cuarentena

La calma tensa (Cuarentena XV)

Durante la cuarentena, convivimos en un ambiente de calma tensa que  regía cualquier movimiento. La tensión y la calma son conceptos relativos. Si el encontrar a un hombre vestido de rojo tratando de entrar por la chimenea en Nochebuena puede suponer una tierna anécdota para los niños, en los adultos puede desembocar en un futuro ingreso al manicomio o incluso en el suicidio. Dentro de esa ambigüedad interpretativa, tuvimos que aprender a detectar cuándo la atmósfera era una balsa de aceite o el ojo del huracán. La calma tensa es altamente inestable. Nunca se debe confiar en ella. Por instinto de supervivencia, obligaba a afilar los sentidos.

Tras una sesión de calistenia, meditaba en la ducha qué sería de mi futuro inmediato. Sin novedades del Consulado, el Gobierno anunciaba a bombo y platillo rescates de otros ciudadanos en varios rincones del mundo. Intrépidos turistas, que habían aprovechado las ofertas del comienzo de la epidemia, mandaban mensajes de desesperación varados en aeropuertos o en cuchitriles de incertidumbre. Erasmus que, a pesar de ser felices en su oasis de conocimiento y pizza precocinada, deseaban regresar para acallar la insistente preocupación de sus padres. La emergencia también puso el punto y final a la emigración de mucho talento, que no tuvo más remedio que volver para comenzar de nuevo.

Haciendo honor al arte nacional de conspirar sin tener idea, imaginé una agenda del Cónsul plena de jolgorio y desenfreno. Probablemente, el tipo andaría ocupado paseando en carrozas de lujo, asistiendo a pases de modelos que le dedicaban vivas y combates de boxeo entre aristócratas que se alternaban con orgías de cocodrilos. “Quizá pueda darme a la vida diplomática y después asaltar el Ministerio del Aire”, pensé por un instante. Acto seguido, sonó el teléfono. Dolido por haberme roto la fantasía, decidí ignorarlo. Sin embargo, el aparato volvió a insistir. Ante la disyuntiva, el espíritu de mi abuela me invadió. ¿Habría pasado algo grave? ¿Mi hermana habría sido devorada por sus niños salvajes o habría subastado a su marido, Christian Gottfried Daniel? ¿Mis padres habrían sido secuestrados en Islas Caimán, confundidos con algún magnate o mangante?

Salí de la ducha y corrí como alma que lleva el diablo. “Zagal, ¿qué marcha me llevas?”, escuché al descolgar. Antes de poder contestar, el Cónsul prosiguió con su verborrea: “Espero que me haigas hecho caso y hayas pillao munición y una pipa. No te via’ mentir, la cosa está mal na más, pero jincándote una botella de Amaro las cosas se ven regular”. En aquella ocasión, noté al Cónsul especialmente cansado. Entre palabra y palabra, tomaba una bocanada de aire que acompañaba con un silbido. Imaginaba a mi interlocutor sentado en su poltrona con la barriga chocando contra la mesa, sosteniendo un puro en una mano y un muslo de pavo caramelizado en la otra. “El Gobierno de nuestro país está tomado por incompetentes, masones, ateos y maricones en su mayoría. Aunque no haiga ni una miaja de deciencia, algunos lo amamos y luchamos. Llevo trabajando sin descanso semanas para idiotas como tú. He pedido helicópteros y misiles para sacaros de ahí, pero esos zánganos están con las mascarillas y los medicamentos. ¡Cojones es lo que hace falta!”, gritó violento. “Zagal, hazte a la idea de que vas a seguir ahí mucho tiempo. Si te interesa, tengo buena mano con los sicilianos. Al capo le llaman ‘il Mingafredda’. Es un bendito y le iría muy bien vendedores serios por las calles. Si te interesa, llámame que voy a pachas”. Antes de que pudiera preguntar de qué demonios estaba hablando, se despidió con un “Bacia la mano al padrone!”.

