cuarentena

Los designios de un sistema voraz (Cuarentena XVI)

Tiempo después, descubrí que la cuarentena se comportaba como una de esas profesoras que se quedan grabadas por siempre en la memoria. Jamás se olvida la maestra que enseña a distinguir derecha e izquierda, leer un reloj o cómo hilar vocal y consonante. En ocasiones, la clave no reside en el conocimiento de la maestra, sino en cómo ésta es capaz de guiar al alumno hacia la verdad. Aunque sea necesario más tiempo y dolor, un fracaso interiorizado es preferible a una victoria indolente. La cuarentena ofrecía de forma generosa y paciente un amplio abanico de lecciones, dando a elegir si tomarlas u obviarlas. En el segundo caso, si el saber era vital, ofrecía más oportunidades. El día en que la calma tensa dio paso al huracán, grabé con fuego una de sus leyes: hoy es hoy y mañana ya veremos.

Emocionado aún por la red que habíamos comenzado a tejer, en mi cabeza rondaban multitud de proyectos para extenderla. La raja que atravesaba mis vaqueros me animó a organizar una red de ancianas que desempolvara las máquinas de coser para remendar pantalones y zapatillas. No sólo fantaseaba con ancianas costureras, sino con desempleados que arreglaran aparatos electrónicos. La época de comprar un objeto nuevo cuando el viejo fallara iba a pasar a la historia. El corazón se disparaba y la emoción llenaba mis lagrimales. En medio de mi alucinación de restauradores del Viejo Mundo, sonó mi teléfono.

Zagal, ¿qué marcha me llevas?”, saludó vivaz el Cónsul. “Hoy me he levantado tan esplendoroso como cuando doña María del Pilar Bahamonde parió al Caudillo. He cogido el caballo y una carabina y he marchado victorioso al consulado silbando el himno patrio cara al sol. Me han llamado esos usurpadores y ratas del gobierno. Tenemos novedades para las sabandijas que aún quedáis por aquí. El martes hay un avión pa’ Madriz”, reveló con un tono misterioso, aprovechando para templar el gaznate con orujo. “Sois un chorrión y no me gustaría esparcir por ahí más escoria de la necesaria. No te creas que esto de la diplomacia es fácil. Últimamente tengo que atender a timbas de póker y, aunque esta sea tierra de buenos vicios, no son baratos. Así que, zagal, como esto es una operación secreta de rescate, mis gestiones hacen 300€. ¿Truco o trato?” Aquella parecía una escena más propia de una serie de mafiosos de medio pelo que de una repatriación en medio de una pandemia. Sin pensármelo dos veces, contesté firme. “Lo siento, señor Cónsul. Es usted muy amable, pero tengo que consultarlo con mi loro de juguete”. Antes de que pudiera terminar la frase, el diplomático colgó de un golpe seco.

Más allá de la respuesta, no estaba dispuesto a ser víctima de una extorsión oficial. A los pocos segundos, Daría, compañera de la oficina de Roma, me envió toda la información que el Cónsul acababa de tildar de secreta. El rescate estaba organizado por Air Manguing, aerolínea que jamás había oído nombrar. El billete costaba 500€. Tras una meticulosa labor de espionaje, consistente en introducir el nombre de la empresa en un buscador, disfruté del álbum de fotos personal del CEO de la compañía. Había celebrado su 58 cumpleaños en Dubái junto al resto de empleados, incendiando las discotecas y hoteles más exclusivos de la capital. Un batallón de chimpancés bailarines escoltaban la expedición y el broche final lo había puesto un concierto privado de José Luis Rodríguez ‘el Puma’. Al parecer, la aerolínea se dedicaba a trasladar a famosos y multimillonarios, con un servicio exclusivo de jacuzzi lleno de champagne a bordo.

