cuarentena

Carrusel deportivo (Cuarentena XXV)

En el Viejo Mundo existía una tradición profundamente arraigada: vivir en el carrusel deportivo. El deporte, que tenía sus orígenes en el ejercicio físico, la competición respetuosa y un estilo de vida saludable, se había convertido en un espectáculo que encarnaba los valores contrarios. Aunque se presentaba en varias disciplinas, la casualidad intencionada había escogido al fútbol como único representante. El espectador podía pasarse todo la semana viendo partidos sin despegarse del sillón. En las tertulias nocturnas grupos de doctos debatían sobre el tamaño del periné del delantero centro del Atlético Antoniano o polemizaban por los motivos que habían llevado al colegiado Méndez Menéndez a comprar criadillas de jabalí en la carnicería de su barrio antes de arbitrar el clásico.

Los presupuestos de los equipos se equiparaban a toda la inversión nacional en ciencia y cultura. Los sueldos de los futbolistas multiplicaban por miles a la de los aficionados que los jaleaban fielmente, compraban cada temporada la zamarra nueva de su equipo y recorrían el país de punta a punta en autobús para presenciar la desidia de su equipo. Fuera del campo, los jugadores estrella adquirían vitola de referentes morales e intelectuales, expandían sus ganancias con inversiones en el turismo y la construcción, mientras dilapidaban fortunas en fiestas, yates y acumulaban coches de lujo que no podían conducir dada su extraña propensión a quedarse sin carné. Los jóvenes que querían ser como ellos acababan quemando los ahorros de su familia en vertederos de ludopatía. Era prácticamente imposible resistirse a montar en el carrusel y no quedar atrapado. La pandemia paró súbitamente su movimiento circular, lanzando a caballos y montadores a un abismo de bochorno y autodestrucción.

He de reconocer que yo no era ajeno al carrusel. Cuando giraba, solía dar vueltas por los diarios deportivos, me acostaba con el susurro cálido de los resultados del Grupo XIII de la tercera división y vaciaba mi agenda cuando jugaba el Barça, fuera el de fútbol, hockey patines o curling. Al llegar el verano me aficionaba a subir en bicicleta los puertos del Galibier o el Tourmalet desde el sofá recibiendo el soplo ensordecedor del ventilador. En año de juegos olímpicos, pedía vacaciones, compraba un palé de ganchitos y seguía todas las pruebas mediante cinco pantallas distintas. Tras la ceremonia de clausura, pedía el ingreso en un retiro espiritual y en un par de semanas estaba rehabilitado para la normalidad. A pesar de las reticencias iniciales, en el año de la pandemia se suspendieron las olimpiadas y se programaron para el siguiente. En el Nuevo Mundo, todavía persisten las dudas sobre su celebración.

Horas antes de comenzar la exigente rutina, me desperté con un intenso malestar. Los retortijones galopaban en mi estómago, la garganta tenía una sequedad distinta a la de la resaca y el sudor bañaba mi piel. A duras penas pude lidiar con la debilidad e incorporarme. Tambaleándome contra las paredes, me arrastré hacia el baño, donde comprobé que tenía los brazos cubiertos de manchas rojizas. Antes de diagnosticarme ser víctima de la pandemia, Huang interrumpió: “¡Merluzo! Tienes síndrome de abstinencia. Tu cuerpo y tu mente necesitan inyectarse fútbol. Prueba la segunda parte del Barcelona – Atlético de Madrid de la vuelta de Copa del Rey 96/97”. Acto seguido, el loro volvió a dormir plácidamente.

El Barça perdía 0-3 un partido que en el segundo tiempo daría la vuelta para ganar 5-4. Al ver aquella gesta heroica comandada por Figo y Ronaldo —jugadores que acabarían en el eterno rival—, remitieron todos mis síntomas. Aún no había amanecido cuando acabó el encuentro. Con la euforia disparada, decidí dar más ritmo al carrusel y repasé las novedades que me había perdido dentro de mi enfrentamiento con el virus. El debate principal se centraba en la vuelta a la competición. Entre las propuestas destacadas, un dirigente de la federación sugería disputar los encuentros en una cueva y enterrar después al equipo perdedor. Los propietarios de los derechos televisivos optaban por mandar a los futbolistas a una isla desierta y comprobar si eran capaces de sobrevivir más de un día sin ayuda de abogados o asesores. Aunque a los presidentes les seducía la segunda propuesta debido a la ingente inyección de dinero, el sindicato de futbolistas alegó que trabajar durante más de dos horas seguidas violaba el convenio colectivo.

