cuarentena

La teoría de la uniformización (Cuarentena XIX)

En el Viejo Mundo comenzó a fraguarse un proceso silencioso: la uniformización. Si la biología señalaba un origen común a todos los seres vivos, el ser humano había desarrollado las bases de un sistema que inevitablemente nos haría converger en el mismo punto. A pesar de vivir en burbujas aparentemente aisladas, en algún momento habíamos interiorizado la idea de realizarnos, alcanzar la felicidad y que éramos únicos y especiales. Mientras tanto, en el bolsillo guardábamos el último modelo del iPhone, bailábamos el ‘Despacito’ —aunque nos esforzáramos en repetir que en realidad éramos de jazz y música clásica—, vestíamos pantalones vaqueros made in Bagladesh  y la emisión de los capítulos de Juego de Tronos paralizaba el planeta. Los días que fui okupa de casa de Daría, descubrí que la cuarentena había acelerado la evolución hacia la uniformidad.

Al igual que yo, mi compañera trabajaba en el extranjero seducida por la promesa de prosperar en el Viejo Mundo hasta que algún día pudiera reposar sobre una hamaca con los huesos molidos. Estaba destinada en la delegación de la capital cuando el confinamiento le sorprendió, antes de plantearse tan siquiera volver a casa. Vivía sola en un apartamento del barrio romano de moda, San Lorenzo. Al ponerse el sol, la zona solía convertirse en un trasiego de jóvenes, trasnochados y otros seres que se creían en posesión de una mezcla entre el don de la inmortalidad y el de la lucidez. Después de dejar mis bultos y saludar efusivamente con el codo a Daría, me asomé a su pequeño balcón. Desde allí se podía observar un inmenso conglomerado de viviendas, banderas nacionales, ropa tendida y grúas paralizadas en el tiempo. Aguardé varios minutos escuchando el silencio más atronador que jamás había podido disfrutar. En aquellos momento, la ilusión y la angustia se habían agotado dando paso a una indiferencia que acompañaría la larga y anunciada decadencia.

Como si acabaran de soltarnos de un largo cautiverio, el vino y la conversación no conseguían apagar nuestra sed. Durante su mes de encierro, Daría había experimentado el estrés social, se había refugiado en el altruismo cultural y desintoxicado de la anestesia voluntaria. Una vez que su burbuja había explotado, se debatía entre recoger los pedazos o reciclarlos y construir una nueva. Aunque desconocía si de niña mi compañera había estado en algún campamento de verano estrafalario, la casa estaba impecable y la cuarentena la había hecho sumamente disciplinada. Con unas semanas de práctica de yoga, podía enroscarse en Marichyasana y estaba cerca de levitar. Junto a algunas compañeras, había tejido una red con la que conversaban a distancia con ancianos que vivían solos. A diferencia de mí, a Daría no le había visitado el Papa. Viendo un videoclip de Rosalía, Mahatma Ghandi se había aparecido entre el grupo de bailarinas, ataviado con gafas polarizadas, cadenas y un chándal de blanco marfil para conversar acerca de la humanidad. En su aparición, le reveló que: “En el pensamiento se encuentra la mayor enfermedad, bitch. Hay mucho goofy gucci que hay que darle con la chambea. Voy to’ flexy!

Cuando Daría sacó su colección de botellas, mi mochila empezó a revolverse. El olor a amaro o a limoncello debió despertar la sed de Huang. Disimuladamente, me acerqué hasta él y le arranqué la pila. Mientras degustábamos los licores, debatimos sobre los cimientos que debían levantar el Nuevo Mundo o los entresijos de la generación desheredada a la que pertenecíamos. Entonces, Daría comenzó a emitir tenues gestos de nerviosismo. Se atusaba el pelo formando remolinos de geometría indescriptible. Pronunciaba la u con un tono sumamente agudo. Cada tres minutos, se incorporaba para hacer sentadillas e iba hasta el cuarto de baño a lavarse las manos y ajustarse el peinado. Cuando me preguntaba si aquello se trataba de algún tipo de ritual de seducción de otra época, mi anfitriona empezó a perder el hilo de la conversación, incorporando el asunto de la salud de mis riñones e hígado. “No deberías beber tanto si queremos sacar una buena suma por tus vísceras”, dijo mientras me arrebataba la copa para bebérsela.

