Relatos

La zanja de la paternidad

Estoy llegando a una edad muy delicada. No me preocupa adentrarme en el ecuador de la vida o haberlo traspasado y estar perdiendo el tiempo en lugar de elegir una bonita urna funeraria. Tampoco me molesta levantarme y descubrir zonas de mi cuerpo fruto de su oxidación; el aumento exponencial de la duración de las resacas; haber cambiado los estruendosos casetes de Eskorbuto y Cicatriz por listas de jazz para pusilánimes; o mirarme en el espejo y descubrir que me estoy convirtiendo en mi padre. Todos estos cambios, aunque penosos, son predecibles al formar parte del orden natural de las cosas.

Sin embargo, he caído en una zanja que, aun señalada, no creí que se localizara tan pronto. A decir verdad, la había obviado y la sociedad me ha empujado a ese precipicio. Resulta que mis amigos se han lanzado a la paternidad como los jabalíes a las trufas. Diminutos seres de quienes no teníamos noticias hace unos meses ahora centran conversaciones, fotografías y desvelos. Mientras mis amigos alcanzan un estado de luz, mis preocupaciones se limitan a destilar pacharán casero en el bidé, recitar poesía en tugurios luciendo una cabeza de caballo y terminar el último curso de filosofía dentro de esta década.

Sin duda, lo más terrible de esta situación es acariciar el abismo existencial. El conocimiento, el materialismo, el estatus profesional, el ocio, el sexo, las drogas, la religión o rebuscar apuestas ganadoras en el canódromo son ocupaciones que pueden dar cierto sentido a la vida, a sabiendas de tener fecha de caducidad. Por el contrario, reproducirse es una condición que garantiza un sentido perenne. Tras aceptar esta realidad atroz, la zanja se hizo más profunda. En la calle sólo reparaba en parejas felices que empujaban carritos; me detenía en parques infantiles donde los gritos de aquellos seres que apenas podían ponerse en pie resultaba música celestial; y mi explorador de Internet me sugería vídeos de partos y comprar mordedores, sonajeros y marsupios.

Una noche me desvelé. La habitación estaba envuelta de una niebla densa. Se trataba de una cigüeña que me observaba en silencio desde una esquina fumando un cigarro. “No tienes escapatoria, muchacho. En unos meses te llegará un paquete. ¡Prepárate!”, dijo y se marchó volando después de pasar por el baño y probar un trago del pacharán que quedaba en el bidé. Supongo que aquello debió ser lo que se conoce como la llamada de la selva.

Al día siguiente fui a conocer a Izan, el bebé de una pareja de amigos de Peal de Becerro. A pesar de que sus rostros estaban poblados por ojeras de oso panda, el blanco tiñera sus cabellos y la madre estuviera exprimida, mis amigos irradiaban felicidad. Izan era un niño monísimo, con una prodigiosa capacidad pulmonar para expresar rabietas y una habilidad inverosímil para reclamar atención cada cuarenta y tres segundos. Cuando acabó de ingerir su decimoquinta toma en una hora, Izan cayó rendido y fue llevado a su cuna. Acto seguido, mis amigos le imitaron sobre la mesa, donde esperaba un festín compuesto de pato al horno caramelizado y una selección de vinos franceses. Sin querer ser descortés, comencé a degustar las exquisiteces mientras me maravillaba con el milagro de la naturaleza.

Después de apretarme un sauvignon blanc de 2008 y doblarme el pato, me entraron unas ganas terribles de evacuar. Tambaleándome contra las paredes busqué el lavabo y me metí en la primera habitación oscura que encontré. Cuando encendí las luces, comprobé que no era el aseo, sino la habitación donde dormía plácidamente Izan. Sigilosamente, me acerqué a él para observarle de cerca y acariciarle la cara. Antes de que pudiera posar un dedo, éste debió olerme y se despertó con un enérgico berrido. Dos segundos después mis amigos aporreaban la puerta reclamando a su criatura. Quise abrir la puerta, pero mis esfuerzos fueron en vano. La puerta estaba atascada. La crispación de Izan aumentaba a la par que la histeria de sus padres. “Debe haberse hecho caca o tener hambre. Cámbiale el pañal o dale un pecho al niño, ¡merluzo!”, imploraban mis amigos. Cogí un pañal limpio, puse un tutorial de una madre australiana y me dispuse a imitar sus instrucciones con Izan. Me temblaba el pulso, el niño se resbalaba de mis manos y acabé colocándole la celulosa como chaleco. Finalmente, opté por la decisión más lógica: lo envolví con las sábanas de la cama y lo deslicé por la ventana hasta los brazos de sus padres que lo esperaban en la calle.

Después de esta experiencia, he decidido que si estoy en la zanja de la paternidad, me tumbaré en ella hasta que me saquen con una grúa. Además, esta semana he recibido un paquete de mi amiga la cigüeña: endrinas de París.

12 comentarios sobre “La zanja de la paternidad

  1. Lo del pacharán en el bidé lo tengo que probar… Definitivamente la paternidad cambia muchas cosas –de forma irreversible–. Lo que más cambia en el día cero (y en el uno, el dos … el mil) es el hábito de sueño. Te vuelves elfo; increíble. Abrazos.

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    1. El pacharán con los restos del bidé es lo mejor que he probado en mi vida, aunque tampoco me he prodigado en garitos de alta alcurnia como para poder comparar. En la zanja todavía no he percibido el cambio de sueño, quizá cuando salga… Gracias por leer, compañero. Adelante!

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      1. Jajajjjjjjjjjj creo que es de las mejores respuestas que me han dado desde que tengo el blog.
        Tengo que leerte mucho más, me da curiosidad, no sé si eres un genio o necesitas diagnóstico 🤔…..o igual ambas.
        Fuera de bromas, me alegro mucho de haberte encontrado 🤗😘😘

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      2. Es más probable que sea algo diagnosticable, pero en estos lares abogamos por un rechazo radical a todos los análisis que vengan de la psicología o la psiquiatría… La ignorancia en la mayoría de casos produce la felicidad!

        Alegría compartida. Nos leemos! Adelante!

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