cuarentena

La revuelta de los necios (Cuarentena XXIX)

La historia está plagada de ejemplos que demuestran que el progreso es una constante lucha entre dos fuerzas: la que desea avanzar y la que quiere quedarse donde está. De la iteración entre ambas han surgido los eventos más estudiados: guerras, conquistas, expresiones culturales, proyectos económicos y políticos. La primera facción asume que un cambio generará mejores condiciones de vida e intenta acelerarlo, provocando fricciones y contradicciones. La segunda se limita a negarlo, entorpecerlo o crear espejismos, convencida de que la transformación, al menos para ella, será a peor. La abolición de la esclavitud, la aceptación de la homosexualidad, la mitigación de la explotación laboral y la integración de la mujer son claras muestras de que la corriente se puede detener o retroceder puntualmente, pero, tarde o temprano, pacífica o trágicamente, el desarrollo resulta imparable y encuentra cauces como lo hace un río hasta desembocar en el mar. Cuando las puertas del confinamiento se abrieron, los avances encontraron la oposición de antiguos diques con aspecto de vanguardia.

La primera cuarentena acababa de llegar a su fin. Las calles se convirtieron en hormigueros humanos, donde las hormigas paseaban a menos de un kilómetro de sus guaridas, rodeando plazas, parques y edificios hasta la hora pactada de guarecerse. Más tarde la caminata evolucionaría al running y el asfalto, aún huérfano de coches, se colapsaría de corredores como si se tratase de una plaga que el calor y la comodidad terminarían por erradicar. Desconocía a los vecinos que me cruzaba, aunque el uso de la mascarilla nos otorgó un efímero sentimiento de fraternidad desconocida y esperanzadora. Semanas después, comenzaron a abrir las terrazas y los bares, a los que la población se abalanzó en un acto de solidaridad con los taberneros y sus propios gaznates, celebrando que el confinamiento había sido parte de una pesadilla superada.

Los aplausos comunales se apagaron, dejando algunas agendas totalmente desérticas. Las burbujas que no habían explotado resistieron a base de grasas saturadas, redes sociales y series sobre atracadores poetas que planeaban robar la luna. No obstante, los balcones se convirtieron en un nuevo frente de batalla. Una tarde en la que me propuse familiarizarme con el barrio, fui sorprendido por un estruendo metálico. No lograba atisbar de dónde provenía y dudé si las canciones de Iron Maiden estaban desplazado el hilo musical latino que se había atrincherado en mi hipotálamo. De repente, descubrí a un par de señores que aporreaban cacerolas desde sus respectivos balcones al grito de “Fuera, fuera, fuera”. Uno de ellos tenía colgada una bandera marrón con un triángulo amarillo. Aunque no comulgaba con métodos tan poco sofisticados, simbología arcaica y la parquedad de las consignas, identifiqué a aquellos desconocidos como defensores de mi lucha. Los saludé efusivamente con un “¡Adelante, compañeros!” y éstos golpearon sus cacharros con más saña, dilapidando cualquier posibilidad de volver a cocinar potajes de habichuelas.

Aquellas manifestaciones no fueron las únicas durante la pandemia. Según la idiosincrasia del barrio, algunos de sus vecinos plantaban telas marrones con triángulos amarillos, aporreaban lo que encontraban en los armarios de cocina y vociferaban lemas indescifrables. Como el barrio donde pasamos la cuarentena era de baja alcurnia, no pude advertir la algarabía hasta salir. Conforme avanzaba la desescalada, la presencia del color marrón aumentó hasta cubrir algunas fachadas. Orgulloso por creer que yo era el principal instigador de aquella revuelta espontánea, me paseaba hinchado como un pavo, saludando a desconocidos, uniéndome a debates que se resolvían a gritos que emisor ni receptor lográbamos distinguir, pero con la sensación de que cada uno llevaba la razón. Si bien pensaba que para derrotar a la ignorancia sería necesario un espíritu transversal y que más adelante se discutirían los pormenores ideológicos, mensajes como “La ciencia es una pandemia”, “Antes muerto que pobre” o “Dadnos libertad para infectar” no terminaban de convencerme y deberían haberme hecho sospechar. La manifestación que había convocada para ese fin de semana terminó de abrirme los ojos.

