cuarentena

La huida del cerdo (Cuarentena XVII)

El cerdo es uno de los animales con mayor capacidad de adaptación. Si las condiciones le brindan más horas de luz, tiende a comer más. En cambio, si la oscuridad crece, entonces el marrano dedicará más tiempo a dormir. Por el contrario, el ser humano se define como un animal de costumbres. Da igual que haga sol o nieve, que las calles ardan o las montañas hablen, que el banquero invierta tus ahorros en su tercer yate, que la televisión retrasmita una partida de curling o escenas con niños muriendo de hambre, porque la prioridad del hombre será que su pequeño mundo no cambie. Sin pedir nada, el Viejo Mundo había sacrificado la capacidad de adaptación. Precisamente, el día que emprendí la huida, maldije mi condición humana y anhelé la capacidad porcina.

El primer pensamiento que me vino al organizar el viaje de regreso fue un hermoso cerdo paseando por la dehesa. Algunos de los productos más típicos de la región provenían de él: la pancetta, la sopressata —un salami rústico—  y la ‘Nduja —una especie de sobrasada picante, que generaba una dependencia similar a la de una droga—. Era un pecado imperdonable dejar el sur de Italia sin la maleta llena de aquellas exquisiteces. Escribí a mis vecinos por si alguno se apiadaba de mí. Al parecer, todos habían hecho tal cantidad de acopio que no tenían previsto regresar al mercado en años.

Mientras salivaba y mis ensoñaciones se embadurnaban en una noble capa de grasa, Huang accedió a buscar alternativas para viajar hasta Roma. Si el sur de Italia era de por sí una región aislada, la pandemia levantó muros que la hacían infranqueable. Antiguamente, en el mejor de los casos, el trayecto hasta la capital demoraba unas siete u ocho horas en transporte público. En tiempos de confinamiento, ante un eventual retraso, la expedición podía implicar tener que pernoctar en una estación fantasma o perder el avión de vuelta que casi me había arruinado. A todo ello, habría que sumar los impredecibles controles de los carabinieri, una ruleta rusa cuya bala apuntaba entre bailar ‘La Macarena’ en medio de una carretera secundaria o una noche en la celda de un afable delincuente. En pocos minutos, el loro lo tuvo claro: “Coge el avión de mañana a primera hora y pídele a Daría quedarte en su casa un par de noches”.

No había otra alternativa. Llamé a Daría y ésta, aun conocernos de un par de fiestas de la empresa en lamentables condiciones, se mostró eufórica ante mi llegada improvisada. Seguidamente, preguntó por la salud de mis riñones e hígado y menciónó redes que los transportaban hasta Singapur por una buena suma. La cuarentena era un proceso tan personal que el momento de Daría podía ser consecuencia de las secuelas del visionado de un reality de traficantes de órganos o de la emoción por volver a casa. En cualquier caso, prestaría especial atención a mis órganos.

Programar aquella huida supuso debatir el destino de Huang. Haciendo gala de su carácter oriental, se inclinó por no ser un estorbo. Lo único que pidió era no devolverlo al bazar donde semanas antes lo había comprado. “Me ganaré la vida vagando por las calles, piropeando a las señoras mayores a cambio de una moneda y alimentándome de los contenedores hasta que encuentre un nuevo hogar”. Tenía tantas cosas que pensar y organizar en tan poco tiempo, que le respondí cortante. “Si quieres venirte conmigo, vente, pero deja de dar pena”. Entonces, Huang escapó por la ventana y temí que aquellas palabras sin tacto hubieran significado el punto y final a nuestra relación.

En el Viejo Mundo desarrollé más defectos que virtudes. Una de las habilidades de las que más me sentía orgulloso era la de preparar la maleta en un suspiro. En apenas veinte minutos tenía empacadas todas mis pertenencias en una mochila y una maleta. A la par que vaciaba el armario, llamé a mi jefe para comunicarle mi partida. Lejos de sorprenderse, aprobó mis intenciones con un “Mo, ma con Internet, cazzo importa do’stai!” A continuación pronunció unas palabras que jamás he olvidado. “Lavoriamo perché non abbiamo niente di più importante da fare”, adaptando la mítica cita de Oscar Wilde al estilo tarantino. No sólo admiraba la concepción de trabajar como hobby, sino que mi patrón no tuviera la ambición de dominar el mundo esclavizando a sus súbditos.

