cuarentena

Viaje hacia el Nuevo Mundo (Cuarentena XVIII)

Viajar debe tener un poder más allá del acto físico de transportar personas. Constata la insignificancia propia y la del entorno. Introduce en la mente otras formas de vida y confronta la propia. Algunas de las utopías más influyentes de la historia nacieron en el transcurso de un viaje, porque la utopía es imposible sin movimiento. Algunos sostienen que la ignorancia se cura viajando. Sin embargo, como cualquier medicamento en manos equivocadas, éste puede producir efectos secundarios o adversos. En el tránsito hacia el Nuevo Mundo, viajar dejó de ser uno de los virus que estaban consumiendo al planeta.

Quizá a causa de alguna rencilla en una vida anterior o un trauma infantil, pero los taxistas despertaban en mí un recelo instintivo. Era entrar en el taxi y me empezaba a picar la piel, la garganta se secaba y el aire apenas pasaba a los pulmones. Sin embargo, el taxista que me condujo hacia el aeropuerto me cortó de raíz los prejuicios. El joven escuchaba ópera a un volumen razonable, respetaba las normas de circulación y se dirigía hacia mí de una forma sosegada. Al no tener guantes o mascarillas, intenté granjearme su amistad para conseguir el material y evitar futuros problemas. Dirigí mis primeros intentos hacia temas neutros como el patinaje artístico sobre hielo, las influencias en el pensamiento de Kant o la política monetaria de Burundi, pero el conductor no entraba al trapo. Daba la impresión de ser una persona extremadamente precavida. Así pues, me decanté por un estridente “Ou, caro mio! Come stai? Tutto bene?” Entonces, mi interlocutor comenzó una disertación sobre el lenguaje que los volcanes utilizan para comunicarse con la naturaleza. Mientras yo asentía sin parar, él argumentaba que el Etna le había anticipado la pandemia a mediados de septiembre, pero que prefirió no decir nada porque su cuñado era dueño de una farmacia. Al llegar, no sólo me proveyó de guantes y mascarillas, sino que me regaló una copia de un cassette que él mismo había grabado para aprender idioma vulcano.

El aeropuerto estaba completamente vacío. Las pantallas sólo anunciaban la salida de mi vuelo hacia Roma. La terminal, que un sábado de abril debía albergar colas para destinos de sol y playa, era el reflejo del colapso del Viejo Mundo. Las luces de las ventanillas estaban apagadas. Las persianas de los negocios echadas. A falta de viajeros, tan sólo una modesta cafetería ofrecía capuccino con cornetto a los trabajadores del aeropuerto. En la barra pude disfrutar de la bollería industrial sin gruñir ni darme codazos con nadie. Cuando terminaba de engullirlo, un carabinieri se acercó por mi espalda. Al ver al tipo uniformado y con pistola en el cinto, temblé al pensar que me acusaría por traficante o terrorista. El oficial se presentó y pidió una documentación cuya existencia ignoraba. Amablemente, fue a buscar un formulario vacío para que lo cumplimentara en el acto. Mientras escribía mis datos, el agente se tomó la libertad de quitarme los zapatos y masajearme los pies silbando ‘Las Cuatro Estaciones’. Al despedirse sonriente, empecé a pensar que algo raro debía estar sucediendo.

Un día sin noticias de Huang fue suficiente como para echarle de menos. ¿Qué le había hecho enfadar tanto como para abandonarme? ¿Qué se daría antes a la bebida o al bandolerismo? Sin decantarme por ninguna opción, asumí que debía haber hecho las paces con el agaporni de la vecina y, conociéndole, estarían en trámites de adoptar algún polluelo tailandés. Cuando pasé por el escáner del control, la agente de seguridad me advirtió que mi mochila contenía un animal. Incrédulo, imaginé que sería el típico truco para confiscarme los embutidos que Albertina y mis compañeros del palacio me habían regalado. Sin embargo, al revisar el equipaje, la mujer extrajo un loro de juguete con plumaje verde, que contrastaba con el azul de Huang. Acto seguido me miró divertida y volvió a guardar el juguete como si nada hubiera pasado.

