Microrrelatos·Vida Moderna

Vacaciones para el ego

Tengo como norma de vida no participar en juegos de azar. Sin embargo, durante el desconfinamiento hice una excepción y compré el boleto de una rifa benéfica. El objetivo era recaudar fondos para egos abandonados durante la pandemia. A los pocos días descubrí que había resultado ganador del premio: un fin de semana en un hotel de cinco estrellas en primera línea de playa con todos los gastos pagados, para mí y para mi ego.

El complejo estaba localizado en una pedanía inaccesible, cuya parada de transporte público más cercana se situaba a 15 km. Después de andar tres horas a pleno sol y disfrutar de los bocinazos de veraneantes sedientos de arena y mojitos, llegamos a destino. En la recepción no tenían constancia del premio y amablemente me invitaron a pagar o a marcharme. Sin embargo, no perdí la calma y repetí ciento treinta y siete veces “Soy el ganador de la rifa de la asociación de egos abandonados”. Finalmente, el servicio dio su brazo a torcer y me concedió el acceso a una de las habitaciones más exclusivas. Aunque hacía las veces de cuarto de mantenimiento, estaba repleta de productos de limpieza, destornilladores y alicates y el calor era asfixiante, en un lateral había un póster con las idílicas vistas a la playa en los años cincuenta.

Tras un banquete que birlé de las bolsas de basura del restaurante -cabe destacar que una de las mejores que he probado-, bajé a la piscina, paralela a la playa y diseñada para maravillarse del atardecer cayendo sobre el mar. No había ni una tumbona ni una sombrilla libre. Una cuadrilla de adolescentes libraba una batalla encarnizada en el agua. En la piscina infantil una pareja se daba el lote bajo la atenta mirada de un grupo de ancianos que comentaba la jugada. Puse mi toalla en la única parcela libre, las escaleras de acceso a los aseos, y me tumbé con la esperanza de que se liberase un hueco. Entre tanto, la gente iba y venía de la playa o del bar, dejando las hamacas libres durante horas, con la toalla encima como marca de su propiedad. Mi cabeza daba vueltas enfurecida hasta que tracé una estratagema para recobrar el equilibrio.

Aquella noche no pude pegar ojo entre repasar los entresijos del plan y los arrebatos pasionales que poseían a las parejas de ancianos. Antes del amanecer, me dirigí a la piscina y lancé una a una todas las tumbonas hasta rebosar la piscina. Nadie se podría tumbar ni bañar impidiendo el acceso al resto de personas. Tras semejante hazaña, el hotel me propuso como gerente. Ahora estamos estudiando la posibilidad de cerrar el hotel y acoger a otros egos abandonados. Solidaridad, hermanos.

2 comentarios sobre “Vacaciones para el ego

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