cuarentena

Cenizas de la humanidad (Cuarentena XXI)

Recién aterrizado en el Viejo Mundo, pude recordar cada uno de sus valores. Sus creencias estaban tan arraigadas que habían convertido a nuestros amigos y vecinos en fervientes devotos, como si fueran bravos templarios participando en una cruzada. A falta de escudo o espada, luchaban empuñando el egoísmo y la ignorancia, ajusticiando al enemigo cuando se presentara la más mínima ocasión. Como en toda guerra, la lucha era de forma despiadada y las primeras víctimas resultaban ser las más débiles. A diferencia de otras contiendas, no había un adversario al que batir. Todos nos enfrentábamos contra todos. Todavía hoy me pregunto quién movía los hilos de un ejército tan disciplinado y obediente. Quizá no haya respuesta.

Sin rumbo fijo, llegué a las inmediaciones de Atocha. Las calles recibían la lluvia en silencio. Aunque apenas pasaban coches o peatones, los semáforos continuaban con su encomiable tarea de regular el tráfico. Al entrar a la estación llamé a mis padres para pedir asilo en mi antigua habitación. Estos rebosantes de alegría por mi regreso, se negaron en rotundo por miedo al contagio y me propusieron enviarme un mayordomo y vivir en una tienda de campaña. Descartada la idea de echarme al monte, tenté a algunos de la cuadrilla, antiguos compañeros de la universidad, parroquianos del canódromo y del curso de cocina con microondas. Todos se disculparon por no poder hospedarme con variopintas razones, aunque insistían en que en cualquier otra cosa estarían encantados de ofrecerme su ayuda.

Con los hoteles cerrados y mi casa reconvertida en refugio internacional, comencé a sondear la posibilidad de dedicarme a la indigencia de manera profesional. Como le había prometido a Huang, me disfrazaría de pirata y abordaría a los ricachones con maletín para después repartirlo entre mis compañeros oprimidos. Adaptaríamos la piratería a un entorno urbano y practicaríamos una nueva forma de justicia social. Cuando busqué en Internet algún tutorial, descubrí con estupefacción que la legislación consideraba a aquella noble práctica como hurto y que lo más probable es que acabara entre rejas. Agotado de pensar, me refugié en la estación a tomar un café y un bocado que aplacara a mis tripas.

Lo que habitualmente era un trasiego de pasajeros había dado paso a un continuo goteo de agentes de seguridad y policías. Arrastrando maleta y mochila, recorrí todas las plantas de la estación tratando de encontrar una cafetería. Sólo un pequeño local permanecía abierto, en el que la gente hacía cola. Al llegar mi turno, pedí un café con leche y algo que echarme a la boca. Molesta por la falta de decisión, la camarera reprendió mi actitud y sólo me sirvió el café. Aquellos gritos me despertaron más que lo hubiera hecho un barreño de café brasileño. Aunque estuve tentado de responder con un tono elevado, mantuve la respiración, pagué y me fui de la escena a un lugar donde poder relajarme.

Nada más sentarme en una esquina aislada, una agente de seguridad aceleró el paso hasta mí. Ésta me advirtió que estaba prohibido permanecer sentado, quitarse la mascarilla, beber café o respirar más de diez veces en un minuto si no era estrictamente necesario. Prometo que intenté respirar, contar hasta mil y recitar el alfabeto griego, pero no pude contener la rabia que tenía almacerando  en mi interior durante semanas. “Discúlpeme por existir, señora. Acabo de aterrizar de un tormentoso viaje. No he dormido. Un burócrata corrupto me ha robado a mi amado loro de juguete y compañero de batallas. Unos desconocidos han ocupado mi casa. Ni mis padres ni mis amigos quieren dejarme entrar en sus casas por si les contagio. No sé a dónde ir. Probablemente, tenga que dedicarme a la delincuencia para sobrevivir, ingresar en un monasterio o abrir una franquicia. Así que, le agradecería enormemente que me dejara tomar este café tranquilo y relamer las desgracias de mi triste vida”. Probablemente, en otras circunstancias mis palabras me hubieran supuesto más problemas. El rostro de la trabajadora empalideció y se retiró de la zona. Las cenizas que quedaban de la humanidad también habían prendido en mí. Avergonzado por mi comportamiento, permanecí consumiéndome como una colilla en un cenicero.

Resistirse a la implacable inercia del Viejo Mundo resultaba una práctica extenuante. Habíamos aceptado que la supervivencia propia pasaba por la extinción ajena, que cuanto peor le fuera  los demás, mejor nos iba a nosotros. Quien se opusiera a estos dogmas sería pisoteado o arrinconado sin ningún tipo de remordimiento. Los virus que asolaban a la sociedad habían sido aceptados como un mal necesario de nuestra existencia. Me cuestioné los motivos para seguir con una lucha tan ingrata, de buscar una victoria que no existía, de luchar contra mí mismo, de estar batallando cuando podía estar tumbado en el sofá comiendo palomitas y desternillándome con las aventuras de unos yanquis politoxicómanos que convivían con tigres. De esta forma, pensé que el Nuevo Mundo y el encargo de eliminar el virus podían esperar.

Cuando estaba a punto de agotar mis pensamientos, una presencia me sorprendió. Se trataba de una mujer joven, delgada y rostro pálido. Lucía un vestido largo de un rojo intenso con flores estampadas. Sus ojos rasgados y su acento me pusieron sobre aviso de su procedencia. “Tengo algo para usted”, dijo extendiéndome un sobre y una galleta de la suerte. Antes de poder abrir la boca, la muchacha había desaparecido. Debido al hambre, engullí la galleta. En su interior contenía un mensaje “Antes de ser un dragón, hay que sufrir como una hormiga”. Aunque dudaba que un ser humano pudiera escupir fuego, era cierto que, a falta de dos patas, me sentía como una hormiga. Así que, como indica la tradición, me tragué el trozo de papel. El sobre contenía un billete de tren con destino a Granada, el cual partía en cinco minutos. A expensas de un plan mejor, la megafonía de la estación despejó mis dudas: “El único idiota que va a Granada haga su entrada al tren”. Con una inusitada fuerza me incorporé y salí disparado hacia los andenes.

Y así fue como me sacudí las cenizas que amenazaban con terminar de consumirme. Mientras tanto, las ascuas del odio y la necedad asolaban buena parte de la sociedad. Aprovechando que el victimismo y la autocomplacencia eran formas de vida profundamente arraigadas en el Viejo Mundo, algunos optaron por dejar que el fuego invisible los calcinara. Por suerte, tras un gran incendio, nuevos árboles vuelven a poblar los bosques.

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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