cuarentena

El virus de la ignorancia (Cuarentena XXIV)

El tiempo pasaba tan rápido y la sucesión de acontecimientos era tan frenética que corríamos el riesgo de olvidar cómo era el Viejo Mundo. Dicen que las sociedades que ignoran sus errores, están condenadas a repetirlos. Enmascarados con denominaciones modernas y camuflados bajo líderes de atractiva presencia, las enfermedades del odio, la discriminación y la avaricia estaban desatadas. Como el asesinato, la esclavitud o la guerra eran prácticas controvertidas, éstas se habían adaptado a la modernidad y las herramientas usadas por el sistema era tan refinadas que éste nos pedía permiso para poder ejecutar su estratagema. Multitud de valientes aplacaban las injusticias de forma separada, cuando el enemigo era sólo uno y el combate exigía unión. Como la pandemia, su invisibilidad y la levedad de sus síntomas lo convertían en un virus letal.

Aun cambiar de país, nuestra realidad era prácticamente la misma. Una combinación de enfermedad, muerte e incertidumbre asolaba el pensamiento colectivo, difuminado entre sospechas de que el uso de ropa interior fuera una imposición fruto de un complot y rebrotes esporádicos de canibalismo entre la población anciana. Si medio mundo estaba en cuarentena como consecuencia de lo que había engullido un individuo, el aislamiento nos había hermanado en un prototipo de mundo sin fronteras. La principal diferencia que pudimos observar radicaba en el ambiente de nuestro flamante vecindario. Habíamos cambiado el silencio agónico y la indiferencia por atisbos de esperanza que tenían su máximo apogeo en los balcones al filo de las ocho. Hasta proclamar la venida del Nuevo Mundo, una decena de vecinos nos reuníamos a aplaudir y recordar que el dolor compartido es menos amargo. Terminada la ovación, daba comienzo una sesión para compartir recetas, trucos de belleza, conciertos improvisados con flauta escolar y algunos coqueteos que traspasaban sexo y generaciones, de las cuales me mantuve al margen. El grupo tenía consolidada su propia idiosincrasia y yo, como última incorporación, tenía reservado el puesto entre el bulldog del vecino de arriba y la coctelera del de enfrente.

Retomé mi hábito de destinar largos ratos a mirar por la ventana e interpretar el devenir de los acontecimientos. La calle a la que daba nuestro hogar era de uso residencial. El paso de un vecino cargado con bolsas de la compra, un rider transportado anfetaminas o un coche que se había perdido se convertía en un raro acontecimiento. Por su parte, bandadas de palomas se hacinaban sobre los alféizares de las casas vacías, se multiplicaban e incorporaban especies que habían sido desterradas de la ciudad. Clanes organizados de gatos habían tomado las calles y se mostraban especialmente suspicaces ante la posibilidad que los perros descubrieran sus planes. Al fondo sobresalían las cumbres de Sierra Nevada cubiertas de un manto blanco, el cual se derretía lentamente para suplir su falta de contacto humano. Por tanto, la primera intuición que me sirvieron las calles fue que la naturaleza y el ser humano debían andar jugando al escondite y, después de algunos años como perseguidores, ahora era el turno de que la tierra nos acechara. Al no tener televisor y estar las redes sociales discutiendo la infiltración de hombres lobo en el gobierno autonómico, no me atrevía a descartar la posibilidad de un ataque nuclear que me hubiera pillado en la hora de la siesta o leyendo a Tolstói.

Las clases y debates con Huang volvieron a ocupar la mayor parte de nuestro día a día. Política internacional, diferentes teorías económicas y física nuclear eran algunos de los temas que el loro enseñaba sobre una pizarra, mediante lecturas o documentales. Mientras la opinión pública invertía sus esfuerzos en decidir cuál era la mejor forma de examinar a los estudiantes a distancia, mi maestro rehusaba cualquier tipo de evaluación y avanzaba según su alumno interioriza las lecciones. Un día, Huang me pidió que dejara definitivamente el trabajo para centrarme en el conocimiento. Aseguraba que sus tratos nos garantizarían techo y comida durante meses o años. Su espíritu rebosante de utopía y candidez le había hecho convencerse de que el Nuevo Mundo sustituiría el “tanto tienes, tanto vales” por el “tanto sabes, tanto vales”. El pájaro oriental soñaba con una nueva sociedad de clases formada por zopencos, bocachanclas y sabios, así como sustituir a la dictadura de los zopencos por una democracia de sabios. A pesar de que probablemente Huang pretendiera utilizarme como su títere, llamé a mi jefe y me despedí del trabajo. Éste me dio la enhorabuena por tener algo útil que hacer. Semanas después, recibí de su parte un busto de Oscar Wilde como regalo de despedida y una nota que decía: “La vita pirata è la vita migliore, senza lavorare, senza studiare, con la bottiglia di rum!