Con la casa recogida y la alarma fijada para el amanecer, me disponía a dormir por última vez en el palacio cuando apareció Albertina. Mi casera no quería que me fuera sin despedirse y sin firmar la montaña de documentos que rescindían el contrato de alquiler. Aunque aquella señora tenía el dinero por castigo, proseguía su encierro con una televisión rota. La escasez tiene la extraña virtud de afectar por igual a ricos y pobres. Albertina contaba que pasaba horas frente a la pantalla apagada imaginando la filmografía de Fellini. Una a una repasó todas las películas del cineasta emiliano, incluyendo dramatizaciones y diálogos. Permanecí callado. Llevaba años recorriendo el país y apenas conocía a sus figuras artísticas. Pasada la medianoche, asumí que aquello iba para largo. Entonces, la casera descorchó una botella de vino que guardaba en el bolso y pidió un poco de pan. Cuando regresé, encontré dos paquetes generosos de ‘Nduja que enseguida comenzamos a devorar.

La vitalidad de la voz de aquella señora contrastaba con las arrugas que poblaban su frente y el cansancio de sus ojeras. Albertina dirigió la conversación hacia el reciente ataque de corazón de su marido, cuya hospitalización aprovechó para surtirse de mascarillas, puesto que era imposible encontrarlas en la farmacia. Con la boca ardiendo tras consumir el primer paquete de sobrasada, la casera se lamentó por los pisos que la pandemia le había dejado a medio construir y la de inquilinos como yo que estaban teniendo que marchar de sus inmuebles. Al terminar el vino, me preguntó qué pensaba de todo. “Invece di arricchirti con l’affitto di appartamenti, al posto tuo farei qualcosa di più utile, come fare mascherine”, dije con una sinceridad impulsada por el alcohol. Temiendo una dura reprimenda, Albertina asintió en silencio y sacó los papeles que debíamos firmar. Para mi sorpresa, perdonó la indemnización y me devolvió la parte que no había disfrutado. Ese era el único dinero que me quedaba.

En nuestra despedida, tuve la sensación de que la burbuja de Albertina se acababa de pinchar. No fue el único propietario que durante la emergencia tuvo que cambiar de fuente de ingresos. El subir siempre el precio del arriendo, acumular multitud de propiedades u optar por el alquiler turístico fueron prácticas que quedaron en el Viejo Mundo. Sin televisión, la dueña del palacio cogió su máquina de coser y se puso a fabricar mascarillas. Junto a una red de jubiladas, logró abastecer a medio sur de Italia. En el Nuevo Mundo, la fundación Albertina Rizzoli se dedica activamente a ayudar a los colectivos desfavorecidos y la reinserción social, manteniendo a raya los cantos de sirena de la mafia.

Cuando dejé de oír el coche de Albertina, sonó el despertador. No había noticias de Huang. No había dormido y debía apresurarme para dirigirme al aeropuerto. Me abroché la mochila desafiando las leyes del equilibrio y la ebriedad. Habitualmente, no me gusta sentir nostalgia de los lugares que dejo atrás. En aquella ocasión sentí que parte de mí se quedaba en aquel edificio. Cuando abrí la puerta, encontré una caja llena de productos típicos. Además de ‘Nduja, había sopressata, pancetta y otros embutidos, así como una nota firmada por Giusepino, Francesca, Daniele, Alessia y Gigi. Los productos estaban envueltos en un plástico de burbujas que reventé con el deseo de que las burbujas donde habíamos vivido aislados no volvieran a inflarse.

Y así, con medio cerdo dentro de la maleta, fue como empezó mi huida. Una huida que, a pesar de las incertidumbres y los despropósitos que encontraría, tenía un destino claro: el Nuevo Mundo.

Cerdo noble el cual dio su vida para que comiéramos ‘Nduja.

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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