Madrid

Anónimos en la noche

Madrid está plagado de viejos amigos, conocidos y otros seres mitológicos. No hay nadie que no tenga un pariente retirado o una antigua deuda en la capital. En mi caso, mi padre insiste en que escriba a un primo de mi abuela que vive en el centro, que tiene hijos de mi edad y que debería tomar el té con ellos de vez en cuando. Sin querer herir su sensibilidad, asiento y olvido guardar su número de teléfono. Antiguos compañeros del instituto y carrera también acabaron en Madrid. Me produce una terrible pena no poder contactar con ellos, dado que nunca tuvimos relación y que si me los encuentro por la calle aceleraré el paso esperando que ellos adopten la misma actitud. Antes de llegar, me enteré de que una novia que tuve en el instituto vive por aquí. Aterrado, inventé un nombre falso y ensayé acento esloveno en caso de cruzármela. No conviene repetir errores.

Los que somos de afuera adoptamos una identidad anónima. Sumido en la muchedumbre del metro, de las grandes galerías comerciales o de las calles del centro, celebro que soy un punto rodeado de infinitos, en el cual no hay probabilidad de que nadie repare en mí. De hecho, es sabido que los aprendices de delincuentes encuentran en Madrid el lugar perfecto para robar o matar a cara descubierta y no ser descubierto. La policía se desespera cuando comprueba que el asesino es uno de tantos anónimos y que jamás podrá detenerlo.

La noche agudiza la sensación de anonimato hasta desposeerte de la condición humana y reducirte a un fantasma que pulula en la inmensidad. Cuando la niebla engulle la ciudad, el cielo refleja todas sus luces. Me quedo embobado ante el espectáculo de magia que brinda la meteorología y la contaminación. Nadie se inmuta frente a un gañán que se admira con un fenómeno tan cotidiano. Mientras tanto, me pregunto si aquello es real o una ilusión, si alguien tiene tiempo para pararse alguna vez a admirar el cielo de Madrid. En mi saco hay tantas dudas que apenas hay espacio para respuestas.

La modalidad de trabajo hace que el jueves sea el último día en la oficina. Por los síntomas que describe, mi cuerpo identifica los jueves como viernes. Estoy exhausto. Mis pensamientos trascurren lentamente por mi cabeza. Dejo el tiempo correr y el reloj decide imponer un ritmo desesperante. Aunque tengo ganas de encerrarme en la cama durante varios días, una vocecilla interior me contradice. Saca su vena poeta y declama que tiene sed de compañía y hambre de euforia, lo que en palabras llanas se traduce en ganas de abordar un tugurio. Al salir del despacho, escribo varios mensajes entre algunos conocidos. El primero que responda será el que tenga el dudoso honor de aguantarme a mí y a mi halitosis por espacio de un par de horas.

El primero en responder es Luigi, un tipo al que una vez le compré un microondas de segunda mano que resultó estar roto. Poco tiempo después me lo topé en la barra de las fiestas de Torrenaranjas y me lancé a pedirle explicaciones por la estafa. Él, en tono conciliador, se disculpó, se ausentó durante cinco minutos y al regresar me trajo un microondas que había encontrado en un descampado cercano. Estuve todas las fiestas patronales bailando abrazado al electrodoméstico. El microondas funcionó durante dos días y de aquella anécdota surgió una bonita amistad.

Hemos quedado en una cervecería con un nombre que no acierto a pronunciar correctamente. En el interior me espera Luigi con una pinta de una cerveza que el camarero asegura que brilla en la oscuridad. Luigi no cesa de hablar sobre lo bien que le va en Madrid. Dejó el trapicheo y ahora es el honrado CEO de una empresa que importa salmón ahumado y estupefacientes desde Noruega. Aprovecho la verborrea incesante para zampar una tapa de oreja a medio descongelar y unas bravas que tienen una desconcertante tonalidad verdosa. Lo bueno de ser anónimos en la noche es que no existe compromiso. Cuando el cansancio te está a punto de hacer volcar sobre la mesa puedes excusarte sin miedo a represalias. Luigi me pide que pague esta vez y que a la siguiente invita él, ya que la cartera no le cabía en los pantalones y se la ha dejado en casa. Por supuesto nunca más volveré a ver a Luigi.

La gente huye en estampida hacia casa antes de que llegue la medianoche y las restricciones de movilidad. Los bares se vacían como si se tratara de una fuga de la cárcel. La niebla se ha cerrado aún más y ahora, además de las luces navideñas, parece reflejar las siluetas que pululan por la calle. Encuentro la mía solitaria en una esquina. Empiezo a pensar que soy una mera ilusión. Mientras tanto, escucho un programa de Radio3 que recopila las canciones que arrasan entre los jóvenes. “Todavía no he lavado el suéter que te pedí / Para estar toda la vida oliendo a ti”, dice una que resulta ser adictiva. El talento ha sido sustituido por el arrojo, medito, justo lo único que no se puede comprar en el rastro.

Los últimos borrachos se resisten a irse para casa y me sonríen en la puerta de las tabernas. Aprovechando el anonimato de la noche, me tienta entrar en un bar y encontrarme con un golpe de suerte. Un descubridor de talentos, el director de una academia de detectives, un timador en su primer día o la reina emérita tomando el último gintonic. Bendita pandemia, la resaca mañana me lo agradecerá. Llego a casa burlando las medidas sanitarias: pasa un minuto de la medianoche. Tomo un cuaderno y escribo unos versos sobre un gato que me acarició sin hacerme sangre. Me maravillo por la inspiración, aunque nunca más volveré a leer semejante bodrio. Me lamento por no haberme atrevido a hacer nada decente, aunque agradezco que el anonimato impida que el bochorno traspase las paredes de la habitación.

Finalmente, me meto en la cama y me arropo con la manta de la autocompasión y las sábanas de la autocomplacencia. “Por lo menos se está caliente”, me digo a mí mismo.

8 respuestas a “Anónimos en la noche

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