cuarentena

Espejismos de posibilidades (Cuarentena XXIX)

En determinadas ocasiones sólo vemos lo que deseamos ver. Excluyendo posibles trastornos oculares, las causas pueden ser múltiples o una combinación de éstas: deformación de la composición observada; venda impuesta para dificultar la visión parcial o total; apresuramiento que deriva en falta de atención o comprensión; o enajenación transitoria fruto de una ingesta de comprimidos artificiales sin procesar. Vivir en un espejismo se convirtió en una tónica en el Viejo Mundo, así como hacer de la posibilidad una realidad. Aunque la pandemia se encargó de disuadir cualquier atisbo de ilusión óptica, los mayores ciegos, los que no querían ver, consiguieron sobrevivir construyendo su propio mundo.

Cuando se habla de apariciones, como las marianas en Lourdes, Fátima y Zaragoza o la del tío Pancracio sobre la mesa camilla jugando a la güija, se suele olvidar un factor extremadamente importante: la extenuación. La segunda visita de Bergoglio me dejó tal nivel de fatiga que, sin darme cuenta, dormí como un bendito durante dos días seguidos. Siempre he pensado que la profundidad de mi sueño —probada en tormentas cruentas, atracadores primerizos y sartenes al fuego— podría ingresar en el libro Guinness de los récords. Sin embargo, la parafernalia de ponerse en contacto, batir la marca y, en caso de suceso, comprar unas copias para regalarlas en Navidad conllevaba una inversión de esfuerzo que no merecía la pena. El caso es que mi desconexión prolongada sólo podía significar que Huang me había dado por perdido y que al entrar al salón encontraría los restos de una orgía con urracas vagabundas o los despojos de sus alas, su mecanismo de repetición y su erosionado pico de plástico naranja.

Asombrosamente, todos los muebles estaban en su sitio, los vasos impolutos y el baño desprendía un olor de desinfectante afrutado. La casa parecía digna de la portada de una de esas revistas de interiores que incluyen las de prensa rosa para que su público se sienta menos culpable. Mi compañero me saludó con un excelente humor e interrumpió la lectura del periódico para obsequiarme con un desayuno a base de zumo de papaya, huevos escalfados, café brasileño y tostadas con la ‘Nduja calabresa y pepino caramelizado. Sin duda, era meritorio al tratarse de un loro que cocinaba por primera vez. Cuando terminé de ingerir el manjar, pregunté por las intenciones que encerraban tantos honores y agasajos. “Quería pedirte disculpas por mi comportamiento. Te llevé hacia donde consideré mejor, manejándote como una marioneta, tratando de no lastimarte. No creo que podamos enfrentar al virus, pero si esa es tu voluntad, hágase”, contestó Huang. Agradecí efusivamente sus palabras de arrepentimiento y sus ánimos. Mientras le daba un abrazo y un beso sentido, lo desconecté. Aunque nunca hay decisión suficientemente segura, contar con el loro se había convertido en una fuente de problemas que torpedeaba mi causa. Por suerte, la verdad siempre se impone ante cualquier creencia y ésta aguardaría el momento propicio para ajusticiar mi error.

La primera parte de mi plan consistía en alertar de la presencia del virus. Tomé decidido mi teléfono y barrí toda mi agenda desde la A hasta la Z. Me aclaré la garganta, imité el tono y la actitud de Clint Eastwood antes del duelo final de El bueno, el feo y el malo y grabé un mensaje de cerca de tres minutos. “Estimado necio. Espero que tú y tu familia os encontréis bien en estos momentos. Por mi parte, me siento anímica y físicamente fenomenal. Durante este tiempo de soledad y crisis, he estado pensando y quería compartir contigo algunas de mis exiguas conclusiones desde mi campamento de supervivencia. Vivimos en un mundo a punto de colapsar, instalados en nuestras burbujas del egoísmo, anestesiados de manera voluntaria, consumiendo y acumulando a bajo coste hasta reventar. Somos el producto de un sistema voraz que nos quiere entretenidos y realizados en la banalidad y la superficialidad, que no quiere que pensemos ni actuemos, que nos quiere uniformes. Para legitimarlo, nos ofrece votar y así ser cómplices. Detrás de la pandemia se esconde otra igual de grave que corroe cerebros, consciencias y cuerpos a un ritmo lento pero constante: el virus de la ignorancia. Sé que la incertidumbre nos está devorando, pero tenemos una gran ventaja: no tenemos nada, porque no nos han dejado tener nada, ni siquiera miedo. Ahora es el momento de conquistarlo todo. Ahora es el momento de derribar el Viejo Mundo y viajar hacia el Nuevo Mundo. ¡Adelante compañeros!”, grité entre lágrimas de emoción y espasmos en las manos. Hinchado de orgullo por la convicción del discurso, escuché unos aplausos que provenían de la calle. Una cuadrilla de ancianos tocaba palmas, bailaba por bulerías y empinaba botellas de rebujitos en la franja horaria en la que les correspondía pasear. Aunque fuera un segmento más devoto del Viejo Mundo, celebré que mis palabras hubieran despertado tal fervor.

