cuarentena

La delgada línea (Cuarentena XX)

La pandemia no sólo desnudó las carencias de los sistemas sanitarios, económicos y sociales del mundo entero. A cada uno de nosotros nos puso de frente a nuestras miserias y se afanó en demostrar que nuestras creencias eran tan exiguas como un puñado de lentejas con hambre. En mi caso, mientras disfrutaba del falso advenimiento del Nuevo Mundo en casa de Daría, un vaso de vino fraternal y un bocado de salumi libertario, llegó una noticia que removió mi conciencia. Dicen que con el estómago lleno, todas las teorías funcionan. En la práctica, las convicciones e ideas no alimentan.

Mientras trabajaba temporalmente en Italia, alquilé una habitación de mi residencia habitual. Aunque por suerte podía permitirme tener la casa cerrada, pensé que no me vendría mal una modesta inyección de dinero. Semanas antes de dejar España, un joven mexicano llegó a la empresa. Se llamaba Raúl y era extremadamente reservado. Su estancia estaba prevista para unos meses, coincidiendo la mayor parte del tiempo conmigo fuera. Apenas seríamos compañeros de piso unas semanas. Tras intercambiar unas cuantas palabras y comprobar que no era espía o tenía instintos asesinos, le ofrecí ser mi huésped por un módico precio, a lo que éste aceptó sin muchas preguntas. En el tiempo que compartimos pude comprobar que era el compañero perfecto: extremadamente limpio y ordenado y, por alguna razón que nunca comprendí, se escondía de mí, con lo cual no debía bregar por usar las zonas comunes y podía continuar practicando nudismo o declamando sonetos de Alberti en voz en alta como si nada. Nuestra comunicación, por el contrario, era espinosa. A pesar de asentir mis palabras con efusividad, tenía la duda de que habláramos el mismo idioma. Sin darle demasiada importancia, lo achaqué a la diferencia de dialectos o a que mi logopeda me hubiera engañado y fuera en realidad ortopeda.

Durante la pandemia apenas intercambiamos unos mensajes para comprobar que todo estaba bien. Por lo que aseguraba Raúl, la retahíla de cancelaciones no afectaría a su vuelo y podría regresar a su país a final de mes, tal como estaba previsto. Así pues, coincidiríamos unas semanas en las que seríamos tres en lugar de dos, teniendo en cuenta la existencia de Huang y asumiendo que Raúl no hubiera adoptado otro loro de juguete o un gato de la suerte. En casa de Daría, el día antes de partir, me acordé de advertirle mi regreso. Entonces, me contestó con un mensaje confuso: “Está bien chingón, pero acá salió una chingadera. ¡Váyase a la chingada!” Daría, Huang, Wang y yo no supimos descifrar qué querría decir, así que le pedí que probara con otras palabras. “Ay güey, aquí mis cuates se arrecholaron por un tiempo cabrón y ahora están sin lana. La cosa está bien pinche”. Como seguía sin entender nada, le sugerí que hiciéramos una videollamada.

Cuando la cámara se conectó, comprobé que Raúl no estaba solo. Junto a él, tres desconocidos sonreían nerviosamente sobre el sofá. Se trataba de una pareja, Guadalupe y Gilberto, y el hermano de éste, Norberto, quienes habían llegado a la ciudad a buscarse la vida. Mi inquilino les había abierto las puertas de casa por unos días y la pandemia los había ascendido de visitantes a residentes. Sin tener constancia de ello, se hacinaban en la habitación que debía albergarnos a Huang y a mí en un par de días. La coyuntura me pilló tan desprevenido que apenas supe qué debía decir o qué hacer. Sin embargo, la situación de mis inquilinos improvisados aguardaba más intríngulis: no disponían de visado, habían tenido que dejar de trabajar y apenas disponían de recursos. Vivían de la caridad de una iglesia cercana y la mujer lucía un embarazo avanzado. Para tranquilizarme, Gilberto argumentó que ya tenían experiencia con niños. “¿Tenéis sobrinos o un niño en vuestro país?”, pregunté inocentemente. Entonces, el hombre movió la pantalla hacia la mesa donde tantas noches había fantaseado con dedicarme a la poesía o a la piratería y descubrí a un niño que dormía plácidamente.

