Bocachancladas

Capacidad de adaptación y animales de costumbres

Dicen que el ser humano ha dilapidado su capacidad de adaptación, que se ha vuelto un animal de costumbres. Es posible que así sea, pues somos demasiados como para preguntar a todo el mundo y extraer alguna certeza sobre esta apasionante cuestión o la idoneidad de practicar la masturbación con velas aromáticas.

Mi torpe experiencia me muestra que soy un animal sumamente adaptable. De hecho, empiezo a sospechar que soy tan maleable que las circunstancias decidirán si me convierto en una regadera de plástico o un gato abandonado. Dado sus apariencias inofensivas, he tratado de razonar con ellas, combatirlas o alterarlas. Sin embargo, el trabajo, el dinero, las compañías o la casa que habitaba siempre me han respondido con un silencio desafiante e inquebrantable. También he probado con el arma de la indiferencia, abandonándolas en una huida hacia ningún lugar y adoptando otras que, con otros nombres y aspectos, han resultado ser iguales.

En algún momento tuve sueños, ansias o ambiciones que poco a poco la interacción con la realidad amputó despiadadamente. Escribir el guion de una película sobre narcotraficantes espaciales, impartir una conferencia sobre la nobleza de la oveja churra o recorrer el Peloponeso con traje de astronauta son algunos de ellos, los cuales guardo en un cajón cubierto de polvo y devorado por liendres y sabandijas. De vez en cuando, vuelvo a fantasear con aquellos proyectos mientras falseo un informe que contente a mis patrones, bajo a tirar la basura o compro productos dietéticos que me permitan darme un homenaje de alcohol y jamón de recebo el fin de semana. En algunos instantes me invade la tentación de retomarlos, les sacudo el polvo y los desinfecto. Cuando mis manos se llenan de aquellas densas y pegajosas pelusas y las dudas invaden mis pensamientos, decido dar carpetazo a todas las ensoñaciones y seguir con mi rutina y mis lamentos en la distancia.

Algunas veces pienso que si por azares de la vida, un día me veo en la calle, peleando por dormir en una sucursal bancaria y compartiendo cartones de vino peleón, les diré a mis compañeros “tampoco se está tan mal”.

Soy un animal adaptado al tedio, a la comodidad, al miedo, al cinismo, a la resignación y a la idea de que sobrevivir sea mi máxima aspiración. Desde una jaula lejana y muy alta, construida con oro y brillantes, el animal de costumbres me observa divertido. Celebra que mi capacidad de adaptación y su capacidad para la costumbre aún pueden dar mucho más de sí.

Feliz capacidad de adaptación

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