atrapar al virus, éste explotó: “Después de dos días dándote clases, no has entendido absolutamente nada. Mi cultura ancestral me ha dotado de paciencia infinita, pero esto es demasiado. Es un virus metafórico, necio, y estás consumido por él”. Acto seguido, se acicaló y se regó con su perfume favorito. Tomó un par de copas, la botella de ron y se fue a pasar el día con el agaporni de la vecina.

He de confesar que fue el momento de la cuarenta que más odié al loro. Había sido el responsable de acelerar mi espiral de destrucción. Supongo que la felicidad es no saber que tu camino no va a ningun lugar. Entonces, empecé a sospechar que detrás de su fachada bondadosa y tranquila, se encontraba la cara más descarnada del egoísmo. La depravación del sistema convertida en un juguete oriental. Sin embargo, ¿quién estaba libre de egoísmo? ¿Acaso no había sido egoísta el tipo que me vendió una mascarilla usada por 300€? ¿Mi ex llamándome Eric para no confundirse con su amante? ¿Mis padres que se habían ido a las Islas Caimán a pasar la cuarentena? ¿El cónsul desentendiéndose de sus queridos conciudadanos? ¿Mi cuadrilla? ¿Los cantantes y escritores inflando la burbuja del altruismo? ¿Los que se anestesiaban de la realidad? ¿Y yo? ¿No había comprado a un loro y lo tenía en régimen de esclavitud? ¿Cuántos días llevaba sin dar señales de vida en el trabajo? Entonces, tuve una visión: el egoísmo era el virus que debía derrotar.

A través de la ventana, miré al cielo y pedí una señal para confirmar mi intuición. De repente, las campanas de la iglesia repicaron desbocadas mientras la megafonía emitía un cántico celestial. Ya que aquella hora siempre sonaban las campanas, volví a mirar al cielo y pedí una nueva señal con más fuerza. Entonces, mi vecino Giusepino tocó la puerta en cueros. Una vez le entregué el puñado de sal de todos los sábados, pedí confirmación con los brazos abiertos. A los pocos segundos escuché unos sonidos muy desagradables que provenían de la ventana de enfrente. Huang y el agaporni estaban enredados en una danza de plumas que acabó en un grito espartano. No había lugar a dudas, había dado con el virus.

Recorrí la casa de punta a punta, mientras me tiraba de los pelos. La adrenalina se propagaba por cada poro de mi cuerpo. Repasé los principales acontecimientos de mi cuarentena: la parábola del niño y la televisión, el milagro de la vuelta de Internet a la vida, o el de multiplicar papeles por huevos y chorizos. En aquel momento recibí la llamada de mi madre, de quien me había convertido en su sexólogo, psiquiatra y asesor de apuestas de galgos. Antes de colgar, le pedí que me relatara el momento en qué me había parido: “Naciste en una de las cuadras de los abuelos, entre un burro ciego y una mula coja. Después, aparecieron tres pastores de Villa Pascuala, del oriente, que estaban a mitad de la trashumancia. Venían siguiendo un cordero que se les había extraviado”. Aunque sentí curiosidad, desistí preguntar sobre mi concebimiento. Hay detalles que uno no necesita conocer. Por algún extraño motivo, deduje que la civilización me había designado como su nuevo mesías.

Me despojé de mis vestiduras y me vestí con las cortinas del baño. Recorté una corona de cartón que pinté de amarillo y me puse en la cabeza. Tomé papel y boli y empecé a planificar mi estratagema. Contaría con doce apóstoles, que recogerían a todas las capas de la sociedad: una influencer humilde, un youtuber que pague impuestos, un rapero recién salido de la cárcel, un liberado sindical de la tauromaquía, una pitonisa sin laca, un terraplanista con graduado escolar, una community manager que ejerciera, un ecologista que apoyara la energía nuclear, una líder de la postverdad sobria, un poeta que hiciera poesía, una abogada sincera y un millonario con escrúpulos.

Cuando empecé a pensar en la vacuna que derrotaría al egoísmo, me sentí agotado y recordé que Jesucristo era de beber buen vino. Entre copa y copa, empecé a imaginar el Nuevo Mundo que crearíamos junto a mis seguidores. No haría falta trabajar, tampoco madrugar. Las resacas quedarían abolidas, se instauraría el amor libre en detrimento del derecho penal. Las cárceles se llenarían de rosas rojas y los presos tendrían que convivir en granjas vacunas. Todo el año sería carnaval y como única celebración religiosa se mantendría la venida de Papa Noel. Dentro de mi proyecto, sería designado líder absoluto, cuya misión sería la de regir los designios de la civilización. Viviría en el palacio de algún monarca europeo y contaría con una banda de música que flanquease todos mis movimientos. Se celebraría el día nacional del líder y se pagaría un diezmo en agradecimiento a su sabiduría.

En pleno éxtasis de borrachera divina, me asomé por la ventana y empecé a gritar que era el nuevo mesías que iba a traer la caída del Viejo Mundo y la proclamación del Nuevo Mundo. Ni las ratas que corrían la avenida se inmutaron. Me incorporé sobre el alféizar y me dispuse a andar sobre el aire. Antes de hacerlo recordé cómo había muerto uno de mis supuestos antecesores: crucificado, repudiado por judíos y romanos a la edad de treinta y tres años. También el mesías del fútbol rondaba aquella edad y le acaban de arrebatar su reino. Si era un nuevo mesías, me quedaban menos de tres años de vida. Entonces, me arranqué las cortinas del baño, rompí la corona y me metí en la cama como si nada hubiera ocurrido. Al poco rato entró Huang por la ventana tarareando ‘Something Stupid’ de Frank Sinatra. “El amor sí hace milagros”, pensé mientras derramaba una lágrima.

Y así fue como en pocas horas nació y murió la figura de un mesías que, por suerte, el mundo y los manicomios de la zona evitaron soportar sus impredecibles consecuencias. Entre tanto, la epidemia y el virus seguían campando a sus anchas.

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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