cuarentena·Vida Moderna

‘El Rey de las casas de apuestas’

Según mi horario laboral, a las seis de la tarde puedo dejar de contribuir al calentamiento de silla. La mayoría de mis compañeros no parecen inmutarse y optan por continuar ampliando las ganancias de la empresa, quizá con la esperanza de heredarla o postergando la hora de reencontrarse con unos hijos de los que no recuerdan su nombre. Por suerte, la vida me ha mantenido lejos de la ambición empresarial y familiar. De esta forma, a las seis salgo escopetado y rezo para que el tiempo se detenga o para que se dictamine la abolición del trabajo.

Después suelo pasear sin rumbo, absorto en grandes misterios de la humanidad tales como el apareamiento de las pelusas o el malévolo plan que llevan urdiendo los catetos para desbancar a las hipotenusas del poder. Estos días mis pensamientos se vieron abruptamente interrumpidos por el inusitado mutismo que envolvía a la ciudad. A excepción de otros pensadores desorientados las calles ofrecían un aspecto de desolación. No había ni un alma, aunque los comercios permanecían abiertos. Alargué el paseo con la intención de descubrir el misterio de la desertización humana.

Proseguí por una zona donde se amontonaban terrazas, tascas y tugurios. La mayoría estaban clausurados, salvo unos pocos que tenían montada una barricada en la entrada con el cartel de “comida para llevar”. De la Taberna de Arcadio, un tugurio que servía una ración exquisita de chochos en salmuera, colgaba el aviso de cierre de quince días por obligación de las autoridades sanitarias. En la nota se rogaba a los clientes que se cuidaran, teniendo en cuenta que la mayoría sobrepasaba la setentena, y se avisaba que Arcadio aprovecharía el cierre para renovar la salmuera de los chochos.

Al parecer, había sido el cierre de bares y restaurantes el que había sumido al ostracismo a las calles. ¿Desde cuándo habíamos dejado que la barra se convirtiera en el alma de la ciudad? Entonces, mis cavilaciones se vieron interrumpidas por una nueva preocupación. Ahora que los bares estaban cerrados, ¿qué habría sido de ‘el Rey de las tabernas’? Hacía más de un año que había visto por última vez a ‘el Rey’, aquel personaje que convertía a las tabernas en lugares para rendir culto al fermentado y al destilado, capaz de multiplicar cañas por tapas de chorizo y siempre secundado por un séquito de apóstoles.

Desde que ‘el Rey de las tabernas’ fue violentamente expulsado de la Jerusa, un bar que congregaba a modernos y trasnochados, se había volatilizado. Nadie había vuelto a saber nada de él. Tan sólo se manifestó al tercer día de su lapidación para descubrirse como un mesías vengador y dictar una orden de cierre contra la Jerusa. Teniendo en cuenta su edad y que su hígado debía estar cerca de convertirse en foie de pato, podía haber fenecido durante la pandemia. Tampoco cabría descartar que el cierre de la hostelería le hubiera ahogado en la pena y la soledad.

A media hora para que cayera el toque de queda, emprendí el regreso apresurado a casa. En estos días en los que se despide una ola pandémica para surfear la siguiente, tiene lugar la procesión fúnebre del recogimiento. Las marabuntas humanas se recogen como antaño solían refugiarse del amanecer, el momento que acontecía la muerte de la noche y se desvanecía la sensación de ingenua impunidad.

Cuando alcanzaba la avenida que limita mi edificio, me topé con un grupo numeroso que salía de una casa de apuestas, llamada el Calvario. Sus integrantes hacían gala de una euforia desmedida, propulsada por el combustible del frenesí. A juzgar por sus gritos y cánticos, el alcohol empapaba sus gargantas. Para despedirse, el grupo formó un círculo alrededor de un tipo que vestía un elegante traje blanco. La curiosidad me invitó a acercarme a contemplar aquel ritual. Los integrantes del grupo agradecían efusivamente al tipo del centro, haciendo reverencias e incluso con lágrimas de emoción. El tipo de blanco respondía la admiración con un semblante sobrio y los despidió con un “La uva del señor esté siempre con vosotros, hermanos”. Se trataba de ‘el Rey de las tabernas’.

Al día siguiente, nada más acabar de calentar la silla acudí a la casa de apuestas del Calvario. Nunca había entrado a un local de juego, con lo que desconocía qué peligros podía encontrarme. Por si acaso me armé con un cortaúñas. Para mi sorpresa, el local estaba a rebosar. Una pareja de octogenarias apostaba en carreras de caballos junto a sendos vasos de aguardiente; el dueño de la Taberna Arcadio jugaba a la ruleta con una copa de vino tinto; y mis vecinos tiraban de las tragaperras como actividad familiar, brindando con una caja de quintos. No había rastro de ‘el Rey de las tabernas’. Pregunté a uno de los parroquianos, quien aguardaba en la cola para reclamar su consumición. “El mesías suele acudir aquí a predicar y a trasmitir la palabra del Dios vino. Ten fe en él y él acudirá a la llamada del juego y el vicio”, me confesó.

Podría haber esperado, pero a tenor de sus divinos procederes debería estar realizando su particular via crucis por otras casas de apuesta, bingos y salones de juego de la zona. Entré al bingo los Olivos, el casino del Gólgota y apuestas deportivas Poncio Pilatos sin dar con ‘el Rey de las tabernas’, a pesar de las turbas de alcohólicos conversos en jugadores que las abarrotaban. Al preguntar por él, algunos de sus discípulos me pusieron al corriente de las obras y milagros del que habían rebautizado como ‘el Rey de las casas de apuestas’. Su ojo clínico le había hecho ganar una fortuna apostando por un equipo de 2ºB contra el Real Jerusalén. También había caminado sobre un mar de fichas de póker y curó de cataratas a una señora que llevaba esperando la operación varios meses.

Según pude saber, la noche anterior se había celebrado la última apuesta, pues a ‘el Rey’ le habían vetado la entrada de todas las casas de apuestas. “Ahora el maestro ha ascendido a los cielos del juego y está a la derecha de Dios padre”, sentenciaron los apóstoles. Extrañado por tal afirmación me sentí desdichado por no poder volver a disfrutar de las enseñanzas y desventuras de tan divino ser. A decir verdad, no veía con buenos ojos su reconversión y su traición al castigado gremio de las tabernas.

Esta mañana he encontrado en la portada del periódico un suceso harto interesante. Un club de jugadores de dominó había sido desalojado. Durante la intervención se encontraban una veintena de personas, quienes jugaban y bebían alegremente, desafiando las directrices sanitarias. En la foto aparece el alcalde de la ciudad y a su izquierda ‘el Rey de las casas de apuestas’. Aunque sea considerado una especie de hijo de Dios, deberá pagar una cuantiosa multa.

Palabra de tinto, te sorbemos óyenos.

‘El Rey de las casas de apuestas’ en plena partida.

La historia de ‘El Rey de las tabernas’ puede leerse aquí.

11 comentarios sobre “‘El Rey de las casas de apuestas’

    1. Justo esta tarde pensaba que cuando se acabase la pandemia, voy a tener poco que escribir. Tendré que volver a temas salvajes como la curvatura de las corvas o el devenir de las pelusas. La imagen la encontré por un rincón de las redes. Hay grandes recreaciones inspiradas en ‘La última cena’.

      Gracias por la lectura y el comentario. Un fuerte abrazo, compañera! Adelante!

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