Descartado que mi futuro pasara por integrarme a una banda criminal o a la diplomacia patria, desperté a Huang. La adopción de un estilo de vida más tranquilo le había suavizado y abrillantado las plumas, aunque pasaba las noches en vela pensando en el agaporni de la vecina. Ante la posibilidad de prorrogar nuestra estancia, el loro mostró una alegría contenida. Continuábamos dilatando el momento de hablar acerca de planes de futuro y discutir si una vuelta a casa supondría separar nuestras vidas para siempre. La clásica táctica de dejar la bomba correr. Entonces, Huang me propuso que quizá fuera momento de hacer algo útil por la comunidad en la que vivíamos, empezando por integrarnos.

En la transición entre el Viejo y el Nuevo Mundo, se lanzaron multitud de propuestas de cooperación y redes de apoyo. Desde personas que hacían los recados a sus vecinos más ancianos hasta la preparación de cestas de alimentos para los más desfavorecidos, pasando por ingenieros que fabricaban equipo sanitario sin descanso con sus impresoras 3D. De alguna forma, quise que ese tipo de iniciativas se instauraran en el palacio en el que residíamos. Para romper el hielo, propuse a una red de intercambio de libros. Precisamente, era el día del Dantedì, una ocurrencia del Gobierno para conmemorar el nacimiento del escritor toscano. Así pues, pensé que raro sería que entre cinco italianos no hubiera una réplica de la Divina comedia, la obra maestra de la literatura nacional. Tras una hora de espera se constató la peor de las previsiones: no sólo no había ni un tomo, sino que la mayor expresión literaria se reducía al menú de la pizzería Montalbano, donde los platos estaban inspirados en el célebre comisario creado por Camilleri.

A cambio, logré una lista de contactos con todas las actividades que se hacían en la ciudad, dentro y fuera de los cauces legales que establecían los decretos de emergencia. En la lista figuraba la posibilidad de encargar flores, ordenar un asesinato a mitad de precio o solicitar que un párroco oficiara misa en casa, con los sacramentos incluidos en el transporte. Entre las propuestas, encontré la de una librería infantil que repartía a domicilio. A pesar de que su stock se basaba en cuentos y novelas ilustradas, me llamó la atención Io e Mao, un libro infantil sobre el líder de la revolución china. Cuando Huang lo vio, comenzó a silbar eufórico y exigió su compra con cierto aire autoritario.

A la media hora, dos hermosas mujeres se presentaron en casa con el libro. Ambas tenían un aspecto similar: rostro liso, camisa de franjas blancas y negras, pantalones vaqueros y una generosa cabellera de pelo rizado. Tan sólo se diferenciaban en el color de los ojos: una azules esmeralda y la otra azules turquesa. Los movimientos de mi cuerpo me advirtieron de que llevaba demasiado tiempo hablando con un loro de juguete. Como no quería regresar a casa, empecé a sacar temas de conversación infalibles: las casas colgantes de la ciudad de Cuenca, el apareamiento de los vencejos o el dulce sabor de los higos maduros. Las muchachas se miraron incómodas y, una vez hice el pago, se metieron en el coche y desaparecieron a toda velocidad de mi vista.

Decepcionado por el fracaso de tejer alguna red de apoyo, me centré en la lectura del cuento sobre Mao. Huang, desatado por su conocimiento y pasión sobre el tema, ampliaba algunas de las anécdotas sobre el llamado sol rojo en el centro de nuestros corazones y el salvador del pueblo. En cierta forma, la existencia de millones de loros idénticos e inanimados era el culmen de las ideas de la revolución china. A mitad de lectura, un mensaje llegó a mi móvil. Las chicas de la librería infantil proponían la lectura de un cuento para una asociación infantil que se reunía telemáticamente. Inmediatamente, Huang y yo nos pusimos a la tarea de inventar uno. Escribimos la historia de un niño que, junto a sus amigas arañas, tejía una red tan grande y resistente que permitía a todos sus amigos andar por encima de las nubes. Para hacer más creíble nuestra narración, Huang se disfrazó de araña y yo me caractericé como un niño. Aunque no supimos si nuestro público entendió algo, aparentemente ninguno quedó traumatizado. Las chicas de la librería quedaron gratamente sorprendidas y nos animaron a repetir la experiencia con ancianos que pasaban la cuarentena en soledad.

Y así fue como tejimos nuestra propia red en medio de la calma tensa. Sin embargo, muy pronto descubriríamos que estábamos en medio del ojo de un huracán que nos arrastraría si no estábamos preparados.

La calma tensa que precede al huracán

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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