He de confesar que el primer pensamiento que me vino a la cabeza fue si podría catalogarles como okupas. Ironías del destino, en mi juventud había cantado infinidad de veces aquello de “Okupación, no van a darte la llave’ —un himno del punk rock patrio— y también vitoreaba el lema de “un desalojo, una okupación”. En las tabernas, había pregonado que el modelo de vivienda era injusto y que muchos caseros se aprovechaban para ganar más dinero y ofrecer condiciones indignas a sus inquilinos. Ironías del destino, una vez implicado en el problema, no me parecían tan obvias las consignas. Por otro lado, aquella familia no tenía culpa de que el sistema fuera tan injusto, que el fin del mundo les hubiera pillado en mi casa o que su cuate no tuviera habilidades comunicativas.

Huang y Wang cuchicheaban a mi espalda. Daría apenas podía pestañear. Acto seguido, les pregunté cuál era su plan y qué esperaban de mí. “Hermano, está todo parado. Los pendejos de la televisión dicen que en unos poquitos días podremos volver a trabajar y entonces buscaremos un hogar. No teníamos idea de que usted tenía que regresar. Déjenos estar unos días, señor, se lo pagaremos no más tengamos chance”, dijo uno de los hombres. Entre tanto, Raúl parecía petrificado y tan siquiera asentía. Para mis adentros, comenzaba a barruntar que no tenía elección cuando los cuatro se pusieron en pie, se colocaron sombreros de charro negros y entonaron con acompasados movimientos: “Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones”. La actuación fue tan convincente que desde Roma hicimos los coros. “Podéis quedaros hasta que todo haya pasado. Intentaré ayudaros a buscaros la vida. Mientras tanto, me buscaré otro hogar. A cambio tan sólo quiero una cosa: sinceridad”, dije con determinación. Acto seguido, los mexicanos celebraron mi decisión con vítores y cantando: “Una piedra en el camino, me enseñó que mi destino era rodar y rodar…

Al terminar la llamada, Daría y Wang mostraron sus reservas acerca de mi decisión. “No los conoces de nada. Quizá no salgan nunca de tu casa, quizá cambien las cerraduras, quizá metan más amigos suyos, quizá practiquen ritos ocultos, quizá sean narcotraficantes…”, dijo Wang excitado. Daría, por su parte, se mostraba más preocupada por mi futuro. “Está bien ayudar a los demás, ¿pero y tú? ¿Te crees Teresa de Calcuta? ¿Piensas vivir en la calle con un loro?”, preguntó sin que pudiera ofrecerla ninguna respuesta. Es cierto que en, mayor o menor medida, en todo acto de generosidad hay implícita la esperanza de que éste repercuta en el artífice. Algunos actúan para obtener favores y otros propaganda, fama o tener la conciencia tranquila. De los que menos se oye hablar es de los que lo hacen por convicción. La barrera entre la caridad y la solidaridad era tan delgada que ni yo mismo sabía dónde podía enmarcar mi arrojo.

Entonces, Huang asomó el pico con uno de sus proverbios: “El que hace el bien de los demás hace el suyo“. Sólo el tiempo podría darle o quitarle la razón, pero el ambiente que se creó durante la emergencia parecía respaldarle. Con los estómagos de vecinos y amigos cada vez más vacíos, las colas de la caridad fueron aumentando y el debate de la solidaridad llegó a la opinión pública. Uno de los parroquianos del canódromo, un prestigioso catedrático, estaba dispuesto a bajarse el sueldo y repartirlos por temor a una oleada de delincuencia. En la televisión, políticos liberales, banqueros y grandes empresarios que en el Viejo Mundo demonizaban cualquier tipo de subsidio, exigían la implantación de un ingreso para los más pobres. En pocos meses, los diferentes gobiernos acabarían aprobando dichas dotaciones y redistribuyendo las rentas más altas.

Y así fue como la realidad me enfrentó a mis propias contradicciones, como la utopía ingenua y distante se dio de bruces contra la incertidumbre de nuestros actos y decisiones. El virus de la pobreza y la miseria que habíamos visto con comodidad en la televisión se había instalado también en nuestra casa y había sembrado la duda de si la respuesta obedecía a la caridad por el instinto egoísta de supervivencia o a la solidaridad convencida. La línea era tan delgada que no tardaríamos mucho tiempo en caer a uno de sus lados.

Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones

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