Relatos

La confirmación del Padre Colmillo

Siempre he coleccionado más dudas que certezas. A los catorce años fueron confirmadas mis primeras sospechas. Veinte años después no puedo decir que haya desvelado muchas más. Fue al cambiar de colegio. Acabado 2º de ESO, me correspondía pasar al instituto del barrio, pero mi madre temía que fuera captado por una pandilla, que sucumbiera al vicio o que cambiara los polinomios por las pellas.

Las paredes del colegio Agustinos me acogerían hasta la universidad. Para ello, mi madre acudió una decena de veces a convencer al director —un sacerdote conocido como el Padre Colmillo, debido a sus alargados y relucientes caninos— de que su hijo era merecedor de tan prestigiosa educación y ambiente de misericordia. Aunque aún me pica la curiosidad, evito preguntar qué técnicas empleó para conseguirlo.

Una de las condiciones que impuso el Padre Colmillo a mi aceptación fue la de fomentar el espíritu religioso: asistir a cursos de confirmación y misa de domingo, rezar diariamente a Santa Teresa de Jesús y servir como monaguillo en luna llena. Sin opción a negarme, acepté entusiasmado. La única preocupación de un chaval es formar parte de un grupo, independientemente de si éste requiere fe o sellar un pacto de sangre.

La noche anterior a mi primer día recé con todas mis fuerzas al San Pancracio que descansaba sobre la televisión, pues temía no estar a la altura. A mi llegada los estudiantes se rencontraban tras las vacaciones estivales. Di varias vueltas al patio esperando entrar al aula o que alguien se decidiera a integrarme. Aburrido, me acerqué a un chico que revisaba los listados de clase. “¿Vas a 3ºA?”, pregunté con voz temblorosa. “Sí”, contestó cortante. “¡Yo también, vamos a ser compañeros!”, agregué emocionado. “Y a mí qué me importa, ¡pringado!”, sentenció, formándome un nudo que en ocasiones aún siento en la garganta. En unos instantes descubrí que no todo era amor al prójimo lo que relucía en el colegio y que debería afilar mi personalidad si pretendía sobrevivir.

Mi espíritu religioso fue celosamente supervisado por el Padre Colmillo, quien se encargaba de la clase de religión. Quizá fue mi vitola de nuevo, mi aspecto inocente o un acuerdo con mi madre, pero aquel profesor me tomó como una suerte de pupilo. Sin necesidad de forzar las maneras, se mostraba tajante respecto al calado de la obra de San Agustín y literal en la interpretación de la Biblia. Nuestras clases con Colmillo se fijaban al amanecer. Cuando los rayos de sol entraban por los ventanales, el rostro del sacerdote palidecía y su hilo de voz se diluía hasta desaparecer.

El claustro se dividía en dos tipos de profesores: los curas y los antiguos alumnos. Estos últimos compensaban su falta de vocación y preparación con un fervor hacia sus jefes que trasgredía lo divino. Mis disputas con ‘el Jabato’, el de matemáticas, eran frecuentes. No estaba dispuesto a que su chapucería desluciera la belleza del álgebra. Entre los clérigos se producía una diferenciación entre los que superaban la cincuentena, centrados en el culto y la parroquia, y los jóvenes, quienes terminaban encontrando consuelo en las profesoras solteras y, consecuentemente, pidiendo trabajo en otro colegio.

Al Padre Mortadelo —apodado así por sus estrafalarias vestimentas, evocando la habilidad del personaje de Ibáñez—, le solicité mi admisión a los grupos de confirmación. En aquella actividad se difuminó el entusiasmo inicial de mi fe. Los cursillos resultaron ser un salvoconducto para antiguos alumnos que pretendían labrarse un futuro laboral en el colegio. Se establecían dinámicas en las que coloreábamos la palabra amistad, practicábamos ritos esotéricos o acudíamos a los recreativos de un centro comercial cercano, omitiendo cualquier mención al cristianismo.

Por su parte, la dirección de Colmillo apostó por inundar el tiempo libre con actividades espirituales: banquetes para sufragar un manto bordado en oro y brillantes para Santa Teresa, un baile benéfico para el nuevo polideportivo o rifas solidarias para renovar el equipamiento de la sala de profesores.

La primavera acentuó la aversión al sol del Padre Colmillo. Para remediarlo propuso que los alumnos concluyeran la clase con una presentación relacionada con la asignatura. Tomé aquella oportunidad para confirmar o disipar la incomprensión y contradicciones que me atormentaban. En mi primera oportunidad leí un texto sobre las atrocidades de la Guerra de Irak, relacionándolo con el talante pacifista de Jesucristo, a lo que el Padre Colmillo pareció asentir alegremente desde su butaca.

Paulatinamente, fui acaparando la actividad y desafiando el límite de la permisividad. Otro día se me ocurrió traer una radio con un casete de Barricada que contenía el tema ‘Okupación’, argumentando que María y José también ocuparon el portal de Belén. Se me antojó que el sacerdote reaccionó con un grácil meneo de cabeza a los guitarrazos y aullidos frenéticos de la canción. Mis compañeros, mientras tanto, aprovechaban mis intervenciones para contar las grietas del techo.

En otra ocasión abordé el tema de la financiación de la iglesia católica, señalando que ésta debía dejar de contar con fondos públicos y ser apoyada solo por sus feligreses, permitiendo al Estado repartir más riqueza al igual que Jesús había hecho con los pobres.

Colmillo sudaba petrificado y con una palidez enfermiza, circunstancia que aproveché para avivar el tono de mi discurso. “El Estado tiene que canalizar todos los recursos para procurar la igualdad de oportunidades. Es la palabra de Dios”, bramé excitado. Entonces, unas nubes negras taparon el sol. “¡Comunismo! ¡Masonería! ¡Ateísmo!”, gritó repuesto el profesor con tono enérgico, dejando entrever sus colmillos afilados. “Siéntate”, ordenó antes de que pudiera replicar. Como una estaca clavada en la mente, despejó toda incertidumbre.

Nunca más volví a intervenir. Colmillo tornó al infalible método de recitar y memorizar pasajes de la Biblia. Aunque ya tuviera la única confirmación que necesitaba, tomé el sacramento cumpliendo nuestro pacto. El rito fue oficiado por el Obispo junto al Padre Colmillo en noche de luna llena. Le dirigí una sonrisa agradecida y él devolvió un gesto de satisfacción.

#MiMejorMaestro

10 comentarios sobre “La confirmación del Padre Colmillo

    1. La paz es un estado que cada uno va tratando de labrarse a su modo. La ventaja de ser niño es que las azadas y el arado las suelen levantar los adultos. Cuando el tiempo pasa te das cuenta que si no has aprendido a labrar la paz, te tocará recoger campos de inquietud bien maduros.

      Gracias por leer y comentar, compañero. Un fuerte abrazo, adelante!

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  1. Muy buen relato. Hay tantas contradicciones en ese ambiente que si la gente fuera un poco objetiva las vería también. Me imagino a tu personaje ya ordenado sacerdote llevando a los feligreses por el camino del pensamiento crítico, eso si, sin llamar demasiado la atención, sólo lo suficiente para sembrar la semillita. ¡Saludos!

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    1. Creo que esa confirmación religiosa fue el último servicio a la iglesia católica del narrador. Ahora tiene un puesto de limonada, aunque las malas lenguas dicen que las enriquece con una sustancia especial y adictiva. Creo que salió bien aprendido de aquel colegio.

      Gracias por leer y comentar, compañera. Un fuerte abrazo, adelante!

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