Relatos

Guerra y paz en las noches de verano

Las noches de verano son escenario de batallas silenciadas. Una de las más populares es el ardor de estómago contra su propietario, tras un atracón de ensaladilla con mayonesa pasada y cerveza depravada. El calor también tiene el poder de masacrar toda dignidad de su adversario, devolviéndosela únicamente al frotarse la entrepierna con cubitos de hielo. Otra guerra de consecuencias impredecibles es la de los cuerpos ardientes que se atraen y se repelen según se imponga los batallones del sudor o la excitación.

En mi caso, y en el de otros tantos, los mosquitos representan una amenaza tan temible como la de un ejército invisible. Cierta noche me desperté con mis manos rascando picaduras de forma desesperada, como si mis uñas fueran arados labrando tierra fértil. Armado con la almohada traté de combatir a mis enemigos escurridizos, quienes se burlaban con majestuosas piruetas y una ráfaga de zumbidos atronadores. El sueño me venció y el escuadrón de mosquitos terminó por hacerse con la batalla.

La segunda noche reforcé mi defensa con un arsenal de venenos que prometían fulminar cualquier atisbo de vida no inteligente, con el riesgo de que pudiera suponer mi propia caída. Confiado en una victoria aplastante, me dejé dormir. De nuevo desperté a mitad del sueño con una legión de insectos sobrevolando mi cuerpo y lanzando sus picaduras sin oposición. Mi cuerpo se desangraba lentamente rendido a otra noche en vela de desesperación y humillación.

Para la tercera batalla cambié de estrategia y opté por armarme en un herbolario con ungüentos a base de vinagres y limón, plantas aromáticas y estampitas de todo tipo de santos y vírgenes. Convertí mi habitación en una especie de selva en la que me camuflé tratando de no ahogarme por la combinación de asfixiantes hedores. Otra vez resultó insuficiente para el olfato de los mosquitos, quienes apenas se inmutaron y me devoraron a placer, infringiéndome una derrota que me hizo plantearme la posibilidad de una próxima rendición.

Si la guerra no puede ganarse en las trincheras, sólo queda confiar en la voluntad política y la negociación. A la siguiente noche, cuando me despertaron los bombardeos en forma de zumbidos, levanté una bandera blanca y pedí reunirme con el líder de la banda de insectos. Después de unas tensas negociaciones y recriminaciones de ambos bandos, estreché mi dedo índice con el ala de Igor Moskitovic, un veterano que había resultado victorioso en la Guerra de los Dípteros. A cambio de que me dejaran en paz, los mosquitos pidieron unos mililitros de sangre, la cual brindé de buen grado con un pequeño corte en la yema del dedo pulgar. Me despedí de mis antiguos enemigos y procedí a recuperar el sueño perdido, paladeando las mieles de una victoria pírrica, pero victoria al fin y al cabo.

Sin embargo, la historia nos muestra que todas las treguas y pactos entre adversarios naturales son frágiles. El siguiente día me acosté convencido de que iba a disfrutar de una plácida noche. El tiempo se alió conmigo y me brindó una brisa fresca corría que refrescó el ambiente. Soñé con una civilización donde moscas, mosquitos y humanos convivían pacíficamente, sin picaduras, ni crueles masacres de insectos. Diferentes picores repartidos por todos los rincones de mi cuerpo interrumpieron la ensoñación. Al despertar encontré un grupo de mosquitos desconocido, de colores e idioma diferentes al que lideraba el veterano Moskitovic. Al parecer, los medios de comunicación para mosquitos se habían hecho eco del pacto acordado con sus compañeros. El nuevo clan exigía un acuerdo en circunstancias similares o libraría una cruenta batalla, exigencias que aburrido accedí sin mayor oposición.

Por eso, ahora, antes de dormir, pongo un frasco con sangre fresca para los nuevos visitantes. A pesar de la paulatina pérdida sanguínea y del riesgo en que acudan moscas reclamando heces, perros callejeros suplicando cariño o serpientes que quieran engullirme, he conseguido la tranquilidad para todos mis sueños de verano. Quizá la guerra sea nuestro estado natural. Quizá la paz sólo se pueda mantener regándola generosamente con sangre y voluntad.

7 comentarios sobre “Guerra y paz en las noches de verano

  1. ¡ Genial entrada y divertido encono ! Te diré que has tenido suerte; eran mas que inofensivos. Mira si te hubieran acorralado los de una especie, en donde el vector principal del dengue es el mosquito Aedes aegypti. Ahí si que no te hubiera quedado otro remedio, de hacer de tu cama, una cuna con mosquitero o disfrazarte como la Momia IV, y de paso tenias la posibilidad, de asustar a tus mas cercanos.

    Le gusta a 2 personas

    1. Gracias compañero por la lectura y el comentario. Supongo que el concepto de guerra y batalla es relativo, es decir depende de la concepción. Quizá, el que no esté acostumbrado a librar guerras, piense que la batalla contra un mosquito inofensivo puede ser el infierno, mientras que un veterano de guerra puede lanzarse a las trincheras sin ningún tipo de temor. Un abrazo, compañero. Adelante!

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s