La emoción de construir el Nuevo Mundo se disipó entre mis allegados y contactos, si es que alguna vez había existido. El Viejo Mundo había perfeccionado un asentamiento mecánico con tal de no herir sentimientos, pero que resultaba devastador para los que tenían memoria. De la noche a la mañana, mi madre abandonó a mi padre, sus posesiones y sus lujos, convencida de que la opulencia estéril era contraproducente con el combate a la ignorancia. Se echó al monte, cavó una cueva en la que vivir y decidió que se alimentaría de plantas y animales salvajes. En dos días, magullada y envuelta de una capa de tierra, volvió a casa, reorientando su compromiso a afiliarse a una asociación ecologista que talaba secuoyas milenarias y cazaba ballenas blancas al son del ‘Himno de la alegría’, lo que, según ellos, reducía el cargo de conciencia. Mi hermana se entregó con entusiasmo a los nuevos tiempos, patentando un licor de manzana llamado Neue Stummschaltung —Nuevo Mundo en alemán—, involucrando a sus hijos en la cosecha y a su marido como mascota. En poco tiempo la empresa familiar fue absorbida por una multinacional, con millonarios beneficios, y la inercia existencial volvería a explotar en la cara de mi hermana. Daría consiguió su ansiado ascenso y enchufó a Wang como nuevo aprendiz, rebajando a 68 años la edad en la cual podría disfrutar de un retiro feliz en un bajo de segunda línea de costa en Torrevieja. Monjas, parroquianos, colegas de la cuadrilla y otros conocidos se decantaron entre fingir una desaparición o bloquearme de sus contactos.

Sin embargo, aquellos disgustos no mermaron mi confianza ante el cometido que el destino me había reservado. Confiaba en que la verdad acabaría abriéndose paso en otras personas, formando un movimiento imparable que aglutinase a los carentes de decisión, a los aburridos o a los que estaban distraídos con otras minucias, facciones que la agitación del Viejo Mundo había erradicado. El día anterior a la manifestación lo dediqué a elaborar pancartas coloridas, repasar cánticos y a escribir cuartillas convincentes que repartiría entre mis compañeros. Antes de dormir coreé “El conocimiento es el remedio” y “El virus no pasa si estamos unidos”. Como si fuera un presagio, Huang, aún desconectado, pareció contestar moviendo la cabeza en señal de desaprobación.

A la jornada siguiente, la excitación me levantó temprano. Me engalané con mis mejores galas y me encaminé hacia el centro de la ciudad. Fuera del trasiego constante de paseantes, nuevos deportistas y fieles al café de primera hora, no detecté concentraciones de manifestantes. Al llegar a una de las avenidas principales topé con un descapotable que iba forrado con banderas marrones y triángulos amarillos. El conductor portaba una máscara negra que le tapaba la cara. El copiloto, además de máscara, lucía una capa de una intensa tonalidad roja como la sangre. Circulaban a poca velocidad, lo que me permitió comprender el alegato que emitían los altavoces a todo volumen. “…nuestros valores están en juego. Quieren arrebatarnos el bienestar que hemos construido con el sudor de nuestra frente. Este virus ha sido creado en un laboratorio de Oriente para destruir a Occidente, para abrazar la igualdad y la ciencia. La pandemia es una mera farsa. Los hospitales están vacíos, los médicos y enfermeros son cómplices de la atrocidad junto a los gobernantes. Están secuestrando a ciudadanos sanos que nunca más volverán a aparecer, como el caso de Horacio María Rincón y Carmen Victoria de los Santos. Quieren eliminar a gran parte de la población y para ello nos van a inyectar una vacuna que controle nuestros movimientos. Por eso decimos no a esta vacuna, ni a ninguna otra. La cuarentena es represión y es pobreza. Si no hay dinero, ¿cómo va a haber salud? Recuperemos lo que es nuestro, recuperemos la libertad, salgamos a las calles. ¡Hagamos del marrón el color del futuro!”, proclamaron mientras escapaban de mi vista. De la parte trasera del descapotable colgaban dos cartelones con los rostros de los susodichos, Horacio y Carmen, personas que hoy se sabe que nunca existieron, pero cuya denuncia de supuesta desaparición ya nadie recuerda. Con aquel mensaje empecé a pensar que aquella manifestación no sería como había imaginado. Eché un rápido vistazo a las redes sociales, pero los principales temas distaban de plantear un escenario catastrófico.

