cuarentena

Vida low cost (Cuarentena XXVII)

Uno de los milagros que obró el Viejo Mundo fue el de los panes y los peces. Mediante un sueldo mísero podías alimentarte, vivir entre cuatro paredes carcomidas, socializar en tugurios con glamour y bañarte en jofainas de gintonic, vestir a la penúltima, comprar un utilitario de 100.000 km, hacerte selfies en el sudeste asiático, esperar a que el cartero te abasteciera con el último artefacto tecnológico, estar suscrito a quince plataformas de streaming y donar lo restante a una organización benéfica que acogiera corocoros abandonados en Surinam. El milagro era de tal magnitud que ningún científico había conseguido explicarlo sin recurrir a la brujería o al misticismo. Algunos teólogos lo achacaban a la llegada de un nuevo profeta que todavía no había sido identificado. Nadie quería renunciar a tenerlo todo, pero la pandemia se empeñó en demostrar que menos puede ser suficiente.

Cumplidas las dos semanas de cuarentena tras nuestro regreso, podía volver a salir a la calle por algún motivo excepcional. Como en aquel momento descartaba la eventualidad de rociar a Huang con salsa agridulce y hornearlo, preparé una extensa lista de la compra con tal de no volver al supermercado en varias semanas. Aproveché que quedaba poco detergente para gastarlo y hacer la primera colada desde nuestra llegada. Cuando estaba preparado para salir, observé que de la cocina manaba un río de agua y jabón. El suelo estaba inundado y la lavadora traqueteaba violentamente. Al acercarme al cacharro, éste dejó de funcionar con un estruendo brusco que dio a entender que acababa de pasar a mejor vida. No era de extrañar teniendo en cuenta que, por su aspecto destartalado, debía de proceder de la sección de saldos o de una rifa de barrio. Mientras lavaba la ropa a mano —evocando mis días en el campamento para niños obesos— maldije esa extraña tendencia de tener en cada casa una chatarra en lugar de compartir una máquina de mejor calidad con todo el vecindario. La gente jaleaba las bajadas de impuestos para poder beberse una cerveza más al mes, pero a cambio despilfarraban sin remordimiento miles de euros por rendir pleitesía a la propiedad privada.

A excepción de cuadrillas de gatos, los cuales no se inmutaban ante mi presencia, no había un alma en la calle. Los coches se amontonaban detenidos formando interminables hileras. Como la victoria británica en Waterloo frente a las tropas napoleónicas, en las escuelas del Nuevo Mundo se estudiaría la victoria por aplastamiento de la industria del automóvil sobre la población. Ésta había conseguido inundar las ciudades con sus utilitarios, cuando en caso de estar organizados probablemente bastaría un puñado de ellos. Los más acaudalados cambiaban de coche cada cuatro años, imprimiendo un ritmo endiablado a la danza del progreso. Los que menos tenían rezaban para que sus cascajos rodantes se convirtieran en reliquias de museo antes de que dijeran basta, mientras que los dueños de los talleres y desguaces se frotaban las manos.

Aun ir ataviado con guantes, mascarilla, visera protectora, gorro de lana, disfraz de chimpancé y camisa de juerguista, fui sometido a una concienzuda desinfección a mi llegada al supermercado como si formara parte de una plaga de cucarachas. Un silencio tenso envolvía el ambiente. A toda velocidad, los clientes que recorrían los pasillos se limitaban a llenar sus carros mientras los empleados reponían las baldas. Al cruzármelos, pude adivinar una mezcla de recelo y desprecio en sus ojos que me congeló. Durante años, aquel supermercado había refinado la técnica de la compra fugaz: sin variedad no se perdía tiempo eligiendo; el consumidor se había convertido en un robot que había interiorizado la distribución de los productos; y como hilo musical sonaban canciones que invitaban a abandonar con urgencia el establecimiento. Afuera clientes y trabajadores alababan las bondades de la cadena como si algún día fueran a heredarla o a cruzar a su descendencia con la de algún directivo. Al pasar por caja, el dependiente se propuso batir el récord mundial de despachar clientes sin mediar palabra. Cargado como un camello que atraviesa las dunas del desierto, aceleré el paso para refugiarme de la realidad cuanto antes.

Esperé que mi recibimiento fuera como el de un soldado que acaba de llegar de combatir en Afganistán, arriesgado su propia vida por defender a su patria. Para mi decepción, Huang dormía plácidamente ajeno a cualquier batalla. Tras ordenar los víveres, quise sorprender al loro con un banquete y dejar por un día el menú de rancho. Al meter la carne en la sartén, ésta se desinfló y comenzó a manar un líquido blanquecino y grumoso. A pesar de la intensidad de su color y la suavidad de su grasa, el jamón tenía un agradable sabor a cartón ahumado. El queso, en cambio, era exquisito y se deshacía en la boca, aunque hubiera sido más honesto llamarlo mantequilla. Huang no parecía tener grandes remilgos y devoró con ansia cada uno de los platos, manifestando una asombrosa pericia a la hora de pimplar de la botella de vino. Finalmente, dio su veredicto: “Porque estaba desmayado de hambre, que esto no hay Dios que se lo coma. Las pipas para canarios tienen más sabor y, por lo menos, van de frente”, sentenció. Después de tomar unas naranjas que debían haberse evaporado por dentro, Huang pidió un trago de ron. Al verme aparecer con una botella de Ron Protestante —el oscuro objeto de deseo del monje ardiente y el estudiante, según su etiqueta—, el loro enfureció. “¡Merluzo! ¡Se puede escatimar con el esfuerzo o el amor, pero nunca con el ron! Esta aberración debería ser denunciable”, gritó fuera de sí. Cuando los efectos combinados del vino y el ron lo apaciguaron, prosiguió en un tono burlón: “Los seres humanos sois fascinantes. Podéis ir a un restaurante, pedir conejo, que os traigan gato y pagar como si fuera confit de pato. Y luego racaneáis en la compra”.

