Madrid·Vida Moderna

A mitad de precio

Si tuviera que elegir lo que más me gusta de vivir en Madrid, me decantaría por la diversidad a la hora de hacer la compra. Con esto no quiero desmerecer al Museo del Prado ni a la Plaza Mayor, a bailar un chotis en el rastro o a desayunar callos con chocolate. Sobre gustos no hay nada escrito, dijo uno que vivía en un pueblo sin biblioteca.

En realidad, Madrid es una especie de centro comercial inmenso, en el que cualquier rincón vende inmediatez para mitigar la frustración, en el que donde antes había un banco ahora se abre una cafetería con tartas esplendorosas y hay más peluquerías que pelo. Las calles de mi barrio son un buen ejemplo. Además de un mercado tradicional, tenemos cinco bazares orientales, panaderías de varios países del mundo, fruterías veinticuatro horas, una farmacia con luces de discoteca, droguerías que hacen las veces de casas de citas, dispensadores de grasas saturadas y representación de todas las cadenas de supermercados. En medio de la vorágine, hay una librería que sobrevive gracias a la venta de mascarillas de colores y ser punto de recogida de Amazon.

Cuando llego a una nueva ciudad procuro probar varios establecimientos hasta dar con mi peluquero de confianza o con el vendedor de torreznos más honesto. En ocasiones no logro encontrarlo y me convierto en un nómada comercial, en un apátrida que arrastra sin rumbo su bolsa de tela y su tarjeta de débito. A diferencia de lugares en los que el ciudadano ha de claudicar frente el monopolio, Madrid ofrece tantos supermercados como el consumidor sea capaz de soñar. Mi preferido es el de la cadena Cundas, un establecimiento pensado para gente humilde y con capacidad de adaptación. Su pasillo estrella es el de chollos y productos a punto de caducar. Así pues, mi compra se basa en lo que el Señor Cundas haya conseguido recabar de camiones accidentados, lotes defectuosos y productos frescos que en un despiste quedaron abandonados al sol. A consecuencia, mi dieta puede incluir un atracón de peras en almíbar, spaghetti con pepinillos o palomitas untadas en paté de salmón.

Esta semana en la sección de chollos de Cundas había oferta de cadáveres a mitad de precio. La mayoría tenía un aspecto deplorable, la cara mustia, ojos cerrados, la cabellera encrespada y una vestimenta de mercadillo que no invitaba a llevarse a casa. Sin embargo, hubo uno que me llamó poderosamente la atención. Tenía rostro alegre, ojos entreabiertos, lucía traje elegante, una cadena dorada y una barriga que denotaba haber tenido una generosa vida. Según advertía el plástico en que estaba envuelto, había trazas de nobleza en el cuerpo.

Decidí ofrecer un banquete con amigos para comernos el cadáver. Según había leído en un foro de Internet, convenía preparar la cabeza en el horno con zumo de naranja, el tronco a la parrilla y con las extremidades hacer una sopa con verduras. Cuando fui a despedazarlo, el cadáver pareció moverse ligeramente. Al intentar hundir el cuchillo bajo su piel, éste se retorció y me esquivó con un grito.

Harto de la arrogancia que mostraba el cadáver, decidí pedirle explicaciones. “Sabe usted, hace unas semanas sufrí una memorable indigestión tras atiborrarme de gambones y carabineros. Hinchado como una pelota me ingresaron en el hospital. Ahí estuve varios días, a ver si se me bajaba. Como el hospital estaba a reventar y los médicos se desquiciaban con el tamaño de mi barriga, se les ocurrió darme por muerto antes de tiempo. Después me trasladaron a la morgue y, como nadie me reclamaba, decidieron venderme en el supermercado”, contó. “Sé que usted me ha comprado para que sea su cena, pero le ruego que no lo haga. Tengo gustos refinados y predilección por la cultura, podría servirle para otra cosa”, prosiguió. No me hubiera importado alargar la conversación o acompañarla con un vino del Cundas —que tenía roído el corcho— de no ser porque tenía el banquete a medio preparar.

Tomé al cadáver no muerto y lo volví a introducir en su recipiente de plástico original. Corrí hacia el Cundas y allí reclamé que el producto que me había llevado parecía defectuoso, exigiendo la reposición de uno en buen estado. Mientras tanto, el cadáver que llevaba en la bolsa protestaba amargamente mi posición. La responsable de atención al cliente me puso al corriente de que no se admitían devoluciones de la sección de chollos.

Así pues, no tuve más remedio que cancelar el banquete y llevarme el cadáver de regreso a casa. Al no poder cocinarlo, he optado por convertirlo en un pisapapeles. Supongo que a veces es lo barato sale caro.

18 comentarios sobre “A mitad de precio

    1. No te creas que no lo pensé, pero según Wallapop: “Wallapop es tajante con la venta de animales en la plataforma. Prohíbe la venta de animales vivos, disecados o de coleccionismo”.

      Quizá disfrazado como peluche pueda colar 😉

      Gracias por leer y comentar, compañero. Un fuerte abrazo. Adelante!

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    1. La capacidad de adaptación es fundamental, aunque para a mi parecer la pandemia ha demostrado que no la tenemos muy desarrollada. Quizá sería bueno volver a cultivarla ya que en Amazon no la venden 😉 Gracias por el apoyo y la lectura. Un abrazo, compañera. Adelante!

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