Bocachancladas

Basura y bocachanclas

Una de mis actividades favoritas es bocachanclear. No dejo pasar reuniones con amigos y abordo a desconocidos por la calle para conversar sobre cuestiones de las que no tengo la más mínima noción. La curvatura de la superficie de Venus, el creciente fanatismo de los gatos callejeros por las religiones politeístas o la influencia de la figura de Kant en el mundo del trap figuran en mi lista de cruzadas dialécticas. Barras de tugurios, celebraciones familiares y entierros suelen ser los lugares más propicios en el desempeño de esta noble afición. Tras los desencuentros, enfados y melopeas subyacentes, los participantes se retiran, mientras que los argumentos, delirios y descalificativos empleados desaparecen por el sumidero sin posibilidad de que vuelvan a reflotar.

Existen varias motivaciones para el bocachancleo. En mi caso, me produce pavor el silencio. Tal es así, que suelo hacer partícipe de mis bochornosas ocurrencias a las paredes del baño o a la taza del wáter cuando he de hacer de vientre. En otros casos, infiere la petulancia de la más cándida estupidez, el ansia competitiva o compartir con la tertulia el regusto a bocadillo de chorizo con alioli.

Sin embargo, el bocachancleo se ha trasladado de las alcantarillas a los espacios de alta alcurnia. De la noble afición ha nacido el oficio rastrero. Parlamentarios, literatos, grandes empresarios y científicos han caído rendidos a su inmediatez y a su poder de trasmisión.

La semana pasada, uno de los mayores bocachanclas —el presidente del imperio más rico del mundo— se refería a sus asesores científicos como idiotas y a sus investigaciones como idioteces. A estas alturas, a poca gente pudo sorprender. Hace algún tiempo que alguien decidió que los basureros dejaran de trabajar, las alcantarillas desbordaron y las calles se llenaron de escombros y podredumbre, arrastrando a todo aquel que se atreviera a cruzarlas. Una vez acostumbrado al hedor de vertedero, es difícil que impresione el olor almibarado a huevos podridos.

Como en aquel capítulo de Los Simpsons en el que Homer se convierte en concejal de sanidad, parece que el bocachancleo y la estupidez están destinados a enterrar cualquier atisbo de rigor e inteligencia. Siguiendo su hilo argumental, quizá la única esperanza sea trasladar todo el conocimiento hacia una nueva ciudad y dejar atrás las que habitábamos tal y como las conocíamos.

Mientras espero a que esa nueva civilización nazca por iniciativa propia, aprovecho para depositar esta humilde basura sobre el montón. Disculpen el olor.

3 comentarios sobre “Basura y bocachanclas

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