cuarentena

Bienvenidos al Nuevo Mundo (Cuarentena XXXI)

Comenzar resulta más sencillo que terminar. Un comienzo genera expectativas que, con independencia de que se cumplan, calientan y alientan a cuantos su techo pueda cobijar. El fin es una forma de constatar que las expectativas fueron meras ilusiones, de certificar el fracaso o de arrepentirse por el tiempo empleado. Terminar es un acto cruel y despiadado, el cual pone de manifiesto la nimiedad del ser humano y lo que lo rodea. La posibilidad de huir y dejar un final a medias es tentadora, pero sólo retrasa lo inevitable. El nacimiento es producto de una serie de azares que rozan la magia, mientras que la muerte es un trámite comparable a sacar la basura. No existen finales perfectos. Lo que existe son comienzos que albergan la duda. Es por ello que ante el miedo a un final, algunas historias optan por concluir con un comienzo.

La pandemia había conseguido penetrar en todos los rincones del planeta. Las escenas que se habían visto meses atrás en un extremo del mundo se repetían con exactitud en el otro: largas avenidas vacías, cementerios colapsados, médicos y enfermeros al borde de estallar y gobernantes que se debatían entre salvar a unas fortunas u otras. Salvo las diferencias raciales e idiomáticas, la uniformidad del Viejo Mundo hacía dudar de si veíamos imágenes de Moscú o Nueva York, Quito o Sao Paulo, Nueva Delhi o Lisboa. Las consecuencias sociales y el tiempo de devastación se regirían por la división más sólida que ha esculpido la historia, es decir la de ricos y pobres, siendo los segundos los más golpeados. Sin embargo, la persona que es golpeada en reiteradas ocasiones tiene la ventaja de saber cómo suturan las heridas. El que nunca ha sido golpeado puede desmayarse con tan sólo ver la sangre.

Movimientos como el marrón se extendieron como la pólvora dentro de otras fronteras. En Londres los representantes del Truth Movement, compinchados con los guardias,  entraron a medianoche en la Abadía de Westminster, exhumaron el cadáver de Newton y lo lanzaron al Támesis al grito de: “We don’t need science, we just need truth”. En determinados países, los discípulos de la ignorancia se hicieron con el control de las televisiones y las usaron para pedir a la población que, en lugar de acudir al hospital, rezara si tenía el más mínimo síntoma. Algunos gobiernos pensaron en sacar rédito del movimiento y se pusieron a su total disposición. Hoy no existen esos países. A pesar de los recelos entre unas y otras corrientes, en plena pandemia se organizó el Internacional Conference for the really true truth and against the world order. En él, representantes de todos los países, artistas en declive y expertos en llamar la atención se reunieron  para tratar de alcanzar un relato consensuado y hacerse con el control del mundo. Aunque pregonaran ser portadores de la verdad, se aprobaron un centenar de teorías que se contradecían entre sí. En las semanas sucesivas se tuvo constancia de un gran brote del virus que le costó la vida a miles de asistentes que habían negado su existencia. Sus compañeros de batallas tuvieron la delicadeza de sembrar nuevas teorías sobre envenenamientos, abducciones alienígenas y haber sido raptados y apresados en una nueva dimensión. Una vez más, quedó demostrada que la verdad era un arma demasiado peligrosa para la estupidez.

Las estructuras que sostenían el Viejo Mundo se resquebrajaban y caían progresivamente, pero los cimientos se mostraban tan sólidos que hubo que aceptar que el Nuevo Mundo se levantaría sobre las ruinas del anterior. El Nuevo Mundo no sería proclamado por el presentador de una televisión, ni por el presidente del gobierno o por el dueño de un banco. El advenimiento sería silencioso, en la oscuridad de un rincón en el que sólo los ojos sabios y esperanzados se fijan, fruto del sudor de quien verdaderamente tiene el poder. A falta de paciencia, el pueblo y el conocimiento son los únicos valedores eternos.

