Bocachancladas

Desorientados

No conozco mejor forma de combatir el aburrimiento que perderse. Comencé a practicar esta actividad cuando dejé el nido y emprendí un periplo incierto de cambiar de ciudad cada dos o tres años. Algunas tardes, tras calentar la silla o el sofá según convenía mi horario laboral, echaba a andar sin rumbo, tomaba autobuses y trenes al azar buscando un punto en el que jamás hubiera estado antes. Solía aparecer en suburbios perfectos para ser raptado a placer, poblaciones fantasma y parajes donde los infieles empañaban los cristales del coche. Mi diversión consistía en regresar a casa tratando de adivinar cuál sería el camino más eficiente.

Sin teléfonos móviles, sólo podía ayudarme de la información que me proporcionaba el entorno: señales de tráfico, el resplandor de las luces de la ciudad, planos desteñidos, el olor de los desconocidos que se cruzaban a mi paso o la cerveza que servían en los bares del camino. Tras una breve discusión interna, escogía una dirección y aceleraba el ritmo. Siempre regresé de una pieza, aunque ocasionalmente sumando algún que otro percance: llegar al amanecer tras una noche de caminata, cruzar un río fangoso a nado, escapar por patas de una propiedad ajena, pasar la noche a la intemperie o ser atacado por un jabalí disfrazado de humano. Poco a poco, desarrollé una suerte de mapa interno que me permitía saber dónde me encontraba a cada momento. Los puntos cardinales usuales fueron sustituidos por referencias más robustas como p’alante, p’atrás, p’allá o p’acá.

En los últimos años, la capacidad de orientarse ha desaparecido por completo. Google Maps y otras aplicaciones similares se han convertido en el verdadero guía. La orientación se ha visto limitada a seguir unas flechas o, si se prefiere, las instrucciones de una voz autómata. Además de suponer la ruina para el gremio de editores de mapas físicos, el avance ha ahondado en nuestra dependencia tecnológica y ha estrechado lo que nos diferencia de los robots. Quizá con la mejor de sus intenciones, los adelantos han menoscabado la capacidad de pensar más allá de qué maratón de series vas a correr o cuál será la pizza que el señor de Glovo lleve a tu casa.

La orientación no sólo se reduce a un sentido geográfico, también político, económico, social y laboral. Por medio de otros adelantos, también abundan especímenes que sin un sitio donde caerse muertos reclaman bajadas de impuestos, currelas que defienden fervientemente a su empresa con la esperanza de heredarla algún día, ciudadanos que se creen que su lugar de nacimiento es un pretexto para discriminar a otros, iluminados cuyo argumento más sólido es el tuit de un muñeco de trapo, atrevidos que sin haber salido de su pueblo hacen predicciones sobre política norteamericana.

Sería estúpido por mi parte creerme mejor que nadie por haber aprendido a orientarme al no tener nada mejor que hacer. Tampoco sé remendarme los pantalones, despellejar una gallina, hacer fuego con un palo u otras habilidades que seguramente poseían mis ancestros. Mi dependencia hacia las nuevas tecnologías es incontestable, aunque me atrincheraré junto a mis torpes y escasos conocimientos mientras contemplo como las grandes empresas tecnológicas siguen espoliando habilidades y conocimientos a sus usuarios, como las empresas se convierten en la verdadera brújula de nuestra vida.

De seguir así, llegará el día en que lo máximo que pueda aspirar el hombre libre es a pulsar el botón que quiera Google. Por suerte para él, ya no necesitará saber orientarse ni dónde está, pues habrá llegado a su destino final.

11 respuestas a “Desorientados

  1. Como echo de menos esos tiempos en los que iba con mi utilitario por todas la carreteras acompañado de mi novia, yo, leyendo cada señal de la carretera y dudando en cada intersección y ella con el mapa al revés intentando guiarme…Alguna vuelta de más dimos en nuestros periplos pero al final siempre arribábamos a nuestro destino…el día que se caigan los satélites del cielo, verás que risa…un abrazo!

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    1. Entonces será el momento en que monté una academia de orientación básica y podré dejar de escribir estas sandeces para sobrevivir. Perderse es una gran aventura a la que estamos renunciando por contentar a Mr. Google y llegar diez minutos antes a destino para desperdiciarlos revisando el móvil. Gracias por la lectura y el comentario, compañero. Un fuerte abrazo, adelante!

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  2. Es un estilo tan metálico y sin embargo tan cercano a nuestra piel como el cortauñas. Perturbador su sentido de una cotidianidad monstruosa sobre todo por desnuda de adjetivos. ¿Este Rafalé nos recupera la vitalidad literaria a fuerza de desdeñarla? Creo que sí. Es hora de sacudirse el neobartoco latinoamericano, y tanta movida ya casi estática. Volver como hace este señor a la introspección sin histerias, a la narración segura. Al verbo real.

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