cuarentena

Democracia al gusto (Cuarentena XXVIII)

El Viejo Mundo se regía según las normas de un sistema llamado democracia. A grandes rasgos, ésta consistía en tomar una decisión según el criterio mayoritario por medio de una votación en cierta igualdad. Como consecuencia de revoluciones, guerras e invasiones, multitud de países habían adoptado la democracia como forma de elegir a sus gobiernos y representantes, convirtiéndolo en una creencia casi divina. No sólo la política empleaba dicha herramienta, sino que la adicción al consenso había proliferado entre los ciudadanos. El cabeza de familia ya no decidía por sí solo si la familia iría a pasear o al cine el sábado por la tarde, sino que había que respetar la voluntad de los hijos por quedarse en casa a ver Frozen por decimoquinta vez seguida; el profesor ya no impartiría las enseñanzas de Kant porque el grupo de Whatsapp de padres había acordado que sería mejor estudiar a Rafael Santandreu, adalid de la autoayuda y la psicología de los maravedíes; y el párroco dejaría de leer la Primera carta a los corintios puesto que los feligreses habían decidido sustituirlo por la lectura de Cincuenta sombras de Grey. Fiel a su cita, la estupidez había hecho su pequeña pero notoria contribución.

La pandemia también sirvió para desnudar las maravillas de la democracia. Algunos mandatarios, aclamados por el pueblo hasta elevarlos a la categoría de profetas, sucumbieron, se colgaron unos hilos a la espalda e interpretaron el papel de marioneta. En un arrebato de integridad, el primer ministro de Moldavia, tras un consejo de ministros, se pintó la cara, se vistió de arlequín y se enroló en un circo ambulante. Los políticos que no estaban en el gobierno fueron más cautos y apostaron por la infalible estrategia de repetir que todo estaba mal y que sus adversarios políticos eran la rencarnación de Satanás. Fiaban su suerte a la efimeridad de los sucesos y las palabras, a que nadie descubriera que por la mañana reclamaban que el cielo se pintara de negro y por la noche de blanco. En misión de paz, los medios de comunicación acudieron a la cita siguiendo las directrices de los intereses de inversores y camorristas.

Mientras tanto, universidades, institutos y colegios procuraban encontrar una respuesta democrática al restablecimiento de las clases. Por un lado, la administración descargaba toda iniciativa a los centros para rebajar su eventual responsabilidad ante el desastre; los profesores se quejaban de la carga de trabajo, exigían regresar a las aulas a la mayor brevedad, a los ábacos y los castigos físicos; los alumnos pedían un aprobado general y mayores cuantías en becas para subvencionar botellones; la comunidad de padres que los niños fueran internados y devueltos cuando alcanzaran la mayoría de edad; y los sindicatos que todos los docentes vistieran camisas con estampados florales. No hubo acuerdo satisfactorio y se pactó una hecatombe con la condición de que, llegado el momento, todos se lanzarían las culpas. En una sociedad tan dividida y polarizada, donde cada uno buscaba su propio beneficio, la democracia se había convertido en una pelea sobre arenas movedizas, en la que los luchadores se hundían antes de tocar a sus adversarios. El sector empresarial y económico había eludido los compromisos democráticos, adoptando el clásico mandato genital, abusivo en términos humanos, pero efectivo a efectos cuantitativos.

En aquellas alturas había dado comienzo el proceso de desconfinamiento. A los niños, ancianos y personas disfrazadas de dinosaurio se les permitía pasear y en breve lo haríamos el resto. Paulatinamente, se recobraron algunos usos y costumbres del Viejo Mundo, en ocasiones con sutilidad y otras veces a martillazos. Las bandas de gatos callejeros habían regresado a la clandestinidad confiando en nuevos confinamientos, mientras que las palomas volaron hacia la intimidad de alcantarillas y vertederos. La emoción de nuestro encierro se había esfumado. Las clases de Huang y nuestros debates se transformaron en un vaivén de monosílabos y silencios interminables. Fuimos engullidos por la inmensidad del conocimiento, por la aparente paradoja de que cuanto más se profundiza en un tema, más consciencia de la profundidad se adquiere y más insignificante se siente el explorador. El loro, desmotivado y con indicios de cinismo, se refugió en el alcohol, lo que conllevaba enfrentamientos constantes. El orden y la simetría le empezaron a obsesionar. Una tarde guardé un calabacín entre los pimientos y las berenjenas, a lo que Huang me reprendió a picotazos ya que aseguraba que las berenjenas y los calabacines mantenían una rivalidad histórica que debíamos evitar.