Una tarde que repasábamos el sistema financiero internacional —ferviente seguidor de la filosofía cínica “haz lo que yo diga, pero no hagas lo que yo haga”—, pregunté a Huang por el fin de nuestro estudio y qué planes tenía para mí. “Merluzo, antes de curar a nadie, tenemos que curarnos a nosotros. Acaso, ¿te crees a salvo del virus?”, cuestionó el loro. Con total rotundidad afirmé haber derrocado a la ignorancia y que ya estábamos preparados para empezar a salvar al mundo, tal y como nos había emplazado Bergolio en su aparición. Además, no podíamos seguir en casa absorbiendo conocimiento y bailando ritmos latinos indefinidamente hasta que la muerte nos pillara desprevenidos. Decepcionado por la respuesta, Huang se posó en mi rostro y me picoteó al grito de: “¡Maldito ignorante, no has entendido nada!” Entonces, dio por concluida la jornada y se desconectó. Lejos de rendirme y caer en la anestesia voluntaria, me decidí a contradecir los recelos preparando el prototipo de una vacuna para la ignorancia.

Trabajé sin descanso en varios frentes: el salón, la cocina y el baño. Me devané los sesos como si se tratara de la noche anterior al examen de la asignatura más difícil y perdí la noción del tiempo. Redacté un total de treinta y tres proyectos que desafiaban los límites de la biotecnología, pero finalmente me decanté por el que según las estimaciones parecía más efectivo. Comencé por verter todo el contenido de la Wikipedia en una pequeña memoria USB, así como una colección de obras de Nietzsche, Pessoa, Galeano y Sartre. Después, llené el espacio restante con la teoría de la relatividad y la de la evolución, prototipos de las invenciones de Leonardo Da Vinci e imágenes de lienzos de Picasso, Monet y Van Gogh. Finalmente, metí el aparato en una olla a presión mientras extraía las vitaminas de limones, kiwis y zanahorias con mis propias manos. Tras hervir, mezclé los concentrados y preparé dos fórmulas: una azucarada para introducir en la cubitera y otra con vaselina que actuaría como supositorio. Para no dejar nada a la improvisación, preparé una presentación que dejaría de piedra a Huang con fuegos artificiales y sangría casera.

Antes de irme a la cama, tomé uno de los caramelos que había cocinado y me introduje un supositorio. Reconozco que teniendo en cuenta la fiebre, los vómitos y los sucesivos delirios que me produjeron, pensé en refinar la fórmula con algún tipo de protector estomacal, antinflamatorios y analgésicos. Sin embargo, el virus de la ignorancia parecía haber remitido y como botón de muestra resolví un puzle de diez piezas en media hora. Cuando desperté a Huang y le anuncié con suficiencia que había creado la vacuna que erradicaría la necedad, éste llamó a un grupo de palomas y éstas procedieron a picotearme con saña. “La arrogancia es uno de los síntomas de la ignorancia. Los humanos no sabéis separar el conocimiento de la soberbia. Nunca os libraréis de la ignorancia porque forma parte de vosotros, como el corazón o los pulmones. Lo único que podemos hacer es reducir su carga hasta que sea inofensiva con conocimiento y pensamiento”, afirmó Huang. “Y ahora tira ese veneno antes de que te intoxiques y te mueras porque no te puedan atender en el hospital”, concluyó, dándome un abrazo. Aunque los loros orientales fueran menos propensos a la ignorancia por la tenuidad de sus sentimientos, celebré que sacrificara su integridad a cambio de atenuar mi ridículo.

Y así fue como acabó mi efímera y frustrada carrera en el mundo de la alquimia y la farmacología. Aquella lucha me dio a entender que tendría que aprender a convivir con nuestro enemigo mientras lo debilitaba. En honor a tal descubrimiento, colgamos un póster de Sócrates en el lugar destinado a la televisión.

En mi cabeza la vacuna era así

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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