Lejos de frustrarme, acepté con resignación las palabras de Huang. Si había alguna duda, al tumbarnos sobre el sofá, éste tuvo la gentileza de partirse por la mitad para mostrar que vivíamos una vida de bajo coste. Los enseres de IMEA amoblaban uniformemente los hogares del mundo a un precio irrisorio. Uno de sus múltiples secretos se basaba en aprovechar el destierro de la interiorización del paso del tiempo. Comprábamos sus muebles convencidos de que jamás se reducirían a ceniza y cuando lo hacían habíamos olvidado cualquier referencia temporal, limitándonos a lanzarnos a los brazos del gigante sueco para conseguir nuevo material. De igual forma sucedía con las tiendas de moda que vendían pantalones que se resquebrajaban en un par de usos, zapatos que producían lesiones plantares, toallas que venían con hedor a cloaca incorporado y calzones con motivos de unicornios que se agujereaban con sólo mirarlos.

Aún tumbado en el diván destruido, extremando la precaución para no despedazar ningún mueble más, recibí un mail que venía esperando semanas: se cancelaba mi vuelo a Colombia para vacaciones, debido a la virulencia de la pandemia sobre Latinoamérica. La compañía, Low Cost Life, se disculpaba a través de un mensaje que apelaba a la empatía del viajero, permanecer unidos en aquellos momentos dramáticos y mirar con optimismo el futuro. En un ademán artístico jamás visto, la despedida incluía unos versos que me hicieron derramar alguna lágrima:

Juntos queríamos surcar el cielo
pero el virus ha instaurado el infierno.
Este verano no habrá playa, ni montaña,
pero sí la suegra metiendo cizaña.
Volveremos más fuertes y preparados
sin escatimar en fraudes y retrasos.
Estimado cliente, no se ponga enfermo
nos hace más falta vivo que muerto.

Al final del mensaje, con una letra indistinguible, la compañía recordaba que el importe del vuelo sólo se podía recuperar en vales para un próximo vuelo —aunque la compañía no preveía retomar la actividad y los rumores de bancarrota se repetían— o en descuento para comida de loro. Evidentemente, opté por lo segundo. En cierta forma, a pesar de que no conocería Colombia y su gente, me alegré por la cancelación del vuelo y romper con las vacaciones de bajo coste. El billete que había reservado era de la gama Low Very Low, con lo cual debería viajar en la bodega y, en lugar de embarcar, sería facturado dentro de un trasportín junto al resto de maletas y mascotas; en el país andino me alojaría en las habitaciones más económicas mediante la plataforma BluffBnb, lo cual contribuiría a la gentrificación, la subida del alquiler local y el secuestro de algún niño inocente por parte de la despiadada compañía; y me movería en transportes que usaban como combustible una combinación de diésel y charapillas, acelerando la destrucción del Amazonas y la polución en las capitales colombianas.

Después de meditar profundamente —actividad que chocaba con los efectos devastadores de la resaca producida por el vino barato—, tomé una decisión drástica: me di de baja de las plataformas streaming, dejaríamos de comprar productos en grandes superficies y de hacer la compra en el casi monopolio alimentario. Compraríamos menos, pero de mejor calidad. Aproveché que Huang roncaba, para dar una vuelta por el barrio. Los establecimientos acababan de abrir tras algunas semanas cerrados. No hubo prisas, ni miradas de recelo. Las naranjas no brillaban bajo el reflejo del sol, pero tenían un sabor dulce y jugoso; y la carne y el pescado se cortaba y pesaba al momento. La factura era un poco más alta, pero el beneficio se repartía entre tenderos, agricultores, pescadores y ganaderos. Para celebrar el cambio de filosofía, compré una botella de ron dominicano y un vino exquisito que provenía de La Alpujarra. En la cena, Huang bendijo los alimentos: “Más vale poco y bien arado que mucho y arañado”, apostilló mientras degustaba un fina loncha de jamón de Trevélez, cambiando la sabiduría proverbial china por el refranero español.

Y así fue como escapamos de la cultura low cost del Viejo Mundo y empezamos a valorar y apostar por la calidad, el esfuerzo y la cercanía. No en vano, los científicos del Nuevo Mundo conseguirían evidencias que demostraban la validez de la teoría de que menos es más. Por su parte, los teólogos se convencieron de que el milagro de los panes y los peces no había sido obra de un supuesto profeta, sino de un enviado de Lucifer bien peinado y vestido y que, además, aprovechaba que obraba los milagros para quedarse más peces de la cuenta.

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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