cuarentena

Los milagros no existen (Cuarentena XXIII)

Todo tiene una explicación. Desde el origen del universo hasta el asesinato de John F. Kennedy, pasando por el innecesario afán de agotar el petróleo o extinguir salvajemente a todas las especies animales. Dependiendo de las circunstancias que la envuelven, la verdad puede ser revelada, manipulada a traición o aún desconocida. En el último caso, el ser humano da cuenta de su propia torpeza y se enfrenta a una implacable disyuntiva: reconocerla o inventar una falacia. Asumir la ignorancia debería ser un comportamiento tan natural como respirar o beber agua cuando no hay vino. La imaginación es una herramienta tan potente que, en ausencia de la verdad, es capaz de obrar milagros. Si un monje de la Edad Media pudiera encender una bombilla, pensaría que se trata de la luz del Creador. Hoy, algunos atrevidos observan el cielo y sostienen que somos víctimas del engaño, ya que para ellos la Tierra tiene forma de pizza cuatro quesos. Más allá de la ficción, los milagros no existen. Lo que existe es la ignorancia.

El vagón estaba prácticamente vacío. En las filas precedentes se situaba una pareja de estudiantes que también regresaba de Italia. No debieron advertir mi presencia, pues de su mochila sacaron una libreta de dibujo, se desnudaron y comenzaron a retratarse a carboncillo. Antes de buscar cualquier tipo de interpretación o grabar la escena, me quedé dormido. Cuando desperté, habíamos llegado a Granada y de los estudiantes sólo quedaban generosas manchas de humedad sobre los asientos. Al salir de la estación, topé con un par de policías. Me preguntaron por la documentación y el motivo de mi llegada. Contesté que sin lugar a donde ir, había optado por seguir la invitación de una mujer de aspecto oriental cuyo quipao me había dado confianza. Entonces se miraron con desdén, sonrieron y me pidieron que les acompañara al coche. Mientras salíamos, el más menudo, de espeso bigote castaño, aprovechó para dirigirse a mí. “A mí no me gusta multar a la gente. Si pudiera, no lo haría, pero aquí mi compadre Melitón no opina lo mismo. A ver si esos que son tan listos encuentran la vacuna ya y volvemos a la normalidad. Estoy loco porque vuelva el fútbol, la Semana Santa y la feria. A ver si la Virgen nos echa una mano y mi Betis entra en la UEFA”.

Asumí que aunque no tuviera dinero con que pagar la multa, me dejarían libre en cuestión de minutos. Sin embargo, los policías me hicieron entrar al vehículo y el de bigote metió mis bártulos en el maletero. En el interior encontré a Huang sentado en la parte de atrás. La emoción inundó mis mejillas. Lo abracé intensamente, pero éste, dado su carácter desabrido, apenas se inmutó. Mientras tanto, circulábamos a ritmo de sevillanas, con los agentes haciendo palmas, como si estuviéramos en una caseta de la Feria de Abril. Sierra Nevada aún estaba cubierta de nieve. La Alhambra contenía la respiración. Las teteras no hervían en Calle Elvira y en las inmediaciones de la Catedral no se vendía romero. La estatua de García Lorca declamaba tristeza. Atravesamos la Gran Vía, Puerta Real, el cruce del río Darro con el Genil hasta detenernos en el barrio del Zaidín. Allí el policía del bigote me advirtió: “No hace falta que entiendas nada. Ha sido un milagro” y se despidió con un “Viva el Betis y la Virgen del Rocío, manque pierdan”.

Cuando nos quedamos a solas, Huang indicó cuál sería el hogar donde pasaríamos el resto de la cuarentena. Dada nuestra condición de repatriados, ésta pasaba a ser de estricto cumplimiento. Se trataba de un piso unifamiliar, dotado de las comodidades indispensables y la nevera y despensa llenas como para un regimiento. No había ninguna televisión y su vacío llamaba la atención. Al pedir explicaciones, Huang prefirió hacerse el interesante, aunque no corroboró la tesis del milagro: “A pesar de sus excentricidades, nuestro amigo el Cónsul es un hombre muy inteligente. Sabe siempre lo que le conviene. Te manda saludos y te pide que le cuides la casa”. Según había investigado Huang, el diplomático provenía de una familia con multitud de títulos nobiliarios y posesiones. En particular, habían hecho una fortuna copando el mercado de alquiler para estudiantes con una filosofía exitosa: cochiqueras a precio de castillo para el juerguista y el gorrino.

Para celebrar el rencuentro, busqué en el armario algo con que brindar. En él encontré una botella de Relicario y Huang se lanzó sobre ella con desesperación. Vació media de una sentada. Entonces se sintió con fuerzas para hablar. Al parecer, con las autoridades centradas en atender la emergencia, el virus había permitido que mafiosos y delincuentes camparan a sus anchas. En particular, el puerto de Nápoles —referencia para el tráfico de todo tipo de sustancias y mercancías— se había convertido en el epicentro europeo del crimen organizado. El Cónsul había aprovechado su posición y contactos para hacer negocios y estaba preparando una expansión hacia el mercado asiático. En concreto, pretendía introducir en Italia una línea de juguetes sexuales de bajo coste, con el succionador Rabbitfyer como producto estrella. Aquel aparato tenía la capacidad de brindar un orgasmo femenino en décimas de segundo, aunque después de cinco usos la batería apenas duraba centésimas y producía caída del vello púbico y manchas en la piel con forma de conejo. El efecto del alcohol se agudizó en Huang, quien perdía el hilo de su clase magistral sobre vibradores, bolas chinas y otros juguetes sexuales para mujeres. Mis intentos por reconducirlo hacia su intrusión en el mundo de la corrupción y extorsión fueron en vano. El loro prefirió poner reggaetón a todo volumen y estuvimos bailando hasta que cayó redondo. Recuerdo que entre movimientos de cadera e intentos de twerking, Huang gritaba poseído: “El virus lo destruirá todo, es inútil resistirse”.

Jamás conocí la historia Huang, por qué el consulado lo había raptado y cómo éste escapó tan rápido. A pesar de mi insistencia, tampoco quiso revelarme con qué medios había llegado hasta Granada, ni qué clase de trato había hecho para refugiarnos en aquella casa. Puede ser que aquello fuera fruto de un ajuste de cuentas y que mi fiel escudero fuera el jefe de un clan peligroso. Aunque llegué a pensar que Huang pudiera ser un infiltrado del Cónsul para seguir haciéndome la vida imposible, el tiempo y el hecho de que el sistema disponga de herramientas para hacerlo me disuadieron. Al día siguiente, pasada la resaca y ordenados los desperfectos del guateque, retomamos nuestra rutina y la preparación de nuestro ambicioso objetivo: acabar con el virus que asolaba al mundo.

Y así fue como constaté mi insignificancia frente a la verdad. Aunque cada suceso tuviera su explicación, podía prescindir de ella y creer de vez en cuando que existen los milagros o que todos somos personajes de una novela de ficción.

Los consoladores que el Cónsul quiso introducir en el mercado

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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