cuarentena

Campamento de supervivencia (Cuarentena XIII)

En cierto momento de la cuarentena, los pensamientos que revoloteaban en mi cabeza se paralizaron. Las preocupaciones desaparecieron y me centré de forma inconsciente en arrancar toda expectativa más allá de pasar el día. Aunque jamás me haya planteado leer libros sobre coach o autoayuda, ni haya practicado yoga o meditación, a buen seguro que mis fantasías podrían haber atrapado a algunas de las almas confusas que había alumbrado el confinamiento. Por desgracia, la competencia en el sector de la estupidez es despiadada. Opté por mejorar el método antes de que una multinacional me lo arrebatara y se dedicara a vender falsos remedios o a fabricar nuevos héroes de barro.

En aquel oasis de tranquilidad, empecé a rememorar algunos de los recuerdos más felices de mi más tierna infancia. Evoqué las tardes en que me escondía en un remolque lleno de sacos de aceituna. ¡Alguna vez estuve a punto de acabar triturado en la almazara! También mi exigua carrera como promesa del futbol, viendo todos los partidos desde el banquillo, pero animando como el que más. Tuvieron su momento las encarnizadas discusiones con la profesora de matemáticas a la edad de ocho años. La muy villana prefería inventarse los resultados antes que admitir que no sabía hacer multiplicaciones de dos cifras. Por suerte, en mí encontró un férreo adversario al que poco le importaba quedarse sin recreo con tal de dignificar el álgebra. Esta situación se convertiría en habitual durante mi época de estudiante, hasta que la Universidad me metió en una lista negra, prohibiéndome el acceso a cualquier recinto educativo.

Los días de campamento de verano también venían a mi cabeza. Debido a que era un niño de hueso ancho y que la venta de menores incurría en un vacío legal, mis padres tuvieron la bondad de apuntarme a un campamento para niños obesos. A pesar de que las actividades estaban más enfocadas a la formación de un escuadrón paramilitar que a hacer una dieta saludable, en aquellos días comprendí la importancia de la disciplina para la supervivencia. Como si fuera uno de aquellos sofocantes días, cargando de un tronco y atravesando zarzas sin rumbo, decidí que mi confinamiento se regiría por un estricto horario que optimizase tiempo y fuerzas. Habían terminado los días de despertar a merced de los rayos del sol, acostarse cuando la televisión lo dictase o comer sólo en caso de que el hambre o la ansiedad apremiasen.

Así pues, tomé un pedazo de papel, dibujé unos garabatos con rotuladores de colores y colgué mi nueva rutina sobre la pared. Nada más despertar haría cien flexiones y otras tantas abdominales, mientras mi respiración dejaba el cerebro en blanco. Quedaba terminantemente prohibido pasar el día en pijama o en calzoncillos, luciría camisa lisa y pantalones formales, aunque estaría permitido combinarlo con zapatillas de andar por casa o calcetines con motivos navideños. La higiene dejaba de ser un complemento opcional y usaría la botella repleta del perfume destinado a citas con perspectiva.

Después trabajaría un par de horas que debían rendir como una jornada laboral. En dicho tiempo, se limitaría las salidas a tomar café, distraerse con el último posado de Úrsula Corberó o ver vídeos de gatos checos bailando polka. Comería al medio día mientras la radio fotografiaba al mundo. A partir de ese momento, mi dieta se basaría en productos naturales y cocinados eficientes que permitieran comer una media de diez veces en cada guisado, como el potaje de habichuelas o la sopa de cebolla. Los alimentos procesados habían pasado a mejor vida y el alcohol sólo se admitiría los viernes a la noche y los domingos a primera hora.

Tras una siesta con fines terapéuticos, dedicaría la tarde a la contemplación universal. Retomaría la lectura de clásicos sobre el alféizar, mientras el sol doraba mi cara y brazos. La observación a través de la ventana se convertiría en herramienta fundamental para meditar sobre mí y los virus que asolaban al mundo. A pesar de mi patente falta de coordinación, el baile de danzas étnicas sería recomendado como actividad de esparcimiento. En días laborables, escogería una de cada continente y el fin de semana sería dedicado a los bailes modernos como el swing o el afrobeat. Nada más cenar, quedaría con Huang y discutiríamos conclusiones existencialistas. La esclavitud había sido abolida para el loro, ya que sólo necesitaba dos horas de su lealtad que me brindaría su dependencia alcohólica. Los reproches habían pasado a una mejor vida y si él me lo pedía, oficiaría con gusto cualquier rito de unión con el agaporni de la vecina.

En el nuevo régimen se había acabado las borracheras informativas. Las tertulias en las que participaban charlatanes —que eran la inmensa mayoría— serían sustituidas por documentales de la guerra de Vietnam o de tigres salvajes que cazaban a búfalos para servir de alimento para toda su manada. Sólo revisaría las redes sociales en dos franjas horarias por un máximo de una hora. Las notificaciones del móvil serían desactivadas y éste se desconectaría en los tiempos dedicados al trabajo, el debate o la relajación.  La dictadura tecnológica había dado paso a una democracia bananera.

Sobra decir que los primeros días en que apliqué el horario, éste fue reiteradamente incumplido. Pasar de ser campeón de la indisciplina y la dispersión de mi barrio a vivaquear en los campos del orden y la precisión llevaría su tiempo. Además sufrí los picotazos rabiosos de Huang, quien, aún dolido por mi falta de consideración y aptitudes, se mostraba reticente a cualquier tipo de actividad intelectual. Afortunadamente, supe esperar mi momento con paciencia. Lo ignoré y, tras una pelea con el agaporni a causa de su manifiesta infertilidad e incompatibilidad genética, en poco tiempo volvimos a ser uno.

Y así fue cómo mi cuarentena se convirtió en un campamento de supervivencia. Por desgracia, las certezas de una cuarentena son exiguas. Aunque quieras negarla, la incertidumbre te muestra que hoy puede ser totalmente distinto a mañana. A veces incluso, no te deja preverla y cuando quieres darte cuenta tienes el cuchillo en la garganta. En poco tiempo, pasaría de estar acampado en una ciudad remota a trasladar mi hoguera a otros rincones de variopinta naturaleza. Pero esa es otra historia.

Esta es mi cara después de un día de campamento… El día siguiente, lleno de agujetas, llenarían los lloros.

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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