En un acto de solidaridad sin precedentes con el sufrimiento nacional, los futbolistas accedieron a rebajarse una parte de su sueldo. Las consecuencias fueron dramáticas: Lionel Messi sólo pudo disfrutar de catorce días de vacaciones recorriendo Ibiza en yate, en lugar de los quince días a los que estaba acostumbrado; Cristiano Ronaldo tuvo que cambiar el champagne Dom Pérignon por el Laurent-Perrier para llenar su piscina olímpica; y Sergio Ramos despidió a su tatuador personal y lo contrató por horas sin darlo de alta en la seguridad social. Los ases del balón tuvieron la ocurrencia de utilizar las redes sociales para retrasmitir su agónica reclusión en palacios de varios miles de metros cuadrados, jardines donde no se intuía horizonte y un equipamiento tecnológico que desafiaba el de un gran almacén. El hecho de contar con asesores de prestigio hizo que más de uno fuera tocado por la barita de la filantropía y donara sumas millonarias para la lucha contra la pandemia, lo cual mitigó la indiferencia y el egoísmo. Por el contrario, en la memoria del Nuevo Mundo aún colean las imágenes de una estrella mundial, embajador de Unicef, lanzando rollos de papel higiénico a su jacuzzi para secarlo, mientras la población hacía cola para pedir alimentos y productos básicos.

Como en otros sectores, el parón supuso una crisis que abocó a la quiebra a multitud de clubes y empresas del sector. Se demostró que si las mentes pensantes brillaban por su ausencia en los terrenos de juego, en los despachos la situación era incluso más devastadora. Los más ingenuos pidieron socorro al Estado, quien, abierto en canal, los fulminó con la mirada disuadiendo la peregrina ensoñación; los más sensatos, influenciados por el legado de Jesús Gil, se decantaron por la estrategia infalible de saquear a sus abonados y dejar de pagar impuestos, con el pretexto acertado de que la administración sería capaz de dejar a los ciudadanos sin pan, pero no se atrevería a dejarlos sin circo.

La pandemia se ensañó con el colectivo de periodistas deportivos. Sin eventos que retrasmitir y con los quioscos de capa caída, reforzaron su especialidad en inventar noticias y llenar páginas con contenidos de dudoso interés. A los interminables rumores de fichajes de promesas de Turkmenistán o Botsuana con nombres impronunciables, se le unió la cobertura del aislamiento de los deportistas. Según una de las crónicas dedicada al encierro de Joaquín Sánchez, éste se dedicaba a repasar la obra de Aristóteles, escuchaba las obras de Bach para clavicordio y por la noche veía la filmografía de Francis Ford Coppola. Los periodistas con más olfato intuyeron el túnel y se reconvirtieron a tiempo en voceros o tertulianos de prensa rosa, pudiendo salvar su vocación. Al final del confinamiento, muchos diarios tuvieron que echar el cierre o prescindieron de gran parte de su plantilla. Algunos de los periodistas despedidos quedaron tan noqueados que ahora locutan los regates e internadas de las enfermeras que les sirven los medicamentos en el sanatorio.

Debía ser medio día cuando Huang interrumpió mi ensimismamiento frente a la pantalla. Cortésmente, me pidió que le prestara el ordenador portátil y éste lo lanzó por la ventana. “Te montaste en el carrusel y has quedado atrapado. Disculpa mis modales, pero la recaída puede ser mortal”. Sin entender muy bien de qué me estaba hablando, tomé el teléfono móvil y seguí repasando los titulares de los medios deportivos. Entonces, el loro me lo arrebató y me pidió que me vistiera con ropa deportiva. A continuación puso un vídeo de un entrenador de Moldavia, llamado Petru, ataviado con indumentaria militar y pose hip-hop, de rostro severo y una voz penetrante. El loro y yo tratamos de seguir sus ejercicios: sentadillas, planchas, burpees, push-ups, picks ups, pelvis lift y otros movimientos que desafiaban mis propias leyes de la gravedad. Al terminar la sesión, Huang me devolvió el teléfono móvil. En un acto reflejo, mis dedos buscaron un resumen de un Hércules – Logroñes de la temporada 96/97. Enfurecido, el loro propuso una sesión de yoga online impartida por una chica argentina de voz hipnótica. En los momentos de relajación mi cabeza visualizaba las finales de la NBA entre los Jazz y los Bulls, que coronarían por sexta vez al equipo de Michael Jordan.

Con el propósito de alejar de mí la adicción al deporte, Huang probó con clases de baile afrobeat, crossfit, tenis mesa, escalada a la nevera e iniciación al patinaje artístico. En plena vorágine de ejercicio, perdí el conocimiento. Al despertarme, Huang permanecía a mi lado y me preguntó por la alineación del Barcelona en la final de Champions League de la 05/06. Con agujetas en el cerebro y los músculos espesos, acerté a contestar: “Napoleón en la portería; Juana de Arco, Pío Baroja, Stalin y Goebbels en la defensa; centro del campo para Carlos V, Janis Joplin y el Conde Duque de Olivares; y en la delantera Rasputin, ‘el Sacamantecas’ y la rana Gustavo”. El loro pareció darse por satisfecho y me dejó descansar durante el resto del día.

Y así fue como escapamos prácticamente ilesos del carrusel deportivo. La detención de la farándula deportiva supuso para mí un gran alivio. De repente, como si de un botín se tratara, me encontré con una enorme cantidad de tiempo que invertiría en otras estupideces con tal de que éstas no giraran. Finalmente, el carrusel deportivo sobrevivió a la llegada del Nuevo Mundo, aunque caballos y montadores tuvieron que renunciar al oro como única condición para sobrevivir.

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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