Donde no había llegado la voluntad del hombre, lo había hecho el altruismo empresarial que se solidarizaba con la desgracia y la emergencia. Aunque era probable que si no salía me quedaría definitivamente atrapado, decidí que no sería cómplice de la usura moral y económica. Sobreviviría y seguiría tejiendo redes de apoyo con mis compañeras hasta derrotar a todos y cada uno de los virus. Entonces, puse a todo volumen el himno revolucionario que había popularizado el mainstream, y entoné a pleno pulmón lo de “E se io muoio da partigiano, O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao…” Mis berridos despertaron a Huang. Al contarle el heroico plan frente al sistema, éste se posó sobre mi cara y me reprendió a base de picotazos. Seguidamente, apostilló con uno de sus proverbios chinos “Antes de iniciar la labor de cambiar el mundo, da tres vueltas por tu propia casa”. Al no entenderlo, Huang tuvo la amabilidad de traducírmelo: “Vuelve a casa, merluzo”.

En ocasiones, la lucha y la determinación no son suficientes para redoblar a un sistema bien armado. A la insistencia de Huang, se le unieron las de algunos miembros de la cuadrilla, las monjas carmelitas con las que solía bailar zumba, los parroquianos del canódromo y los del taller de cocina con microondas. Hasta mis padres, desde las Islas Caimán, se enteraron y me llenaron el buzón con miles de mensajes para que volviera. Ellos también tanteaban la opción de volver a casa y jugaron la carta infalible del chantaje emocional con promesas de volver a ser una familia feliz. Entre otros motivos, la llamada del amor filial apuntaba al tedio de beber cócteles en la playa hasta perder la consciencia, haber terminado las páginas del Kamasutra o a la alerta de su asesor fiscal, quien había visto recortado su margen para mangonear las cuentas de la familia. Además, el paraíso fiscal de Islas Caimán era un continuo trasiego de nobles empresarios que ponían a recaudo los superávits de sus negocios, después de haber vaciado a conciencia la caja mientras solicitaban al Estado ayuda para pagar a sus trabajadores.

 Así pues, no tuve más remedio que aceptar que mis días en el apartamento de la resistencia acababan de llegar a su fin. El sueño de hacer la revolución bailando reggaetón debía reconstruirse en otro lado. Pocos minutos después de comprar los billetes, recibí la llamada del Cónsul. En un arrebato de valentía, bloqueé su número. Enfurecido por la actitud de la diplomacia de mi país, empecé a redactar un artículo que enviaría a todos los medios de comunicación, hilos en redes sociales y un cartel que colgaría en el palacio denunciado la injusticia. El mundo debía saber que era un mártir del sistema y unirse para poder enfrentarlo. Sin embargo, mis lamentos no obtuvieron apenas repercusión entre seguidores y amigos. Parecían que éstas no hubieran salido nunca de mi ordenador. ¿Caprichos de los algoritmos o el mundo estaba demasiado ocupado viendo vídeos de médicos gritando enfurecidos y policías persiguiendo tiranosaurios?

Mientras cavilaba, alguien tocó a la puerta. Aunque no era sábado, supuse era Giusepino en cueros en plena enajenación transitoria o Francesca que amenazaba con lanzar mis calzoncillos de Peter Pan por la ventana. Al abrir, descubrí un señor que jamás había visto. Sonreía y tenía un gesto relajado. Por su aspecto elegante y el maletín que portaba, deduje que se trataba de un testigo de Jehová al que su religión no le daba descanso ni en pandemia. “Mi dispia’. Sono ocupatissimo. Ciao, ciao”, le contesté fingiendo ser cordial tratando de cerrar la puerta. Sin embargo, éste lo impidió con una patada. “Li prego di scusarmi. Sono amico del Console. Mi dice che adesso non sono 300, sono 500 a testa. Dai!”, dijo con voz firme, mientras hacía amago de portar un arma en el maletín. Miré a Huang y éste me señaló con la mirada la caja de galletas donde guardábamos el dinero en efectivo. Teníamos poco más de lo que solicitaba nuestro invitado. Mis manos temblaban al entregarle todos los ahorros que me quedaban. “Bravo. Il Console sarà molto felice. Buona giornata, caro mio”, se despidió de forma educada y dejó una copia de la edición de los testigos de Jehová de la Biblia sobre la mesa antes de partir.

Y así fue como aprendí que los colmillos del sistema del Viejo Mundo eran tan largos que las puntas se extendían hasta las calles y que éste tenía una voracidad que no conocía límites. Por suerte, el Nuevo Mundo pondría al sistema a dieta.

El Cónsul me comió con torreznos y una bota de vino

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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