Madrid·Relatos

A la caza del famoso

Desde que llegué a la capital no paro de toparme con gente famosa. Los autóctonos son conscientes de que la gente importante suele afincarse en su ciudad y no se inmutan lo más mínimo si ven al presentador de ‘La ruleta de la suerte’ practicando la cleptomanía en una tienda de lencería femenina. Sin embargo, para un recién llegado de provincias como yo, vivir entre la crème de la crème es una circunstancia que genera una tensión permanente y el riesgo de cortocircuitar.

No encuentro una única explicación para la fijación por personas cuyo principal mérito consiste en vivir bajo el foco mediático. Es cierto que cuando era pequeño, pasaba demasiadas horas frente al televisor y en algún momento pude pensar que, en lugar de mis padres, aquellos personajes eran mi verdadera familia. Quizá algo tenga que ver el escaso valor que otorgamos a nuestra existencia frente a los que aparentan tener una vida plena. Tampoco es descartable el factor de tener una historia que contar o una fotografía que mostrar, aunque el protagonista sea un cantante con resaca al cual acosaste en la cola de una pollería. El patetismo y la falta de épica con los que desperdiciamos nuestros días sí son dignos de narrar.

Uno de mis primeros días en Madrid, paseaba por las calles de Lavapiés. Como de costumbre, las terrazas estaban abarrotadas a media tarde. Los rencuentros para ponerse al día se sucedían en los últimos coletazos del verano. Con el fin de analizar e introducirme en el medio, tomé asiento en la mesa de un garito fusión: manjares africanos con precios daneses. Para vencer la vergüenza de estar solo pedí dos cervezas, colocando la segunda frente a mí y mirando hacia todos lados en señal de que esperaba a alguien. Cuando acabé mi jarra, di el sutil cambiazo y comencé a actuar como si mi amistad imaginaria hubiera recibido una llamada del trabajo urgente. Por supuesto, nadie observaba mis peripecias, pero yo sentía cierto alivio por demostrar que no era un marginado social.

En la mesa de al lado había un grupo bastante animado. A tenor de su errática pronunciación y el imparable ritmo de consumición, llevaban allí varias horas. Cuando pagué y emprendí rumbo hacia ningún lugar, di cuenta de que en el grupo figuraba el respetado parlamentario Jokin Pérez, antiguo presidente autonómico y presidente de la Comisión para la Reconstrucción. Aunque no simpatizara con sus ideas ni con la política en general, el corazón me dio un vuelco al toparme con mi primer famoso. Pérez vestía con vaqueros y la sudadera de un chándal que tendría unos veinte años. Me acerqué hasta él y con la voz entrecortada le pedí una foto. Eufórico, no sólo se la hizo, sino que me invitó junto a él y sus colegas a una fiesta privada de música jungle. Amablemente, rechacé la propuesta. Ya tenía lo que quería. Al día siguiente, Jokin Pérez, o su doble, ataviado con traje y corbata, realizó una brillante intervención en el Parlamento sobre la progresividad del sistema fiscal.

Pero éste no ha sido el único famoso con el que he compartido espacio. Me encontré a un actor secundario de ‘Aquí no hay quien viva’ —el que hacía de abogado de la del 2ºA en el capítulo 345— en la farmacia de mi barrio. A pesar de que el actor, del cual no se le conocen más trabajos desde entonces, lucía gorro, gafas de sol y mascarilla, era perfectamente reconocible. Tras comprar ansiolíticos y viagra, remarcó que eran para un amigo. Nada más cruzar la mirada intenté abrir la boca para saludarlo, pero el tipo la esquivó y salió del local disparado. También me topé con el monologuista y presentador David Chicano, quien corría por el parque del Retiro para escapar de una muchedumbre que lo amenazaba con sus teléfonos móviles. Para no ser menos, también corrí detrás de él por si podía rebañar unas gotas de sudor.

Esta semana he probado de mi propia medicina. Estaba en el bazar chino de la esquina rebuscando entre los productos rebajados a mitad de precio, cuando una anciana me cogió del brazo. “Oye majo, ¿tú no eres el cantante de reggaetón ese tan famoso?”, dijo, dejándome totalmente perplejo. “Sí, hombre, el de “Vente, vacila un poquito que aunque yo me haga el loquito me encanta y lo sabes…” A mi nieta le encantas, muchacho. Vamos a llamarla y le cantas un poco, le va a hacer mucha ilusión”. Antes de que pudiera abrir la boca y resolver el malentendido, los clientes del bazar me abordaron. Comenzaron a hacerme fotos y todo tipo de proposiciones decentes e indecentes. “Ven a casa, guapetón, que sé hacer lentejas y otras maravillas cuando me quito la dentadura”, dijo otra anciana que sujetaba una escobilla del wáter con motivos de Frozen. Por suerte, pude regresar a casa. A los cinco minutos, la entrada del piso estaba sitiada por la prensa y una cantidad ingente de adolescentes que esperaban ver a su ídolo.

A la mañana siguiente pude salir sin ningún problema camino al trabajo. Tan sólo recibí un aliviador “ese no es nadie” por parte de la muchedumbre. Tomé el cercanías. El vagón estaba vacío. En la parada de Zarzaquemada subió un tipo que apestaba a perfume barato. Se trataba del Rey emérito, quien iba ataviado de una gorra, abrigo de piel y pantalones cortos. No me sorprendió lo más mínimo, ni se me ocurrió abrir la boca o dirigirle la mirada. Era la normalidad a la que me había empezado a acostumbrar.

8 comentarios sobre “A la caza del famoso

  1. Qué maravilla. Por acá, el más famoso con el que puedes encontrarte es algún mal presentador de televisión (¿cuál no lo es?), o quizás un comediante poco cómico o una cantante que has visto alguna vez en la TV. Y, si te va bien, quizás te topes con un actor estadounidense (de “Joligud”) que vacaciona en Antigua Guatemala o en Panajachel, en el lago Atitlán. Me ha llamado la atención esa introducción con Jorge Fernández a la cabeza. A mi difunta madre le encantaba ver ese programa de Antena 3 y al eterno Jordi Hurtado en Saber y Ganar, en el canal internacional de TVE. Me ha gustado mucho esa foto en la que aparece Chiquito de la Calzada, que acá no es famoso en realidad, pero sí conocido por aquellos que gustamos de la comedia, la TV y el cine españoles. Saludos desde la ciudad de Guatemala, en la cintura de América. (Hay un bello atardecer por acá).

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