cuarentena

Carrera hacia ningún lugar (Cuarentena XXVI)

Nacíamos, corríamos y moríamos. No importaba el destino ni el camino, lo importante era no detenerse. Multitud de corredores abarrotaban las calles, chocaban entre sí, avanzaban a ritmos dispares o adelantaban por márgenes y vericuetos. Algunos se convencían de que habían nacido para alcanzar el infinito, fingían cara de concentración y actuaban como si el cuerpo fuera a aguantarles por siempre. Otros nos limitábamos a correr tras una liebre y, una vez superada, buscábamos una nueva. Las trampas del camino obligaban a escoger entre retirarse a tiempo o morir por agotamiento. Aunque hubo quien se resistió, la pandemia obligó a suspender la carrera hacia ningún lugar. Entre los gritos de horror e histeria, el virus imploraba que todo parase.

Nuestra cuarentena marchaba de forma frenética. No quedaba casi nieve en los picos de Sierra Nevada. Las palomas habían conquistado medio vecindario, mientras que los gatos callejeros establecían una red de tráfico de estupefacientes burlando la vigilancia de las autoridades caninas. El pobre aspecto de la nevera y la despensa nos invitaba a racionar los víveres hasta que pudiéramos salir a comprar. Mi contacto con el exterior se redujo a mis padres y mis improvisados huéspedes. A los primeros se les había agotado la ternura generada por la pandemia y habíamos retomado la senda de mensajes como “Buenos días, lucero mío. ¿Aún no te has suicidado, verdad? Te queremos”, “Eres tan especial como el felpudo de la puerta” o “Cuídate mucho, hijo, que algún día necesitaremos tu riñón”. Por su parte, Raúl, mi compañero de piso, ofrecía su particular tranquilidad desde el asentamiento que había levantado de forma espontánea. Después de dos meses de encierro, acababa de entender que el causante era una pandemia global y no un cambio en la fecha del Día de Muertos. Aun así, con las fronteras cerradas, se mostraba seguro de regresar la semana siguiente a su país en barco o en avión. Respecto a la familia con la que compartía mi piso, Raúl había ideado una estratagema infalible: casarme con Guadalupe y adoptar al resto del clan familiar. A cambio, ellos cocinarían tacos todas las noches, cantarían mariachis y se encargarían de que no faltara tequila. Aunque sonaba tentador y no quería ser descortés, les propuse la alternativa de buscarse la vida fuera de mi regazo. Para rematar, Huang se puso un sombrero mexicano, se aclaró la garganta y añadió cantando a guitarra: “Con dinero y sin dinero, yo hago siempre lo que quiero, y mi palabra es la ley”.

En los ratos que las lecciones sobre el colonialismo en África, los burpees, poner lavadoras y descansar me dejaban, comencé a escribir un tomo que recopilaba las enseñanzas de Huang aplicadas en mi propia persona. Lo titulé Crónicas de un encierro, rezando para que nadie hubiera tenido la misma ocurrencia. En él trataba de explicar cómo me había infectado de los virus de la ignorancia, la arrogancia, el egoísmo o la banalidad hasta convertirme en uno de los miles de millones de necios que consumíamos el mundo. La segunda parte estaba dedicada a la remisión de las enfermedades gracias al milagroso método del loro oriental. Solía aprovechar los ratos en que Huang se quedaba traspuesto leyendo el Gran Saber —clásico del confucianismo— para escribir. Lejos de picotearme por revelar sus secretos, el loro mostró efusividad al descubrir el proyecto. Sin embargo, señaló un virus que, según él, aún no había aplacado: la ansiedad. Respiré hondo y le dediqué una sonrisa burlona, maldiciendo el escepticismo inmutable del loro.

Cuando pasé de mitad de libreta, me entraron unas ganas terribles por terminar y comenzar un ensayo sobre el movimiento hiperbólico de las pelusas, aprender ganchillo tunecino o pintar un autorretrato con los pies. Pensé que ya había ofrecido lo mejor de mí y que nadie en su sano juicio llegaría hasta el final. Rellenando con frases de sobres de azúcar y expresiones manidas tendría el volumen completo antes del amanecer. De esta forma, mi mano expresaba con palabras un volcán furioso antes de que mi mente pudiera procesarlo. Bombillas que reflejaban luz sobre espejos, nubes que contenían polvo de estrellas y botellas que flotaban en el mar con historias sobre bandidos románticos llenaron las últimas páginas. Con el borrador acabado, me metí en la cama a repasarlo. A los pocos segundos caí agotado.