En contraposición, las ganas por aplacar al virus de la ignorancia rebosaban mis pensamientos. Durante las noches rumiaba la idea de alertar a mis conocidos sobre su existencia. Tal y como sostenían los manuales básicos de lucha colectiva, para combatir a un enemigo  el primer paso era identificarlo o, en caso de no lograrlo, inventarlo. Como primera tentativa escribí una carta describiendo la virulencia de la enfermedad, el apocalipsis de estupidez que se avecinaba y alegando el compromiso inexcusable de identificarlo y enfrentarlo. Para resaltar la carga emocional, adjunté un dibujo de un caballo con alas hecho con Plastidecor que a cualquier niño de seis años le hubiera supuesto repetir curso.

Mientras ordenaba los cubiertos, procurando que tenedores y cucharas ni se rozaran, tal y como ordenaba Huang, éste y su aliento a destilería me abordaron enfurecidos. “¡Merluzo! ¿Qué pretendes con esto?”, preguntó sosteniendo uno de los ejemplares manuscritos con el ala. “Es un disparate. El mundo es feliz conviviendo con la ignorancia. ¿Quién te crees que eres? Deja eso, vamos a comprar una televisión de plasma, a atiborrarnos de patatas fritas, beber gasolina y a ver la última temporada de La casa de papel”, prosiguió atropellando sus palabras. La resignación de mi fiel escudero supuso tal impotencia que no pude responder. “Además, en esta casa se sigue las normas de la democracia. Voto en contra de tu propuesta, por tanto queda vetada y se levanta la sesión”, sentenció apartándose de mi vista. Sorprendentemente, un loro autoritario, proveniente de un país en el que no se practicaba la democracia, se estaba refugiando en ella. Aunque podría haber devuelto la jugada democratizando la botella de ron, preferí retirarme y asumir la derrota.

Aquella noche apenas pude pegar ojo. Cogí el móvil y me inyecté una severa anestesia: vídeos de galgos que bailaban cancán, partidos memorables de la selección de críquet india, parejas que practicaban sexo frente a La Gioconda o el David de Miguel Ángel y tertulias sobre si Sansón había sido el primer hípster de la historia. Semanas antes aquella actitud hubiera sido reprendida de forma pedagógica por Huang. En aquella ocasión, oía de fondo silbar ‘Despacito’ mientras su cuerpo se agitaba y chocaba contra la pared. Acto seguido, la pantalla del teléfono se apagó de forma repentina. Enchufé el aparato al cargador y éste siguió sin reaccionar.

Maldecía mi suerte cuando del teléfono salió un haz de luz blanca cegador. La habitación se iluminó y un coro angelical acompañado de trompetas comenzó a sonar. Entonces, proyectado por el teléfono, emergió la figura del Papa Francisco tomando mate. “Che boludo, ¡otra vez vos! Mirá, te dije hace como un mes que había un virus por allá pululando y que lo va a arrasar todo. Vos sigués ahí pasándolo rebárbaro con tu lorito y sus pelotudeces. ¡Carajo, hacé algo!”, gritó enrabietado y a continuación lanzó el mate por los aires. Aunque en condiciones normales uno hubiera pensado que se trataba de una campaña agresiva de captación, la aparición no me sorprendió lo más mínimo y puse a Bergoglio al corriente de mis iniciativas frustradas por la negativa de Huang. “Democracia… ¿Vos crees que a mí me hicieron Papa votando? Mirá, querido, sea por el Espíritu Santo, por la plata o por la democracia, el resultado va a ser el mismo: joder al que menos tiene. La democracia es una boludez que se inventaron para parecer que todos somos iguales y hacer que los poderosos sigan mandando tranquilamente. Esos pelotudos que son tan católicos me acusan ahora de ser comunista y capaz que mañana me repatean democráticamente. Andá y plantá cara contra el virus, pibe. Ahora te tengo que dejar que volvé La reina del Sur tras los anuncios publicitarios. ¡Chau, querido!”, dijo aceleradamente y la luz de la pantalla se atenuó.

Mientras digería las palabras del Papa, di una vuelta por toda la casa. Huang roncaba tendido en el suelo del salón. La mesa rebosaba de vasos y botellas vacías. Los libros que antes habíamos absorbido como fuentes en medio del desierto, ahora estaban despedazados. Resultaba demasiado tentador dejarse vencer por la indiferencia y sumirse en la vorágine de la autocomplacencia y la autodestrucción. No podía esconderme más, tenía que tomar una decisión: una retirada a tiempo o una muerte en combate, un loro de juguete o una visión, ser ciudadano del Viejo o del Nuevo Mundo. Necesité poco más de unos segundos. Pocas veces he estado más seguro. Me acerqué al montón de cartas, tomé una de ellas y le prendí fuego.

Y así fue como decidí que mi camino hacia el Nuevo Mundo se regiría por las normas de la democracia al gusto. Un sistema en el cual, como único interesado, tomaría mis propias decisiones y cuando no funcionase, las cambiaría al gusto.

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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