La reacción de mis contactos no se hizo esperar. Mi madre me llamó preocupada, pues sostenía que tras tomarme por loco, había llamado a su contable y éste había refrenado punto por punto mi análisis. En cuestión de un par de minutos experimentó todas las fases de un proceso de duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación, sosteniendo que pronto pediría cita a su cirujano de confianza para que le extirpase la ignorancia y le aumentase los senos. Acto seguido, mi hermana apareció mediante videoconferencia. Me contó que había resistido estoicamente el encierro en un pueblo aislado de la Selva Negra, junto a sus tres hijos, un palé de apfelwein y su marido Christian Gottfried Daniel, quien aún revisaba la vigésima tercera partida entre Kárpov y Kaspárov de la final de 1985. Según afirmaba, estaba de acuerdo con la tesis de que la estupidez era la principal causante del desastre. Sin embargo, además de librarse del virus, pretendía enrolarse en un pesquero de tunidos tropicales por el índico y perder de vista a su familia. Cuando ofrecía más detalles de su hartazgo, los niños rubios tomaron el aparato y se lo comenzaron a lanzar hasta que el más pequeño lo encestó en la taza del wáter.

También me escribió mi antigua compañera de trabajo, Daría, quien compartía el calado del mensaje, pero esgrimía que estaba a punto de conseguir un ascenso —cobrando el mismo sueldo a cambio de supervisar a los inferiores— y que no estaba segura de tirarlo todo por la borda por una cuestión de idealismo. Por su parte, las monjas con las que practicaba zumba se mostraron radiantes ante la iniciativa, pero habían consultado con el párroco y éste les había comunicado que mi lucha podía entrar en conflicto de intereses con todos los mandamientos salvo el décimo. Para despedirnos, el grupo rezó un Avemaría por la erradicación del virus mientras repasamos una coreografía con cha cha cha. El entusiasmo invadió a mis colegas de la cuadrilla, quienes, por su cuenta y riesgo, se armaron con bates, llaves inglesas, destornilladores, alicates y cuchillos y atacaron a todo lo que desprendía tufillo a ignorancia. Por si acaso, en algunas semanas no consulté la sección de sucesos de los periódicos.

Los compañeros del taller de cocina con microondas, mis antiguos compañeros de la universidad y los parroquianos del canódromo también mostraron variopintas reacciones, que, a falta de entender, asumí como favorables a la causa. Sea como fuere, la semilla de la concienciación estaba plantada y sólo faltaba que ésta germinase en una planta de luz y prosperidad. Gracias a las instrucciones dadas y a mi infatigable apoyo externo, mis contactos iniciarían una purga de su propia ignorancia que desembocaría en el inicio de otras purgas cercanas. Di por superada con éxito la primera parte de la estratagema y comencé a meditar cuál sería el siguiente paso. Necesitaríamos un órgano de propaganda, personas que abarrotaran de mensajes las redes sociales, relevancia en los medios de comunicación, hacer octavillas para repartirlas en las plazas, símbolos que nos identificasen y armarnos con balas de conocimiento y cañones de razón.

Sumergido en las cavilaciones, recibí la llamada de un número desconocido. “Buenas tardes. Te llamo de Salsáme Glamour. ¿Eres el del audio de la ignorancia?”, inquirió a toda velocidad. Me aclaré la garganta, dejé pasar unos segundos y con tono de una persona que se hacía el interesante respondí: “El mismo que habla, compañera”. “Vale, perfecto. En unos minutos entras en el programa, te harán unas preguntas. Tú limítate a representar a tu personaje y, cuando puedas, le sueltas mamón a uno, zarrapastroso al otro y huelegateras a la de más allá. Por cierto, tu audio es muy bueno, aún nos estamos descojonando”, sentenció. Pasando por alto por qué se habrían reído de tan sentido y noble mensaje, la emoción de que el plan de difusión se desarrollara antes de ejecutarlo me embargó. Lo que pasó minutos después aún se recuerda entre risas en el Nuevo Mundo. En el plató tres supuestos reporteros vociferaban sin parar, el mediador metía más cizaña y al otro lado yo no podía intervenir. Cada dos minutos el programa emitía mi mensaje descontextualizado, modificado, elaborando mensajes de apoyo al exterminio de los indios americanos y la deforestación del Amazonas. Cuando el espectáculo terminó, me di por satisfecho, el virus de la ignorancia había sido anunciado al mundo. Las redes sociales ardían con los hastags #VirusIgnorante, #NuevoMundo y #Adelante. Entre los mensajes que leí, capté que para aquel fin de semana se habían convocado diversas manifestaciones por todo el país. Huang, mientras tanto, reposaba impasible. Tuve la tentación de encenderlo, pero preferí despertarlo en el advenimiento del Nuevo Mundo.

Y así fue como elaboré mi propio espejismo, la realidad que yo quería creer. Éste estaba a punto de estallar en mil pedazos. Para entonces, no sólo tendría que tratar de no clavármelos, sino que debía arrancarme la venda para no lidiar con nuevas posibilidades que se tornaran espejismos.

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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