cuarentena

De regreso al Viejo Mundo (Cuarentena XXI)

El tránsito hacia el Nuevo Mundo no fue lineal. Tampoco el sosiego o la lógica fueron conceptos inherentes al proceso. El ser humano es un ente tan inestable, que tras dar un paso hacia delante, lo más probable es que dé diez hacia atrás. Para más inri, al señalarle el error, éste lo negará o, en el mejor de los casos, dirá que ha sido inevitable, a causa de una tercera persona o fruto de una conspiración. El día que regresé a mi país después de un mes de confinamiento, emprendí también un viaje hacia un pasado que había dado por superado.

Cuando desperté, Daría llevaba horas dando vueltas por la casa presa de la emoción y los nervios. Había tenido tiempo para ordenar su maleta de diez formas distintas, enlucir las juntas de los azulejos, pintar un autorretrato en acuarela, leer Guerra y Paz y preparar bocadillos de tortilla con pimientos para todos. Huang había ido con Wang a sobrevolar los principales enclaves de la capital: la Piazza San Pietro, el foro romano, el barrio de Trastevere, el Campo di Fiori, la Fontana di Trevi y Appia Antica. Estos aún tendrían que esperar meses hasta que sus vecinos y los turistas pudieran abarrotarlos como antaño. Mientras pasaban las horas, centré todos mis esfuerzos en pensar dónde viviría a partir del día siguiente. Con mi casa ocupada, mi único plan pasaba por ablandar el corazón de mis padres. Estos habían conseguido regresar de Islas Caimán en el jet privado de un directivo de una aerolínea de bajo coste, quien había decidido poner a buen resguardo su parte del reparto de dividendos.

Daría era una mujer tan precavida que programó salir de casa con siete horas de antelación. Unos minutos antes de la hora prevista, los loros regresaron y fueron empacamos. Un tema recurrente para el debate es si Roma pertenece culturalmente al sur o es una isla central. Uno de los argumentos que la distanciaba de la prosperidad norteña era la impuntualidad de sus medios. Esa tarde dimos cuenta que la emergencia sanitaria había agudizado su lejanía de Europa. Mientras disfrutaba del monumental silencio, mi compañera se desesperaba sin tener más recovecos que abrillantar. Al pedir cuentas a la compañía, le respondieron que nuestro transporte estaba atrapado en un atasco, lo cual debía interpretarse que el conductor no había despertado de la siesta. Una hora después de lo acordado, sonó el timbre. Afortunadamente, aún disponíamos de seis horas de margen.

Nada más saludar a nuestro taxista, éste tomó el equipaje y lo lanzó al maletero como si fuera una disciplina olímpica. Las avenidas que circunvalan Roma estaban desérticas y apenas nos cruzamos con ambulancias o patrullas de policía. A la altura del Colosseo, susurré un “A presto!” con el presentimiento de que tardaríamos años en volver a vernos. Entre tanto, nuestro vehículo circulaba a toda velocidad mientras el conductor apostaba a la ruleta con el teléfono móvil y discutía a viva voz qué número sería el siguiente. En un instante de silencio, aproveché para preguntarle por la situación, a lo que éste respondió con un tajante “Cazzo di stranieri, porca troia!”

A nuestra llegada, el aeropuerto presentaba un aspecto desolador. Las pantallas anunciaban sólo nuestro vuelo con destino Madrid, previsto para después de media noche. Buscamos refugio en el único bar que estaba abierto. Desconozco el motivo, pero los grandes aeropuertos despiertan en mí una curiosidad que me lleva a recorrerlos de punta a punta, como si esperase encontrar los restos de una civilización perdida o el mapa de un tesoro. Cuando subí a la planta comercial, descubrí un asentamiento de medio centenar de personas. Por su tez morena y acento, intuí que se trataba de latinoamericanos que habían quedado varados. El suelo estaba cubierto de alfombras y toallas, los niños jugueteaban y algunas mujeres calentaban agua en ollas. Mi presencia atrajo la atención de algunos, quienes se volvieron hacia mí tímidamente. En su mirada pude percibir agotamiento y desesperación, la cual no tuve el valor de sostener más de unos segundos.

Al regresar a la posición de Daría, multitud de españoles se concentraban alrededor del bar. En su mayoría, eran estudiantes erasmus que pertenecían a la última generación del programa. La educación a distancia que impuso el Nuevo Mundo, finiquitó un modelo que se había convertido en una forma de conocer mundo mediante la juerga y la subsistencia en detrimento del aprendizaje. Lo que más me sorprendió fue la cantidad de mascotas con las que nuestros compatriotas se lanzaban a la conquista de conocimiento. Perros, gatos, iguanas, hámsters, tortugas y cerdos vietnamitas también ponían punto y final al desenfreno erasmus. Aunque, teniendo en cuenta que viajaba con un loro de juguete, no era el más indicado para señalar.

Cuando la megafonía del aeropuerto anunció la apertura de la facturación, las masas se agolparon frente a los mostradores, formando una cola que daba la vuelta a la terminal. El desparpajo nacional se sumó al caos acontecido. Algunos se decantaron por entonar el “Alcohol, alcohol, alcohol… Hemos venido a emborracharnos y el resultado nos da igual”; otros por improvisar un botellón de despedida; y los más imaginativos organizaron una ronda de citas rápidas, aprovechando que los baños públicos estaban recién desinfectados y las máquinas de preservativos funcionaban a pleno rendimiento. Para amenizar la espera, saqué a Huang de la maleta y le pregunté si quería unirse a alguna de las verbenas espontáneas. Sin embargo, éste me hizo una advertencia amenazante: “Merluzo, escóndeme bien, que nadie me vea”.