Al levantarme, descubrí que tenía los brazos atados a la cabecera de la cama. Los grilletes que me apresaban eran lo suficientemente resistentes como para aguantar mis embestidas. Temiendo que fuera un sueño o una alucinación fruto del agotamiento, volví a echarme a dormir. Mi lógica resultó errónea y cuando volví a despertar seguía amarrado. A voces reclamé a Huang, pero éste no contestó. El borrador de Crónicas de un encierro había desaparecido. En primer lugar supuse que alguna editorial debía haberse enterado y había robado el manuscrito para publicarlo con la autoría de Manuel Vilas o Juan José Millás. Después empecé a sospechar de Huang. Cavilaba si habría sido capaz de traicionarme y comercializar mi vacuna casera contra la ignorancia, publicar el manuscrito por su cuenta o si se había hartado de mí y había decidido abrir una churrería. Como en ocasiones la verdad es la opción más difícil de creer, tampoco descartaba que también estuviese maniatado o que fuera demasiado temprano para despertar.

El Viejo Mundo había desterrado la incertidumbre y ésta me estaba devorando entre las sábanas. No estaba acostumbrado a que ocurriesen imprevistos y mucho menos tener que enfrentarlos. El día a día era una sucesión de eventos que se repetían. Cuando llegaba a una nueva ciudad, había estudiado previamente cómo eran los monumentos y los enclaves que acabaría visitando. Veía películas idénticas a las que me habían maravillado; buscaba restaurantes de moda para pedir huevos fritos con chorizo —mi plato favorito—; y continuaba con mis relaciones más por miedo a lo desconocido que por el amor conocido. Si el más mínimo detalle se salía de lo normal e Internet no daba respuesta en unos minutos, podía cortocircuitar y corría el riesgo de fenecer en vida. En aquellos momentos de ínfima inquietud, morían los abuelos que habían sobrevivido a incertidumbres como el hambre, la guerra o la miseria que ridiculizaban las nuestras. Quizá, deberíamos haberles escuchado para saber cómo afrontarla antes de mandarlos al destierro de las residencias.

Aceptando que tal vez hubiera llegado mi hora, conseguí templar el desasosiego. Sin embargo, en poco tiempo me invadió un elemento que me costó trabajo identificar: el aburrimiento. Lejos de la épica y la solemnidad que se presupone al colofón de una vida, esperar a la muerte se convirtió en una actividad soporífera. Sin clásicos de Julio Verne que leer, debates sobre política financiera, ni documentales sobre la civilización egipcia, no tenía razón de ser. El Viejo Mundo también había conseguido erradicar el aburrimiento, dotando al ser humano de tantas diversiones y maneras de realizarse que no le quedara un segundo por ocupar. Habíamos hecho de la agitación permanente nuestra forma de vida.

Finalmente, me resigné frente a mi destino y comencé a observar con detenimiento las paredes. Entre las formas que dibujaban las rugosidades encontré todo tipo de figuras animadas: cerdos parlantes, piñas de color azul, playas en un exoplaneta, panteras anarquistas, aguacates con conexión bluetooth y destilerías de sangre. Estaba sumido en un estado de tranquilidad absoluta cuando empecé a ver mi vida proyectada en las paredes: el nacimiento en un establo, el canje fallidos con la granja vecina, las filas vacías a mi alrededor durante la universidad, apuestas en el canódromo, zumba con un grupo de monjas, el viaje a Italia y un loro volando sobre mi cabeza. Con la proyección terminada, noté como mis brazos se liberaban de los grilletes y una presencia intentaba zarandearme. En un primer instante imaginé que era el recibimiento clásico que se daba al llegar al Cielo y que en breve acudiría San Pedro a darme más instrucciones. Cuando recobré la consciencia, encontré a Huang a mi lado. “¡Merluzo! Sólo has estado veinte minutos encerrado y casi te mueres. Los jóvenes de hoy en día tenéis de todo y sois muy flojos”, dijo el loro con un tono serio. “Tenéis miedo a parar, porque parar significa pensar, por eso preferís ir como pollos sin cabeza”. Recuperado de la prueba de Huang, dediqué todo el día a centrar mis esfuerzos en aburrirme plenamente y dejar que mi lista de cosas por hacer se llenara de polvo sin remordimiento.

Y así fue como conseguimos cumplir con el objetivo de parar por completo que había propuesto la pandemia. Nos retiramos de la carrera hacia ningún lugar y empezamos a intuir hacia dónde queríamos ir. También recuperamos las fuerzas que íbamos a empezar a necesitar para culminar nuestro gran cometido.

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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