Relatos

La voz interior

Llevo unas semanas sin escribir. No me ocurre nada grave, sólo que no tenía nada que contar. Mientras tanto me he dedicado a sobrevivir, a observar el devenir de estos tiempos raros y a intuir por dónde irán. Sobra decir que he fracasado, pero no me siento especialmente culpable o apenado por ello.

Un pequeño hito que he conseguido en estas semanas es recordar el silencio. Reconozco que tengo fobia a ese desconocido que casi está desterrado de la sociedad. Para ahuyentarlo suelo estar pegado a los auriculares cuando trabajo, paseo o corro; enciendo la televisión o la radio en casa; y al dormir, intento roncar con todas mis fuerzas. No sólo el sonido atenúa el silencio, también me refugio en la avalancha informativa, las redes sociales, los libros de autoayuda, las grasas saturadas, el alcohol y tantas y variadas formas de anestesiarse y no escuchar nada.

Durante esta semana mis auriculares dijeron basta. Tras unos segundos disfrutando del silencio, entré en pánico y busqué la forma más rápida de conseguir unos nuevos. Aceleré el paso esperando toparme con un bazar oriental o un centro comercial. De repente, escuché una voz: “Eh, ¿dónde vas con tanta prisa?”. Su tono me erizó la piel. Hacía varios años que no la escuchaba, tantos como anestesiado estaba. Los mismos que uso auriculares para no tener que escucharme a mí mismo. “¿Te refieres a mí?”, le contesté, fingiendo que no le conocía.

A diferencia de una mascota o una suegra, la voz interna tiene la desventaja de que no se puede abandonar en una estación de servicio. Se puede acallar, se puede ignorar, pero siempre aguarda el momento perfecto para soltar esa ristra de cosas que uno sabe, pero prefiere no oír. Aprovechando que le prestaba atención, la voz me pidió quince minutos. Sin escapatoria posible, se los concedí. Como si fueran puñaladas, me recordó que había abandonado todos mis proyectos vitales, mi falta de constancia, que tenía la madurez de un niño de quince años, que me refugiaba en los vicios o que mi autocomplacencia me llevaría en poco tiempo a celebrar que estaba vivo aunque vivía bajo un puente. Como una cucaracha que acaba de ser aplastada, asentí sin fuerzas y le pedí ayuda. “Sólo soy una voz. Milagros a Lourdes”, me respondió.

Lentamente, mi voz interior se fue apoderando de los momentos de silencio. Una vez ajusticiado por mis propios defectos y lo disoluto de mi existencia, la voz comenzó a cuestionar mis métodos en el trabajo, las contradicciones de mis posicionamientos ideológicos, a debatir sobre las noticias que emitía la televisión y a emitir sesudos análisis a cada página que leía de la autobiografía de Arantxa Sánchez Vicario. Gentilmente, le respondía y nos enzarzábamos en interminables discusiones. Mi cerebro, el cual ya no estaba acostumbrado a pensar, terminaba exhausto e imploraba volver a la autocomplacencia y al ruido.

Aprovechando que mi voz interior aún dormía, hoy he comprado los auriculares más potentes del mercado, algunas botellas de ron barato, ganchitos y me he tumbado en el sofá dispuesto a tragarme tertulias sobre si la intranquilidad de las palomas antecede un desastre natural o la nueva temporada de la serie del aprendiz del chimpancé que quería ser orangután.

La voz interior parece haberse esfumado. Mi cerebro dice estar feliz y relajado sin necesidad de pensar. Los problemas quizá se agraven, pero sus gritos se han vuelto inaudibles para mis oídos.

8 comentarios sobre “La voz interior

  1. ¡Qué alegría ha sido hallarte! No cabe duda de que tanto en una como en la otra orilla se cuecen las mismas habas y todos somos lo mismo y los mismos: humanos. Gracias por haberte pasado por mi casa. Por cierto, acabo de enmendar algunos gazapillos que se han colado por ahí en mis confesiones. Saludos desde la ciudad de Guatemala.

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