Apenas éramos una decena de personas las que pasamos el control de seguridad. Llamaba especialmente la atención un grupo de tres jóvenes de tez muy morena, cubiertos de tatuajes, piercings y que hablaban en uno de los dialectos incomprensibles de la región. Al pasar mi documentación por el control final, cayó un libro de la mochila. En él guardaba mi dinero, que quedó esparcido por el suelo. Mientras lo recogía apresuradamente, el grupo de jóvenes cuchicheaba sin quitarme ojo. Cuando terminé la inspección, busqué los baños para revisar quién era el loro que llevaba a mis espaldas y buscar un escondrijo para mis ahorros. Detrás de mí, el grupo aceleró el paso hacia mi posición. Una vez encerrado, los jóvenes tocaron a la puerta. Mi único plan de defensa consistía en encender un loro de juguete y esperar a que éste supiera artes marciales. Sin embargo, no reaccionó. Resignado, abrí la puerta con las manos levantadas hacia arriba y empuñando un calzoncillo blanco en son de paz. Al verme, los desconocidos se miraron extrañados y me devolvieron un billete que había dejado olvidado. Seguidamente interpretaron un cántico góspel a forma de despedida. Cuando los perdí de vista, el loro gritó: “No eres más tonto, porque no te entrenas”, lo cual, aun el bochornoso suceso, quise responder con un abrazo entre lágrimas. Al preguntar si se trataba de Huang, el loro me contó que se había tintado las plumas porque su especie era mal vista en aduanas por ser utilizada frecuentemente para el contrabando. Para asegurarme, le comenté que el gobierno chino había creado en un laboratorio el virus que después se había convertido en pandemia. A los pocos segundos, éste voló hacia mi cabeza y me propinó una serie de picotazos, que despejaron cualquier duda.

Con la pila agotada, el loro se apagó. Así pues, me dirigí hacia el único kiosko que había en la terminal. Estaba totalmente desértico. El tendero comentaba que durante aquella semana sólo había vendido algún paquete de chicles, revistas sobre homeopatía y varias copias de un libro que explicaba cómo hacerse millonario tumbado en el sofá de casa. Además de pilas, le pedí que me recomendara una lectura. Mientras la megafonía anunciaba la última llamada para embarcar, el afable comerciante escogió una biografía sobre Federico Fellini —el cineasta favorito de Albertina y del cual sólo conocía el nombre—. Apresuradamente, el hombre se despidió con una cita del artista emiliano: “L’unico vero realista è il visionario”.

En el avión se respiraba un ambiente de calma. Los pasajeros respetaban las colas, no hubo las clásicas disputas por entrar o salir antes y las azafatas daban la impresión de ser humanas. Nunca pensé que en un avión encontraría los cimientos del Nuevo Mundo. Desde la ventana observé características inversas a las que tradicionalmente distinguían a los enclaves del sur de Italia: Pompeya o el Coliseo sin turistas, el Vesubio escoltado por nubes limpias, la serenidad que envolvía a Nápoles y la armonía de Roma. Al aterrizar, Huang y yo tomamos el tren para dirigirnos a casa de Daría, situada en el centro de la capital. Las avenidas que habitualmente estaban atestadas de tráfico, habían dado paso a un silencio sólo interrumpido por las idas y venidas de las ambulancias. El tranvía podía avanzar sin ser bloqueado por la circulación. Los restaurantes que abarrotaban los romanos  permanecían cerrados con carteles en la puerta que invitaban a quedarse en casa. No había rastro de turistas por las calles y los principales monumentos reflexionaban sobre la soledad. Antes de llegar a casa de Daría, compré una botella de vino para celebrar que, aparte de la gravedad sanitaria y social, algo bueno se atisbaba en el horizonte.

Y así fue cómo terminé la primera parte del viaje de regreso a casa. La paciencia y la solidaridad que había visto con mis propios ojos pronto se derruirían y serían pasto de la inestabilidad de los tiempos. Los virus que asolaban al Viejo Mundo todavía estaban lejos de sanar.

Un necio creyendo en el Nuevo Mundo

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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