Cerca del centro, multitud de coches, camiones y motocicletas teñidos de marrón se concentraban formando largas colas, hacían sonar sus cláxones con insistencia y canciones que representaban los periodos más oscuros del Viejo Mundo. Entre los congregados, aparecieron jinetes que galopaban a lomos de sus caballos. Uno de ellos interrumpió disparando al aire entre vítores y aplausos. Las aceras congregaban ríos de peatones enmascarados que sostenían pancartas y carteles con rostros de personas que denunciaban haber desaparecido. Uno de los mensajes que más me llamó la atención fue el que rezaba “Viva la muerte, abajo la inteligencia”. Convencido de que podría hacer entrar en razón a su portador, me acerqué hasta su posición. Antes de abrir la boca, recibí un empujón por la espalda que me tiró al suelo. El material que portaba cayó y los asistentes que me rodeaban se apresuraron en arrebatármelo y escrutarlo. Entonces, uno de ellos gritó señalándome: “Es un infiltrado, uno de los que defiende el conocimiento. Seguro que lleva vacunas en el bolsillo. ¡A por él!” Acto seguido, la turba enfervorecida se lanzó sobre mí y empecé a recibir golpes, puñetazos y una lluvia de salivazos. A duras pena pude incorporarme y la marea humana me absorbió, desplazándome hacia la corriente y alejándome del peligro. De un tirón birlé una bandera marrón y me envolví en ella para pasar desapercibido.

Así llegué hasta el puente en el que confluían ambos ríos, donde los flujos de protestantes se detenían debido al equilibrio de presiones. La algarabía era ensordecedora hasta que se mitigó al paso de un tractor con remolque escoltado por las autoridades locales. El carro estaba forrado con la simbología del movimiento. En los laterales se podía leer el mensaje: “La ignorancia nos hará libres”. Sobre él, cinco personas con la cara descubierta hacían señales de victoria, se fotografiaban eufóricos y coreaban cánticos que los congregados secundaban como sólo unos fervorosos lacayos podían hacer. Componían el quinteto el periodista, pirómano y matarife Santiago Federico de las Capillas, el empresario, multimillonario y corsario Próspero Ortega, la gamer, emprendedora y escritora CucaSalvaje88, el cantante de coplas y narcotraficante Satán Coca Fría y la lideresa del movimiento regional y futura censora de educación Rocío Convento.

Esta última sacó un tomo de El origen de las especies de Darwin, lo mostró a las masas y éstas le pidieron a gritos que lo quemase. Rocío no vaciló y la obra angular de la teoría de la evolución fue devorada por las llamas. Más tarde, la líder enseñó la foto del epidemiólogo que el Gobierno había designado como responsable de la estrategia contra la pandemia. La muchedumbre reprendió al científico tildándolo de asesino, traidor, estafador, charlatán y paleto, a lo que la líder del movimiento marrón respondió partiendo la celulosa en mil pedazos. Finalmente, volaron panfletos de color marrón mientras sonaba una música épica. Pude alcanzar a coger uno de los papeles que caían del cielo. Contenía un mensaje claro: “Recuperemos lo que es nuestro. ¡No al conocimiento! Movimiento marrón”.

Las masas, rebosantes de razón y osadía, se dispersaron por toda la ciudad como un ejército con sed de venganza. Algunos colgaron la bandera marrón en el ayuntamiento y otros edificios públicos, asaltando los balcones y repitiendo las clásicas proclamas. Los más excitados entraron en bibliotecas y universidades, sacaron sacos con libros que en pocos minutos ardieron en hogueras improvisadas. El instituto de investigación Gómez Lérida, uno de los que estaba tras las pistas de un remedio efectivo para paliar la pandemia y predisposiciones genéticas que agravan con la acción del virus, fue arrasado por unos vándalos que dejaron una pintada que rezaba: “No más matasanos”.

Tras asistir a semejante espectáculo, regresé a casa abatido. Más allá de los golpes, la impotencia me escocía a rabiar. Cuando uno tiene demasiadas expectativas y éstas exceden el control de uno mismo, la decepción puede llegar a doler como una terrible enfermedad. Una vez alejado de la presencia de la marea marrón, me introduje en un bar a tomar un café. En la televisión, las noticias hablaban de las manifestaciones que se habían reproducido por todo el país. Según informaban, habían sido modélicas, pacíficas y suponían un punto de inflexión ante el devenir caótico de los acontecimientos. Mientras secaba los vasos, el tabernero se giró hacia mí y me dijo: “Esto va a terminar en una guerra. Otra vez, hermanos matando a hermanos por la maldita estupidez. No creo que sea tan difícil entender que a veces no estamos preparados para comprender la verdad, pero que existe y hay que respetarla”. Aquellas palabras fueron como un brote verde en medio del desierto pardo.

Y así fue como descubrí que gran parte de la sociedad reclamaba con fervor quedarse en el Viejo Mundo, que el proyecto de un Nuevo Mundo multitudinario tendría que esperar y que a su vez no sería su único habitante.

Algunas protestas llegaron a EEUU, cambiando el marrón por la bandera americana.

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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