Madrid·Vida Moderna

Odio las puertas cerradas

No soy de esas personas a las que les avergüence odiar o pida perdón por hacerlo. Me cuesta amar a las personas que tiran comida a la basura; no trago a los que se mueven con automóviles potentes para presumir de una supuesta superioridad; tampoco me despiertan simpatía los caseros que exprimen a sus inquilinos y ofrecen el mobiliario que heredaron de sus difuntas abuelas; y me produce asco el que ejerce su autoridad para reprimir sin justificación a un semejante. Dentro de mi lista de odio, con o sin ninguna justificación, también figuran objetos como el microondas, el paraguas o el pelador de patatas. Desde que vivo en Madrid, las puertas se han situado en el centro de mis iras.

Mi aversión nació en el modesto piso que comparto con otro compañero, un chico simpático al que le apasiona el movimiento de las puertas. El alojamiento cuenta con una puerta principal de madera añeja y otras cinco puertas finas de color blanco rematadas con una cristalera opaca, las cuales dan entrada a las diferentes estancias que componen los sesenta y cinco metros de nuestro palacio de ensueño, lo máximo a lo que puedo aspirar en la capital.

Mi política de puertas es que permanezcan abiertas de par en par todo el día, que entre por ellas la corriente y distribuya por igual la polución externa y la podredumbre interna. No tengo nada que esconder. No poseo ningún objeto de valor más allá de una cacharra de aceite del pueblo y un manuscrito que podría tratar de arrebatarme Boris Izaguirre en la madrugada disfrazado de vampiro. Tampoco suelo llevar a cabo ninguna actividad que me avergüence especialmente. Ésta es una de las ventajas de vivir continuamente en el bochorno. Por la noche, para preservar el calor, conviene cerrar la puerta. No obstante, mi compañero tiene una ideología opuesta por lo que respecta a las puertas.

Siempre que éste entra o sale de casa da las ocho vueltas que permiten cerrar a cal y canto la puerta principal. Nada más notar su presencia en el edificio, mis sentidos se afilan a la espera de ese molesto estruendo. Al pasar, me saluda fugazmente y procede a interpretar una misteriosa danza en la que se dirige del baño a la habitación y viceversa, abriendo y cerrando dichas puertas no menos de quince veces. Me pregunto que tratará de ocultar, por qué tanto recelo, pues desde mi posición no me alcanza la vista para observar sus movimientos. ¿Tendrá una amante pingüino encerrada en la habitación? ¿Se dedicará a traficar con gominolas alucinógenas? ¿Estará ultimando un plan para aniquilarme y vender mi carne a la hamburguesería de la esquina?

Sería paradójico imaginar que, después de cerrar la puerta de su habitación, abre todas las puertas de sus redes sociales para organizar una fiesta de cientos de invitados. Tenemos la sensación de que interactuamos más que nunca con nuestros familiares, amigos y conocidos. Sin embargo, la burbuja que habitamos es tan reducida que a veces cuesta girar el cuello para tomar perspectiva.

Cansado del traqueteo de maderas, mis dientes repiquetean por bulerías, la temperatura de mi sangre roza la ebullición, respiro agitado y los pensamientos asesinos rebotan en mi mente. Por fortuna para mi compañero, no logro concretar ninguno puesto que sólo atisbo impotentemente puertas de todas las formas y colores que se abren y se cierran fugazmente, pasillos con portones infinitos y cerraduras vetustas que emiten desgarradores quejidos. Así pues, decido dar una vuelta, no sin antes abrir la cerradura con sus consabidas ocho vueltas e irme sin echar la llave. Así pues, esa falta de cooperación entre ambos provoca que vivamos con la disposición de la puerta que detestamos.

Supongo que la proliferación del negocio de las puertas va de la mano de la intimidad. ¿Intimidad para qué? ¿Para poder masturbarnos viendo vídeos de chimpancés apareándose? En casa de mis padres también cierro la puerta del baño cuando voy a ducharme, como si no hubiera venido al mundo desde las profundidades más íntimas de mi madre y ésta no me hubiera enjabonado el culo y los genitales entre mil y dos mil veces, teniendo probablemente en unos años que devolverle el cuidado. Entiendo que las empresas madereras, los fabricantes de barniz, los que organizan ferias de puertas, instaladores y cerrajeros también tienen derecho a ganarse la vida, pero no sin ser conscientes de que viven a costa de una serie de tabúes y pudores irracionales.