Cuando quise dirigirme hacia el aseo, Daría se levantó como una exhalación y me pidió que esperara a que terminara de limpiarlo. Entre tanto, mi mochila seguía tambaleándose. Huang tenía tal ímpetu que no necesitaba pila, cosa que me inquietó. Al acercarme para pedirle que se estuviera quieto, dijo con desesperación: “Vámonos de aquí, esta casa no es segura. Dormiremos bajo un puente del Tevere o pediremos asilo en un convento, ¡pero vámonos!” En ese momento, escuché a Daria gritar desde su habitación. Me acerqué asustado, temiendo encontrar un laboratorio con órganos humanos, un quirófano casero o el cadáver de un huésped anterior. Entonces, una extraña presencia sobrevoló mi cabeza a toda velocidad hacia la entrada. Se trataba de un loro con pelaje azul y amarillo. Al llegar a la posición de mi mochila, éste reprendió con sus alas a la par que bramaba en chino. Quise defender a Huang, quien asomaba su pico y respondía con más verborrea oriental, pero era demasiado cobarde como para reducir una pelea de loros orientales. “Para, Wang. Ya está bien”, se afanó en intermediar Daría. Ambos nos miramos dudando entre reír o llorar ante semejante espectáculo. Finalmente, los loros cesaron el combate dialéctico y se abrazaron entre lágrimas.

Al comienzo de la cuarentena, Daría había tenido la idea de comprar un loro de juguete que le hiciera compañía. Por lo que contaron, Wang y Huang eran hermanos. Ambos procedían de la misma fábrica y, tras meses encerrados en unos almacenes subterráneos junto con miles de hermanos, tostadoras y escobillas, tomaron rumbos distintos. Mientras Huang había hecho la mar con un grupo de corsarios del Pacífico que se dedicaba a asaltar cruceros de lujo, Wang se había trasladado a una clínica de Singapur en la que ofrecían trasplantes a la carta. En cierto momento, ambos loros decidieron huir de sus rutinas rumbo a Europa, camuflados entre los tanques de material oriental, y acabaron en las estanterías de los bazares buscando una casa cómoda y un retiro tranquilo.

Los loros permanecieron enfrentados, repitiendo las palabras que pronunciaba el otro. Añoraban su Shanghái natal y degustar su tradicional cangrejo peludo. Cuando el clima era de paz, la política enfrentó a los loros hermanos. Wang acusaba a Huang de tener el cerebro lavado por el comunismo chino, mientras que Huang sostenía que Wang era un renegado que se había vendido al capitalismo. El cruce de acusaciones era como un tórrido partido de tenis entre dos aficionados que sólo saben devolverse la bola. El agotamiento y el alcohol me llevaron a quedarme dormido sobre el sofá. En cierto momento del sueño recuerdo estar en un sótano rodeado de loros, custodiado por gatos de la suerte que movían su pata de forma mecánica. Los silbidos que emitían los animales formaban un eco que retumbaba en las paredes. A mi lado estaba Daría, quien había adoptado cuerpo de loro y repetía como una estrella del trap: “Si quieres cambiar el güero, cambia tu flow, feka”. Cuando quise preguntarle qué quería decir, repetí de forma mecánica su cantinela precedida de un silbido. Me había convertido en un pájaro uniforme. Mi pata estaba apresada por unos grilletes metálicos. En la estantería de enfrente pude reconocer a mis padres y algunos amigos, quienes comían pipas y contaban chistes de forma divertida. Entonces, Huang me advirtió que en breves instantes comenzaría el turno de trabajo que custodiaban los gatos. “Todos somos hermanos, todos somos iguales”, dijo mi amigo, a lo que le siguió un eco ensordecedor.

Empezaba a amanecer cuando desperté. Mi corazón latía vertiginosamente y el sudor me atravesaba la espalda. Comprobé que mis manos continuaban siendo humanas. En frente, Huang y Wang continuaban enfrascados en un debate interminable. Cuando Daría terminó de desperezarse en el sofá de contiguo, desconectó a Wang y acto seguido Huang calló. Empapada en sudor y a trompicones por la emoción, me confesó que había tenido un sueño muy parecido al mío. Al parecer, en el suyo un ejército de Pikachus custodiaban a los loros, a quienes aterrorizaban al grito de “Pika, pika”.

Y así fue como la teoría de la uniformización irrumpió en medio de la pandemia. Aunque por ahora no se han obtenido pruebas suficientes de que la especie humana evolucione hacia el loro, parece claro que detrás de algunos aspectos inocentes y corporaciones amables del Viejo Mundo, se encontraba el viejo anhelo de la dominación universal. Al fin y al cabo, cuanto más homogéneo sea el rebaño, más fácil será dirigirlo.

Según la descripción de Daría, así debía ser su Gandhi trapero.

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