Madrid

Cercanías sin destino

Una de las cosas que más asombran a un gañán recién llegado a la capital es la ingente y variada cantidad de sus comunicaciones. Acostumbrado a una única línea de tranvía en Granada, la cual conecta a Albolote con Armilla, la red de metros, metros ligeros y cercanías de Madrid requiere unas horas de estudio. Las grandes poblaciones están conectadas y recorrerlas es sólo cuestión de paciencia. Lo que nadie me había advertido es de las innumerables desventuras que acechan.

Mi lugar de trabajo se sitúa en la paradisiaca población de Leganés, en la zona sur de la comunidad. Un enclave apropiado para escapar del ritmo frenético, equipado con descampados idílicos en los que tomar el sol, fuentes en las que practicar el nudismo sin miradas indiscretas y tascas que evocan a los años ochenta. Leganés es uno de esos lugares que, con buen criterio, se resiste a entrar en las guías turísticas por miedo a una inevitable masificación. No obstante, el masoquismo social obliga a los que acudimos diariamente a Leganés a vivir alejados de este paraíso oculto.

Como consecuencia cada día me enfrento a unos cuarenta minutos de trayecto en cercanías, contando ida y vuelta. Tomo la línea C-5 para cubrir las seis paradas que separan la estación de Méndez Álvaro con la de Leganés Central. Cualquier persona precavida hubiera reparado en prepararse ante lo desconocido o incluso simular un trayecto. El gañán, por su parte, prefiere fiarlo todo a su suerte.

La primera vez que tomé el tren necesité más de media hora para superar las trampas del sistema: calcular el trayecto más óptimo; decidir el tipo de billete apropiado; qué máquina expendedora utilizar; tomar un café con un pincho de tortilla para disponer de monedas sueltas, al estar averiado el lector de tarjetas; comprar el billete; buscar el andén; luchar por no ser engullido por la marabunta y no desmayarme del agotamiento físico y mental. Una vez sentado en el tren, respiré aliviado y cerré los ojos para reponerme. Al abrirlos, tenía frente a mí un operario que me informó que habíamos llegado a la última parada. Ésta era la de Móstoles Central, la cual estaba en dirección opuesta a la que debía haber tomado. Así pues, sólo necesité repetir el proceso anterior y otra hora extra para acabar de familiarizarme con aquel trayecto que recorrería diariamente.

A la ida suelo tomar el convoy que pasa en torno a las 7:32. A esas horas apenas hay viajeros en los vagones y uno puede reposar las nalgas en dos asientos a la vez. El silencio sólo es interrumpido por bostezos o algunos grupos de estudiantes que repasan antes del examen o que intercambian vídeos de youtubers que han convertido en un espectáculo monetizable el acto de cortarse las uñas de los pies. Mientras repaso la agenda del día y planifico en qué momento podré esconderme en un armario sin que nadie repare en mi ausencia, disfruto de los amaneceres de la capital a través de las ventanas del tren.

Alrededor de las 17:00 comienza el periplo de regreso. La estación de Leganés Central está abarrotada. Todos los viajeros quieren huir del edén para adentrarse en el infierno capitalino. No hay asientos disponibles. Los viajeros hablan por teléfono a gritos. “Hermano, estoy hasta la polla del profesor de mates. Como un día lo enganche, lo voy a enganchar bien enganchao”; “Esta noche hay fiesta en la kely de ‘el Lepras’. Hoy vamos de tranquis, coca y trankimazines, na’más”; “¡Tía, lo del cojín es la leche! Anoche lo probé con el Nicasio. Te sientas encima y luego, cuando la tienes dentro, parece que te va a llegar hasta la garganta”, son algunas de las típicas conversaciones que se pueden escuchar.

