cuarentena

Tormentas vienen del sur (Cuarentena XIV)

La cuarentena aminoró algunas de las actividades habituales del Viejo Mundo. Diversas formas de medir el tiempo dejaron de ocupar nuestro tiempo. Los relojeros y los fabricantes de almanaques, que no disfrutaban de una situación boyante, miraban el futuro de sus negocios con temor. Aunque gran parte del interés se basaba en buscar indicios que describieran cómo iba a ser el Nuevo Mundo, fueron días dispares para los que se dedicaban al oficio de adelantar el futuro.

A cada análisis, los economistas se desdecían y agravaban sus predicciones sobre desempleo, producto interior bruto, niveles de deuda o número de gorrinos que echarían a volar. Los más honestos sucumbieron en las trincheras de la complejidad y la globalidad, entregaron las armas que utilizaban en sus análisis y discretamente se transformaron en seguidores de Pitágoras, Sócrates o Lennon. Otros optaron por convertirse en héroes de barro y esperar a que su alcantarilla fuera cómoda y limpia. Los más resistentes fueron juzgados y condenados por los tribunales del Nuevo Mundo al haber contribuido a magnificar el desastre del viejo sistema.

En cambio, el gremio de astrólogos y tarotistas vivió sus mejores momentos desde la primera edición de Gran Hermano. Alojados en un páramo que la legalidad definía como fantasía, su burbuja comenzó a inflarse con consultas sobre si el vecino del balcón de enfrente se insinuaba en la hora de los aplausos, si se conservaría el sueño húmedo de ser esclavo de Zara y otras formas de suicidarse sin manchar la ropa. Mediante conocimientos ancestrales, los videntes interpretaban los caprichos de la baraja de naipes, ofrecían ungüentos de animales silvestres u olfateaban el movimiento de la basura espacial para ofrecer certezas del destino. Algunos de los videntes más prometedores fueron designados asesores del gobierno y otros se fugaron a las Islas Salomón o Antigua y Barbuda.

En el sosiego de mi rutina, me di cuenta que había dejado de revisar las predicciones del tiempo. Quizá producto de un hechizo maligno, en el Viejo Mundo desarrollé una obsesión por controlar no sólo la meteorología, sino todo lo que estuviera a mi acceso: cuántas calorías quemaba yendo del sofá a la cama, a qué ritmo debía leer para acabar la bibliografía de Corín Tellado en una semana o cuántos años de vida me quedarían comiendo palomitas untadas en salsa parmesana después de cenar. Seguramente el control genera seguridad y puede remediar males mayores, pero saber qué va a ocurrir a cada momento conlleva el riesgo de convertirte en un robot que ni siente ni padece.

Mientras leía un análisis sobre el plan secreto que estaban elaborando los pingüinos para dominar el mundo —esclavizando y sacrificando a tantos humanos como fuera necesario, ocupados estos en tareas más importantes—, comprobé que afuera estaba nevando. Miré por la ventana y vi cómo caían copos de nieve que se mezclaban con el alquitrán. El blanco cubría los techos de automóviles y autobuses que desafiaban la tormenta. Una capa luminosa envolvía el cielo. Perdí la noción del tiempo embelesado por el espectáculo, hasta que éste dio paso a una tromba generosa de agua. Recordé las veces que el parte había dado nieve, la ilusión por sacar los trineos y hacer muñecos, beber chocolate caliente y no tener que ir a clase o a trabajar, como en las películas. También rememoré los desengaños cuando finalmente caían cuatro copos. Habíamos sacrificado el poder de la sorpresa insignificante por un abrigo de bienestar.  