Abatido por el desengaño más que por los golpes recibidos, no sabía si dejarme morir en un portal recién fregado o volver a casa y entregarme a la voluntad de Huang. Las escenas de la manifestación aún sacudían mi mente. No lograba entender por qué la humanidad había dejado pasar la oportunidad, tal vez la última. El mundo se había parado por completo para desnudar todas las estupideces perpetradas por el sistema y éste, en lugar de aceptarlas y tratar de modificarlas, no sólo las había reforzado, sino que se vanagloriaba de ellas. Sin duda, lo que más rabia me producía era haberme dejado llevar por mis ensoñaciones y haber creído que mis vecinos las compartirían. De nuevo, había infravalorado a mi estupidez y ésta me había traicionado.

Al llegar a casa, me senté sobre el sofá dispuesto a que el paso del tiempo eligiera mi destino. Las paredes no se movían, el silencio ni se inmutaba y la desesperación estaba a punto de devorarme. Tras unos agónicos cuarenta y siete segundos, me di cuenta de que no disponía de tiempo suficiente como para esperar mi devenir. Mientras tanto, Huang observaba la escena. La inexpresión facial con la que sus creadores le habían caracterizado me hacía dudar si se divertía o me estaba desafiando. Me acerqué a él esperando a que abriera el pico, a que me gritara “merluzo” o a que me ajusticiara con un “ya te dije”, pero éste se mantuvo impasible. Hubiera sido lógico admitir que el plan había sido un disparate. Pero, dado que buena parte del mundo miraba hacia China buscando un culpable, no iba a ser menos y decidí echar la culpa de todos mis males al loro oriental. Al fin y al cabo, había estado semanas sugestionándome y era plenamente consciente de que mi estratagema acabaría en desastre. Entonces, lo cogí con decisión y bajé con él a la calle. En el primer contenedor de plásticos que encontré lo abandoné dedicándole un “Hasta nunca”. La sensación de alivio que esperaba a cambio no llegó. Mientras subía a casa, comencé a hacer cábalas sobre mi futuro: suplicaría un puesto de mesa humana en mi antigua empresa; pasaría los fines de semana en el canódromo rebuscando boletos premiados; volvería al rincón de la indiferencia entre mi cuadrilla; y el espacio de socialización más digno sería el grupo de monjas en clases de zumba.

Al volver a casa, encontré a Huang sobre el mueble del comedor. Ni una de sus alas se alteró ante mi presencia. Le acaricié por si se trataba de una proyección o una ensoñación. Clavé mi mirada fijamente en él como si fuera un soldado enemigo en medio de una batalla. Tomé su cuerpo entre mis manos y lo lancé por la ventana por la que debía haberse colado. Rápidamente, cerré las ventanas y tapé todos los huecos por los que el pájaro podría volver a entrar. Tras unos minutos, corrí las cortinas y me asomé tímidamente por la ventana. Al no encontrar rastro del loro, me relajé. Escondí todas mis frustraciones  bajo la pantalla de mi teléfono móvil y me sumergí por las grandes preocupaciones que asolaban el país. Un futbolista había hecho una fiesta multitudinaria en su mansión con una familia de alces y se discutía si había violado las recomendaciones sanitarias. También se debatía si aquellos que denunciaban a sus vecinos desde los balcones dispondrían de facilidades para entrar en los cuerpos de policía. De repente, el móvil me recordó que estaba más hambriento que el perro de un ciego. Antes de poder responder, me informó que un kebap con un cubo de patatas fritas llegaría a casa en sólo diez minutos. Desde ese momento mi mente se concentró en el baño en una balsa de grasas saturadas que estaba a punto de disfrutar.

