Bocachancladas

Miedo a lo desconocido

La valentía nunca ha formado parte de mi escasa lista de virtudes. Desde que tengo uso de razón, temo por igual al silencio y al ruido, por eso siempre tengo encendida la radio como si fuera un murmullo. Cuando me topo con animales y personas desconocidas en la calle, procuro cambiarme rápidamente de acera, lo que convierte a mis paseos en figuras que desafían los axiomas de las geometrías conocidas. Me alimento tan sólo de insípida molla de pan y agua, pues me aterran los sabores picantes, amargos, ácidos, salados y, especialmente, los dulces. Podría decirse que lo conocido es el único refugio donde me siento seguro, aunque rara vez se manifiesta voluntad por extenderlo. Sin entrar en precisiones médicas, cabría diagnosticar un severo cuadro de fobia a lo desconocido.

La falta de luz y el agua representan la cúspide de mi escala de miedos. Es por ello, que bañarme en el mar supone un tormentoso desafío, trámite del cual no me puedo excusar por haber nacido y vivir frente a él. Cuando acudo a la playa, procuro no mojarme más que los tobillos en aguas que sean completamente translúcidas, en las que pueda ver el fondo. Aun así, nada más sentir la humedad, me aborda la idea de que un tiburón me arrancará la pierna, que las púas de un erizo atravesarán mi cuerpo o que una sirena me raptará para ser devorado por su tribu.

Este verano significó un honroso alivio a mi fobia. Cierta tarde de tedio y calor, acudí a una famosa cadena de material deportivo con la intención de pasar el tiempo bajo la brisa del aire acondicionado y la luz artificial. Debido al miedo al qué dirán por salir con las manos vacías, me llevé un equipo de submarinismo a un precio asequible.

Al siguiente día, decidí llevar mi flamante equipo a la playa, tratando de parecer interesante. El caso es que en un arrojo de valentía me lancé al agua equipado con las gafas y el tubo. Un tropezón inesperado hizo que sumergiera todo mi cuerpo. De esta manera, pude comprobar que en realidad bajo las olas, sólo había lenguas de arena, piedras lisas y algún que otro residuo plástico. Con la gracia de un perro, seguí moviendo los brazos y me adentré varios metros hasta situarme en una zona rocosa en las que no hacía pie. Allí descubrí mantos de algas, erizos que reposaban entre rocas y algunos peces con rayas de colores que aleteaban tratando de alejarse de mi presencia. La claridad que contemplaba a través de las gafas disipó cualquier miedo al agua y ahora no hay día que no me zambulla con mi modesto equipo de submarinismo, adoptando esta práctica a lo conocido.

Fuera del agua, la oscuridad y la falta de claridad también inundan los rincones de nuestra vida. Opiniones dirigidas donde la verdad brilla por su ausencia, decisiones tomadas por la inercia, prejuicios que nos acorralan, frustraciones que pudieron ser sueños o burbujas indestructibles de egoísmo. Existen lugares a los que nadie ha podido poner luz, pero el refugio de la lucidez es tan extenso que resulta desconcertante encontrar cada vez más ciegos, negadores de la luz o matones cuyo objetivo es destrozar farolas y bombillas, generando más miedo por desconocimiento.

Quizá no sea una cuestión entre valentía o cobardía, quizá se trate entre elegir entre chapotear en la orilla temiendo tiburones o armarse de tubo y gafas de buceo. Quizá sea la voluntad entre permanecer en la oscuridad o buscar la luz. Quizá mañana le ponga tomate y aceite al pan.

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