A causa de la pandemia, mi centro de trabajo recomienda permanecer con las puertas cerradas. Allí caliento la silla entre cuatro paredes que, además de carecer de luz natural, tampoco me permiten observar a qué hora se hace el cuarto café de la mañana o con cuántas horas de antelación decide marcharse el jefe. Más que un lugar de trabajo, parece un cementerio con todos los trabajadores metidos en sus correspondientes lápidas. Por si acaso la puerta quedara atascada, he dejado por escrito que mi voluntad es que me lleven rosas rojas a la oficina.

Cuando hablo de puertas no puedo evitar viajar con la mente a Cuba. En la isla bella observé diversas configuraciones que el ser occidental haría bien en considerar. Hay viviendas familiares en los que se divide la habitación más grande en dos más pequeñas, mediante la construcción de un murete y una pequeña puerta que no alcanzan al techo. De esta forma, las conversaciones, lamentos, gemidos y aullidos son compartidos entre abuelos, padres y nietos. También están las casas donde a pesar de disponer de puertas y muros para instalarlas, la falta de bisagras obliga a convivir con un hueco solitario, reutilizando las maderas como mesas en las que compartir una ensalada de aguacate o unas tajadas de carne de puerco. Por último, hay hogares donde una cortina resquebrajada hace las veces de puerta. Sorprendentemente, la sensación de intimidad se preserva en cada una de las estancias, aunque sólo sea por una ilusión más que por el aislamiento que puedan proporcionar las cortinas. Quizá las puertas no sean más que una costosa y prescindible convención. Quizá la necesidad de aislarse sea consecuencia de una costumbre impuesta.

Y ahora que oigo el tintineo de las llaves de mi compañero de piso, voy a cerrar esta puerta, no vaya a ser que descubra que convive con alguien que tiene odio a un objeto inanimado de madera. “Cla, cla, cla, cla, cla, cla, cla, cla. Ñiiiiii… ¡Zas! Cla, cla, cla, cla, cla, cla, cla, cla”.

14 comentarios sobre “Odio las puertas cerradas

    1. Sigo la filosofía que el gran Homer Simpson legó a la humanidad: “El problema de las relaciones es la comunicación. La gente habla demasiado y luego pasa lo que pasa…” En esta casa, nos comunicamos con la lengua de las puertas y algún que otro silbido.

      A ver si organizamos un grupo de resistencia antipuertas y desvalijamos o hundimos el negocio maderero. Gracias por el apoyo, compañero. Un fuerte abrazo, adelante!

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  1. Excelente descripción. Alguien decía que nacemos con la mente como una superficie sin tabiques, como un loft, y somos nosotros los que vamos colocando los prejuicios que tánicas y colocan las fronteras. Me gustaría ponerte la “Milonga del moro judio” de Drexler. P´alante!.

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    1. Incluso esa ha sido la evolución de la tierra. Era todo un páramo vacío donde los habitantes se encontraban libremente y poco a poco hemos ido levantando muros, fronteras, cárceles, puertas y todo tipo de separaciones que nos convierten cada día en seres solitarios, tristes y frustrados. Un abrazo, compañero. Adelante!

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  2. Primo. Acá leo: “Innecesario e infame ajuntador de palabras de lenguaje pomposo, sin ápice de gracia y/o talento”. Falso, es lo opuesto. Secondo. “Dentro de mi lista de odio, con o sin ninguna justificación, también figuran objetos como el microondas, el paraguas o el pelador de patatas. Desde que vivo en Madrid, las puertas se han situado en el centro de mis iras”. Aquí ya vamos pareciéndonos, excepto por mi amado pelador de patatas, que, aunque nací en el trópico, uso para cocinar tortilla de patatas (o papas, como se dice en estas latitudes). Tiré a la basura el microondas (no sirve para nada y, además… ¡oye, 1,000 vatios de potencia!), cuando llueve no saco el paraguas (amo empaparme bajo la lluvia o, simplemente, ir de alero en alero, de cafetería en cafetería). En cuanto a las puertas, solo exijo que las cierren para que mis siete perros no escapen de casa, pero, por lo demás, siempre están abiertas para quien desee tomarse un café conmigo, con o sin pandemia. Saludos desde la ciudad de Guatemala. Julio S. C.

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    1. Cuando pase por tu puerta abierta, entraré para tomar ese café. Tengo muchas ganas de visitar centro América. A mí los pelapapas me ponen muy nervioso, si con los cuchillos se hace el mismo trabajo y se puede ahorrar un objeto.

      Gracias por tus amables palabras y tu lectura, compañero. Me alegro que hayas disfrutado. Te envío un fuerte abrazo y apunto el café. Adelante!

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