Por si fuera poco, en las paradas de Orcasitas, Zarzaquemada o Villaverde el tren se transforma en una feria ambulante. Músicos callejeros armados de teclados, guitarras, cajones, micrófonos, flautas y un bafle enganchado a un carrito de la compra entran y ofrecen un fugaz recital. Quizá sea por la falta de memoria o atención, pero jamás me ha parecido ver dos veces al mismo grupo. Desde un ‘No woman, no cry’ versionado por bulerías hasta un dueto trapero acompañado de bailarinas de ballet, pasando por los típicos solistas que cantan el ‘Pongamos que hablo de Madrid’ o ‘La chica de ayer’ secundados por las palmas y los coros de los viajeros.

Otra modalidad recurrente en este recorrido es el de los artistas circenses. Cariocas de fuego, malabares con espadas o equilibristas que recorren el techo boca abajo ataviados con un disfraces de Spiderman son algunos ejemplos cotidianos. También abundan los vendedores ambulantes. Aparte de los clásicos mecheros, pipas o caramelos, el viajero puede adquirir teléfonos iPhone aún en garantía, kebab recién hecho en un carrito cocina y hasta una oveja churra que, según asegura su dueño, sabe escribir, pero todavía no lee.

Aunque los viajeros del tren cercanías pertenezcan en su mayoría a la clase más humilde, los de más abajo de la pirámide utilizan los trayectos como medio de subsistencia. “Señores, lamento molestarles”, comienzan algunos. “Antes de la pandemia trabajaba en un restaurante de cocinero. Me ganaba bien la vida para mantenerme a mí, mi mujer y mis tres hijos. Ahora el restaurante está chapado y no tenemos con qué comer. Cualquier ayuda es bien recibida”, pregonaba un señor regordete en un tono afligido. Cuando llegó a mi posición vacié mi monedero sobre su lata. Conforme pasan los días, la cantidad de monedas se va reduciendo hasta que la indiferencia comienza a corroerme el espíritu.

No doy abasto para salvar a todos los pobres. Que se ocupe el Estado o la Iglesia”, me digo mientras observo mi reflejo sobre la ventana del vagón. Descubro más canas en mi caballeo y las ojeras y las patas de gallo adueñarse de mi rostro. El cercanías llega a mi parada y bajo rumbo a casa. ¿Quién sabe a dónde se dirige mi tren?

16 comentarios sobre “Cercanías sin destino

  1. Parece que fue ayer cuando en 2007 o 2008 volví de llegar al cielo en Madrid… Ahora estoy en otro paraíso, más soso, acorde con mi edad. Si vuelvo a coger un cercanías, es para ir a salvarte del tedio. Huye antes de llegar al cielo… es parecido al que describe la iglesia y da miedo… Muy buen relato. Casi me vi en Atocha cogiendo un bus a ningún lugar (salía de un after)… y llegué… Te recomiendo una vuelta en el Circular en autobús, es entre apocalíptica y espeluznante…

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    1. Madrid es tan enorme que a veces tengo la sensación de que en cualquiera de sus paradas de metro podré llegar al infierno y en alguno de sus altos edificios podré rozar el cielo con la punta de los dedos. Me apunto la recomendación. Gracias por el apoyo, compañero. Adelante!

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  2. Me ha encantado ese recorrido en tren, por cierto viví hace muchos años en Leganés, cuando no llegaba el metro ni el tren de cercanías. Nos movíamos en la “camioneta” que llegaba hasta Carabanchel, el primer lugar para coger el metro…
    Y me has recordado mis viajes de niña en el tren de vía estrecha que iba a la Robla, en León. Alguna gallina llevaban en el cesto, y los bocadillos de chorizo y queso de pueblo que se compartían, con ovejas no me tocó, pero seguramente en alguna ocasión alguna habría. Yo creo que aquel tren con los asientos de tablillas de madera iba a unos 30 km por hora. te daba tiempo a ir contando las vacas que nos miraban desde los prados (al escribir ésto me he sentido más vieja que Matusalén…)
    Abrazos.

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