Después de los diez minutos prometidos, el timbre sonó. Abrí la puerta y encontré una caja en el suelo que superó mis expectativas. Pensé que debía tratarse del pack regimiento, capaz de alimentar a miles de presos tras un largo cautiverio. Al descubrir el contenido del paquete, encontré a Huang. “¡Sorpresa!”, gritó con efusividad. “¡Merluzo! No te creas que te vas a deshacer tan fácil de mí”. No sé si fue por la desilusión de no encontrar la comida o por constatar que era tan inútil que no era capaz de deshacerme de un loro de juguete, pero el caso es que me eché a llorar. “Huang, pensé que lograríamos hacer ver que la ignorancia es el peor virus, que podríamos aplacarlo, que tú y yo proclamaríamos el Nuevo Mundo bailando reggaetón”, dije entre sollozos. El loro se acercó hacia mí, abatió sus alas y me dio el abrazo que cualquier sentenciado desearía recibir de su captor. “La verdad es un ente que lo envuelve todo, pero es muy difícil de ver. Para llegar hasta ella, hay que vivirla, interiorizarla y compartirla. La ignorancia es un estado natural, el conocimiento es una lucha a conciencia”, dijo Huang sin señales de rencor. “Cada persona tiene su propia verdad y pocas están dispuestas a renunciar a ella. Es una pérdida de tiempo tratar de convencerles de que tu verdad es la verdad y la suya no lo es”, continuó el loro.  “Por eso, cuando querías ir a la manifestación esperando encontrar gente para construir el Nuevo Mundo no te detuve. Necesitabas darte cuenta de lo disparatado de tu plan, de descubrir tu propia verdad. Ahora tu verdad y la mía es la misma. Y todo aquel que quiera compartir la suya, nos encontrará en el Nuevo Mundo levantando verdades. No te sientas sólo, ni te dejes avasallar por las turbas de necios, hay muchas personas que admiten que no están libres de ignorancia y que saben que el conocimiento es la única estructura que nunca se cae. Esas son las que habitan el Nuevo Mundo. El Viejo Mundo acabará derrumbándose solo”, prosiguió Huang elevando la voz. “Y ahora dame un trago de ron que tenemos que celebrar que has llegado al Nuevo Mundo”.

He de reconocer que en ese momento no terminé de entender toda la verborrea del loro y que me limité a asentir empujado por su convencimiento. Tendrían que pasar algunos años, debates y botellas de ron para que su concepción del Nuevo Mundo y la mía convergieran en la misma. Nunca quiso revelarme cómo ni cuándo, pero Huang debía llevar años siendo ciudadano del Nuevo Mundo. Mientras brindábamos, recibí un vídeo al teléfono móvil. Se trataba del primero de los muchos habitantes que conseguiría identificar más adelante. Vestido con un chándal, sosteniendo mate, Bergoglio había salido al balcón de la catedral de San Pedro gritando: “Bienvenidos al Nuevo Mundo”. A continuación, unos guardaespaldas aparecieron por su espalda, lo cogieron y lo retiraron de la escena de bruscas maneras. Nunca más supe de él, pero di por cumplida nuestra misión.

Aún hoy no sé muy bien cómo definir al Nuevo Mundo. Hay sistemas que se basan en normas que indican que no se puede hacer. En el Nuevo Mundo no hay prohibiciones y las leyes se proclaman en consensos sinceros. Sus habitantes andan despacio, duermen las horas que les pide su cuerpo, leen a los autores clásicos con verdadera admiración, se maravillan con la llegada de un nuevo día, consumen lo que necesitan, ayudan a los demás porque están convencidos de que es la mejor manera  de ayudarse a uno mismo, son generosos en el esfuerzo, se emocionan cuando escriben una carta, saben apreciar el silencio, valoran la calidad por encima de la cantidad, son críticos cuando construyen su verdad y admiten que la ignorancia es un peaje por nacer.

Y así fue como un insignificante microorganismo desnudó un mundo y como de entre sus grietas descubrí uno nuevo que me albergó. En aquel tiempo comprendí que no podemos alterar la realidad, sino ofrecer la nuestra para que junto a otras puedan construir una mejor.

FIN

Sigue el resto de capítulos de La Cuarentena De Los Necios aquí.
¡Propaga este virus por redes y en tu propio confinamiento!

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