Huang se había despertado para observar a mi lado el milagro inesperado. “En Shanghái nieva dos o tres veces por año. Me acuerdo mucho de la fábrica donde nací y mi infancia”, dijo con un nudo en la garganta. Después, el loro señaló a las nubes que había en el fondo de la postal. Eran grisáceas y se movían paulatinamente hacia nuestra dirección. “Se avecina temporal. Son las tormentas que vienen del sur”, añadió haciéndose el interesante. Es probable que en su época de explorador, Huang hubiera desarrollado una especie de brújula interna. Sin embargo, no sólo la avenida y las nubes apuntaban hacia el sur.

En aquel periodo de la cuarentena, la pandemia había llegado a América del Sur. A los designios biológicos, se le unieron la pobreza y las graves carencias del sistema, situando a su cálida gente más cerca del borde de un abismo que conocían a la perfección. Haciendo cola en el supermercado y comprobando los primeros síntomas de desabastecimiento, evoqué mis cortos y felices días en Latinoamérica. De entre los mensajes que recibí, algunos provenían de Cuba, Brasil, Venezuela, México o Colombia. Su efecto en mi cuerpo tenía la misma vitalidad que un zumo de mango recién exprimido o la frescura de una papaya acabada de coger.

Algunos de las llamadas que más me estremecieron procedían de la música. Con Huang integrado al horario de campamento, una de las actividades que más disfrutábamos era bailar y cantar, especialmente ritmos latinos. Por aquello de la cercanía cultural, podía suplir mi torpeza con cierta gracia. En cambio, la sobriedad acentuaba los toscos movimientos del loro oriental. La vecina de enfrente, por su parte, no opinaba lo mismo y cerraba la persiana ante un show que no debía ser de su agrado. En aquella combinación de sudor y sabor, canciones que había escuchado mil veces cobraron un nuevo sentido. Era como si los sones tropicales hubieran derretido un tapón de cera en mis oídos. La tarde de la tormenta, el susurro de unas frases dulces atravesó mis sentidos.

Con el coraje de frente,
voy a ganar la batalla,
hecha de viento y de playa,
soy la ola que va a romper”.

El canto provenía de Puerto Rico y se hacía acompañar por percusiones vivaces y vientos desnudos. El apartamento de pronto se transformó en una suerte de selva impregnada de olor a tierra mojada, con playas de arena blanca a un lado y montañas abarrotadas por densa vegetación al otro. En plena alucinación, el reproductor de música seleccionó otra canción puertorriqueña. Tenía cadencias frenéticas, en el que la voz de un profeta encolerizado escupía verdad.

Mi estrategia es diferente: por la salida entro,
me infiltro en el sistema y exploto desde adentro.
Todo lo que les digo es como el Aikido,
uso a mi favor la fuerza del enemigo.
Ahora quítate el traje falda y camiseta
Despójate de prendas marcas etiquetas,
pa’ cambiar al mundo desnuda tu coraje

Yo que siempre había sido rockero, me había dejado poseer por el espíritu del reggaetón. Restregaba mi cuerpo contra el del loro, moviendo sin parar las caderas y nalgas en una especie de twerking. Sin salir de aquella tarde de tormenta, viajamos de Trujillo Alto a Montevideo, Caracas, El Hierro, La Habana, Medellín, Buenos Aires… En el apartamento tenía una toalla con la bandera de Canarias que colgamos en la ventana apuntando al sur, como un referente a medio camino entre el sur y el norte. Entonces, Huang me interrumpió: “Estos himnos son las tormentas que derribarán el virus”. Aunque me lo tomé a la ligera y sospeché que el loro había aprovechado un descuido para templarse, aquellas palabras aún resuenan en mi cabeza.

Y así fue cómo el confinamiento agotó algunas costumbres para dar paso a otras que se convertirían en imprescindibles en el Nuevo Mundo. Por lo general, la verdad es flexible y, de esta forma, los virus se propagan en mentes cerradas.

Primera canción: Ile – Contra Todo. Enlace youtube.
Segunda canción: Calle13 – Calma Pueblo. Enlace youtube.
Título inspirado por: Zoo – Corbelles. Enlace youtube.

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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