En mi turno de facturación, noté una presencia por la espalda. “Zagal, ¿qué marcha me llevas? Anda que no te vais a despedir de mí, bastardo”, dijo la voz penetrante con la que tantas veces había hablado por teléfono. El cónsul era un hombre de hueso ancho, baja estatura y disimulaba su alopecia con la clásica, y no por ello menos ridícula, cortinilla. De su boca sobresalía una dentadura que alternaba el amarillo y el negro, sobre la que se asentaba un bigote poblado de no más de dos dedos. Vestía un traje elegante, que dejaba entrever tirantes con la bandera española. Desprendía un hedor a perfume varonil mezclado con un sudor rancio que embriagaba el ambiente. “Te vas a casita, mozuelo, con papaíto y mamaíta”, dijo pegándome un pellizco que casi me arranca los mofletes. “Te dije, escoria inmunda, que te hicieras de un rifle, una botella de amaro y te quedaras aquí conmigo, como un hombre. Los sicilianos y yo vamos a hacer grandes cosas, pero para eso se necesitan pelotas”, prosiguió agarrándose los genitales. Sin mediar más palabra, metió mano en mi maleta y sacó a Huang de ella. “Así que éste es el lorito. Nos será muy útil para hacer lo de los chinos”, dijo mientras unos brazos sostenían mis torpes envites. Era el desconocido que días antes había entrado en mi casa para recaudar la extorsión del cónsul. En cuestión de segundos desaparecieron de la escena junto a Huang. Un vistazo a mi alrededor fue suficiente para comprender que todo el mundo estaba tan ensimismado en sus pantallas que nadie había visto nada. Cuando Daría terminó de facturar, me preguntó por qué temblaba, a lo que contesté contrariado que debía ser cosa del frío o la emoción. Necesité revisar mi maleta varias veces y darme cuenta de que mi compañero ya no estaba para asegurarme de que aquel encuentro hubiera sido real.

Al pasar por el control de seguridad tuve la sensación de que en realidad estábamos atravesando un arco del tiempo. Aun derribados y en descomposición, los cimientos del Viejo Mundo se resistían a desaparecer y se volvían a levantar desafiantes. El tumulto avanzaba como una procesión fúnebre entre los pasillos a media luz. En la zona de embarque, una pareja de carabinieri pedía de forma agresiva que se mantuviera la distancia de seguridad entre la indiferencia y las burlas de algunos jóvenes. Daría no abría la boca y miraba fijamente el suelo. Hacinados unos contra otros en un autobús con las puertas abiertas, atravesamos las pistas de aterrizaje hasta llegar a las inmediaciones del aparato. La pintura de la imagen corporativa estaba desconchada. Daba la impresión de que cualquier ráfaga echaría al suelo aquel armatoste. Desde las escalerillas se oían los lamentos del interior. Al entrar constaté la definición visual del término resignación. Las garras del sistema, expresada en una mezcla de engaño e ignorancia, habían amputado cualquier atisbo de esperanza. Los pasajeros se amontonaban sobre los asientos destartalados. Las azafatas habían sido sustituidas por maniquíes que portaban un cartel que rezaba “Air Manguing les desea un feliz manguing”. El calor se condensaba en el techo y el suelo estaba impregnado de un líquido denso y oscuro. Wang sobrevolaba por encima de un muro de teléfonos que grababan el espectáculo. Un par de chicas sollozaba presas de un ataque de histeria, mientras a coro se pedía que no se cancelase el vuelo y que alguien nos rescatara. Cuando se cerraron las puertas, sonó ‘La Macarena’ a todo volumen y el avión comenzó a moverse.

Aterrizamos en Barajas con los primeros rayos del sol. Decenas de policías escoltaban nuestra llegada como si fuéramos estrellas de rock. Una multitud de reporteros tomaba instantáneas de nuestra llegada. En la terminal había dispuesto un recibimiento con autoridades, desayuno, almuerzo y cena, el cual fue arrasado en unos instantes. Un par de azafatas sorteaban gorras y viajes que, tras la bancarrota Air Manguing, jamás llegarían a producirse. Daría se quedaba en la capital. Así pues, me despedí de ella y Wang y puse rumbo a la estación de tren. Mientras me empapaba de la tristeza que desprendían las calles de Madrid, en la radio pude escuchar una crónica sobre nuestro vuelo. La locutora aseguraba que la operación había sido un rotundo éxito, fruto de la cooperación entre gobierno y empresa.  Un viajero, agraciado con un vuelo a Alicante, sollozaba dando las gracias a Air Manguing por haberlo traído de vuelta a casa.

Y así fue como comprendimos que nadie vendría a rescatarnos. La idea de salvar a las personas había sido sustituida por contratar un sucedáneo y dejarle después una reseña agradecida. Si queríamos que los cimientos del Nuevo Mundo no se derribaran, tendríamos que aprender a salvarnos por nosotros mismos.

Una de las azafatas de Air Manguing

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